Capítulo 32
Candela llevaba despierta desde antes de que aclarara, pero eso ya no era noticia en aquella casa.
Bajó al patio con la regadera y le dio a los geranios, a la albahaca y al esqueje suyo, el que no florecía nunca, seis hojas y una yema cerrada, igual que el verano pasado.
Regar por la mañana era una novedad; llevaba semanas regando de noche, a escondidas, y esa mañana lo hizo a la luz, sin pensar por qué, quizá solo porque ya no le importaba que la vieran.
Las otras tres dormían o lo fingían, cada una en su provincia. Dos días llevaban así, midiéndose los pasos, aguantando hasta los Faroles como había mandado Rocío. Candela se movía por la casa igual que por un invernadero en invierno: sin ruido, para no despertar lo que estaba dormido.
Y entonces, por la cuesta de abajo, subió Martín.
Venía del puerto. Traía puestas unas botas de agua de Gonzalo que le venían grandes, un jersey que no era suyo, y en la cara el rojo del relente y del sol de plano sobre el agua.
Olía a mar y a gasoil desde tres metros.
Había salido de madrugada en la Salvador , con el tío, a la marea de verdad, a lo que había pedido: saber qué se siente.
Volvía callado, con la manera de andar del que trae el cuerpo cansado y por dentro una cosa grande que aún no ha colocado.
Y radiante. Radiante de una forma seca, sin sonrisa, que a Candela le entró por un sitio para el que no tenía palabra.
Un chico volviendo del agua. Vivo. Subiendo la cuesta a las ocho de la mañana con las botas de otro y el pelo tieso de salitre, para desayunar y contarlo.
Candela se agachó otra vez sobre las macetas para no mirarlo más de la cuenta. No supo qué le había pasado por dentro; solo que le costó un momento volver a coger la regadera, y que no fue tristeza, o no solo.
—Buenos días —dijo el crío al pasar, educado como siempre.
—Buenos días, hijo —dijo ella. Y él subió a la cocina, y Candela se quedó en el patio con el agua cayendo sobre una tierra que ya no la pedía.
*
Inma bajó la cuesta a mediodía, como bajaba siempre en cuanto una carta se cumplía, con su carpeta de cuero bajo el brazo y el paso corto de la plaza al número siete, que se lo sabía ya de memoria.
Las encontró a las cuatro en la cocina, cada una en su sitio de la mesa, sin apenas hablarse, y a Candela le pareció que la notaria las repasó con la vista antes de decir nada, con el ojo de quien lleva un verano leyéndoles las caras.
—La tercera está cumplida —dijo, dejando la carpeta en el mármol—. Se abrió la puerta. Vino quien tenía que venir. —Miró hacia la escalera, por donde andaba Martín, y no dijo más de eso, que Inma era de las que sabían lo que se dice y lo que se calla—. Así que traigo la cuarta.
Sacó el sobre. Color crema, numerado, con la letra temblona que a estas alturas las cuatro conocían mejor que su propia firma. Y esta vez el nombre de fuera no era el de ninguna de las de arriba.
—«Para Candela» —leyó Inma, y se lo tendió a ella por encima de la mesa.
Candela se limpió las manos en el pantalón antes de cogerlo, aunque las tenía limpias. Lo tuvo un momento sin abrir, del peso de nada que tienen las cosas que pesan.
—Las cartas de Remedios se leen en alto —dijo Inma, y lo dijo suave, con el tono de lo que se ofrece y no se obliga—. Ya lo sabéis. Pero cada una lee lo que quiere leer. Si prefieres que la lea otra…
—No —dijo Candela.
Le salió sin pensarlo, y la sorprendió a ella la primera.
Nunca había leído una en alto. Las otras tres se habían turnado a lo largo del verano —Rocío casi siempre, que para eso tenía la voz—, y ella se había quedado siempre de cara a la pared, contando azulejos mientras las palabras de Remedios llenaban la cocina.
Esta vez despegó el borde con el pulgar, sacó la cuartilla, y leyó ella, con la voz corta al principio y luego menos corta, en voz alta, delante de las tres, por primera vez en su vida:
Cuéntaselo. Todo. Llevas media vida pagando una deuda que nadie te cobró. Mañana, en los Faroles, Inma os dará lo que guardo para vosotras desde hace dieciocho años. Id con las manos vacías y el corazón abierto. — R.
Nadie dijo nada.
Y a Candela, mientras la última palabra se le quedaba quieta en la cocina, no le cayó encima como una orden.
Le cayó al revés. Porque cuéntaselo, todo era lo que Remedios le pedía que hiciera, y ella lo había hecho ya.
El miércoles. Sola. En el escalón de una ermita donde no se veía el mar, sin que ninguna carta se lo mandara.
Remedios había escrito aquello meses atrás, con el pulso prestado, apostando a que Candela lo soltaría por su cuenta antes de que le llegara el papel.
