Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 30
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Capítulo 30

A mediodía las macetas del poyete estaban lacias y la regadera seca, y fue eso, antes que la cama sin deshacer o el móvil en la mesilla, lo que le puso a Rocío el reloj por dentro.

Porque Candela regaba. Era lo único que no le fallaba nunca, ni en sus peores días, ni de noche, que era cuando regaba ahora para que no la viera nadie: bajaba con la regadera y le daba a la albahaca, a los geranios, al poyete entero, hoja por hoja.

Y aquella mañana las hojas colgaban en el bochorno pidiendo agua y la regadera estaba boca abajo en la sombra, sin usar, y la tierra, cuando Rocío metió el dedo, ardía.

—No ha regado —dijo, en voz alta, a la cocina vacía.

Y esa frase, dicha así, sin querer, fue la que lo encendió todo.

Marina la oyó desde el patio y subió los tres escalones de dos en dos.

África salió del cuarto con el ordenador todavía en la mano.

Subieron a mirar la habitación de Candela y estaba la cama hecha, y el móvil cargando en la mesilla con la florecilla de plata al lado —no; la florecilla no estaba, la florecilla se la había llevado en el puño—, y la persiana subida del todo, dando al puerto, a un mar de agosto liso como una plancha.

Nadie dijo la palabra. Rocío se dio cuenta de eso enseguida, con el oído que tenía para lo que no se dice: que las tres se movían por la casa hablando de horarios y de a quién llamar, y ninguna decía en voz alta lo que las tres estaban pensando mirando aquella persiana subida.

Bajaron a la calle.

Lo demás fue un directo sin escaleta, de esos que Rocío odiaba, en los que hay que dar paso sin saber a qué.

Marina llamó a Sebas, que dejó el bar a la primera y salió con dos hombres a mirar la carretera de Barbate.

Gonzalo apareció con la furgoneta de la lonja antes de que nadie lo avisara —lo avisó el pueblo, que en La Almadraba las malas noticias no necesitan teléfono— y se ofreció a subir a los pinares, al mirador, a donde hiciera falta.

La del estanco bajó la persiana a media mañana, que no lo hacía ni el día de la boda de su hija, y se plantó en la esquina a repartir sitios con el abanico parado:

—Vosotras por arriba —dijo—, que abajo ya hay quien mire.

Abajo. La playa. El agua. Lo dijo con esa naturalidad de pueblo que sabe siempre de qué se está hablando aunque no se nombre, y a Rocío se le quedó la palabra atravesada, y siguió.

Fue buscando, y a la vez, por el vicio del oficio, fue realizando a la gente, poniéndole a cada cara su plano.

Y en medio de todos apareció Álvaro. Llegó a pie, sin la bata, con la camisa remangada como siempre, y preguntó dónde habían mirado, y cuando Marina le fue diciendo —la carretera, el vivero cerrado, la ermita no todavía—, él escuchó con una quietud que a Rocío no le encajó.

Los demás tenían el miedo del pueblo, el de todos, el que se reparte.

El de Álvaro era otro, más hondo, más quieto, uno que sabía algo que no decía.

«¿Habéis mirado abajo?», preguntó, y lo preguntó con el abajo ya imaginado.

Rocío lo archivó en el sitio de las cosas que no cuadran, sin fuerzas para nada más, y tiró para arriba.

Subieron ella, Marina y África en la Berlingo por la carretera vieja, la de lo alto, por donde Candela andaba de noche cuando la casa se le venía encima.

Dieciocho años atrás el miedo las había repartido por la playa en cuatro puntos que no se tocaban.

Aquella tarde las metió a tres en una furgoneta a buscar a la cuarta, y Rocío pensó eso mientras Marina conducía despacio, mirando las cunetas, y no supo qué hacer con el pensamiento, así que lo dejó.

Fue Rocío la que dijo la ermita.

Se le vino de golpe, sin razonarlo, como se le venían los buenos cortes en pleno directo: la ermita del Carmen, extramuros, la de la Virgen del manto azul, la patrona de los que se van al mar y no vuelven.

El día del Carmen a Candela le había dado el pánico con las coronas.

A lo mejor por eso. A lo mejor por lo contrario.

—Para —dijo—. Sube por aquí. A la ermita.

Marina metió la Berlingo por el camino de tierra y la ermita apareció al final, chica, encalada, con su espadaña de una campana y la puerta de madera abierta a tierra adentro, la loma alta detrás, que le tapaba el agua entera.

Desde el escalón de la ermita no se veía el mar.

Era, en todo el término, casi el único sitio donde no se veía.

Y en el escalón estaba Candela.

Sentada, menuda, con la rebeca azul abrochada hasta el cuello en pleno agosto y las rodillas recogidas, mirando la puerta cerrada de la Virgen.

Entera. No le había pasado nada. Estaba entera y vaciada, como una casa a la que le han sacado los muebles, y en el puño cerrado, contra el pecho, tenía la pulsera.

