Capítulo 34 #2
Nadie aplaudió aquello ni lo subrayó. En aquella casa, y en aquella playa, los favores se hacían por el lado, sin nombrarlos.
Marina se giró hacia Candela.
—Tú le gritaste «ojalá no vuelvas» —dijo—.
Yo le dije que Rocío se iba y no se lo pensaba decir, con toda la mala idea que tenía dentro, para hacerle daño porque a mí me lo hacía verlo con ella.
Si las palabras mataran, Candela, me habría matado a mí la mía primero, que iba con más veneno que la tuya.
Se murió contento. Las palabras no mandan tanto. Menos mal que no mandan tanto.
—Y mi «no me esperes» tampoco —dijo Rocío, bajito, recogiendo la suya.
—Y mi «no te pido nada» —dijo África—. Que se lo dije para que no me lo diera y me lo acabó dando por escrito, años tarde.
Cuatro frases dichas en el peor momento de una vida, puestas en fila en la arena como cuatro piedras, y ninguna de las cuatro pesaba ya lo que había pesado, porque por fin estaban las cuatro juntas para levantarlas a la vez.
El cielo, por detrás de la loma, había empezado a ponerse de un gris de ceniza mojada.
Se levantaron sin ponerse de acuerdo, entumecidas, y se fueron separando por la arena sin querer, cada una a lo suyo, como las lleva el cuerpo.
Y Candela, que veía lo que la gente hacía sin darse cuenta, las vio colocarse.
Rocío tiró hacia el espigón viejo, a la punta, de pie y con los brazos cruzados.
Marina se quedó atrás, del lado de la plaza, donde arriba estaba la persiana verde del bar de siempre.
África se acercó a las casetas de los aparejos, las manos en los bolsillos.
Y ella, Candela, se encontró andando hacia donde la playa se acaba y empieza a llamarse playa chica, la más lejos, como la mañana en que hallaron la barca.
Los cuatro puntos del prólogo. Sin saberlo. Otra vez.
Pero esta vez no se fueron cada una por su cuesta.
Rocío echó a andar desde el espigón hacia el agua.
Marina bajó del lado del bar. África dejó las casetas.
Candela volvió de la playa chica. Cuatro que se buscaban por la arena mojada, sin prisa, y se juntaron abajo, donde la resaca dejaba el suelo espejo, las cuatro en una sola mancha, tan pegadas que ya no se sabía dónde acababa una y empezaba la otra.
Candela dio el último paso ella sola.
Metió los pies en el agua.
No había pisado el mar de noche en dieciocho años.
Se lo tenía prohibido con un miedo que le subía por las corvas nada más oler el salitre a oscuras.
Y esperó el miedo, lo esperó de pie con el agua por los tobillos, contando por costumbre —una ola, dos— y se quedó sin terminar de contar, porque no vino.
El agua estaba fría de madrugada y le lamía los pies y se retiraba y volvía, y no era el sitio donde se había quedado a vivir su vergüenza, ni la boca que se había tragado a Nico, ni un castigo.
Era agua. Pesaba y flotaba y estaba fría, y ya está.
Se apartó el pulgar de la muñeca, de la magnolia, y lo dejó caer. No le hizo falta.
A su lado, Rocío se sacó del bolsillo un papelito doblado.
Candela lo conocía de vista: el de San Juan, el que la del estanco repartió en junio, el que Rocío no había quemado porque no supo nunca qué escribir en el sitio de lo que no quería que volviera.
Seguía en blanco. Rocío lo miró un momento a la luz sucia del amanecer, y no escribió nada, y no lo rompió.
Lo dejó en el agua, así, en blanco, y la resaca se lo llevó hacia lo oscuro con la misma calma con que se había llevado los faroles, un papel vacío mar adentro, porque ya no había nada que no quisiera que volviera, y lo que había vuelto aquella noche había venido para quedarse.
Subieron cuando ya clareaba.
Descalzas, con las sandalias en la mano, por la cuesta de la calle Magnolia, contando Candela sin querer los escalones —veintitrés hasta el portal, los mismos— y dejándolos a medio contar.
En el escalón del número siete, antes de entrar, se quitaron el calzado para no meter la playa en la casa de Remedios, y cayó arena de los cuatro pares.
De los de Rocío, de los de Marina, de los de África. Y de los de Candela.
Cuatro pares con arena, alineados en el escalón.
Candela se quedó mirándolos un segundo de más.
Se acordaba de otra madrugada en aquel mismo felpudo, tres pares con arena y el suyo limpio, ella la única que no había pisado la playa, la que se subía siempre antes de que la noche se pusiera negra.
Ya no. El suyo tenía arena esta vez, y salitre en los tobillos, y la playa chica pegada a las plantas de los pies.
Entraron a la cocina, que era donde se acababa todo en aquella casa. La luz amarilla estaba puesta, la de siempre, la que Remedios dejó dicho que se quedara encendida por si la última en subir la necesitaba. Y por primera vez en todo el verano no subía ninguna la última: subían las cuatro a la vez.
Marina puso agua a hervir por hacer algo con las manos. Fuera empezaban los primeros pájaros, y allá abajo un motor de barca de bajura salía a la faena del domingo, ajeno del todo, y estaba bien que fuera ajeno.
—Habría que dormir algo —dijo África, sin moverse.
—Ya dormiremos muertas —dijo Marina, y se le escapó la risa por la puerta de atrás, la primera de la noche—. Ya lo diría Inma, que velar por las nuestras también es dormir.
No durmieron. Se quedaron a esa luz, alrededor de la mesa, hasta que amaneció del todo sobre el puerto, y a la cabecera, la que llevaba tres meses vacía, no se sentó nadie, pero por primera vez no dolía verla así: dolía como duele un sitio que alguien guardó a propósito, y no como un hueco.