Capítulo 31
Marina amaneció guisando para un regimiento que no iba a sentarse.
Dejó los garbanzos en remojo desde la noche —dos puñados de más, echados a ojo para nadie— y a media mañana del jueves tenía ya en el fuego un puchero que daba para quince, un bizcocho empezado en la encimera y pelados los tomates de una ensalada que no había pedido nadie.
Le pasaba cuando la casa se le ponía de aquella manera.
En julio, con Sebas en Barbate, había cocinado de menos, el potaje corto y soso, con esa cara de guiso al que le falta algo y no es la sal.
Ahora le salía al revés. Cuanto más callada estaba la casa, más echaba ella a la olla, como si con caldo de sobra se pudiera tapar el hueco por donde no se hablaban.
Y no se hablaban. Cuatro mujeres en ciento veinte metros cuadrados moviéndose para no cruzarse, midiéndose los pasos por el ruido: Rocío arriba con el móvil, África en la azotea con las cuentas de otra vida, Candela regando a deshora un poyete que ya chorreaba.
Los buenos días se daban de refilón, tres palabras cada uno, y a Marina se le habían vuelto campos de minas: había que decirlos sin pisar lo de la ermita, sin nombrar la barca, sin rozar el «sereno» que a ella le seguía descuadrando una cuenta que no cuadraba.
Nadie tocaba el tema. Lo de Rocío en la Berlingo estaba en pie, callar hasta los Faroles, aguantar tres días, y llevaban dos aguantando sin mirarse.
Solo una cosa había cambiado, y Marina la apuntó en la libreta de dentro, la de lo que no se cobra ni se dice.
La puerta de Candela. Toda la vida cerrada, con llave y persiana bajada, y desde la noche de la ermita se quedaba entornada, un palmo abierta al pasillo, como quien por fin no tiene nada más que guardar detrás.
A eso del mediodía sonó la cancela.
Fue Candela la que abrió, y por el hueco de la puerta Marina vio entrar a Lucía cuesta arriba, sola, con una libreta de espiral apretada contra el pecho y el aire de quien viene a un asunto de importancia.
—Vengo a ensayar la radio con Rocío —anunció al patio entero—. Que en septiembre es ya, y hay que practicar.
Y ahí se paró en seco.
Porque en el arranque de la escalera estaba Martín, descalzo, con el pelo mojado, que bajaba a por agua.
Los dos críos se quedaron mirándose un momento en mitad del zaguán, la de nueve años inspeccionando al de diecisiete con esa falta de vergüenza que se les pasa a los diez.
Marina soltó la bayeta en el mármol sin darse cuenta.
Sabía lo que había en aquella casa que aún no se había cruzado, y era eso.
—Tú eres el de Málaga —dijo Lucía. No era pregunta. Era un dato que colocaba en su sitio—. El hijo de mi tío Nico. Entonces eres mi primo.
—Sí —dijo Martín.
—Pues no te había visto todavía. —Lo dijo casi con reproche, como si le debieran una presentación desde hacía días—. ¿Sabes silbar con dos dedos?
—Sé.
—Enséñame. Que yo lo intento y me sale aire.
Y así, sin más trámite, sin una palabra sobre el muerto que tenían los dos metido en la cara, Lucía lo adoptó.
Igual que había adoptado a Rocío en la cena de junio, igual que adoptaba todo lo que le hacía falta: cerrando el trato antes de que al otro le diera tiempo a negociarlo.
Se sentó en el escalón, plantó la libreta en las rodillas y le hizo sitio al lado con la mano, y Martín, que llevaba dos semanas siendo el hijo de, el fantasma, el chaval al que el pueblo entero miraba como si viera resucitar a alguien, se sentó a enseñarle a silbar a una prima de nueve años que solo quería eso de él: un primo mayor que supiera hacer algo.
Marina lo vio respirar. Lo vio de verdad, desde la cocina, con el paño en la mano: al crío se le soltaron los hombros, se le fue de la boca la tirantez de andar pidiendo permiso, y por primera vez desde que cruzó aquella cancela pareció un chico de diecisiete años y no un recado de dieciocho años atrás.
Se metió los dedos en la boca, sopló, y le salió un silbido que espantó a las palomas del tejado de enfrente, y Lucía se rio con la boca abierta y lo intentó y le salió aire, y volvió a intentarlo.
Marina lo apuntó en la libreta de dentro, y se le puso encima una cosa que no supo cobrar.
Que había cuentas que se pagaban solas, sin que nadie las echara.
Que a aquel niño, para dejarlo respirar, no le había hecho falta ni una de las cuatro con todas sus verdades y todos sus silencios: le había hecho falta otro crío que no supiera nada, que le pidiera un silbido y una carabela y lo tratara como lo que era.
