Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 33
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Capítulo 33

A las nueve, cuando la feria de arriba empezó a apagar sus bombillas de colores para que se vieran las de abajo, el pueblo entero echó a andar cuesta abajo hacia la playa del Chorrillo con un farol de papel en la mano.

Rocío los vio bajar desde el principio de la arena y, sin quererlo, se puso a realizarlo, que era su manera de aguantar las cosas por dentro: el plano general primero, el pueblo entrando en cuadro por la izquierda, cientos de globos de papel encerado con una vela temblando dentro, subiendo y bajando al paso de la gente como si respiraran.

La Noche de los Faroles se hacía así desde antes de que hubiera memoria.

Un farol por cada hombre que salió al mar y no volvió.

Al soltarlos sobre el agua se decía el nombre, en voz baja, cada familia el suyo, sin micrófono y sin cura, un rezo de andar por casa que el pueblo se sabía de memoria.

Los faroles no volaban: flotaban. Los dejaban en la orilla y la marea de la tarde se los iba llevando despacio, muchos puntos de luz alejándose juntos hacia lo oscuro.

Las cuatro bajaron con las manos vacías.

Eso ponía la carta, y eso les había hecho jurar Inma en la cancela: id con las manos vacías.

Así que mientras el pueblo entero llevaba su lucecita, ellas cuatro bajaron sin nada, con los brazos colgando raros a los lados, y a Rocío la imagen le dolió antes de entenderla.

Todo el mundo con su farol, y ellas cuatro sin traer nada, como si a ellas les tocara traer otra cosa.

Las había apuntado Martín. Él y Lucía, sin preguntar a nadie, que era como los niños de aquel verano habían ido decidiendo todo lo importante.

Habían ido a la mesa de la cofradía donde se apuntaban los nombres, y en el renglón de los faroles nuevos habían puesto, con la letra grande de Lucía, «las chicas del 7, por Nico Herrera».

Cuando lo contaron en la cena, ninguna de las cuatro dijo nada.

África se levantó a recoger sin que hubiera nada que recoger.

Se colocaron en la arena como el mar coloca a la gente en una desgracia: cerca y sin tocarse.

Las cuatro, y en medio de las cuatro, Inma, con su carpeta de cuero abrazada contra el pecho.

A un lado, Gonzalo, quieto, las manos grandes muertas a los costados.

Y en su silla de anea, bajada a la arena por Gonzalo y puesta de cara al agua, Pepa —la segunda vez en todo el verano que se sentaba mirando el mar, y las dos veces por un muerto—, con Martín de pie a su vera, tan alto ya, tan de la cara de Nico que a Rocío le costaba mirarlo a contraluz de las velas.

Lucía se había sentado en la arena, entre las piernas de su padre, con la barbilla en las rodillas.

A diez pasos, ni uno más ni uno menos, guardando la distancia exacta de quien sabe que aquello no es suyo esta noche, esperaban los tres hombres: Sebas con las manos en los bolsillos, Teo recién vuelto esa misma mañana, y Álvaro, que había dicho que venía por si alguien se mareaba con el gentío y no engañaba a nadie.

Por la megafonía de la feria, allá arriba, una voz cansada anunció que el ganador del jamón del concurso de tortillas pasara a recogerlo por la caseta municipal. Nadie del corro se movió. Olía a churro y a algodón de azúcar, y a mar por debajo de todo.

Y entonces, cuando en la orilla empezaron a prender los primeros faroles y la arena se puso de un cobre igual que el de las hogueras de aquel verano, Inma abrió la carpeta.

Sacó un sobre. Rocío lo conocía. Era el sobre pequeño de la caja del zócalo, el del celo amarillo, el que ponía por fuera, con la letra temblona de Remedios, «Todavía no.». Ahora el celo estaba despegado.

—Ya es «ahora» —dijo Inma, y no le tembló la voz porque llevaba un verano preparándose para no dejarla temblar—. Dentro hay dos cosas. Remedios dejó dicho el orden: primero la de él. Después la suya.

Metió dos dedos y sacó los papeles. Eran dos cosas distintas y se notaba desde lejos.

Una era una cuartilla sola, de las de ahora, con la letra temblona por los dos lados.

La otra eran unos folios doblados en cuatro, amarillos de guardados, y en cuanto Inma los abrió un poco Rocío les vio la letra y supo, antes que nadie, de quién era, porque aquella letra no la había visto en su vida y a la vez la conocía: grande, redonda, echada hacia delante, de las que aprietan tanto el bolígrafo que traspasa al otro lado, letra de un chico que había escrito muy pocas veces y ninguna así.

Inma miró a las cuatro.

—Alguien tiene que leerla en alto —dijo—. Ya sabéis cómo se leen las cartas de Remedios.

Se hizo un silencio. Y en ese silencio, sin que se hablaran, las otras tres volvieron la cara hacia Rocío.

—Léela tú, Ro —dijo Marina.

No lo dijo porque le tocara. Lo dijo porque Rocío tenía la voz, y todas lo sabían, y Remedios lo había sabido antes que ninguna, hacía ya veinte años, cuando le dijo a una cría de quince que tenía voz de las que se escuchan.

