Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 23
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Capítulo 23

En agosto el Espigón se quedaba en nada a media tarde.

El pueblo se iba a la playa a por la última hora de sol, las mesas se secaban solas, y desde que reabrió el ocho Sebas había cogido la costumbre de mandarla arriba en ese hueco flojo —«a la hora que yo diga», con la espátula en el aire, disfrutándolo— y quedarse él con las cuatro sombras que pedían tinto de verano.

Así que a las seis y media de aquel miércoles Marina estaba en la cocina del siete, con el ventilador apuntándole a la nuca, adelantando una cena sin saber todavía para cuántos iba a ser.

Tenía en la cabeza la caja del día, que iba floja para un doce de agosto, y una comanda de la una que Sebas había cantado mal y que a ella no le cuadraba de tres euros.

La llevaba puesta por debajo de todo, esa cuenta, dándole vueltas sola mientras secaba un vaso con el paño, uno que ya estaba seco, por hacer algo con las manos.

Rocío pelaba tomates en el otro extremo de la mesa.

África había subido a la azotea con el portátil y había vuelto a bajar, y ahora estaba en el patio, junto a la cancela, sentada en la silla baja de enea sin hacer nada, que era una cosa que África no hacía, y llevaba así toda la tarde.

Candela regaba el poyete. La casa entera olía a tomate y a la cal caliente de las paredes.

Sonó la cancela.

No fue un golpe fuerte. Fue un toque corto, con los nudillos, de los que piden permiso, y Marina lo oyó desde dentro y no le dio importancia, porque una cancela que suena a esa hora es Inma, o un chico del butano, o alguien que se ha equivocado.

Pero vio por el hueco de la puerta que África se levantaba de la silla de enea despacio —llevaba toda la tarde esperando eso sin decirlo— y iba a abrir.

Y Marina, con el vaso y el paño todavía en la mano, salió al patio detrás de ella, por curiosear quién era, secándose las manos que no tenía mojadas.

África descorrió el pestillo y abrió la cancela.

Al otro lado había un chico.

Diecisiete años, puede que menos, con una mochila colgada de un hombro y la camiseta pegada a la espalda del calor de la cuesta.

Sudaba. Traía la cara de haber andado mucho y de no estar seguro de haber llegado bien, y miraba a África, y luego miró un palmo más allá, a Marina, con una educación de crío al que han enseñado a saludar a los mayores.

Y Marina lo miró a él.

Y se le paró la cuenta de los tres euros en mitad de la cabeza, y no volvió.

Se le descuadró sola, se le cayó del renglón, y en el sitio donde tenía que estar el número no quedó nada.

Porque aquella cara la conocía. La conocía de haberla tenido delante en una barra dándole cañas con casera que no cobraba, de haberla visto reírse junto a una hoguera jurando que la del año siguiente llegaría al ayuntamiento, de una foto de estudio en el aparador de Pepa con diecinueve años puestos para siempre.

Era esa cara. La barbilla, la frente, la manera de la boca.

Era la cara de Nico Herrera, exacta, sin un año de más, plantada en la cancela del número siete una tarde de agosto dieciocho años después de que el mar se lo llevara.

El vaso se le quedó en la mano. No lo dejó, no lo soltó, no hizo nada con él: se le quedó ahí agarrado, y el paño colgando, y ella parada en el patio mirando a un muerto que sudaba.

Solo que no eran sus ojos. Marina cogió eso en el instante mismo del golpe, por oficio de mirar caras: la cara era la de Nico entera, pero los ojos no.

Los ojos eran de otro. Castaños, muy juntos, más grandes de lo que pedía aquella cara, unos que no encajaban en lo demás y que ella no supo de quién eran.

Los tenía vistos en algún sitio; pero la cabeza, descuadrada con la cuenta, no le dio para ir a buscarlos.

—Perdone, señora. —El chico habló primero, y habló suave, con un andaluz de capital, de ciudad, distinto del de allí, más lavado, sin las aristas del pueblo—. Estoy buscando a Remedios Alcántara. ¿Vive aquí?

Nadie contestó. Marina no podía. Y África, a su lado, se había quedado con la mano en el hierro de la cancela y no la soltaba, y no dijo nada tampoco.

El chico, al ver que no le respondían, se descolgó la mochila del hombro, la puso en el suelo entre sus pies, y sacó del bolsillo de fuera un papel doblado en cuatro, blando de haberse abierto y cerrado muchas veces.