Gonzalo subió a última hora de la tarde a por la niña.
Se quedó en la cancela, con la camisa de faena y las manos grandes, sin pasar del umbral, que a aquella casa él no entraba de más.
Lucía bajó las escaleras a la carrera con el asunto de la radio a medio resolver y el silbido a medio aprender, y detrás bajó Martín, y fue en el patio, con Marina cerca fingiendo recoger las macetas, donde el chico se paró delante de su tío y dijo lo que traía dicho.
—Quiero salir a pescar contigo. —Le costó, pero lo soltó entero—. Un día de estos. A la mar, de verdad, no a mirar. Quiero saber qué se siente.
Lo dijo con la sencillez tremenda de los críos que ya han colocado a sus muertos en su sitio, o buscándoles el sitio; con la misma naturalidad con que Lucía contaba que a nadar la había enseñado su madre, en pasado, sin que se le rompiera la voz.
Gonzalo lo miró un momento, ese momento suyo de hombre que mide el mar antes de salir.
—Mañana —dijo. Tres palabras contadas, como todas las suyas—. De madrugada. En la Salvador .
Y no dijeron más, ni el crío ni él, y a Marina se le fue el aire por debajo del mandil, porque nadie más lo dijo tampoco y ella sí lo estaba pensando con todas sus letras: que el hijo de Nico salía mañana al agua con el hermano de Nico, en la barca del padre muerto, a las horas en que el otro no volvió.
Nadie lo comentó en voz alta. No hacía falta.
Había cosas en aquel pueblo que se decían callándolas, y aquella era de las gordas.
Cenaron seis, con Sebas y con el chico, y fue una cena de las que sostienen los niños aunque el niño ya casi fuera un hombre. Después, cuando la casa se recogió, Marina no subió con las otras.
Bajó al bar.
Sebas estaba echando el cierre de la noche, la plancha ya fría, las sillas subiéndose a las mesas de dos en dos, y ella entró por debajo de la persiana medio bajada, agachada, a escondidas en su propia casa.
No encendió la luz grande. Se quedaron los dos en la penumbra de la barra, la de trece años, el trozo de mar sin ver entre los toldos, y Marina se sentó en un taburete del lado de los clientes, que era el sitio raro para ella, el de fuera.
—Aquella cosa que te prometí en Barbate —dijo—. La de contártelo entero. Que aquello no era entero, y tú lo sabías y yo lo sabía. —Puso las manos en el mármol—. Pues es esta noche. Antes de que se abran esas cartas y ya no sepa yo ni por dónde empezar.
Sebas dejó la bayeta. No dijo nada. Se apoyó en su lado de la barra, en el de dentro, con las manos quietas por una vez, y esperó, que era lo que aquel hombre sabía hacer mejor que nadie.
Y Marina le contó lo suyo entero.
Lo del niño ya se lo había dado, la madrugada en que el chico salió a ser verdad, con Martín durmiendo en el sofá del salón y ella diciéndoselo bajito para no despertar a la casa: que aquel crío era hijo de Nico y de África, que África lo había parido en Sevilla y lo había dado, todos aquellos años atrás.
Eso Sebas lo sabía. Pero en Barbate Marina le había dado la forma de lo suyo y no la cosa, y ahora venía la cosa.
—Lo que le dije a Nico aquella noche. —Cogió aire, el que se coge antes de cantar la comanda que uno no quiere cantar—.
No fue «una cosa de Rocío y de Madrid», como te lo puse yo de bonito.
Fue esto, con estas palabras: «Rocío se va a Madrid en septiembre.
Y no piensa decírtelo.» Se lo escupí junto a las casetas de los aparejos, del tirón, a las once y pico de la noche.
Y no se lo dije por él, fíjate. Se lo dije para partirle a ella el único sitio por donde sangraba, por celos de cría, porque Rocío lo tenía todo y a mí me hervía aquel chaval por dentro desde los catorce.
—Miró el mármol—. Fue despecho pelado, Sebas.
Vestido de favor, que es lo peor, porque me lo creí.
Me dije que alguien tenía que avisar al pobre.
Y una palabra dicha es hielo bajado a la playa: para cuando quieres devolverla al arcón, ya es agua.
Eso ya te lo dije. Lo que no te dije es el agua que era.
Sebas no se movió.
—Dieciocho años creyendo que lo maté con la bocaza —siguió ella—.
Que le di la puntilla y a la media hora estaba en el mar.
Y ahora resulta —y aquí se le puso la voz de cuenta que sobra un número— que hay más manos en esto.
