Capítulo 33 #2
África se había ido doblando sobre sí misma sin que se notara, hasta quedar de rodillas en la arena, con la cuartilla imaginaria de aquel «dile que sí, a todo» apretada contra el pecho aunque no tuviera nada entre las manos.
No te pido nada, que conste. Rocío no la oyó decirlo; no hacía falta oírlo para saber que lo estaba oyendo ella ahora, la respuesta que aquella noche se había ido sin darle.
El chico que ella lloró toda la vida como el que huye no había huido: había vuelto corriendo a la casa de Remedios a las doce menos cinco a decir que sí. A todo.
Y Martín. Martín, de pie junto a la silla de su abuela, había oído lo de «seremos dos esperándola» y lo había entendido enseguida, porque no había otra cosa que entender: los dos eran él.
Su padre, la última noche de su vida, con la barca perdida y el mundo entero encima, había decidido quedarse.
Por él. El crío no se derrumbó. Se quedó muy quieto, muy derecho, mirando el agua, tragando, y Pepa alargó una mano desde la silla de anea y le cogió la suya sin volver la cabeza, y así se quedaron los dos, agarrados, la abuela de espaldas a su casa y de cara al mar por su hijo, y el nieto sosteniendo lo que le acababan de dar sin saber todavía dónde ponerlo.
Rocío apartó la vista de ellos, que aquello no era para mirarlo.
Y le llegó la suya, la de ella, por el sitio de siempre: por los minutos.
Vete tranquila, Ro. Se lo había dicho en la roca sin que le temblara, y ella se había pasado años rebobinando aquella calma, un plano que no acababa de entender.
Ahora lo entendía. Él estaba tranquilo porque él también se iba.
Le decía que volara porque él ya volaba.
No la retuvo, no peleó por ella, porque se iba él primero, al día siguiente, y no podía decírselo.
Su calma no era desamor. Era su secreto siendo amable.
La ruptura de ella no lo mandó al mar: al mar iba de todas maneras, por su padre, aunque ella no hubiera bajado a la roca a soltarle aquel discurso de cría dura.
Y a Rocío se le soltó por fin el hueso que llevaba dentro desde los diecisiete años, y por el hueco que dejó al soltarse subió una cosa rara, casi tierna: que había llorado durante años a un chico que iba a dejarla él a ella.
Que los dos, aquella noche, se estaban diciendo adiós a la vez sin saberlo, cada uno con su billete escondido.
Miró los folios. «23:55.» A las doce menos cinco él había estado en el número siete, escribiendo aquello.
Y ella había pasado por delante del número siete a las doce pasadas, con la luz amarilla de la cocina de Remedios encendida como todas las noches, y se había parado un segundo debajo del magnolio a decirse que lo suyo no se había acabado.
Quince minutos. Dos calles. No se cruzaron por quince minutos y dos calles.
Rocío se guardó esa cuenta para ella sola. A esa no le encontró plano.
Inma esperó a que el silencio pesara lo justo. Luego dijo, muy suave:
—Falta la de ella.
Rocío cambió los folios de Nico por la cuartilla temblona, y las dos letras se le quedaron un momento juntas en las manos, una encima de la otra: la del chico de diecinueve años que apretaba el bolígrafo, firme y redonda, de 2008; y la de la vieja que se moría, temblona, de este año.
Dieciocho años entre un papel y otro. Leyó el segundo.
Mis niñas:
Esa noche lo vi zarpar. Desde el mirador de la Cruz, adonde subo a tomar el fresco cuando no me viene el sueño.
Lo vi soltar amarras a las doce y media y sacar la barca del puerto silbando, tranquilo, como sale un hombre que ha hecho las paces con algo.
No iba huyendo de nadie. Que os quede eso por encima de todo lo demás.
Y vi salir del agua a una de vosotras a la una y diez. La vi. Siempre lo supe.
Rocío levantó la vista sin querer, y la vista se le fue sola a Candela, y la de Candela ya estaba en la de ella.
Candela se había llevado el pulgar a la muñeca, a la magnolia, y lo tenía allí quieto, sin contar, sin apretar.
Lo de «la más valiente de las cinco» le había caído encima hacía un momento y no lo había soltado; ahora le caía esto otro.
La habían visto. Dieciocho años creyéndose el único testigo de su propia noche, y había habido una vieja en un mirador, mirándola salir del agua, guardándoselo.
No fue frío lo que le vio Rocío en la cara. Fue lo contrario.
Pero fue Gonzalo el que se movió.
—Espera. —Le salió ronco, y dio medio paso hacia Inma, hacia los papeles, como quien no se cree un número—.
