Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 29
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Capítulo 29

En las rocas de la playa chica el frío subía de la piedra, no del aire, y Candela lo notaba en las corvas y en las palmas, en todo lo que tocaba el granito, mientras contaba las olas de la orilla pequeña para no pensar en lo que acababa de ver desde allí, un palmo más arriba, en la última roca del espigón: a los dos.

El abrazo largo. Y a él bajando después por el otro lado, hacia las casas, y a Rocío quedándose sola en la piedra un rato y luego cogiendo la cuesta.

Rocío ya se había ido. La había visto irse, chancla en mano, sin mirar bien hacia donde Candela estaba agachada, y Candela se había quedado quieta, hecha una bola contra la roca, tapándose la muñeca con la mano por la costumbre de tapársela, contando: nueve, diez, once olas chicas que ni rompían.

Podía haber subido a su casa. Era lo que tenía que hacer. Coger la cuesta detrás de Rocío con dos calles de por medio, meterse en la cama sin que nadie preguntara, y dejar aquella noche donde estaban todas las noches del verano: en el sitio de dentro donde ella guardaba lo que sabía y no decía.

Porque lo sabía. Desde mayo, desde una tarde detrás de las casetas en que vio lo que no se estaba enseñando y se lo calló, y se lo guardó dentro con todo lo demás.

Sabía lo de Nico y Rocío mejor que Nico y Rocío.

Y sabía lo suyo, que era otra cosa y más vieja, tan callada que ni las plantas se habían enterado.

Los dos secretos vivían en el mismo sitio del pecho, apretados, y esta noche los había tenido a los dos delante, en una roca, dándose un abrazo que era una puñalada y una noticia a la vez.

Y entonces, al levantarse por fin, con las piernas dormidas y el propósito de subir a casa, lo vio abajo.

No había ido hacia las casas del todo. O había ido y había vuelto.

Estaba en el pantalán del puerto, a la luz pobre de la farola del muelle, agachado sobre el noray de la Estrella Polar , soltando amarras.

Solo. La barca de los Herrera, blanca y sucia, con las nasas apiladas a popa, cabeceando floja en el agua negra del puerto.

Candela no se lo pensó. O se lo pensó tan deprisa que fue igual que no pensarlo.

Bajó de las piedras a la arena, cruzó la orilla pequeña por lo duro, por donde no se hunde el pie, y enfiló el pantalán sin darse cuenta de que iba contando los tablones, uno, dos, tres, hasta los veintidós que había hasta el amarre de los Herrera, que se los sabía de haber ido de cría a esperar a que Salvador repartiera pescado.

—Nico.

Levantó la cabeza. A la luz de la farola se le vio la cara y no era la que ella traía preparada: no había susto, ni fastidio, ni la prisa del que quiere estar solo. La miró y la recibió: una cosa que llega un poco tarde y se recibe igual.

—Cande. —Ni siquiera se extrañó del todo—. ¿Y tú no tendrías que estar en la hoguera?

—Y tú.

—Yo tengo faena. —Volvió al cabo, lo soltó del noray con dos vueltas que se sabía de memoria, sin mirarlo—. Anda, súbete un momento del pantalán, que me estorbas ahí de pie.

No le dijo que se fuera. Ni una vez en toda la noche le dijo que se fuera, y eso Candela lo iba a recordar dieciocho años, cómo no le dijo que se fuera.

—Te acompaño —dijo ella, y le tembló—. Y me lo cuentas todo. Por el camino.

Nico se paró medio segundo. Miró el agua, el puerto, la bocana al fondo con las dos luces, la verde y la roja. Luego se encogió de hombros, muy poco, sin fuerzas para decirle que no a una cría empeñada; o puede que esa noche no le dijera que no a nada.

—Al lío de las nasas y te vuelvo —dijo—. Un rato. Que no se entere tu madre.

Le tendió la mano para subirla a bordo. Se la agarró de la muñeca entera, no de los dedos, con el agarre con que se sube a alguien a una barca, y Candela pasó por encima de la regala con el corazón haciéndole lo que le hacía, y se sentó en la bancada de proa, mojada de rocío, mientras Nico empujaba con el pie el pantalán y arrancaba el motorcillo a la tercera.

Zarparon a la media.

Candela lo supo porque el reloj de la iglesia dio la media justo cuando la barca sacaba la proa del abrigo del muelle y el agua cambiaba de color debajo, de negro quieto a negro con vida.

La farola del puerto se fue quedando atrás, chica.