Rocío bajó de la furgoneta con las piernas flojas de puro alivio y se le salió el pueblo por debajo de la voz de dar las noticias:

—Candela, hija. —No lo decía nunca, ni ese «hija» ni con esa música. Le salió de más abajo del Telediario—. Que llevamos medio día.

—No he pedido que vinierais. —No era borde. Era verdad, dicha sin fuerza—. No pido perdón por el susto, no me sale. —Se miró el puño—. Necesitaba un sitio donde no se viera el agua. Y esta Virgen no me pregunta nada. Está ahí, con lo suyo. Es la única de por aquí que no me mira como si supiera.

Marina se sentó en el escalón a su lado sin decir nada, hombro con hombro.

África se quedó de pie, altísima contra la pared blanca.

Rocío mandó un mensaje de tres palabras —«Está aquí.

Bien.»— y apagó el móvil, para que no subiera nadie.

Esto era de las cuatro. Y se sentó ella también en el albero, delante, de cara a Candela, y esperó, porque había aprendido en veinte años de plató que a veces el mejor plano es el que no interrumpes.

Candela empezó a hablar mirando la pulsera.

Habló bajo, plano, sin subir, y Rocío reconoció enseguida la cadencia: no era el tono del que se derrumba, era el del que lleva media vida ensayando una confesión contra una pared.

La reconoció porque era la misma con que ella daba las peores noticias del informativo, la voz igual para el gol y para el naufragio.

—Yo lo sabía todo —dijo Candela—. Lo vuestro. Desde mayo. Os vi a Nico y a ti detrás de las casetas, Rocío, y no dije nada, como no decía nada nunca. Y esa noche también os vi. En el espigón. Abrazados.

Rocío dejó de respirar.

Esperó la palabra. La palabra estaba ahí, a un renglón, esperando a que Candela la dijera — cuando rompiste con él —, y con ella toda una mentira que Rocío había repetido en la hoguera y en casa de Pepa, «hasta el final, los dos».

Candela levantó los ojos y la miró. Un segundo.

Rocío supo, en ese momento, que Candela podía decirlo, que lo tenía, que lo había tenido siempre.

Y vio cómo Candela decidía no decirlo. Volvió a bajar la vista a la pulsera y siguió por otro lado, por el suyo, y la palabra no vino.

—Abrazados —repitió, y ya estaba en otra cosa—. Y luego él bajó al puerto. Y yo lo seguí.

Rocío soltó el aire despacio, con una vergüenza nueva, la de estar aliviada en mitad de aquello, la de seguir guardándose su mentira mientras Candela sacaba la suya en canal.

—Me subí a la barca con él —dijo Candela—.

La Estrella Polar . Zarpamos a la media, lo sé por la campana.

Y le eché en cara todo, y luego le dije lo que llevaba callando desde cría, que me gustaba, que era yo, desde antes que ninguna.

—La voz no le temblaba; eso era lo peor—.

Y él me miró con todo el cariño del mundo y me dijo que yo era de su familia.

Que como una hermana. Con dulzura, ¿sabéis? Que es como más hondo entra.

El grifo de la casa, aquella otra madrugada, había goteado. Aquí no había grifo. Había una cigarra sola, y la campana quieta, y las cuatro.

—Y le grité que ojalá no volviera. —Cerró el puño más fuerte—.

Eso le grité. En la bocana. Y salté de la barca y nadé a la playa chica, con la ropa tirando de mí, y salí a gatas por las piedras y me arañé las manos, y me juré que no lo iba a saber nadie.

Y no lo supo nadie. Dieciocho años. La ropa mojada al fondo del armario.

—Se pasó el pulgar por la muñeca desnuda—.

Álvaro lo sabe. Me atendió esa mañana, helada, con las manos peladas, y se calló también.

Por eso salí el domingo de la consulta como salí.

Porque alguien lo sabía. Porque entonces era verdad.

Se calló. Miró la puerta cerrada de la Virgen.

—La última persona que lo vio vivo fui yo —dijo—. Y lo último que oyó de una de nosotras fue «ojalá no vuelvas».

Nadie dijo nada durante un tiempo que a Rocío se le hizo largo como un silencio en antena.

Y entonces fue ella la primera en romperlo, y le salió por donde no debía, por su propia herida, con una pregunta que no venía a cuento de la culpa de Candela sino de la suya.

—¿Y cómo estaba? —Le salió ronca—. Él. En la barca. Antes de todo eso. ¿Cómo estaba?

—Tranquilo. —Candela la miró sin entender por qué preguntaba eso, precisamente eso—. Iba ligero. Aliviado, casi. Se puso a silbar. Bajito, sin canción, como se silba sin darse cuenta. Le pasaba la mano a la barca como a un animal viejo. Iba contento, Rocío. Iba sereno.

Sereno.

Y a Rocío el mundo se le movió una pulgada.

Solo una. Si iba sereno, si iba silbando después del espigón, después de que ella lo dejara en aquella roca diciéndole que no la esperara, entonces a lo mejor no lo había roto ella.

A lo mejor no salió al mar hundido por lo suyo.

La pregunta le subió a la boca entera — ¿entonces no fue por mí?

