Capítulo 25 #2
Fue una mirada de las últimas, y en ella estaba la cena de junio, y la barca del alba, y la lonja mojada, y todo lo que había pasado aquel verano entre los dos sin nombre; y Rocío supo, por oficio, que la estaba realizando, que le estaba leyendo en la cara la respuesta antes de hacer la pregunta.
—¿Y tú qué más sabes que yo no? —dijo.
Rocío no tenía plano al que dar paso. Miró a Pepa, que la miraba desde su silla con los ojos llenos, sin soltar la mano del nieto, esperando de ella el consuelo de siempre, el de la que quería tanto a su Nico. Miró a Gonzalo. Y lo dijo, porque ahí ya no se podía cortar el directo.
—Nico y yo. —Se oyó desde fuera, como en un pinganillo—.
Éramos novios. En secreto. Desde la feria de mayo de aquel año.
—Cogió aire y le dio la versión que llevaba dando todo el verano, la que dijo delante de la hoguera, la que dejaba una noche entera doblada por dentro sin sacarla—. Hasta el final. Los dos. Nadie lo supo.
En la mesa, Pepa hizo un ruido pequeño, y no era de rabia.
—Pues claro —dijo, muy bajito, con la risa y el llanto ya trenzados sin remedio—.
Si se te veía, mi arma. Si te lo dije yo en la cena, ¿te acuerdas?
Que se te notaba todavía. —Y a Rocío, que se había preparado para el juicio de aquella mujer, la desarmó por el sitio de siempre: por el lado de la ternura.
Pepa no la culpaba. Pepa le daba la razón a dieciocho años de distancia.
Pero Gonzalo sí.
Gonzalo no dijo nada durante un rato que se hizo largo, mirándola, y cuando habló lo hizo bajo, sin levantar la voz ni una pizca, con una frialdad que quemaba más que si hubiera gritado.
—Todo el verano. —Fue soltando las cosas despacio, poniéndolas encima de la mesa una a una, al lado de la foto—.
En mi casa. En mi barca. Con mi madre poniéndote la silla buena y diciéndote que se te notaba el querer.
Y era verdad, se te notaba, solo que era a él.
—Paró. Le tembló la mandíbula, apenas, y la apretó para que no se le notara—.
Y me besaste tú, Rocío. En la lonja. Fuiste tú.
Rocío no dijo nada. Porque para defenderse tenía que abrir la noche entera, la ruptura del espigón, contarle que aquello se había acabado antes de acabarse todo, que lo de él, lo de Gonzalo, era otra cosa y no un pago atrasado a un muerto; y esa noche no se la daba, ni a él, ni delante de Pepa, ni todavía.
Se quedó con la boca cerrada y la mentira creciéndole por dentro un centímetro más, y aguantó lo que le echaban encima porque no tenía con qué pararlo sin sacar lo otro.
—Gonzalo —dijo África.
—No. —No fue duro con África. Fue solo con Rocío—. A ella. —La miró—. No sé cuál de todas me duele más. Si que quisieras a mi hermano y no me lo dijeras, o que me dejaras a mí quererte a ti sabiendo lo que sabías. No sé cuál de las dos. De verdad que no lo sé.
Y salió del comedor sin dar un portazo, que a un hombre que mide el mar no le hace falta el ruido, y lo oyeron cruzar el patio de atrás y no volvió.
Se quedaron. Pepa lloraba en su silla sin soltar al chico, diciéndole «mi arma» cada poco, entre pregunta y pregunta que el crío iba contestando bajito, ganando por la puerta de atrás un pedazo de su hijo mientras por la de delante se enteraba de todo lo que le habían escondido.
África se quedó con ella. Rocío, que ahí ya sobraba, que había venido a acompañar y se había convertido en la noticia, recogió su bolso.
Al salir, en el escalón, se cruzó con Álvaro Cepeda, que subía de la plaza con el maletín, avisado por Gonzalo por si a Pepa, con tanto golpe junto, le daba algo al corazón.
Se saludaron con la cabeza. Álvaro no preguntó.
Iba a entrar en aquella casa a enterarse de lo del chico, como médico de la familia, y a callárselo, que para eso llevaba dieciocho años callando cosas de aquel pueblo.
*
Rocío subió la cuesta sola.
África y el chico se quedaron con Pepa, que era donde tenían que estar, y ella hizo el camino de vuelta a pie, despacio, con el móvil en la mano mirándolo sin verlo, retocándose el pelo en el cristal oscuro de un coche aparcado para nadie, que era lo que hacía con las manos cuando no sabía qué hacer con lo demás.
Le había salido. La escena le había salido: el chico tenía abuela, tenía tío, tenía una casa junto a la lonja con la cara de su padre en el aparador; Pepa había recuperado un pedazo de Nico y lo tenía cogido de la mano en su silla de espaldas al mar.
El pueblo tendría, por fin, un vivo a quien mirar en vez de un fantasma. Todo el mundo salía ganando algo.
Menos ella.
Ella se volvía cuesta arriba habiendo dado la mejor noticia del verano y perdiendo, en la misma escena, lo único nuevo que tenía.
Ni siquiera había podido defenderse; no con lo que llevaba dentro sin sacar.
Pensó, con el oficio puesto para no pensarlo de otra manera, que había directos que no llegaban a emitirse: se montaba el plató entero y a última hora caían, y nadie sabía nunca lo que se había quedado sin contar.
Llegó arriba. La calle Magnolia estaba en su hora tonta, ni de día ni de noche, y abajo, entre las casas, se veía un trozo de la lonja apagándose, las luces de trabajo yéndose una a una a medida que cerraban, hasta que no quedó abajo más que el mar oscuro y el sitio donde había estado la luz.
Rocío se quedó un rato en la cancela del siete mirándolo, sin entrar, con la cara de Nico todavía detrás de los ojos y ahora también la del chico, las dos, la de diecinueve para siempre y la de diecisiete vivo, encima del mismo mar.