Capítulo 28
El pueblo llevaba una semana diciendo un nombre, y el nombre no era el suyo, y aun así a Candela le pesaba como si lo fuera.
Se decía en las esquinas, en la cola de la pescadería, en la puerta del estanco con el abanico parado a media brisa.
El hijo de Nico Herrera. Se decía con la boca redonda, con gusto, con el gusto de una buena noticia que a uno no le cuesta nada dar.
Y era buena. Candela lo sabía regando de noche el poyete —porque ahora regaba de noche, cuando ya no la veía nadie—, lo sabía con la certeza de las cosas justas: que aquel chico con la cara de Nico y los ojos de África era un milagro de los de verdad, y que Pepa se lo merecía después de todos estos años sentada de espaldas al mar.
Todo era bueno. Todo era justo. Y cada vez que alguien lo brindaba, a Candela le pesaba el doble, y no sabía decir por qué, y tampoco lo intentaba, porque lo de intentarlo se le quedaba siempre a medias en la garganta.
El coro no paraba. Esa semana Pepa había bajado a la plaza tres tardes con el nieto del brazo, rejuvenecida diez años, enseñándolo igual que una cosecha buena, y el pueblo entero se paraba a mirar.
Gonzalo se lo llevaba a la lonja de mañana a enseñarle a distinguir un sargo de una dorada.
En El Espigón, que había reabierto quince días antes, no se ponía una caña sin que alguien levantara el vaso por Pepa, por el chaval, por Nico — que en gloria esté, mira tú qué cosa, un nieto caído del cielo —, y Marina servía y brindaba con ellos porque para eso estaba detrás de la barra.
Todo el mundo tenía un pedazo de aquella alegría.
A Candela le tocaba mirarla desde fuera, como una hoguera de otros: dando calor de lejos y sin sitio en el corro.
Y lo del hombre que se murió en el mar —aquello que en la calle Magnolia no se nombraba— recibido por fin como un regalo, mientras ella…
Ahí cortaba. Siempre cortaba ahí. No se dejaba llegar al final de esa frase, igual que no se dejaba mirar el agua de noche.
Las otras lo veían. Claro que lo veían. Marina le dejaba comida sin decir nada, un plato tapado con otro plato en su sitio de la mesa, y por la mañana el plato seguía casi entero y Marina no preguntaba, solo apretaba los labios y lo retiraba.
África la miraba de otra manera esos días, con una cara nueva que Candela no supo leer del todo y que era la culpa mansa del que anda por fin en paz y ve al de al lado en el suelo.
Rocío proponía cosas —bajar juntas al agua por la mañana temprano, que no hay nadie; hacerse una comida las cuatro como Dios manda; llamar a no sé quién—, porque Rocío, cuando algo se torcía, organizaba, que era su forma de querer.
Ninguna sabía nada. Ninguna se acercaba, ni de lejos, a lo que era.
Le tenían la preocupación que se le tiene a Candela cuando se le mete algo dentro, esa que no acierta, y punto.
La rebeca había vuelto al respaldo de la silla. Azul marino, de punto fino, con los botones hasta el cuello, en pleno agosto. Marina la vio ponérsela el domingo por la tarde y esta vez sí dijo algo.
—Tú te vienes conmigo —dijo, ya con las llaves de la Berlingo en la mano, aunque iban andando—. Le he dicho a Álvaro que te vea.
Candela abrió la boca.
—Que no —cortó Marina—. Que no te pregunto.
Que llevas una semana comiendo lo que come un jilguero y con la rebeca esa en agosto, y a mí no me da la gana de mirar para otro lado, que ya miré bastante en su día.
Te vas a dejar ver por el médico, y si me tengo que bajar contigo agarrada del codo como una madre pesada, me bajo. Anda, tira.
No era pregunta. Era amor de bar, del que se sirve sin que lo pidas y no se cobra. Candela se pasó el pulgar por la magnolia de la muñeca y bajó la cuesta medio a rastras, un paso por delante de Marina, contando los escalones de la calle sin quererlos contar.
La consulta estaba a cuatro puertas de la plaza, en la calle de atrás de la iglesia, con su placa de esmalte al lado del timbre.
Era domingo y estaba cerrada, pero Álvaro abrió con su llave, como aquella otra vez, y Marina se quedó fuera, en la sala de espera, en una de las cuatro sillas de plástico azul, debajo del cartel de las vacunas.
—Aquí te espero —dijo—. No corras.
Dentro estaba fresco y oscuro y olía a alcohol y a papel. La camilla con el papel puesto, la báscula antigua de pesas, la vitrina de cristal con el material en fila, el grifo del rincón. Álvaro encendió solo la luz de la mesa. Iba sin bata, con la camisa remangada, como siempre.
Hizo de médico un rato. La pesó en la báscula de las pesas, corriendo la barra de hierro con el dedo despacio hasta que la lengüeta quedó quieta, y no dijo el número, pero movió la boca de una manera que lo decía.
Le tomó la tensión con el aparato de siempre, el de la pera de goma, mirándole el brazo y no la cara.
