Capítulo 36
—Tortillitas de camarones y unas papas aliñás —le había dicho Pepa en la cancela, tapando la bolsa con un paño, con el cuidado que se le pone a lo que importa—. Que en Málaga el pescado lo fríen de otra manera, hija, y no quiero yo que el niño pase el domingo sin probar lo suyo. Por si acaso.
El «por si acaso» de Pepa era un tratado entero.
Por si acaso en Málaga no daban de comer bien; por si acaso la paella salía sosa; por si acaso el chico, en una mesa que no era la de la lonja, echaba de menos algo que ni él sabía que era suyo.
África llevó los tuppers en las rodillas las tres horas de curvas, con Martín dormido contra la ventanilla a su lado, la cara de Nico rendida sobre el cristal y una gota de baba de crío que a los diecisiete no se pierde del todo, y pensó que era la primera vez que transportaba comida en lugar de palabras y que pesaba más.
Los Navas vivían en un tercero con terraza en un barrio de casas bajas al este de la ciudad, donde el mar se veía a trozos entre los tejados y olía distinto, a otra sal.
Abrió Charo. Cincuenta y pocos, menuda, el pelo teñido de caoba y unas gafas colgando de un cordón sobre el delantal, y detrás, en la terraza, Paco de espaldas ante una paellera del tamaño de una rueda de tractor, con la caña de la garrafa en una mano y la cara de concentración de un hombre que lleva tres días pensando en aquel arroz.
Se llamaban así, Charo y Paco, y lo declararon los dos a la vez en la puerta, «Charo», «Paco», como si África pudiera necesitar subtítulos, y ella lo agradeció, porque los necesitaba.
Lo difícil de aquella mesa no fue el dolor. Fue cómo se llamaba cada uno.
Martín decía «mamá» y era Charo, y lo decía sin bajar la voz ni pedir perdón con los ojos, «mamá, ¿dónde has puesto mi cargador», «mamá, que África no ha probado el gazpachuelo», y África, que había dicho ella misma en un patio de La Almadraba que la madre de aquel chico era su madre y que ella no venía a quitarle nada a nadie, oyó ese «mamá» quince veces en dos horas y no le dolió ninguna.
Decía «papá» y era Paco. Y a ella la llamaba «África», a secas, porque el nombre de madre no se fuerza y ninguno de los dos, ni el chico ni ella, tenía prisa por ponerle a aquello un cargo que todavía no había crecido.
Charo, en cambio, no supo cómo presentarla cuando una vecina asomó por la escalera a pedir sal.
Se quedó con la boca abierta un segundo, buscando la palabra, «esta es…
», y como no la encontró, dijo la verdad, que era más corta:
—Es la madre de Martín. La de antes. —Y luego, bajando la voz, solo para África—: Perdona, hija, que no me sé todavía el idioma este.
—No pasa nada —dijo África—. Yo me dedico a eso y tampoco lo tengo.
Comieron en la terraza, con la paella en el centro y, al lado, destapados, los dos tuppers de Pepa, que Charo había sacado a la mesa sin que nadie se lo pidiera, de manera que las dos cocinas quedaran a la misma altura del mantel.
Las tortillitas de camarones de una abuela de Cádiz que no estaba, al lado de la paella de un padre de Málaga que sí. Paco probó una y cerró los ojos.
—Dile a la señora Pepa —le dijo a Martín, muy serio— que su servidor se rinde con las tortillitas. Que yo hago un arroz, pero esto es otra liga.
Y fue entonces, cuando ya se reían los cuatro y el arroz iba por la mitad, cuando África vio el gesto y se le paró el tenedor en el aire.
Martín, sin mirar lo que hacía, hablando de otra cosa, había ido apartando con la cuchara el trozo tostado del fondo de la paellera, el socarrat, la parte que se pelea en toda mesa, y en vez de comérselo lo había puesto en el plato de ella.
En el de África. Sin decir nada, como quien pasa la sal. Y siguió hablando.
Ella conocía ese gesto. Lo había visto dos veces en su vida y las dos las tenía guardadas.
Se lo había visto a Nico en una feria de mayo, empujándole a su padre el mejor cacho de la fuente por encima de la mesa sin que Salvador se enterara.
Se lo habían contado de Gonzalo, que a Lucía le sacaba las espinas de la caballa una a una y le dejaba el lomo limpio en el borde del plato.