Nico llevaba el timón con una mano floja, la otra en la rodilla, y no tenía prisa ninguna.

Iba, además, de una manera que a Candela no le encajaba con la noche, con el abrazo del espigón, con nada: iba tranquilo.

Más que tranquilo. Iba ligero, aliviado, y todavía no se creía lo poco que le abultaba ahora el peso que había soltado.

En un momento se puso a silbar. Bajito, para dentro, una cosa sin canción fija, de las que se silban sin darse cuenta.

Y le pasaba la mano a la barca. Eso también lo vio Candela y no lo entendió hasta mucho después.

Le pasaba la mano al canto de la regala como quien le pasa la mano al lomo de un animal viejo, tocaba el palo de las nasas, comprobaba un cabo que no hacía falta comprobar, todo despacio, con un cuidado que era de mimo y no de faena.

Como si la conociera de otra manera esa noche. Como si fuera la última vez.

A Candela, en cambio, se le iba subiendo lo otro.

El reproche. Lo traía desde las rocas y con cada metro de agua se le hacía más grande, porque verlo tan tranquilo, tan suelto, tan silbando después de lo del espigón, después de todo el verano de secretos, le pareció de pronto la cosa más injusta del mundo.

—¿Tú te crees que no sabemos nada? —le salió de sopetón, más alto de lo que quería—. Tú y Rocío. Todo el verano. Y las demás como tontas.

Nico dejó de silbar. No dijo nada.

—Yo os vi. En mayo. Y esta noche también os he visto, en el espigón, no te creas que no.

—Le temblaba la voz y la barca y todo—. Las tienes a todas detrás, Nico, y ni te enteras.

A Rocío, que se va y no te lo dice. A Marina, que no te cobra desde los catorce.

A todas. Y tú venga a silbar. Y esto se está rompiendo, ¿sabes?

La cuadrilla. Se rompe. Y es por ti, que las tienes a todas y no…

—Cande.

—…y no ves a la que tienes al lado. —Y ahí se le acabó el reproche y empezó lo otro, lo que había bajado a decir de verdad y no sabía, y le salió por el sitio equivocado, torpe, de golpe, con los años de callarlo saliéndole todos a la vez y mal—.

Que soy yo, Nico. Que llevo yo… Que a mí me gustas tú.

Desde antes que a ninguna. Desde siempre.

Y no lo he dicho nunca porque no se podía, porque tú mirabas para otro lado, pero soy yo.

Y esta noche estás libre. Rocío te ha dejado, lo he visto. Y he pensado que a lo mejor…

Se calló. Ya estaba dicho. Dieciocho años de no decirlo se le acabaron en el agua negra, a doscientos metros de la orilla, delante de un chico que llevaba el timón con una mano.

Nico la miró. Y no se rio, que eso Candela habría podido perdonárselo. No se rio ni se enfadó ni se apartó. Puso la cara más blanda del mundo, la peor de todas, la de querer mucho a alguien y no de esa manera, y bajó la voz, la que se pone delante de una cosa que se puede romper.

—Cande. —Le buscó los ojos—. Tú eres de mi familia. Desde que teníamos así. Eres de las mías, de las de siempre, de las que uno se lleva puestas toda la vida. ¿Tú sabes lo que es eso para mí? —Y lo dijo con todo el cariño, que fue lo que la mató—. Eres como una herma…

—No lo digas.

Pero ya lo había dicho. Familia. Hermana.

Todas las palabras que quieren decir nunca , dichas con dulzura, que es como más hondo entran.

Candela sintió cómo se le caía la cara por dentro, cómo se le encendía toda por fuera, la vergüenza subiéndole del cuello a las orejas en la oscuridad donde por lo menos no se veía.

Familia. Le había abierto el corazón en canal y él le había puesto encima la peor de las tiritas buenas.

Estaban ya en la bocana. Las dos luces, la verde a un lado, la roja al otro, y en medio la barca, y la orilla ahí detrás, negra, cerca, a un buen nadar de cría que se había criado en esa agua.

Y a Candela le salió del sitio de la vergüenza lo peor que tenía, lo que se dice para hacer daño porque a uno le acaban de hacer daño, en el peor momento, con la bocana delante.

—Pues vete tú también, ¡anda! —Se puso de pie en la bancada, la barca moviéndose—. ¡Vete con tu marea y con tu barca y con quien te dé la gana! ¡Ojalá no vuelvas!

Y saltó.

