Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Y ahora escúcheme lo otro, que es lo que ha venido usted a que le diga aunque no lo sepa.

—Se volvió por fin—. Usted saltó antes. En la bocana.

Cuando saltó, quedó en la barca una persona menos.

—Lo dijo despacio, poniendo cada palabra donde iba—.

Una persona menos es una barca más ligera, Candela.

Más alta de flotación, más fácil de gobernar.

Su salto no volcó nada. Al revés. Si acaso, la dejó mejor.

El mar no llevaba su nombre esa noche. Llevaba el de él, y el de un embargo, y el de un levante que roló. El suyo no.

—¿Y si me hubiera quedado? —Le salió del sitio de siempre, del borde donde ella cortaba—. Si me quedo, a lo mejor le ayudo con las nasas. A lo mejor izamos antes. A lo mejor…

—Si se queda, son dos en los bajos con el levante encima.

—No la dejó terminar, y no lo dijo duro; lo dijo con la naturalidad de una verdad de oficio, con la calma del que lleva años pensándola—.

Dos, y una que no sabe de mar. No lo salva usted quedándose.

Se ahoga con él. Eso no es una opinión mía.

Es de física, Candela. El agua no perdona ni castiga: pesa y flota, y ya está.

Y algo, en algún sitio, cedió.

No era todo. Candela lo notó incluso mientras cedía: que se le caía una losa y debajo quedaba otra.

Porque el mar la soltaba —el mar, el vuelco, el peso del agua, todo aquello dejaba de ser suyo—, pero lo último que le dijo, eso no lo desmontaba ningún informe.

Ojalá no vuelvas. Eso seguía siendo verdad, seguía siendo suyo, seguía sin sitio.

—Lo último que le dije fue eso —dijo, muy bajo—. «Ojalá no vuelvas.» Eso no me lo quita usted con el levante.

—No —dijo Álvaro—. Eso no es mío. Eso es de otra carta, a lo mejor. —Y no fingió que podía arreglárselo. La dejó ahí, viva, la culpa que le quedaba.

Álvaro no se levantó. Se quedó con las llaves en la mano, dándoles vueltas despacio, y habló otra vez, más bajo, sin mirarla.

—Ya que estamos, hay una cosa mía. Que también toca decirla.

Candela esperó.

—Aquella mañana yo era un residente de veinticuatro años. La atendí a usted helada, sin más explicación que la que usted no me dio. Y me callé. En una sola mañana decidí una cosa que no me tocaba a mí decidir.

—Usted me protegió —dijo ella.

—Puede. O no. —Dejó las llaves quietas—. Había un parte que escribir. Un papel diciendo dónde había estado usted esa noche y de dónde la había sacado yo. Eso era lo honrado. Y a lo mejor lo más cruel también. Las dos cosas iban juntas.

Candela no apartó los ojos de él, que para una vez no le pesaba mirar de frente.

—Lo que no sé todavía, y ya son muchos años, es si la protegí a usted o me escondí yo detrás de usted.

Si me callé por su bien o por no cargar con lo que venía detrás.

—No lo dijo con pena. Lo dijo derecho, como una fecha—.

Me lo he preguntado cada año, yo solo, sin contárselo a nadie.

Y no siempre me contesto lo mismo. Hay veranos que me doy la razón y veranos que no me la doy.

Se guardó las llaves en el bolsillo.

—No le pido que me lo agradezca, Candela. Al revés se lo pido. No lo tome por ejemplo. Aquel día yo no hice lo correcto. Hice lo que podía vivir después, que no es lo mismo. A un médico no se le paga por eso.

Pero la otra, la del agua, ya se le había ido. Y por el hueco que dejó al irse subió, de golpe, dieciocho años.

*

Lloró.

Lloró por fin, y no fue bonito. Fue con hipo, con la cara escondida entre las dos manos, doblada sobre las rodillas en un banco de piedra de la calle de atrás de la iglesia, un llanto feo y ruidoso que no había llorado en dieciocho años porque no se había dejado.

Lloró como se deja correr el agua que lleva años embalsada, que sale sucia primero y arrastra hojas y barro y todo lo que se le había podrido dentro.