Acercar la comida a quien se quiere, sin nombrarlo.
Era un gesto de los Herrera, de una casa junto a una lonja donde el cariño no se decía porque se ponía en el plato.
Y aquel chico que nunca había conocido a Nico, que se había criado a trescientos kilómetros de la lonja, en la terraza de Paco y en la cocina de Charo, hacía el gesto exacto, letra por letra, porque los Navas lo habían criado en el mismo idioma sin saber que era el mismo.
Dos familias que no se habían visto nunca, hablándole al chico la misma frase muda desde dos cocinas distintas.
Y él, bilingüe sin enterarse, apartándole el socarrat a una mujer a la que llamaba por su nombre.
África era la única en aquella terraza que sabía lo que acababa de traducir. Se comió el trozo tostado y no dijo de dónde le venía al chico aquella costumbre, porque hay cosas que no se explican en la mesa, y menos con la boca llena.
*
Fregaron entre las dos, Charo y ella, después de que Paco se echara en el sofá con la barriga al aire y Martín bajara a enseñarle el pueblo a un amigo del instituto.
La cocina era pequeña y estaban las dos hombro con hombro, una lavando y otra secando, que es la postura en la que las mujeres se dicen las cosas de verdad, mirando al fregadero y no a la cara.
—En los papeles de entonces ponía que lo tuviste una hora en brazos antes de firmar —dijo Charo, de pronto, sin dramatizar, con un vaso en la mano—. Lo leí muchas veces, ¿sabes? Los primeros años. Una hora.
África no contestó. Aquella hora no cabía en ningún idioma y no la iba a meter en aquella cocina. Siguió secando el plato que ya estaba seco.
—No te lo digo para removerlo —siguió Charo—.
Te lo digo porque yo lo he tenido diecisiete años, y a lo mejor te crees que vienes tú aquí a que te midan.
—Cerró el grifo—. Y no. En esta mesa cabemos las dos, hija.
Un niño no se gasta porque lo quieran de más.
Se gasta de lo otro, de que no lo quiera nadie, y de eso a este no le va a tocar.
—Le puso el vaso en las manos, mojado—. Tú lo trajiste al mundo eligiéndonos a nosotros, que eso me lo contó la de la mediación, lo de las carpetas, que te leíste medio Málaga hasta dar con la casa. Menuda intérprete. Nos elegiste bien.
África se quedó con el vaso mojado entre las manos y con la garganta cerrada, ella que se ganaba la vida sin que se le cerrara nunca, y solo pudo decir, muy bajo, lo único que le salió del derecho:
—Lo habéis criado de maravilla, Charo.
—Lo hemos criado los dos y lo hiciste tú. Las dos cosas. —Charo se secó las manos en el delantal—. Deja de darle vueltas, que las madres somos muchas y el crío es uno. Anda, coge otro paño.
Volvió a La Almadraba de noche, ella sola, en el último autobús, porque las noventa y dos noches seguían contándose y a la cama de Remedios había que volver a dormir.
Martín se quedó en su casa, con su mamá y su papá y su cargador, empezando el instituto el lunes.
En la parada, antes de subir ella al autobús, el chico le dio dos besos torpes y le dijo:
—Ven en Navidad, África. Que Charo hace un potaje que no veas.
Lo dijo con las aes abiertas de Málaga, las del sur, redondas, y a ella el nombre le sonó como no le sonaba desde que se murió la única persona que lo pronunciaba así, en una cocina de luz amarilla, con las mismas aes.
En Bruselas era madame Soler. Allí, en aquella parada, con el chico diciéndolo, volvía a ser África entera, con todas sus letras del sur puestas.
No dijo nada. Subió al autobús antes de que se le notara.
*
El martes por la mañana abrió el portátil en la mesa de la cocina y sacó el formulario que llevaba empezado desde marzo.
Lo había rellenado en primavera, antes de todo esto, en una noche de Bruselas de esas en que se decidía a cambiar de vida y no cambiaba.
Solicitud de excedencia voluntaria. Los campos estaban puestos hacía seis meses; solo faltaba lo de siempre, lo único que a ella se le atragantaba: darle a enviar.
Llevaba años dejando el cursor encima de los botones.
