Capítulo 35
Septiembre entró en La Almadraba de un día para otro, como entran las cosas en los pueblos: sin avisar y notándose en todo.
La luz se puso más baja y más de oro, los veraneantes fueron soltando las casas, y en la plaza volvió a caber la gente de siempre.
La del estanco, que llevaba tres días repartiendo la crónica oficial de la Noche de los Faroles a quien pasara por el mostrador, se la soltó a Rocío el martes por la mañana, entera y equivocada, mientras le cobraba el periódico.
—Que soltasteis un farol por el pobre Nico Herrera, mi arma, que ya era hora, con lo que lo queríais las cuatro. —Bajó la voz, aunque no había secreto que bajar—. Y dicen que la Benítez se echó a llorar como una Magdalena. Cosas de la juventud, que la vida es larga.
Rocío cogió el cambio y no la corrigió. No se podía.
El pueblo tenía media historia y la contaba completa, poniéndole de su cosecha lo que le faltaba, como hace siempre con lo que no sabe del todo; y aquella media historia bien contada les iba a servir de verdad durante otros dieciocho años, y a las cuatro las dejaba en paz, que era lo que hacía falta.
Solo que a Candela le habían puesto lágrimas de más y motivos de menos, y eso a Rocío le costó tragarlo con el buenos días.
El jueves, en la cancela justo, Gonzalo le dijo la frase más larga que le había dicho en toda la semana.
—Mañana salgo a la mar. —Se quedó mirando la calle, no a ella—. A las cinco y media, si quieres. Sin la niña, esta vez.
No lo mandaba Lucía. Lo decía él, por su boca, que era otra clase de cosa.
Estaba a las cinco y veinte en la plaza.
*
El Salvador olía a lo mismo de julio, a mar viejo y a nasa, y salieron de la bocana con el pueblo negro a la espalda y el cielo despintándose por el este igual que aquella otra vez.
Rocío se puso el chaleco naranja sin que se lo dijera.
Se sentó donde sabía. Y cuando el amanecer los pilló fuera, con la costa hecha una raya de luces, no buscó el plano.
Miró el sol salir del agua y se dejó. Le estaba costando menos que en julio dejar las cosas sin doblar.
Él fue a la faena. Y a media marea, sin avisar, aflojó el motor pegado a la rompiente blanca que se quebraba sola en mitad de la nada.
—Los bajos de la Perla —dijo, como leyendo el parte.
En julio, en aquel mismo sitio, Rocío había cerrado la boca con un corte seco y había bebido café para tener las manos ocupadas. Se había pasado dieciocho años pasando por delante de aquello por dentro sin contárselo a nadie. Ahora el sitio era el mismo y ella no.
—Tengo que contarte una cosa —dijo—. Aquí. Que es donde toca.
Gonzalo dejó el cabo. No dijo nada. Puso las manos quietas sobre las rodillas, que en un hombre de manos como aquellas era ponerse a escuchar con el cuerpo entero.
—Aquella noche rompí con él. —Lo soltó de una, del modo en que se dan las peores noticias, sin música—.
En el espigón viejo, tarde. Le dije que me iba a ir, que no sabía cuándo, que no me esperara.
Una ruptura de cría dura, de las que se hacen para no llorar.
Y él no peleó. Me dijo «vete tranquila, Ro», sin que le temblara, y yo me pasé la vida sin entender aquella calma.
—Tragó—. Ahora la entiendo. Se iba él también, al día siguiente, y no podía decírmelo.
Nos estábamos despidiendo los dos a la vez y ninguno lo sabía.
El motor ronroneaba flojo. Un charrán pasó bajo y se fue.
—Delante de la hoguera, en junio, y en tu casa, delante de tu madre, dije otra cosa.
Dije «hasta el final, los dos, nadie lo supo».
Y era mentira. —Le sostuvo la mirada, que le costó lo que no está escrito—.
Os mentí a todos. Y a ti el que más, que eras el que más derecho tenía a la noche entera.
En la lonja, cuando me preguntaste qué más sabía, me la callé.
Porque para defenderme tenía que abrirte esto, y no supe hacerlo delante de Pepa y con la foto de Nico en la mesa.
Así que me quedé callada y dejé que me lo echaras encima.
Gonzalo bajó los ojos al agua. Los subió. No había rabia; después de la carta ya no quedaba rabia que valiese, y él lo sabía mejor que nadie.
