Capítulo 26
El magnolio grande llevaba días soltando flores pasadas, y Candela las iba recogiendo del suelo del patio una por una sin haberlo decidido, porque las manos, cuando no sabían qué otra cosa, se le iban solas a lo vivo.
Las juntaba en el regazo de la rebeca. Eran nueve.
Marrones por los bordes, dobladas como servilletas usadas, con ese olor a limón y a cera que ya se estaba pasando también.
Hacía once días de la mañana en que Chano entró en el puerto gritando un nombre que no era el de un hombre. Once días. Los había contado sin querer, como contaba los peldaños y las olas y las juntas de los azulejos, y luego se había obligado a no contarlos más, con el mismo resultado de siempre.
Abajo, el pueblo seguía a media asta. Se veía desde el patio, si una se ponía de cara a la cancela y no de cara a lo otro: las persianas de la calle echadas a la hora en que no se echan, la lonja callada un martes, el toldo del Espigón recogido a mediodía.
La del estanco había vuelto a abrir, pero abría sin dar el parte, que en La Almadraba era como no abrir.
El país entero llevaba una semana con banderas en los balcones porque la selección había ganado no sé qué en Viena; en la calle Magnolia no colgaba ni una, y a nadie se le había ocurrido reprochárselo a nadie.
Habían enterrado a Nico Herrera hacía ocho días.
A Pepa la habían sentado de espaldas al mar en el entierro y no la habían vuelto a levantar de esa postura: se la veía en la puerta de su casa, junto a la lonja, con la silla de anea puesta hacia el pueblo y el mar a la espalda, negándoselo como a un vecino con el que no piensa volver a hablar.
Los Herrera habían cerrado la casa a cal y canto.
Gonzalo salía a faenar de madrugada, antes de que hubiera nadie en el muelle para no decirle nada, y volvía cuando ya no lo había, y entremedias el mar hacía como que no había pasado nada, que era lo que mejor se le daba.
Las notas de Selectividad habían llegado esa misma semana.
Se metían en el sobre y llegaban así, sin mirar lo que había fuera, sin enterarse.
A Rocío le había dado la nota para Madrid, para lo que ella quería, y la carta lo decía en frío, con un número, y nadie descorchó nada.
A Candela le había dado para el módulo que ella pensara, que no había pensado ninguno.
A África, decían, la iban a mandar fuera a un curso, no se sabía muy bien de qué.
La cuadrilla se estaba deshaciendo así, en silencio y por correo, como una feria que se recoge: apagando las bombillas por tramos.
No se llamaban. Once días y no se habían llamado.
Y cuando se cruzaban —en la panadería, en la esquina de la plaza— se quedaban las dos plantadas sin saber qué hacer con las manos, se decían algo de nada y se iban cada una para su lado más deprisa de lo que se habían encontrado.
Habían sido un solo bulto diecisiete años. Ahora no sabían ni estar de pie juntas.
Remedios las había citado a merendar. No con esas palabras —Remedios nunca citaba, invitaba—, pero había pasado por las cuatro casas el día antes diciendo lo mismo, «mañana os venís al siete, que he hecho bizcocho», y a Remedios no se le decía que no, ni muerto Nico ni nada.
Así que subieron. Y luego, sin que nadie lo dijera, en vez de meterse en la cocina como se habían metido toda la vida, se quedaron en el patio, las cuatro, de pie entre los esquejes, cada una tocando algo que no hacía falta tocar.
El bizcocho se quedó dentro, en la encimera, empezado como siempre.
Candela soltó las flores muertas en el poyete.
Se acuclilló delante de los esquejes de magnolio, en fila a la derecha de la cancela, porque acuclillarse delante de una planta era una cosa que sabía hacer y que le tapaba la cara.
El de Rocío iba tirando. El de Marina, fuerte y torcido.
El de África, el más alto, buscando la luz por encima.
Y el suyo, el cuarto, con la yema de la punta cerrada, dura, apretada, igual que el verano pasado y que el otro, sin una flor.
Le contó las hojas. Seis. Le pasó el dedo por la yema y no cargó la mano, que a lo vivo no se le exige.
—Habría que regar esto —dijo, por decir algo con voz.
Nadie contestó a lo del riego, que no era una cosa que necesitara contestación.
Rocío estaba apoyada en la cancela con los brazos cruzados, muy derecha, la postura de estar por encima de algo que en realidad la tenía por debajo.
Empezó una frase. La empezó de verdad, con el nombre puesto —«Nico…
»—, y a la mitad de la primera palabra la cortó, como una cinta que se va de tiempo, y miró para el mar que Candela no estaba mirando.
Candela, que había visto lo que había visto en las rocas y no se lo había dicho a nadie, tampoco dijo nada.
Sabía a medias qué era lo que Rocío no terminaba, y no quería saberlo del todo, porque saber lo de otra le dejaba menos sitio dentro para lo suyo, y de lo suyo no le sobraba ni un dedo.
Marina abrió la boca con el gesto de una cuenta mal echada, de esas que llevan días sin cuadrarle en la caja.
Le salió un «yo aquella noche…» y se lo tragó entero, con la nuez y todo, y se puso a alinear las macetas del poyete que ya estaban alineadas.
Candela la miró alinearlas y no supo de qué cuenta hablaba.
No tenía manera de saberlo. Cada una traía su noche metida en el cuerpo y ninguna enseñaba la suya, y desde fuera solo se veía a cuatro chicas tocando plantas y tragándose principios de frases.
África llevaba toda la tarde con la vista en la cancela, como si tuviera un tren que coger.
Dijo «yo me voy a tener que ir a…», y ahí se paró, y se recolocó el reloj en la muñeca, y no dijo adónde.