El de aquella web de búsqueda que se autocompletaba sola en el idioma que tocara, con «empezar» debajo del dedo y el dedo sin bajar, dieciocho años.
Ese no había tenido que pulsarlo, al final, porque el chico había llamado él a la puerta sin que ella abriera ninguna; se lo había ahorrado Remedios.
Este otro sí era suyo. Este lo daba ella.
Le dio a enviar. Salió una barra, y un mensaje, «su solicitud ha sido registrada», en las tres lenguas de la casa madre, y ya está.
Bruselas quedaba en pausa: el piso pequeño cerca de la estación, las cabinas, el pinganillo, la lengua que entraba por un oído y salía por otra boca sin pasar por el corazón.
Todo aquello seguía allí, esperándola para que fuera a cerrarlo cuando tocara, después de la firma de septiembre.
Pero por primera vez la casa a la que iba a volver no era esa.
Era esta, la de la cuesta, la de la cabecera vacía.
*
Teo apareció el jueves por la tarde a dar la obra por acabada de verdad, con el nivel y la caja de herramientas y la cara del que viene a despedirse de una casa.
La recorrió entera pasando el pulgar por las vetas de las vigas, su gesto de siempre, comprobando que lo suyo aguantaba.
La azotea rematada, el baño de abajo, el zócalo del escondrijo tapado como si nunca hubiera guardado dieciocho años dentro.
La casa estaba nueva y era la misma, que es lo más difícil de dejar una obra: que no se note quién la ha tocado.
—En octubre empiezo lo de Huelva —dijo él, en el pretil de la azotea, con el faro todavía apagado porque no era la hora—. Un cortijo. Seis meses de andamios, por lo menos.
—Yo en octubre no sé dónde estaré —dijo África—. En excedencia. Es lo primero que no sé desde hace dieciocho años.
Le contó, en tres frases, lo que le había callado en aquella misma azotea la noche que se lo contó todo: que la versión buena, la que le dio entonces, tenía un hueco; que Rocío había roto con Nico esa noche en el espigón, que lo que parecía una huida no lo había sido, que al final la carta de Nico las había soltado a las cuatro de una culpa que ninguna debía.
No lo volvió a narrar entero, porque ya era historia de todos y las cosas comunes se dan en resumen.
Teo la escuchó rascando una gota de pintura del pretil con la uña, sin medir la puerta, como no la había medido nunca.
Y entonces África hizo lo contrario de lo que había hecho toda la vida. Ella, que no se quedaba en los sitios, le pidió a un hombre que no se estuviera quieto un sitio donde escribirle.
—No te pido raíces, Teo. —Lo dijo mirando el puerto, con la voz baja, la que baja cuando importa—.
Ni te pido que te plantes en un pueblo, que ni tú sabes ni yo tampoco.
Te pido una dirección postal. Un sitio fijo donde mandarte algo y que no me lo devuelvan con «destinatario desconocido».
Llevo media vida siendo eso, la que se devuelve.
Quiero mandar una carta y saber dónde cae.
Teo dejó de rascar la pintura.
—Una dirección postal —dijo— te la levanto yo en un fin de semana. Es de lo poco que hago que se queda quieto donde lo pongo. —La miró—. El cortijo tiene cuatro paredes y un buzón de hierro colado que no le he tocado a propósito. Te apunto las señas antes de irme.
Abajo, en el patio, se oía a Rocío al teléfono negociando con un tal Quique su salida de Madrid, «colaboraciones sí, la firma de temporada no, Quique, que ya te he dicho que no»; en la plaza estaría Marina cerrando la barra del Espigón un jueves de septiembre con menos gente y más paz; y Candela, que andaba mejor, regaba ahora el poyete a la luz del día, con el cumpleaños encima sin que nadie se atreviera todavía a nombrarlo.
La casa entera seguía a lo suyo, cada una en su idioma.
África subió a acostarse la última, apagó la luz amarilla por si alguien la necesitaba y no la necesitó nadie.
En el portátil, cerrado sobre la mesa, dormía el «su solicitud ha sido registrada».
En la mesilla, la correa abierta, el reloj marcaba una hora que ya no la llevaba a ningún aeropuerto.
Se durmió con la muñeca desnuda, del lado del puerto, con las aes del sur de un chico de Málaga todavía puestas en el oído, diciendo su nombre entero.