—Entonces esa noche él estuvo en casa de Remedios. —Lo iba atando despacio, en voz alta—. La posdata. Las doce menos cinco.
—Y yo pasé por delante del siete a las doce y diez. Con la luz de la cocina encendida. —Se lo dio. Lo que no le había dado a nadie, lo que se había guardado para ella sola porque no le encontraba plano—. Quince minutos, Gonzalo. Y dos calles. No nos cruzamos por quince minutos y dos calles.
Él se quedó con aquello un rato largo, mirando la rompiente. Cuando habló, lo hizo bajito.
—Quince minutos. —Movió la cabeza una vez, con el gesto de quien recibe un peso y lo acomoda—. Mi hermano tuvo suerte de que fueras tú la última de vosotras con la que habló en tierra. Aunque le dijeras adiós. Peor habría sido nadie.
Y ahí Rocío puso la última cosa, la suya, la que no venía a pedir perdón sino a decirse en voz alta por fin.
—No te voy a pedir perdón por haberlo querido.
—Miró los bajos, no a él—. Lo quise con diecisiete años y era verdad.
Y esto de ahora, lo tuyo, también es verdad, y no es una deuda que le pague a él contigo, ni un premio de consolación, ni nada de lo que pensaste en la lonja.
Son dos cosas verdaderas con dieciocho años en medio.
Te besé yo, sí. Y no fue por Nico. Fue por ti.
Eso es lo único que no era mentira de todo el verano.
Gonzalo tardó en contestar. Metió motor, dejó los bajos a popa, y solo cuando la rompiente ya no se oía, dijo lo suyo, que era corto porque él era corto.
—Lo de «no sé cuál de todas me duele más». —Apretó la mandíbula—. Aquello estuvo mal dicho. Retíralo tú por mí, que a mí no me sale.
—Retirado.
—A Elena la quise entera —siguió, la vista al frente, apilando cabo sin necesidad—.
Doce años. Y no me quita sitio para esto, ¿sabes?
Creía que sí. Creía que querer a una era hacerle un feo a la otra.
Y no. Los muertos que uno quiere bien no estorban.
Los que estorban son los que uno dejó a medio querer.
—Una pausa de tres palabras contadas—. A ella la quise entera. Por eso puedo.
Rocío se acordó de julio, de aquel «vengo al mar a descansar de echarla de menos». Ahora el mar era otra cosa. Ahora en el mar se le podía sentar alguien al lado.
*
Atracaron a media mañana en el pantalán chico, el mismo del casi-beso de julio, del que ella había huido con una prisa inventada y un cajón de pulpo contra la cadera. Esta vez no se movió. Gonzalo amarró, y en vez de pasarle un cajón se metió en la caseta y salió con una cosa pequeña en la mano.
—Espera. Que hay más.
Era un MP3. Uno de aquellos de antes, chiquito, con la carcasa gris arañada de haber vivido en un bolsillo, y los auriculares enrollados alrededor con una vuelta apretada de hace años. A Rocío se le paró el aire de golpe, sin ruido.
—Mi madre lleva desde el sábado abriendo cosas de él —dijo Gonzalo, y le costaba, se le notaba que le costaba—.
Una caja de zapatos que tenía en lo alto del armario.
Dieciocho años sin tocarla. Y ha salido esto, entre unas fotos y una navaja.
—Se lo tendió—. Nadie sabe qué canción es.
Ni de quién. Se me ha ocurrido que a lo mejor tú…
No sé. Que era suyo, y tú eras suya, así que igual es más tuyo que nuestro.
Rocío lo cogió con las dos manos. Pesaba lo que pesa nada y le pesó como los folios de la carta.
— Escucha esta, que la he grabado para ti. Bueno, para… la he grabado.
No lo dijo en voz alta. Le vino él entero, con diecisiete años, detrás de las casetas de la feria, atado a ella por un cable de medio metro, buscando una palabra que no acabó de decir.
La de Melendi. La privada. La que no era himno de nadie, ni de la cuadrilla, ni del pueblo: la de ellos dos y ya está.
Apretó el botón. No se encendió. Claro que no se encendió: era una batería de 2008, muerta desde hacía años, y menos mal, porque si aquel trasto hubiera arrancado con la cancioncita saliendo del auricular Rocío no sé qué habría hecho allí, de pie en el pantalán.
No hacía falta. Se sabía la canción entera sin oírla.