Se tiró por la regala de proa al agua negra, de cabeza casi, igual que se había tirado mil veces de las rocas en agosto, y el mar de junio la recibió con un frío que no debía tener, un frío de invierno metido en el agua de verano, que le apretó el pecho y le vació los pulmones de golpe.

Salió a flote braceando. Detrás oyó el motor bajar de vueltas, oyó su nombre —«¡Cande!

»—, una vez, dos, la voz de Nico rebotando en el agua.

No contestó. El grito ya era su última palabra y no pensaba estropearlo.

Nadó hacia la orilla pequeña con toda la rabia, con la ropa pesándole como si se la hubieran cosido con plomo, la camiseta, los pantalones cortos, todo tirando de ella hacia abajo, y ella tirando hacia la playa chica, brazada a brazada, sin volverse.

Cuando por fin se volvió, escupiendo agua, ya estaba lejos.

La Estrella Polar era otra vez una mancha con una lucecita, la proa puesta a los bajos de la Perla, a donde estaban las nasas de su padre.

Y por encima del agua, traído por el aire un segundo, tan raro que Candela pensó luego que se lo había inventado, le llegó el silbido. Bajito. Sin canción. Se iba silbando.

Fue la última vez que lo oyó.

Tocó fondo con los pies antes de lo que creía y salió a gatas por las piedras de la playa chica, las mismas de las que había bajado hacía nada siendo otra persona.

Se agarró a ellas para izarse y las piedras le arañaron las palmas y las rodillas, arañazos de piedra, de canto vivo, no de zarza, que escuecen distinto.

Se quedó a cuatro patas en la orilla, tiritando, echando el agua salada que había tragado.

Y al apoyar la mano en el granito para levantarse, el pulgar buscó solo la muñeca, el tic de siempre, la florecilla del cordón, y no encontró nada.

Piel y hueso. La pulsera no estaba. Se le había ido en el agua, o entre las piedras, o en el salto; en algún sitio de aquellos veinticinco minutos se le había desatado el cordón de dos euros y ya estaba en el fondo o entre el canto, para siempre.

Candela se miró la muñeca desnuda un momento.

No se agachó a buscarla. No se metió otra vez en aquella agua ni por la florecilla ni por nada.

La dejó donde estuviera y se abrazó a sí misma en la orilla, calada, con el pelo pegado a la cara, mirando cómo la lucecita de la barca se hacía chica hacia los bajos.

El aire cambió de golpe.

Vino de tierra, del levante, un empujón seco que no estaba hacía un minuto y que de pronto estaba, rizando el agua del revés, levantando arena de la playa chica, colándose por la ropa mojada como cuchillos.

Candela no supo qué era. No sabía de mares como sabía de tierra; para ella fue solo que se había puesto a hacer viento y que tenía más frío todavía, si es que cabía.

Se abrazó más fuerte. La lucecita seguía alejándose, más pequeña cada vez, con la proa a los bajos, y ella en la orilla con el «ojalá no vuelvas» todavía puesto en la boca, sabiéndole a sal y a algo peor.

Le castañeteaban los dientes. Se apartó el pelo.

Y decidió allí mismo, con la barca aún a la vista, una cosa que iba a cumplir el resto de su vida: que nadie iba a saber nunca que ella había estado en esa barca.

Que se había subido. Que le había gritado eso.

Que se había declarado y le habían dicho familia.

Aquello se quedaba en el agua negra con la florecilla.

Se lo juró de verdad, con el juramento de los diecisiete años, que es sin palabras y para siempre.

Subió la cuesta empapada, por las calles de dentro, las que no dan a la playa, esquivando la luz de las farolas que quedaban encendidas.

No se cruzó con nadie. El pueblo dormía la resaca de la hoguera detrás de las persianas, olía a humo apagado y a sardina fría, y sus chanclas iban dejando en la acera una raya oscura de agua que el levante secaría antes del amanecer.

Se ciñó los brazos al cuerpo. Contó los escalones de la calle Magnolia sin querer, veintitrés hasta su portal, y ni así entró en calor.

Entró sin encender. Se quitó la ropa mojada en el baño a oscuras y la enrolló apretada en una bolsa, la camiseta, los pantalones, todo, y la metió al fondo del armario, detrás de las cajas, donde no se le ocurriera mirar a nadie.

Se puso seca. Se metió en la cama con el pelo todavía chorreando, encima de la almohada, y se hizo una bola de costado, tapada hasta la barbilla en pleno junio.

El frío no se le iba. Lo tenía dentro, en un sitio donde no llegaban las mantas.