Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 27
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Capítulo 27

Inma llegó el martes a media mañana con las manos vacías, y eso, en Inma, era una noticia. Las otras veces traía un sobre, y un sobre la obligaba a entrar con las manos ocupadas y la cara de juez. Aquella mañana venía con las manos libres y la cara de quien viene a contar y no a entregar.

—¿Está el chico? —preguntó desde la cancela.

—Con los Herrera —dijo África—. Pepa se lo ha llevado a la lonja desde temprano, a ver faenar a Gonzalo. No para en casa más que a dormir.

—Mejor. —Inma pasó al patio—. Porque lo de hoy es de antes que él. Llama a las otras tres, anda, que esto se dice una vez.

Se sentaron alrededor de la mesa de la cocina, a la luz de la mañana. Inma no ocupó la cabecera, que seguía siendo de Remedios aunque Remedios llevara tres meses muerta; arrimó la silla de enea coja de Sebas y se sentó de lado, con las dos manos abiertas sobre el hule.

—Vosotras sabéis que yo administro lo que ella dejó —empezó—.

Lo que no sabéis es desde cuándo lo venía pensando.

—Miró la mesa, no las caras—. El octubre pasado llamaron a mi despacho de una oficina de mediación.

De esas que ponen en contacto a los que se buscan.

Preguntaban por Remedios Alcántara, que figuraba como persona de contacto en un expediente desde hacía años.

Un chaval de Málaga había empezado a buscar de dónde venía.

—La puse yo. —África lo dijo con la voz plana, la de cabina, mirando a Inma para no mirar a las otras—. En 2009, cuando firmé los papeles. Puse a Remedios de contacto por si algún día. Ya os lo conté en la azotea.

Las tres no se movieron. Lo sabían desde aquella noche, y esa quietud sin sorpresa era, para África, la única forma de perdón que había recibido.

—Pues Remedios, ya enferma, le escribió al chico —siguió Inma—.

Dos veces. La primera para decirle que sí, que ella sabía quién era y que aquí lo estaban esperando.

La segunda, más corta. Esa la habéis visto: ven en verano.

—Se recolocó el bolso en el regazo—. Y entonces se puso a fabricar todo esto.

Abarcó con la barbilla la cocina, la casa, el verano entero.

—El testamento. Las noventa y dos noches.

Las cuatro cartas. —Las fue soltando una a una, las cartas de una mano puestas encima de la mesa—.

No lo hizo para curaros la pena, aunque también.

Lo hizo para que el día que ese niño llamara a la puerta preguntando por ella, estuvierais las cuatro dentro.

Sabía que vendría en verano. Y quiso que estuvierais aquí.

No lo dejó a que pasara. Lo montó para que pasara.

África se recolocó el reloj, que no estaba flojo.

Y le vino, entera, la frase que Inma había dicho un mes antes delante del hueco del zócalo, ella sabía que la obra pasaba por aquí , dicha entonces como un misterio y entendida ahora del derecho: la obra no era el baño ni la azotea.

La obra eran ellas cuatro, apuntaladas a la fuerza en la misma casa para que aguantaran de pie lo que iba a llegar por la cuesta con la cara de Nico.

—Nos ha traído con una carta cada una como se lleva a los borregos con sal —dijo Marina, sin acritud, con la voz un poco tomada.

—Con sal de la buena —dijo Inma—. Pero sí.

Candela no dijo nada. Rocío miraba el hule.

—¿Y por qué no nos lo dijo ella? —preguntó al fin Candela, muy bajo, con el pulgar clavado en la magnolia de la muñeca—. En vida. Estaba, y no dijo nada. Tres meses muerta para contárnoslo con notaría de por medio.

—Eso no me toca a mí —dijo Inma. Y lo dijo de una manera que cerraba la puerta sin dar un portazo, dejando la pregunta viva encima de la mesa, quieta, para otro día—. Yo os cuento lo que ella me dejó dicho que os contara, y hasta aquí llega.

Se levantó. Ya en la cancela, con el bolso otra vez colgado del codo, se volvió a medias.

—Queda el sobre pequeño. El de la lata. —África lo tenía guardado en algún cajón de la memoria, las dos palabras, la letra temblona—. Ya tiene fecha. Se abrirá la noche de los Faroles, si estáis las cuatro. Instrucciones son instrucciones.

—¿Y qué es? —dijo Marina, que necesitaba preguntarlo aunque supiera la respuesta.

—Es lo que pone. Todavía no. —Y se fue calle abajo.

Ninguna se atrevió a adivinar en alto. En aquella cocina llevaban dos meses aprendiendo que las cosas de Remedios se entendían a destiempo, y que ponerle nombre a un sobre cerrado antes de tiempo era la mejor manera de acertar lo que no era.

*

El jueves el sobre azul no vino por correo: lo trajo un hombre.

África lo vio desde la ventana de la cocina antes de que llamara a la cancela —traje de lino color hueso, camisa sin corbata, una carpeta fina bajo el brazo— y lo tradujo de un vistazo, como traducía a los pasajeros de primera antes de que abrieran la boca: alguien a quien mandan a decir en persona lo que ya no cabe en una carta.