Rocío alargó la mano y cogió los folios, y le pesaron lo que no había pesado nada aquel verano.

Le temblaban. Los abrió del todo. Buscó un plano donde meterse, un sitio de directo desde donde dar aquello sin que se le quebrara, y no lo encontró, así que respiró y empezó por lo primero, que era una fecha.

—«Veintitrés de junio de dos mil ocho. Las cinco de la tarde.»

Oyó, a su izquierda, a Marina coger aire de golpe. No la miró. Siguió.

Remedios, esto se lo dejo a usted, que es la única que sabe guardar las cosas. Déselo a las chicas cuando estén listas. Usted sabrá cuándo, que para eso las conoce mejor que ellas mismas.

Me embarco. Mañana. De mozo de cubierta en un mercante, un año o lo que salga, y pagan bien.

Con eso las deudas de mi padre se arreglan y a lo mejor hasta le queda barca para cuando yo vuelva.

Porque vuelvo hecho alguien, Remedios, se lo digo yo.

No se lo he contado a nadie porque me lo lloráis, y con vosotras cuatro llorándome yo no sé zarpar.

Así que me voy sin avisar. Es de cobardes, ya lo sé.

Pero prefiero que me lloréis cuando ya no lo vea.

Esta noche saco las nasas por última vez.

La Estrella Polar ya no es nuestra desde hace un mes, aunque en mi casa esa palabra no se dice, y mañana vienen a llevársela.

No pienso dejarles el aparejo dentro para el juzgado.

Salgo, subo las nasas de mi padre, y me despido de ella yo solo, que de una barca se despide uno sin público, illos.

Y ahora una cosa para cada una, que sois muchas y todas mandáis.

Rocío: tú vuela. Tú siempre ibas a volar, se te veía de cría, así que vuela lejos y no mires atrás, que yo también he echado a volar a mi manera y no pasa nada, y no me debes nada. Vete tranquila.

Marina: cuídame el bar. Y abre los ojos con Sebas, el de Barbate, que ese te mira como yo no he sabido mirar a nadie en mi vida, y tú venga a no verlo. Míralo.

África: deja de hacerte las maletas por dentro, que te conozco. Siempre andas medio subida a un tren. Tu sitio aquí no te lo quita nadie, y menos yo. Quédate un poco, aunque sea de mentira.

Candela: eres la más valiente de las cinco, aunque enseñes los dientes para que no se note. Ves más que todas nosotras juntas. Cuida lo que está vivo, que en eso no te gana nadie. Y no cuentes tanto.

Cuidádmelas, Remedios. Que yo, desde el agua, no voy a poder.

— Nico.

Al leer en alto el renglón de Candela, Rocío vio una palabra tachada que la voz se había saltado.

Rayada tan fuerte que el bolígrafo traspasó el papel, y encima, metida en el poco hueco que quedaba, la palabra que puso en su lugar.

Un chico de diecinueve años buscando la palabra exacta, y la primera no le valía.

Pasó el pulgar por el dorso y notó el relieve de la raya, sin saber cuál era la de debajo.

Rocío se paró. Creyó que se había acabado. Pero debajo, más abajo del nombre, con otra tinta y la letra más deprisa, apretada, como de quien vuelve a un sitio corriendo y no se sienta a escribir, había cuatro renglones más. Tuvo que coger aire dos veces para poder con ellos. Al lado, un número.

23:55.

Remedios: dile a África que sí. A todo. Que a partir de ahora seremos dos esperándola. Mañana no me embarco: mañana empiezo.

Nadie dijo nada.

En la orilla seguían prendiendo faroles, y arriba la megafonía dio otro aviso que nadie oyó, y el mundo entero siguió pasando por delante de aquel corro sin saber lo que acababa de pasar dentro de él.

Rocío bajó los folios. No le salía la voz para más, y tampoco hacía falta.

Miró a las otras tres, una por una, con el oficio de quien lleva media vida leyendo caras en un plató, y les fue viendo la absolución llegarles como llega la marea a la arena: sin ruido, cubriéndolo todo, y ya no se sabe dónde estaba la línea seca.

Marina tenía la boca abierta y no salía nada de ella. Movía los labios haciendo una cuenta, la misma cuenta que llevaba dieciocho años echando mal.

—Las cinco de la tarde —dijo por fin, muy bajo, para nadie—. Ya estaba escrita. A las cinco.

Y Rocío se la terminó por dentro, la cuenta, porque a ella se le daban los minutos.

La carta era de las cinco. Lo de Marina, aquello que se le veía en la cara como un moretón viejo, había sido de noche, tardísimo.

Cuando Marina abrió la boca junto a las casetas, Nico ya llevaba horas con la maleta hecha por dentro.

No lo empujó ella. No lo empujó nadie. Marina no lo mató, porque no había nada que matar que él no llevara ya decidido desde antes de comer.

Rocío se lo vio entenderlo, y le vio también que aún no podía decirlo en voz alta, que eso vendría después, con las cuatro solas; pero se le fue un peso de la mandíbula, como cuando a alguien le quitan por fin un yeso de un hueso que ya estaba curado.