Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 34
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Capítulo 34

Los faroles se habían ido juntando mar adentro hasta ser una sola raya de luz temblona, y luego ni eso, y el pueblo empezó a subir la cuesta de vuelta a la feria con esa prisa mansa que le entra a la gente después de las cosas.

Candela los vio irse como se ve retirarse una marea: primero los de la orilla, después los del medio, al final los rezagados, dejando la arena marcada de pisadas y de ceniza.

Gonzalo plegó la silla de anea de Pepa y se echó a Lucía al hombro, dormida, con las sandalias colgándole de una mano.

—Subid cuando queráis —dijo, a nadie y a las cuatro—. La puerta de mi madre esta noche no tiene llave.

Pepa se dejó llevar cuesta arriba con una mano en el brazo de su hijo y la otra todavía cerrada sobre nada, y al pasar por delante de Candela se paró un momento.

—Cuídate esa cabeza, mi niña. —Lo decía a todo el mundo, pero esta vez lo dijo mirándola a los ojos.

Sebas fue detrás, con las llaves del bar sonándole en el bolsillo.

—El cierre lo echo yo. Vosotras a lo vuestro. —Y a Marina, sin tocarla—: A la hora que tú digas.

Álvaro fue el último de los de fuera. No dijo casi nada, que era lo suyo. Le puso a Candela una mano en el hombro, el tiempo de una palabra, y la quitó.

—Aquí abajo hace fresco de madrugada. Ponte algo.

Se subió el pueblo por la cuesta, y las bombillas de colores de la feria se los fueron tragando, y en la playa del Chorrillo, donde aquel verano habían ardido las hogueras y esa noche habían nadado los faroles, quedaron cuatro mujeres y un chico.

Martín se quedó un rato más en la orilla.

Solo. Con los dos papeles contra el pecho, mirando el sitio del agua por donde se había ido la luz.

Cuando por fin subió, pasó al lado de las cuatro sin una palabra, y estuvo bien que no la dijera, y se metió los papeles por dentro de la camisa, sobre la piel, a buen recaudo, como una semilla que aún no sabe dónde va a plantarse.

Entonces se quedaron solas.

Se sentaron en la arena, descalzas, con las sandalias en la mano, en un corro flojo cerca de donde había estado la mesa de la cofradía.

Y sin que nadie lo mandara —igual que no había mandado nadie el farol, ni la foto de la caja, ni ninguna de las cosas que se hacían solas aquel verano— se pusieron a poner la noche en su sitio.

Hora por hora. Como Candela ordenaba su vivero, por especies, que era lo único que la calmaba de verdad: cada cosa en su cuadro, con su nombre, sin mezclar.

—A las diez fue la foto —empezó África. Neutra, ordenada, la voz de traducir—. La de los cinco, con Nico en el medio. Aquella noche pensé que no había sido nada. Un momento pequeño. No pesó nada. —Tragó—. Y ahora no puedo con ella. La tengo en la repisa de arriba y le doy la vuelta cuando entro.

—Déjala derecha —dijo Candela. Bajito. Le salió sin pensarlo—. Está mejor derecha.

Y detrás de la foto fueron cayendo las demás horas, cada una la suya.

Se dieron el reloj entero, pieza a pieza, cada cual su ventana de aquella noche, corrigiéndose a media voz —no, eso fue antes; a ti te vi después— hasta que no quedó un minuto suelto.

Candela las oía replantar la noche a tiento, cuadrándola hasta que ninguna raíz quedaba cruzada.

Y cuando estuvo puesta entera sobre la arena, entre las cuatro, por primera vez quedó fuera de una cabeza sola, y ya no la cargaba ninguna a solas.

Marina puso la suya con una media sonrisa que no era de risa.

—El hielo. Le cambié la litrona caliente por una fría, que la cerveza sola le daba acidez, y hablamos del hielo y de nada. Lo último bonito que le dije fue eso. A las menos veinte. Con una litrona.

Y ahí Marina cogió aire, y Candela supo que llegaba la suya, porque se le puso la cara de quien va a bajar el hielo a la playa sabiendo ya lo que le va a pasar al hielo.

—A las once y pico fui a por él otra vez.

En caliente. Todavía con la pelea puesta.

Y se lo solté. —Levantó la vista y lo dijo entero, mirando a Rocío, que era a quien nunca se lo había dicho—: «Rocío se va a Madrid en septiembre.

Y no piensa decírtelo.» Eso le dije. Con la plaza de la residencia y la carpeta, todo, para hacer daño.

—Le temblaba, pero no paró—. No era justicia, Ro.

Era despecho vestido de faena. El que se emperra en cobrar una deuda que no le deben siempre encuentra la manera de que le parezca justa.

Y en cuanto lo dije lo quise recoger, y ya no se podía.

Una palabra dicha es como el hielo bajado a la playa: para cuando quieres devolverlo al arcón, ya es agua.

Rocío no dijo nada. Estaba muy quieta, con los brazos en las rodillas, y Candela le vio hacer por dentro la cuenta que ella ya tenía hecha desde aquella noche.

—Lo querías —dijo Rocío, al fin. No preguntaba.

—Desde antes que tú. Desde los catorce.

—Desde los catorce que no le cobrabas —dijo Candela.

Marina volvió la cabeza de golpe.

—¿Tú eso lo sabías?