Le miró la garganta, los ojos, le preguntó si dormía —«poco», dijo ella— y si comía —«algo», dijo ella, y él no apuntó ni «poco» ni «algo», porque los dos sabían que eran mentira educada—.
Escribió dos líneas en una hoja. Y luego dejó el boli encima de la mesa, con cuidado, como algo que ya no se va a usar más.
Y dejó de ser médico.
—Candela —dijo. Y esperó a que ella levantara los ojos de los palitos del bote, que ni siquiera le había dado esta vez, y que ella miraba igual porque sabía dónde estaban—. La voy a molestar con una cosa que llevo mucho tiempo sin decirle a nadie. Y se la voy a decir despacio, para que le quepa.
Candela se quedó muy quieta. La quietud de cuando algo se acerca por el agua y todavía no sabes si es una barca o una sombra.
—La mañana del veinticuatro de junio de dos mil ocho la atendí yo —dijo Álvaro—.
Aquí no. En el centro de salud viejo, el de Barbate, que a esas horas era donde había médico.
La trajeron a usted. Una cría de diecisiete años con una hipotermia impropia de junio, en pleno verano, tiritando como en pleno enero.
Y con arañazos. En las manos. En las rodillas.
De piedra, no de zarza; yo entonces no sabía distinguirlos, pero he tenido años para aprender.
—Hablaba sin subir la voz, sin prisa, con las manos quietas sobre la mesa—.
Yo era residente. Tenía veinticuatro años y llevaba dos semanas en la costa.
Y aquella mañana el pueblo entero estaba en la orilla por un chico que no aparecía, y a mí me llega una muchacha helada y con las manos peladas, y a nadie le extraña, porque esa noche había pasado lo que había pasado y había gente rara por todas partes.
El grifo goteaba. Candela contó tres gotas sin querer.
—No lo apunté —dijo Álvaro—. En ningún parte.
No escribí «hipotermia», no escribí «erosiones», no escribí la hora.
Decidí, con veinticuatro años, que aquello no era de partes.
Que era de otra cosa. Le puse mantas, le di algo caliente, esperé a que entrara en color, y cuando vinieron a por usted no dije nada, porque no había nada que decir que fuera mío. Y me callé. Dieciocho años.
Candela tenía las manos en el regazo, una encima de otra, tapándose la muñeca. No dijo nada. No le salía nada. Se le había ido el sonido otra vez, pero al revés que en el Carmen: no se estrechaba, se ensanchaba, y por el hueco entraba una cosa que no cabía.
Álvaro no se acercó. No cambió de sitio la silla. Y entonces dijo lo único que llevaba callado todos aquellos años.
—No sé qué hizo usted esa noche, Candela.
—Lo dijo mirándola, sencillo, como quien dice la hora—.
No lo sé, y no se lo pregunto, y le juro que no me hace falta saberlo.
Sé lo que le está haciendo a usted. Eso sí lo sé.
Lo veo cada vez que se cruza conmigo en la plaza.
Lo vi el día del Carmen, con los palitos. Lo llevo viendo desde entonces.
Candela abrió la boca. La cerró. Se pasó el pulgar por la magnolia una vez, dos, y no le sirvió de nada la magnolia, igual que aquella tarde.
—No le pido que me cuente nada —siguió él, y aquí bajó todavía la voz, aunque no había nadie más que el grifo—.
No he abierto la boca en todos estos años y no la abro ahora para cobrarme nada.
Solo quiero que sepa una cosa, para cuando la necesite.
El día que quiera contarlo, lo que sea, a quien sea —a mí, a las suyas de arriba, a un compañero mío de Cádiz que es de esto, de la cabeza, y que es bueno y no la va a mirar raro—, ese día tendrá dónde.
No se lo tiene que buscar. Llevo dieciocho años guardándole el sitio.
Guardándole el sitio.
Y ahí fue donde a Candela se le dio la vuelta el mundo, no como se le había dado la vuelta otras veces, sino del todo, de raíz, como cuando arrancas una planta que creías bien plantada y te sale con la tierra colgando de unas raíces que iban por donde tú no sabías.
Porque no era eso lo que ella había esperado toda la vida.
Ella había esperado una pregunta. Se había pasado la vida con la respuesta lista para no darla, blindada, ensayada — qué te pasó, qué hiciste, dónde estuviste esa noche —, esperando a que se lo preguntaran para poder callarse con derecho.
Y ahora resultaba que la pregunta nunca había sido una pregunta.
Era un hombre. Un hombre callado, que aquella mañana, con veinticuatro años, la había mirado helada y con las manos peladas y había sabido —algo, no todo, pero lo bastante— y había decidido callarse.
Que todas las mañanas de todos estos años, cada vez que ella se lo cruzaba en la plaza y le decía buenos días y seguía andando con el pecho en su sitio, él sabía.
Le compraba el pan sabiendo. Le sostenía la puerta sabiendo.
Alguien lo había sabido desde siempre.
Y eso —que no hubiera estado sola con aquello ni un solo día— en vez de aliviarla la partió por un sitio nuevo, porque si él lo sabía, entonces era verdad.