— y se la tragó, porque hacerla era desnudar la ruptura, era decir la palabra que Candela le acababa de regalar callándose.

Se quedó con la pulgada dentro, sola, sin poder dejarla en ningún sitio.

Y al mirar a Marina, vio que a Marina le había pasado algo parecido y peor.

Porque Marina había recibido el «sereno» con la cara descuadrada, la de una cuenta a la que de pronto le sobra un número. La misma cara de la azotea. Se le fue el color, se buscó el mandil que no llevaba, y se levantó del escalón de un tirón.

—¿A qué hora? —Le salió con un hilo, y luego más alto—. ¿A qué hora zarpasteis, Candela? ¿A qué hora saltaste?

—No sé. La media pasada. —Candela la miró como África la había mirado a ella en la azotea—. ¿Qué más da la hora?

Pero a Marina le daba, y Rocío no entendía por qué, igual que no lo entendió en la azotea, la hora otra vez, la manía de la hora, rabiosa, incomprensible. Marina se apretó la boca con la mano. Y luego lo soltó, todo junto, con todo lo que llevaba dentro:

—Dieciocho años odiándome. Dieciocho años creyendo que había sido yo. —Le temblaba entera, y no dijo el qué; no lo había dicho nunca—. ¿Y tú estabas allí? ¿Tú lo viste marcharse, tú sabías cómo murió, y nos has dejado a las tres pudriéndonos cada una en su rincón todo este tiempo?

—Marina. —África se separó por fin de la pared. Bajó la voz, que en ella era bajarla del todo—. Marina, para.

—Que no —dijo Marina, pero ya sin fuerza.

—Yo callé diecisiete años un hijo. —África lo dijo despacio, poniendo cada palabra en su sitio, con el peso de quien se ha pasado la vida traduciendo a los demás y aún así no supo traducirse a sí misma—.

Un hijo entero. Vivo. Y todas lo habéis sabido hace once días y ninguna me tiró una piedra.

—Miró a Candela, y luego a Marina, y luego a Rocío—.

¿Quién de esta ermita le va a tirar a ella la primera?

Nadie contestó, porque no había respuesta que no fuera esa.

Y ahí fue donde Rocío, que llevaba la tarde entera realizando la escena, entendió el plano completo, y no le gustó.

No había dos bandos. No era Candela contra las tres, ni las tres contra Candela.

Eran cuatro mujeres en el escalón de una ermita, cada una con su muerto propio de la misma noche, cada una sabiendo ahora que la culpa que había cargado dieciocho años se repartía con las otras de una manera que ninguna podía todavía ni mirar.

Cuatro soledades sentadas muy juntas. La casa se había partido, pero no por la mitad: se había partido en cuatro.

Bajaron al pueblo cuando ya era de noche.

Y en la Berlingo, mirando la carretera, fue Rocío la que puso lo práctico encima, porque alguien tenía que hacerlo y era lo suyo, minutar hasta el dolor.

—Escuchadme una cosa. —La voz le salió ya de plató, la de dar paso—. Esto no sale de nosotras. Ni a Gonzalo, ni a Pepa, ni al niño. Todavía no.

—Rocío… —empezó Marina.

—Hasta los Faroles. —No la dejó—. Queda la carta de Candela, y queda la quinta, la de Remedios, la que Inma abre el sábado. Lo que sea que hay en esa carta, se abre antes de que removamos un muerto más. —Tragó—. Bastante tenemos con el nuestro. Tres días. Aguantamos tres días.

Nadie discutió. Marina mandó a Sebas un titular de cuatro palabras —«Apareció. Está bien. Luego.»— y no le contó más, porque lo entero se lo debía y lo entero era para otra noche.

Aquella no durmió nadie.

Rocío lo supo porque estuvo despierta oyéndolo.

Oyó a Marina fregando a las tres de la madrugada una cocina que ya estaba limpia, el chorro y el roce, el chorro y el roce, limpiando lo que no manchaba nadie.

Oyó a África salir al pasillo y quedarse ahí, sin bajar, apoyada en la pared, escuchando también.

Y oyó, por primera vez desde junio, la puerta del cuarto de Candela abierta: la dejó abierta toda la noche, ella que dormía con la persiana bajada y con llave, la dejó abierta de par en par al pasillo, ella que por fin no tenía ya nada más que esconder.

Rocío se sentó en su cama y sacó del cajón el papelito de San Juan, el que se había quedado en blanco en la hoguera y no había quemado.

Dos meses después seguía en blanco. Seguía sin saber qué escribir en el sitio de lo que no quería que volviera, porque lo que le había vuelto aquella tarde en el escalón de la ermita —la pulgada, el «sereno», la posibilidad de que no hubiera sido ella— no era algo que se pudiera echar al fuego. Lo dobló otra vez. Lo guardó.

Cuatro mujeres bajo el mismo techo del número siete. La casa de Remedios, pequeña, encalada, con la luz amarilla encendida en la cocina por si la última en subir la necesitaba.

Y las cuatro, esa noche, en cuatro provincias distintas.