—Yo lo sabía todo. —Candela se encogió de hombros, muy poco—.

Lo tuyo, lo de Rocío, lo de África subida siempre a un tren.

Lo veía. Era lo único que se me daba bien, ver lo que la gente escondía y callármelo.

—Se miró la muñeca, la de la magnolia tatuada, la que dos años después de aquello se había hecho pintar justo encima de donde antes hubo un cordón—. Se me daba mejor callar que a nadie.

A Marina se le quedó la cara descuadrada, la de una cuenta a la que le sale un número que no esperaba. Que Candela, la callada, la del rincón, las hubiera tenido a las tres leídas todo el verano y no hubiera dicho jamás una palabra.

Y entonces le tocó a Rocío, y Candela la vio coger el turno con el tiento de pisar un escalón podrido.

—A las doce menos veinte bajé yo al espigón —dijo Rocío—.

Y os mentí. A todas. En la hoguera dije «hasta el final, los dos», y lo repetí en casa de Pepa, delante de Gonzalo, mirándolos a la cara.

Y no fue hasta el final. —Cogió aire—. Esa noche rompí con él.

En la roca. Le dije que me iba a ir, que no me esperara.

Rompí yo. Y me pasé dieciocho años creyendo que lo había mandado al mar de un empujón, y encima mintiendo para que nadie supiera ni siquiera que lo había empujado.

—¿Por qué mentiste? —preguntó África. Sin filo.

—Por vergüenza. —Rocío se rio hacia dentro, sin ganas—.

Porque contar que rompí era contar que me creí más lista que nadie, que le solté un discurso de cría dura de «no me debes nada», y que a la vez, subiendo la cuesta, me dije que bueno, que quedaba agosto entero, que el «de momento» era una puerta que dejaba abierta.

Rompí con él y no me lo creí ni yo. —Bajó la voz—.

Es más fácil decir «hasta el final» que decir «lo dejé y me arrepentí antes de llegar a mi casa».

Candela la miraba. Y le vino la ermita, hacía tres días, cuando tuvo la palabra ruptura en la punta de la boca y la soltó como una piedra al mar para no darle a nadie con ella.

—Yo os vi —dijo Candela—. En el espigón. Abrazados.

—Lo sé. —Rocío la miró—. En la ermita pudiste decirlo. Tenías la palabra. La viste en mi cara y decidiste no decirla. Dijiste «abrazados» y me guardaste el sitio. —Se le quebró un poco—. Gracias por eso. Llevabas dieciocho años guardándote lo tuyo y todavía tuviste sitio para guardarme lo mío.

Candela no supo qué contestar, así que hizo lo que sabía: pasó la mano por la arena, la alisó, quitó una concha rota, la puso a un lado. Cada cosa en su cuadro.

Se hizo un silencio. Faltaba una hora. La última. Y las tres, sin mirarla del todo, se la dejaron a Candela, porque era la suya y porque era la peor.

—Yo cierro —dijo Candela.

Ya lo había contado casi todo en la ermita: la barca, el grito, el salto. No lo repitió. Puso encima solo lo que a las otras les faltaba para tener el reloj entero.

—Lo alcancé en el pantalán a las doce y pico.

Me subí. Zarpamos a la media, lo sé por la campana.

Y a mitad de agua le eché en cara todo y me le declaré, con todo lo callado saliéndome de golpe y mal.

—Miró el agua negra de la bocana, allá al fondo, las dos luces todavía puestas, la verde y la roja—.

Y él me dijo que yo era de su familia. Con dulzura.

Que es como más hondo entra. —Tragó—. Pero lo que os tengo que decir no es eso.

Es que iba contento. Todo el rato. Antes de mi grito y después.

Iba ligero, silbando, pasándole la mano a la barca como a un animal viejo.

No iba huido de ninguna de vosotras. Cuando salté y llegué a la playa chica y me volví, todavía silbaba.

—Se paró—. Y el levante entró después. Después de que yo estuviera fuera del agua.

Yo creí media vida que se lo había llamado yo con la boca, que le grité «ojalá no vuelvas» y el mar me obedeció.

Y no. El mar entró a la una y cuarto y yo llevaba rato tiritando en la orilla.

Se cruzaron por casualidad, como nos cruzamos todo aquella noche.

Y ahí, sin que Candela lo esperara, entendió una cosa que llevaba mal contada desde los diecisiete: que su hora no era peor que las otras.

Que las cuatro habían dicho su barbaridad en el peor momento, cada una la suya, y que ninguna barbaridad había mandado sobre el mar ni sobre la carta que ya estaba escrita a las cinco de la tarde, dentro de una lonja, por un chico que había decidido quedarse antes de que ninguna abriera la boca.

Fue Marina la que lo dijo por el lado, sin nombrarlo.

—Sebas me preguntó una noche, en el bar cerrado.

—Hablaba despacio, cosa rara en ella—. Me dijo: «¿Y si no tuvo la culpa nadie?

¿Lo habéis pensado alguna vez, las cuatro a la vez?

» Y yo le dije que todavía no. Que todavía no podía.

—Levantó la cara—. Se me quedó dentro como una raya de luz por debajo de una puerta cerrada.

Sabiendo que detrás había claridad y sin atreverme a abrir.

—Puso las manos en la arena—. Pues ya está. Ya la abro.