Bajó ella a abrir, que para los desconocidos estaba ella, la de la voz sin acento.

—Bermúdez, de Azahar Costa —dijo él, con una sonrisa de comercial de los buenos y la mano tendida por encima de la cancela—. Vengo a traerles esto yo mismo, que ya está bien de correos.

Le puso en la mano el sobre. La tercera. África no lo abrió delante de él: lo sostuvo cerrado, con el pulgar en el filo, y esperó, que esperar sin dar nada también era un idioma.

Bermúdez no se fue. Miró por encima de su hombro hacia el zaguán, la parra, el trozo de patio que se veía desde la calle, y lo midió con los ojos, por los metros y los años, no por quién vivía dentro. Luego bajó un poco la voz, no de secreto, de oficio.

—Ahí va la nueva oferta, y le seré sincero, que es lo suyo entre gente seria. Hay un plan parcial en el ayuntamiento. Si sale adelante, esa manzana se recalifica, y entonces ustedes venderán igual, señora. Pero peor. Yo se lo digo hoy para que no me lo reprochen mañana.

Lo dijo educadísimo, sin una arruga en el tono, enseñando los dientes con la misma cortesía con que se enseñan: sin abrir del todo la boca.

África había traducido a demasiados hombres de traje en demasiadas cabinas para no reconocer la construcción —el verbo en condicional, la soga bien lejos de la mano, la amenaza vestida de aviso amable.

—Queda dicho —contestó ella. Ni un grado de más ni de menos, la voz lisa de las megafonías de aeropuerto, la que da una información y no admite charla—. Buenos días.

Y le cerró la cancela con la misma suavidad con que se corta una comunicación: sin ruido, sin dejar la línea abierta.

Se lo bajó a Rocío al salón.

—Ese ha venido a olernos la casa —dijo África—. Como los tasadores, que entran midiendo con la nariz.

—Y a meternos miedo. —Rocío lo leyó con los ojos entornados de quien lee un teleprónter—.

Recalificación, plan parcial, y la cifra más gorda que las dos anteriores juntas.

Palabras gordas para que firmemos antes de enterarnos.

—Dobló el papel—. Se lo llevo a Inma. Para decir que no también hace falta saber decirlo, y ella sabe.

Y no se habló más aquella tarde. Pero se quedó en la casa igual que el olor de algo quemado en otra habitación, y África lo archivó donde archivaba lo que iba a volver.

Afuera, además, el pueblo ya sabía. Bajó ella el jueves a por unos sellos que otra vez no necesitaba, y la del estanco, que llevaba La Almadraba al día igual que una caja, se lo sirvió antes de que preguntara:

—Ay, hija, qué cosa. El hijo de Nico Herrera, quién nos lo iba a decir. Con la cara del padre clavada, dicen. Si es que Pepa se merecía una alegría, después de dieciocho años de la otra. —Le dio los sellos y bajó la voz, no de secreto, de gusto—. Un nieto caído del cielo. Bendito sea.

Y era verdad, y estaba bien, y a África se le quedó de través de todas maneras, porque «el hijo de Nico Herrera» era también el suyo, y en aquella frase que le devolvía a Pepa un pedazo del muerto no cabía ella por ningún lado.

En casa, la que se apagaba era Candela. Desde la noche de la confesión se había ido quedando sin voz y sin color, más quieta cada día, y cuando abajo se brindaba por «el nieto de Pepa» ella subía al cuarto y cerraba la puerta sin ruido.

África lo veía y lo traducía como sabía: que a Candela se le metían las penas de todas en el cuerpo, y que aquella —un niño perdido y recuperado— le pesaba como si fuera suya.

No tenía con qué leerlo de otra manera. Todavía no.

*

Teo terminó el viernes. No quedaba ya casi nada: el baño de abajo rematado, las vigas del salón con su segunda mano, el zócalo del escondrijo tapado otra vez como si nunca hubiera guardado nada detrás.

Se pasó la tarde bajando cosas a la furgoneta con un cuidado de despedida, y África lo miró cargar desde la ventana de la cocina y entendió, sin que él lo dijera, que se iba.

—El lunes me piro —lo dijo él al subir a por la última caja—. Tengo que cerrar un par de cosas antes de meterme en lo de Huelva. La casa os la dejo entera, jefa. Ni una gotera.

Y fue viéndolo doblar el último cordel cuando África supo dos cosas a la vez: que se iba el lunes, y que si no se lo contaba antes, no se lo contaría nunca, porque a los que se van no se les alcanza después.

Llevaba todo el verano esquivándolo con eficiencia de cabina, tratándolo como a un servicio, sin una grieta por donde entrara nada.

Y ahora era ella la que subía a la azotea detrás de él, con dos cervezas de la nevera, la que buscaba.

—No bebo en horario —dijo Teo, por costumbre.

—Ya has terminado. No estás en horario. —Le tendió la lata y se sentó en el pretil, en la parte seca, de cara al puerto—. Te tengo que contar una cosa antes de que te vayas. Y no sé por dónde se empieza, que tiene guasa, porque yo empiezo las cosas para ganarme la vida.