Entonces había pasado de verdad. No era solo suyo, no era una cosa que ella pudiera apretar en el puño hasta hacerla pequeña; estaba fuera, en la cabeza de otro, con nombre de síntoma, hipotermia, erosiones, la hora que él no apuntó.
Se levantó.
Se levantó tan de golpe que la silla chirrió contra el suelo, y con el borde de la mano —sin querer, o queriendo, que ya no sabía distinguirlo— barrió el bote de depresores de la mesa.
El bote cayó y se destapó, y los palitos se salieron y se esparcieron por las baldosas, decenas, cada uno para un lado, sin fila, sin cuenta posible.
Los palitos que se dejaban contar. En el suelo no se dejaban contar nada.
Se habían ido cada uno por su sitio, igual que las coronas en el agua negra, igual que todo lo que el mar no deja quieto, y Candela los miró un instante en el suelo y no se agachó a recogerlos. No los contó. Los dejó.
—Perdone —dijo. Y no era por el bote.
—Candela —dijo Álvaro, sin moverse de su sitio.
Pero ella ya estaba en la puerta. La abrió, y en la sala de espera Marina se puso en pie de la silla azul con una pregunta en la cara, y Candela pasó por delante sin pararse, sin mirarla, y salió a la calle de atrás de la iglesia, al aire de la tarde de agosto que empezaba a ponerse de color.
Álvaro no la siguió. No se sigue a quien huye; eso lo había aprendido a fuerza de callar. Se quedó de pie en la consulta, entre los palitos esparcidos por el suelo, y no dijo nada más, ni a la puerta, ni bajito para dentro. La dejó ir, que era la única manera que le quedaba de guardarle el sitio.
Fuera ya no la esperaba Marina, porque a Marina la había dejado dentro con la pregunta a medio hacer. Candela echó a andar sola.
Andar era lo suyo. Andaba de noche cuando la casa se le venía encima, calle arriba, calle abajo, y volvía de madrugada con las piernas cansadas de una manera que le dejaba dormir.
Esa tarde anduvo por el borde del pueblo, por la carretera vieja que va bordeando por lo alto, con las casas a un lado y a lo lejos, muy abajo, el agua que ella no miraba.
No bajó. No se acercó. Nunca se acercaba de noche, esa era su regla, la que le explicaba todas las demás.
Andaba por arriba, por donde el mar es solo un ruido y un olor y no una cosa que te pueda mirar a ti.
Las cuentas no le agarraban esa tarde. Empezaba —los postes de la luz, uno, dos, tres— y se le desordenaban, uno, uno, uno, como aquella vez con las coronas, como si contar hubiera dejado de servir.
Y por debajo de las cuentas rotas se le colaban las frases sin final.
Si él lo sabía, entonces. La mañana del veinticuatro, cuando yo.
Las manos peladas de. Frases que empezaban con cuidado y se paraban en el borde, en el mismo borde de siempre, ese que ella no cruzaba nunca.
Notó, sin querer notarlo, el frío. Un frío que no era el de la tarde, que hacía calor, sino un frío viejo, guardado en un sitio del cuerpo que no se calentaba con rebecas: el frío de un agua de junio que no debía estar tan fría, y la piedra que araña cuando te agarras a ella para salir, los arañazos de las piedras en las palmas, en las rodillas, la orilla que no llega y llega—
Cortó.
Cortó como cortaba siempre, un paso antes, y se quedó parada en mitad de la carretera vieja con la mano apretada contra el pecho, respirando, mirándose las palmas a la luz que se iba como si todavía pudieran tener algo.
No tenían nada. Manos de florista, con la tierra metida en las rayas. Dieciocho años.
Volvió a casa cuando ya era de noche cerrada.
Subió sin encender, porque las otras dormían o lo fingían, y la comida de Marina estaba en su sitio, tapada, y esta vez comió tres cosas de pie en la cocina, a oscuras, sin saber por qué, quizá porque después de todo el día había que ponerle algo al cuerpo. Regó las plantas. Y subió a su cuarto.
En la mesilla estaba la pulsera. El cordón de cuero trenzado con la florecilla de plata que no era plata, la de dos euros de feria, la que había vuelto a sus manos en julio dentro de la caja de Remedios y que ella había dicho que era suya, que la había perdido de cría.
La cogió. Se la cerró en el puño, la florecilla clavándosele un poco en la palma, encima justo de donde dieciocho años atrás hubo un arañazo que ya no se veía.
Y entonces Candela hizo una cosa que no hacía nunca.
Se acercó a la ventana. El cuarto daba al puerto, y de noche el mar era ahí abajo una negrura con cuatro luces amarillas temblando encima, la del faro barriendo cada tanto, lo demás oscuro.
Candela nunca lo miraba de noche. Bajaba la persiana antes de que se hiciera de noche, todos los días, esa era también una de sus reglas, y esa noche no la había bajado.
Con la pulsera cerrada en el puño, se quedó de cara al agua negra y la miró.
No bajó la persiana ni contó las luces; se quedó mirando lo que en toda su vida no se había dejado mirar de noche, y aguantó la mirada mientras el faro barría una vez y otra, sin apartarla.