La llevaba puesta por dentro desde una feria, y no había batería que se la quitara ni que se la devolviera.
—¿Sabes cuál es? —preguntó Gonzalo.
—Sé cuál es.
—¿Me la dices?
—No. —Se lo dijo sin dureza, cerrándole los dedos sobre el aparato un segundo y volviéndoselos a abrir—. Esa me la quedo yo. Que para algo era mía.
Gonzalo asintió, que era lo que hacía con lo que no entendía del todo pero respetaba.
Y Rocío se guardó el MP3 en el bolsillo del pantalón, contra la cadera, en el mismo sitio donde en julio había llevado el cajón, y no lloró.
Ya había llorado a Nico lo suyo, aquella tarde de mayo en Madrid con el teléfono en la mano.
Esto de ahora no era para llorarlo. Era para guardarlo.
*
Contestó a Quique el viernes por la noche, en el patio, con los cuatro esquejes en fila y la magnolia grande quieta encima.
No firmaba. Se lo dijo así, en dos frases, como había roto con Íñigo, igual que se cortan los directos que se van de tiempo.
Que negociaran: unas colaboraciones, una corresponsalía de costa, lo que hubiera; que ella la cara se la ponía a la cámara cuando hiciera falta, pero desde abajo.
Y que tenía una idea suya entre manos —contar las cosas que no caben en dos minutos de informativo, las de un pueblo, las de la gente que se queda—, una radio de las de verdad, y que la iba a hacer con o sin cadena.
Lo de la radio se lo debía a una cría de nueve años con un cepillo por micrófono, pero eso no se lo dijo a Quique.
No lo hacía por Gonzalo. Eso lo tenía claro, y lo tenía claro porque Gonzalo no se lo había pedido.
Ni una vez. Ni en la barca, ni en el pantalán, ni con la mano en la muñeca.
El hombre que no soltaba nada tampoco tiraba de nada; y por eso, justamente por eso, podía ella quedarse sin que pareciera que se rendía.
No se quedaba por un hombre. Se quedaba por la casa, y por las tres, y por el pueblo, y por la niña, y por una voz que llevaba once temporadas retransmitiendo la vida de los demás y quería, por fin, contar algo desde dentro.
La que se fue estaba aprendiendo a irse solo a medias, que era la única manera decente de irse.
*
El sábado cenaron en el siete, que Pepa mandó a Gonzalo con la niña «que la casa se les cae encima a los dos solos», y trajo una fuente de la que no cabía.
Lucía se sentó pegada a Rocío, sin preguntar a nadie, y le fue robando aceitunas del plato con esa desvergüenza suya de los nueve años; la cabecera de Remedios se quedó vacía, como todo el verano, que esa aún no le tocaba a nadie.
A los postres, con la boca llena de flan, Lucía dejó la cuchara y miró a Rocío de frente, con esa lógica intacta suya.
—Oye. —Entornó los ojos, igualita que su padre, igualita que Nico en la foto de la barca—. ¿Tú vas a ser mi algo?
Se hizo un silencio en la mesa. Marina paró de recoger. Gonzalo se quedó con el vaso a medio camino.
Rocío podía haber dicho muchas cosas grandes, y ninguna le habría cabido a la niña por la boca. Así que la hizo pequeña, del tamaño de Lucía.
—Voy a ser una que se queda —dijo—. Y que te enseña lo de la radio. Y que baja a la marea cuando tu padre me lleve. Ya iremos viendo cómo se llama eso. ¿Te vale de momento?
Lucía lo pensó el tiempo de otra cucharada.
—De momento —dijo, que era una palabra que en aquella casa venía de lejos.
Se fueron ya de noche. Gonzalo bajó el último, en el escalón, y le buscó la mano a Rocío en la oscuridad de la cancela; se la cogió de la muñeca entera, no de los dedos, como se agarra a la gente que se puede caer al agua, y no para subirla a ninguna barca.
Para que no se fuera esta vez. Y esta vez Rocío no se inventó ninguna prisa.
Subió tarde. En la mesilla, junto al despertador, había dejado el MP3 de la carcasa arañada, con los auriculares enrollados como los había traído.
No se encendía y no hacía falta. Apagó la luz, y en lo oscuro, bajita, sin batería y sin cable y sin nadie que la oyera más que ella, le sonó la de Melendi entera, de principio a fin, como la noche que se la grabó un chico que no supo terminar la frase.