Candela iba con él. En la barca. Se subió, le echó en cara medio pueblo, se le declaró, y él la trató como a una hermana, con dulzura, que es como más hondo entra, y ella se humilló y le gritó «ojalá no vuelvas» y saltó al agua en la bocana.
La última que lo oyó fue ella. Y me contó, en la ermita, que Nico iba sereno.
Contento. Silbando. Y yo con ese «sereno» no sé qué hacer, no le encuentro el sitio, no me cuadra en ninguna cuenta.
Se calló. En la barra, dieciocho años atrás, no había habido testigo de nada. Ahora había uno, quieto, con las manos en el mármol.
Y estuvo Marina a punto de dejarlo ahí. Pero se acordó de la otra frase, la que se tragó en aquel mismo bar hacía un mes, la que empezó a decir y bajó como una persiana.
—Y aquel día, cuando te dije lo de que me casé contigo porque era lo que había.
—Le costó más esto que todo lo demás—. Iba a decirte una cosa peor.
Iba a decirte que ni siquiera me habría casado contigo si él viviera.
Y me la callé. —Por fin lo miró—. Y me la callé porque era mentira, Sebas.
Me la callé porque la iba a decir para hacer daño, como lo de Nico, y a mitad me di cuenta de que no era verdad.
Me casé contigo por lo que había, eso sí.
Pero me quedé por lo que fue llegando. Y eso no es lo que había. Eso ya eras tú.
Sebas se quedó un rato largo mirándola, un hombre grande al que le habían movido todos los muebles de la casa de una vez.
No preguntó. No cobró. Cogió la bayeta otra vez y le pasó al mármol un repaso que el mármol no necesitaba —el gesto de ella, se lo había pegado en trece años—, y cuando habló lo hizo despacio, sin subir la voz, con su lógica de cocinero bueno.
—Marina. —Dejó la bayeta—. ¿Y si no tuvo la culpa nadie? ¿Lo habéis pensado alguna vez, las cuatro a la vez?
Ella no contestó.
—Mira. —Buscó las palabras en lo que sabía, que era la cocina—.
Cuatro guisando el mismo puchero, cada una echa lo suyo, una la sal, otra el sofrito, otra el agua.
Y si se quema, cada una jura por sus muertos que se quemó por lo que echó ella.
Y a lo mejor se quemó porque hacía viento y entró de golpe por la puerta.
—Se encogió de hombros, una vez, con cuidado—.
Yo no os conocía de entonces. Pero llevo un verano oyéndoos cargar cada una con el muerto entero como si fuera de una sola.
Y me da que ese muerto no cabe en cuatro espaldas repartido, porque cada una se lo ha echado enterito a la suya.
Marina bajó la vista al mármol.
No podía cogerlo. Lo notó ahí, en medio de la barra, y no pudo alargar la mano.
Porque la culpa era su esqueleto, lo que la tenía de pie desde los diecisiete; si le quitaban aquello, no sabía con qué iba a sostenerse.
La frase de Sebas le entró como entra la luz por debajo de una puerta cerrada: se ve la raya en el suelo, se sabe que al otro lado está encendido, y no se abre. Todavía no. No aquella noche.
—A lo mejor —dijo, y no dijo más, porque «a lo mejor» era lo más grande que le cabía por la boca aquella noche.
Sebas no insistió. Nunca insistía. Recogió los dos últimos vasos, apagó la nevera, y subieron juntos la cuesta a oscuras, sin tocarse y sin hablar, que a veces era la manera de ir más juntos.
En la casa la luz amarilla de la cocina seguía encendida por si la última en subir la necesitaba.
Marina se acostó, y en lo oscuro, sin bayeta que pasar ni barra que poner por medio, le rondó por primera vez, sin cortarla, la raya de luz por debajo de la puerta.
No la abrió. Todavía no. Pero se quedó mirándola, sabiendo que estaba encendida al otro lado.
Ninguna se había disculpado. Era demasiado pronto, y eso Marina lo sabía por oficio, como sabía que a un guiso no se le levanta la tapa antes de su hora.
Quedaban dos cartas. La de Candela, la cuarta, sin abrir todavía, y aquel sobre pequeño que decía «todavía no» con la letra temblona, el que Inma se llevó envuelto en un pañuelo.
Y mañana era viernes. Si Inma bajaba la cuesta con la cuarta debajo del brazo, como bajaba siempre en cuanto se cumplía la anterior, aquello ya no lo paraba nadie: los Faroles caían el sábado, a dos días, y el pueblo entero soltaría al mar sus faroles por los que no volvieron, y entre ellos, por fin, el de ellas.