Capítulo 27 #2
Se lo contó por orden, entero, como se lo había traducido a las tres en aquella misma azotea dos semanas antes, solo que esta vez a nadie protegía y nadie la obligaba.
La caseta del vivero en abril, con los dos libres.
El test en el estuche de los rotuladores.
La noche de San Juan, y las seis palabras que le dijo a Nico detrás de las casetas, y Nico marchándose sin decir una, y muriéndose en el mar esa misma noche sin que ella supiera nunca si se había ido por eso.
Sevilla, y los nueve meses escondida. La hora en brazos antes de firmar, la que no cabía en ningún idioma y que a Teo tampoco le contó.
Los años con el dedo encima de un botón, sin pulsarlo.
Y el chico de la cara de Nico y los ojos suyos que ahora andaba por la lonja aprendiendo a distinguir un sargo de una dorada con un tío estrenado la semana anterior.
Metió por el camino lo de alrededor —que Rocío y Nico eran novios en secreto desde la feria y lo fueron hasta el final sin que se enterara un alma—, porque una historia se entiende mal a trozos, y ella, que vivía de contarla entera, no sabía darla de otra manera.
Cuando terminó, dejó sitio para la respuesta —lo dejaba siempre— y esperó lo que viniera: la pena, el susto, la cara de estar recolocando a una persona entera en otra casilla.
Los hombres hacían eso. Se enteraban de que la mujer que tenían al lado cargaba con un muerto, un hijo dado y todos aquellos años de silencio, y se les veía medir la puerta.
Teo no midió la puerta. No se movió un dedo del pretil. Le dio un trago a la lata, despacio, mirando el agua, y cuando habló no preguntó nada de lo que preguntan los que quieren el morbo y lo llaman interés, ni dijo nada de lo que dicen los que juzgan y lo llaman consuelo.
—Yo me dedico a entrar en casas que todo el mundo da por perdidas —dijo—.
Y a mirarlas por dentro hasta que encuentro lo que todavía aguanta.
Casi siempre aguanta más de lo que parece por fuera.
—Rascó una gota de pintura seca del pretil con la uña, el gesto de siempre—.
Es literalmente mi oficio, África. No me asusta una pared por tener humedad detrás del zócalo.
Se pica, se airea y se apuntala. —La miró por fin—.
Lo demás lo has levantado tú sola, y ahí sigue en pie.
No sé qué esperabas que hiciera. ¿Salir corriendo? Corre el que no sabe de obra.
Un hombre sin casilla, quieto en el pretil, sin pedirle nada, ni la pena ni que le riera la gracia. Lo más incómodo que había, hasta que dejaba de serlo de golpe y se volvía lo contrario.
África se había pasado la vida con una norma que le explicaba todas las demás: no se quedaba en los sitios. Ni en las ciudades, ni en las camas, ni en los nombres. Llegaba, traducía y se iba antes de que el sitio se le hiciera dirección. La había cumplido dieciocho años sin una falta.
—Tengo una norma —dijo, con la lata vacía en la mano.
—Me la sé —dijo Teo—. No te quedas en los sitios. Se te nota.
—Esa. —Dejó la lata en el pretil—. El lunes te vas tú. Así que hoy la rompo yo, que para eso es mía.
Lo besó ella, que para eso las normas eran suyas y una norma se rompe mejor por la propia mano.
Lo besó despacio y sabiendo dónde, con la calma de un papel que llevas media vida leyendo antes de firmarlo.
La azotea que Teo había terminado aquella misma semana estrenó su primera noche con ellos dos, y de la azotea no hay más que contar.
Lo de después sí es de esta historia. Fue el cuarto de arriba, con la ventana abierta al puerto porque la noche de agosto lo pedía, y la sábana subida hasta la cintura, y las manos de Teo —las que se habían pasado el verano acariciando la veta de las vigas con el pulgar, buscándole a la madera por dónde seguía viva— aprendiéndose otra veta distinta sin ninguna prisa, como si también ella fuera una cosa bien hecha que alguien había dado por perdida.
El faro entraba por la ventana, barría el techo del cuarto, se iba y volvía.
África, que medía el tiempo para ganarse la vida —husos horarios, minutados, el reloj en la muñeca antes de cada cosa que importaba— y que no contaba nunca nada por gusto, porque contar por contar era de Candela y no de ella, aquella noche contó.
Del haz que se iba al haz que volvía había doce segundos.
Los contó una vez para saberlo, y otra vez porque le dio gusto saberlo, tumbada, sin nada que traducir, midiendo el único tiempo del mundo que no la llevaba a ninguna parte.
—Cuéntame lo de Bruselas —dijo Teo en lo oscuro, con la voz del que pregunta de verdad y no por llenar el hueco—. Cómo es. Tu vida allí.
Y África, que llevaba años y años contestando a esa clase de preguntas con una frase lisa y un cambio de tema, se puso a contestar por orden.
El piso pequeño cerca de la estación. Las cabinas, el pinganillo, la lengua que entra por un oído y sale por la boca en otra sin pasar por el corazón, que ese es el truco del oficio y también su condena.
Los domingos largos. El nombre que le decían perfecto y no era el suyo.
Se lo fue contando entero, sin ahorrarse los huecos.
Y en algún punto se dio cuenta de que era la primera vez en dieciocho años que contestaba por orden a algo que nadie la había obligado a decir, que no era una confesión ni una traducción, sino ella contándose a un hombre en una cama porque le apetecía que la supiera.
Y eso —lo entendió según lo decía, que era su manera de entender las cosas— era otra norma rompiéndose, más honda que la primera.
Se durmió antes que él, cosa que tampoco le pasaba nunca.
Y lo último que hizo no fue lo de siempre.
No se llevó la mano a la muñeca a recolocarse el reloj antes de cerrar los ojos, ese gesto de comprobar la hora antes de soltarse.
El reloj estaba en la mesilla, quitado, con la correa abierta, marcando un tiempo que a nadie le hacía falta.
África se durmió con la muñeca desnuda, del lado del puerto, mientras el faro seguía contando por ella los doce segundos.