Y había ganado la apuesta. La carta no llegaba tarde: llegaba justo para decirle que Remedios había confiado en que lo haría sola.
Que la conoció mejor de lo que Candela se conocía.
Que aquella madrugada, cuando la vio salir del agua —porque algo vio, siempre lo sospechó—, no la dio por perdida.
Eso fue lo que la partió, más que ninguna orden. Que no era una orden. Era una fe cumplida.
—«Mañana, en los Faroles» —repitió Rocío, en voz baja, y las cuatro se miraron de refilón, un cruce rápido de ojos que no llegó a mirada, porque todavía no se sostenían las miradas.
Seguían partidas. La carta las convocaba a todas al sábado, con las manos vacías; no las arreglaba. Eso lo sabían las cuatro sin decírselo.
—Lo que guarda desde entonces —dijo Marina, para el mármol.
—Eso mañana —cortó Inma, recogiendo la carpeta—. Yo cumplo instrucciones, no adelanto sorpresas. Que para eso me paga la difunta, y paga bien. —Ya en la cancela, se volvió—: A las nueve, en la playa del Chorrillo. Las cuatro. Y con las manos vacías, que lo pone ella y yo se lo hago cumplir.
*
Por la tarde, Candela hizo una cosa que no había hecho nunca.
Fue ella.
Toda la vida la habían llevado o la habían sacado.
La habían subido a rastras a la consulta, Marina agarrándola del codo.
La habían sacado de la multitud del Carmen por el brazo, igual que una maceta que se va a caer.
La habían buscado por los pinares y encontrado en una ermita.
Siempre alguien la movía a ella. Esa tarde cogió la cuesta abajo por su pie, sin decírselo a nadie, con el sobre crema doblado en el bolsillo del pantalón, y bajó a la calle de atrás de la iglesia a buscar a Álvaro.
Porque cuéntaselo, todo era una orden que ella ya había cumplido con las suyas.
Pero leyéndola otra vez por la cuesta se dio cuenta de que decía también otra cosa.
Había un hombre que llevaba dieciocho años guardándole el sitio, y ella nunca se lo había contado.
Le había contado a las tres lo de la barca.
A él no. A él, que la había atendido helada aquella mañana y se lo había callado todos esos años, le debía las palabras enteras, y no se las había dado.
La consulta estaba cerrando. Álvaro salió con las llaves en la mano, sin bata, la camisa remangada, y al verla en la acera se paró.
No preguntó qué hacía allí. Había, a la vuelta de la esquina, en la calle de atrás, un banco de piedra a la sombra de la iglesia, uno de esos que nadie usa a esas horas de calor.
Álvaro señaló el banco con la barbilla, sin una palabra, y se sentaron los dos.
Y Candela se lo contó. No con la voz plana del que recita contra una pared, como había hecho con las tres; más despacio, saltando lo que él ya sabía y parándose en lo que no.
La barca. La media, que la supo por la campana.
El reproche y la declaración, tantos años de callarlo saliéndole todos a la vez y mal, y él mirándola con todo el cariño del mundo para decirle que era de su familia.
Como una hermana. Con dulzura, que es como más hondo entra.
Y le contó lo que él no sabía. Lo de Rocío y Nico, que ella lo había visto desde mayo, detrás de las casetas, y se lo había callado.
Y lo del espigón esa noche: el abrazo, la ruptura, que Rocío lo dejó horas antes y que Candela lo vio desde las rocas, agachada, tapándose la muñeca.
Todo, hasta lo que las otras tres no sabían aún, porque a él sí podía.
Y supo, diciéndolo, que Álvaro pasaba a saber de aquella noche más que ninguna de las de arriba, y que no lo iba a mover de sitio jamás.
Era su oficio. Callar lo de los otros era lo que aquel hombre sabía hacer mejor que nadie.
Cuando terminó —el grito, el salto, el agua de junio con frío de enero, la orilla— se quedó mirándose las manos, esperando lo que fuera.
Álvaro tardó un poco. Y luego habló de otra cosa. Habló del informe.
—Yo lo leí entonces —dijo—. En un pueblo estas cosas se saben enteras, no hace falta ser guardia civil.
El informe decía lo que dijo el mar esa noche.
Había levante anunciado, pero flojo. Y a eso de la una y pico roló y arreció de golpe, sin avisar, como hace el levante cuando le da la gana.
—Miraba al frente, a la pared blanca de la iglesia, no a ella—.
La Estrella Polar estaba en los bajos de la Perla, que es rompiente, piedra mala, y estaba subiendo las nasas.
Con el aparejo a medio izar. Eso, con mar de fondo entrando de través, es lo peor que hay.
Nico era buen patrón, Candela. De los mejores.
Pero esa noche el mar le cambió la carta a mitad de partida, y ni el mejor patrón gana con las cartas cambiadas.
Candela no dijo nada. Contaba, sin querer, las juntas de la piedra del banco.