A un curso, pensó Candela, a lo del curso ese de fuera.
Lo pensó sin más vuelta, porque a los diecisiete un curso fuera es un curso fuera y no le cabía en la cabeza que detrás de una chica callada mirando una cancela hubiera nada más grande que un billete.
África era la que más lejos se iba y la que menos parecía irse a ningún lado.
Y ella. Candela abrió su propia frase por dentro, ni siquiera con la boca, y no llegó ni a la primera palabra, porque la primera palabra habría sido el borde de una cosa que no tenía forma de decirse.
Esa noche era, para ella, una sola cosa.
Una. Y esa cosa no cabía en el aire de un patio a media tarde con las amigas delante y el bizcocho enfriándose dentro.
Se tocó la cara de dentro de la muñeca izquierda con el pulgar, el tic de siempre, para calmarse con lo de siempre.
La muñeca estaba desnuda.
No estaba el cordón. No estaba la florecilla de plata que no era plata, la de dos euros de la feria, la que llevaba puesta desde…
la que llevaba puesta. El pulgar frotó piel y hueso y nada, y a Candela se le fue el aire un segundo, el que se tarda en acordarse de que una cosa se ha perdido y no se puede ir a buscar.
La había tenido. Ya no. Cerró la mano sobre la muñeca vacía como quien tapa un sitio por donde entra frío, y en pleno julio se ciñó la rebeca, que llevaba abrochada hasta arriba desde hacía once días porque el frío de aquella noche no se le había ido del cuerpo y ya empezaba a pensar que a lo mejor no se le iba.
—Bueno —dijo Marina.
Lo dijo con el peso con que Marina decía las cosas cuando había que echarles la persiana. Se secó las manos en los vaqueros aunque no las tenía mojadas.
—Lo que pasó esa noche se queda aquí. Entre nosotras. Y ya está.
No dijo qué era «lo que pasó». No hacía falta. Cada una lo tenía clarísimo.
Candela oyó «esa noche» y oyó lo suyo, solo lo suyo, el pantalán y el agua y la cosa que no cabía en ninguna frase, y dijo que sí.
Dijo que sí, y fue como echar la llave a una puerta que no se piensa volver a abrir, la llave antigua, la del cordón, la que se deja un poco aparte de las demás.
Se le cerró una cosa por dentro con un clic que solo oyó ella y le dio, por un momento, algo parecido al descanso: ya estaba dicho que no se decía. Ya no había que decidirlo cada mañana.
Y vio a las otras tres decir que sí. Las vio.
Rocío bajó la barbilla una vez, seca, con cara de estar cerrando un directo.
Marina asintió mirando las macetas. África dijo «vale» muy bajito, con esa manera suya de bajar la voz cuando una cosa importaba, y siguió con los ojos en la cancela.
Las tres dijeron que sí deprisa. Demasiado deprisa, quizá, cada una con una cara distinta, como si cada una estuviera echando una llave a una puerta que no era la misma.
Candela no se preguntó por qué. Estaba demasiado adentro de lo suyo para preguntárselo.
Lo archivó en el sitio de las cosas que no cuadran y que no da la vida para poner derechas, y contó, sin querer, cuántas veces había asentido cada una.
Una, Rocío. Una, Marina. Una, África. Y ella.
Cuatro síes. Le salió el número y no le dijo nada, porque los números, cuando no cuentan la cosa que de verdad pesa, solo sirven para respirar.
En la ventana de la cocina, del otro lado del patio, estaba Remedios.
Candela la vio un momento, entre las hojas del magnolio grande: quieta detrás del cristal, con la mano metida en el bolsillo del delantal, mirándolas a las cuatro como pasaba lista en la escuela cuando le faltaba un nombre.
No bajó. Tenía el bizcocho hecho y la mesa puesta y no bajó a interrumpir, no salió a decir «pasad, mi arma, que se enfría», no hizo nada de lo que Remedios hacía siempre.
Se quedó en la ventana, del lado de dentro, con la mano en el delantal, dejándolas estar en el patio con lo que traían.
Candela pensó, si es que pensó algo, que Remedios les estaba dando su rato, que era lo que Remedios daba. Y volvió a lo suyo.
Se fueron yendo. No a la vez. Rocío la primera, con la excusa de Madrid, que en septiembre había que estar allí y quedaba todo por hacer; se iría de verdad, del pueblo entero, aunque el adiós ya estaba dado aquella tarde, en el patio, sin que ninguna lo llamara adiós.
África detrás, a lo de su curso, a Sevilla o a donde fuera, con el reloj recolocado y la vista todavía en la cancela.
Marina se quedaba: el bar no se iba a llevar solo, y a Marina el Espigón la tenía cogida por el mandil como la tuvo su madre y la madre de su madre.
Y Candela pensó, bajando la mano por última vez a la yema cerrada del esqueje que no florecía, que ella también se iría; que había un módulo de jardinería en Jerez, tierra adentro, lejos del agua, donde una podía pasarse el día entera con las manos en lo vivo y de espaldas al mar sin que nadie le preguntara por qué.
Lo decidió allí mismo, sin decírselo a nadie, agachada delante de cuatro esquejes que Remedios había plantado el año que nacieron, uno por cada una.
Salieron del patio por la cancela, una detrás de otra, y en la esquina de la calle cada una cogió su cuesta.
Rocío para arriba, África para el otro lado, Marina para la plaza, Candela se quedó la última con las flores muertas del magnolio todavía en el poyete.
Por encima de todas, el magnolio grande seguía a lo suyo, soltando sus flores pasadas al suelo del patio, con su reloj, que no era el de nadie.
Y en la ventana de la cocina, cuando ya no quedaba ninguna en el patio, seguía encendida la luz amarilla de Remedios.