Le temblaban los hombros. Se le escapaba el aire con un ruido que le daba vergüenza y ni así podía parar.

Álvaro no se echó encima. No la abrazó, no le dijo tranquila, no hizo aspavientos.

Le puso una mano en el hombro, una sola, quieta, con el peso justo para que ella supiera que estaba, y la dejó llorar.

La dejó llorar todo lo que había que llorar, sin prisa, mirando la pared blanca mientras a su lado se vaciaba una presa de muchos años.

—Ya está —dijo, cuando el llanto empezó a bajar de vueltas—. Ya está. Ya pasó. Mírame.

Candela levantó la cara, hinchada, corrida, fea de llorar.

Y lo miró. Y en mitad de mirarlo, con la respiración todavía a saltos, se dio cuenta de una cosa pequeña que se le había colado por debajo de todo lo grande.

—Me has tuteado —dijo.

Álvaro se quedó quieto. Cayó en ello un segundo después que ella; se le notó en la cara, el hombre que lleva años hablándole a alguien de usted y a quien se le acaba de escapar el tú sin permiso, en el peor momento o en el mejor.

No lo arregló. No volvió al usted. Solo la miró, y con las dos manos, con el cuidado de coger algo que se puede romper, le tomó la cara a los lados, le apartó el pelo pegado por las lágrimas, y la besó.

Fue un beso corto. Quieto. Casi de médico, de los que se dan sin abrir la boca, sin prisa y sin nada detrás que empujara.

Las manos a los lados de la cara, los labios apenas, un momento, y ya.

No hubo más. Ni falta que hizo. Era otro idioma de beso, uno que Candela no se sabía y entendió a la primera.

Se separó él, no mucho, y se quedó con la frente casi en la de ella.

—Dieciocho años guardándote el sitio —dijo. En tú, ya para siempre.

Y era la misma frase que le había dicho en la consulta, la de guardándole el sitio , pero cambiada de idioma, y por eso decía otra cosa.

*

Volvieron andando hasta la plaza, sin tocarse, un palmo de aire entre los dos, que a Candela le pareció el sitio exacto.

Ninguno tenía prisa por ponerle nombre a lo que acababa de pasar.

Ya habría tiempo. Mañana eran los Faroles, y al día siguiente otro día, y aquel hombre no se iba a ninguna parte: llevaba años demostrándolo.

—Mañana es lo de la carta —dijo Candela en la plaza—. La quinta. La que guarda Inma.

—Lo sé. Va medio pueblo. —Álvaro se metió las manos en los bolsillos—. Yo estaré. Por si alguien se marea con el gentío. —Y era mentira a medias, y los dos lo supieron.

Subió sola la cuesta. En la cocina del número siete estaban las tres, y una novedad: Rocío decía que Teo volvía por la mañana, que había llamado a África para avisar, que quería estar en los Faroles.

Volvían todos, para el sábado. El pueblo entero soltaría sus faroles al mar por los que no volvieron, y entre ellos, por fin, iría el de ellas.

Con las manos vacías, había dicho Remedios.

Con las manos vacías y el corazón abierto.

Candela no cenó con ellas. Subió a su cuarto.

No bajó la persiana —no la bajaba desde la noche en que Álvaro dejó de hablar en clave— y se quedó un rato de cara al agua negra del puerto, a las cuatro luces temblando encima, al faro barriendo cada tanto.

Ya no le pesaba mirarla. El mar de ahí abajo era agua, y pesaba y flotaba, y ya está.

Se pasó el pulgar por la muñeca, por la magnolia tatuada, sin darse cuenta.

Y entonces sí se dio cuenta, y se paró a mirarse el gesto.

Toda la vida se había tocado allí para aguantar, para contar, para no caerse, la magnolia como un ancla contra lo que subía.

Esta vez no subía nada. La tocó y no le hizo falta que le hiciera nada.

Era una flor dibujada en la piel de una florista, y ya está.

Una flor y una muñeca, sin florecilla de plata, sin frío debajo.

Dejó la mano quieta encima, y así se quedó, mirando el agua sin contarla, hasta que se hizo de noche cerrada.