¿Salió del agua? —Miró a Candela. Miró a las cuatro.
Ató el cabo delante de todos, en voz alta, y la voz le subió—: ¿Tú estuviste en la barca?
¿Estuviste con él esa noche y en dieciocho años nadie… ?
No terminó. Se le cortó solo. Y Rocío le vio hacer, en la cara, el mismo viaje que acababan de hacer ellas, solo que en tres segundos y de golpe: primero la rabia, la de un hermano al que le han escamoteado un pedazo de su muerto durante media vida; y luego, encima de la rabia, sin darle tiempo a instalarse, el vuelco.
Bajó los ojos. Los subió. Y lo dijo despacio, descubriéndolo mientras lo decía:
—Entonces no salió solo. —Tragó—. Mi hermano no salió solo de este puerto.
Iba alguien con él. Alguien de los suyos, de la cuadrilla, lo acompañó hasta la bocana.
—Miró a Candela otra vez, y ya no había en aquella mirada nada de lo de antes—.
La última voz que oyó no fue la del mar. Fue una de vosotras.
Y a Gonzalo Herrera, que no había llorado delante de nadie desde que enterró a su mujer, se le puso la cara de un agradecimiento tan raro y tan torcido que Rocío tuvo que mirar para otro lado.
Le buscó la mano sin pensarlo —la de él, grande, fría— y se la apretó un instante, solo un instante, sin una palabra, y luego la soltó, porque aquello no era esta noche y los dos lo sabían.
Rocío bajó otra vez a la cuartilla. Quedaba el final.
No dije nada en dieciocho años, y os debo el porqué.
Le prometí a Nico entregaros su carta cuando estuvierais listas, y no volvisteis a estar juntas ni un solo día.
Su posdata guardaba un secreto que no era mío, y yo lo había jurado.
Y lo intenté por las buenas cada Navidad, con una postal, y me las devolvían con las señas tachadas, o no me las devolvían siquiera.
Así que me inventé todo esto. Perdonadme el rodeo de una vieja. No supe hacerlo de otra manera.
No os pedí que volvierais para llorarlo. Os pedí que volvierais para soltarlo.
— Remedios.
Rocío dobló los dos papeles juntos, el de Nico y el de Remedios, y se quedó con ellos en la mano, sin saber a quién dárselos, porque no eran de nadie y eran de las cuatro y eran de aquel chico que se había quedado en los bajos de la Perla.
En la orilla estaban ya soltando los faroles. El pueblo entero, hilera tras hilera, decía sus nombres bajito y dejaba las lucecitas en el agua, y la marea las cogía y se las llevaba, muchas juntas, temblando, mar adentro.
El de ellas lo trajo Martín. De dónde lo sacó, Rocío no lo supo —de la mesa de la cofradía, se lo habrían guardado los niños—, un farol de papel como todos, con su vela dentro, y lo puso en el centro del corro.
Se acercaron las cuatro. Y sin que nadie lo mandara pusieron las manos, las ocho manos, en aquel papel encerado; y encima de las de ellas puso Martín la suya, y encima de todas, de puntillas, la de Lucía, que quería llegar.
Lo llevaron entre todos hasta la orilla.
Lo dejaron en el agua. Nadie dijo el nombre en voz alta, porque el nombre ya estaba dicho entero en dos papeles, pero Pepa lo dijo desde su silla, bajito, «mi niño», una sola vez, y con eso bastó.
El farol se quedó un momento quieto, y luego la marea lo cogió y lo fue juntando con los demás, un punto de luz más entre todos los puntos de luz, alejándose sin prisa hacia lo oscuro, sin distinguirse ya de los otros hijos que aquel pueblo llevaba un siglo devolviéndole al mar.
Martín no se movió de la orilla. Tenía los dos papeles en la mano —se los había ido pidiendo a Rocío sin palabras, y Rocío se los había dado—, y los sujetaba contra el pecho, mirando irse la luz, y a Rocío le quedó claro que aquel crío iba a bajar solo a aquella orilla con la carta de su padre en las manos en cuanto los dejaran, y que había que dejarlo.
Ella se quedó atrás. Miró el agua, los faroles yéndose, el pueblo entero rezando sin saber lo que sabían las de la calle Magnolia.
Buscó, por costumbre, el plano que lo contara, el que buscaba siempre, desde los quince años, para dárselo luego a alguien.
Y por primera vez en su vida no lo encontró, y no le importó no encontrarlo.
Se guardó las manos vacías en los bolsillos y dejó que las cosas pasaran sin ponerles palabras.