Lo desdobló con cuidado, sujetándolo como un billete que le tiene que valer para entrar.

—Es que ella me escribió. —Lo giró para que lo vieran, sin soltarlo, sujetándolo por el canto—. Mire.

Era una cuartilla pequeña, y la letra Marina la conoció de lejos, antes de leer una palabra: la letra temblona, la que se agarraba al renglón con el pulso de prestado, la misma de los cuatro sobres que Inma les enseñaba sin darles.

No la leyó entera. No le hizo falta. Alcanzó a coger dos renglones al vuelo, los de abajo, ven en verano, te estarán esperando , y con eso le vino a la cabeza, de sopetón, la tercera carta.

La de África. Y cuando llamen a la puerta preguntando por mí, abre.

Cuatro días atrás, Marina había dicho por decir algo que qué cosa dejarle a la que vive en un avión un recado de abrir puertas. Y era esto. La puerta era esta.

Fue entonces cuando África se soltó de la cancela.

—Perdonad —dijo, muy bajo, sin dirigirse a nadie.

Y se dio la vuelta y entró en la casa, deprisa pero sin correr, con la mano ya buscándose la boca, y Marina la oyó subir la escalera de dos en dos y cerrar la puerta del baño de arriba, y por el hueco del patio le llegó el ruido de lo que estaba haciendo allí dentro.

Se puso mala. Vomitando. Un golpe de calor, o algo que había comido, o vaya usted a saber.

Marina no lo entendió. Apuntó las tres cosas —la cara del chico, los ojos que no eran de la cara, África subiendo a ponerse mala— en la libreta de dentro, donde apuntaba lo que no se cobraba ni se decía, y se puso a echar la cuenta ahí mismo, en el patio, con el vaso en la mano.

No le salió. Le sobraba un número: aquella cara.

La dejó a medias, porque el chico seguía en la cancela sudando y a un chico en la puerta no se le deja tirado mientras una hace cuentas.

—Anda, pasa —dijo, y le salió la voz rara, de sitio hondo—. Que te va a dar algo ahí de pie con este sol. Pasa al fresco.

Rocío había salido al patio detrás, con el cuchillo de los tomates todavía en la mano, y se había parado en seco.

Marina la conocía: la vio ponerse blanca despacio, sin aspavientos, con oficio: la cara del que está en directo cuando le meten por el pinganillo una cosa mala y tiene que seguir dando paso.

Candela había dejado la manguera corriendo en el poyete, chorreando sola, y estaba quieta del todo, con la magnolia de la muñeca tapada por la otra mano, mirando al chico sin acercarse un paso.

Nadie dijo el nombre. Nadie dijo nada de lo que estaban pensando las tres, cada una lo suyo, en aquel patio con el agua corriendo sola.

A Marina se le vino a la boca una palabra, Herrera , y se la tragó, porque decirla era abrir una puerta que no le tocaba a ella abrir y que a lo mejor no había que abrir de aquella manera, con el crío delante.

Lo sentaron en la cocina, en la esquina de África, y le pusieron delante un vaso de agua fría y un plato con lo que había —queso, unos picos, dos tomates de los que Rocío tenía ya pelados—, y el chico dio las gracias tres veces y esperó a que le dijeran que podía, y entonces comió.

Comió con el hambre atrasada de días comiendo mal: deprisa al principio y luego frenándose a propósito, avergonzado de tener tanta hambre delante de gente.

Cogía los picos partiéndolos por la mitad primero, con las dos manos, y se comía la miga rebañando el plato con el pan al final sin darse cuenta de que lo hacía.

Marina lo miraba de reojo mientras sacaba la cena, y aquel gesto del pan la volvió a rozar por dentro sin dejarse coger, como un nombre que se tiene en la punta de la lengua.

—Me llamo Martín —dijo el chico, cuando pudo—.

Martín Navas. Vengo de Málaga. He venido en el autobús hasta Barbate y de ahí andando, que no había otro.

—Bebió agua—. Abajo, en un estanco de la plaza, le he preguntado a una señora por la casa de doña Remedios y me ha mandado para acá, a la de la magnolia grande.

Así que ya lo había visto el pueblo. La del estanco le había dado las señas, y a esas horas el aviso ya iría de boca en boca, cuesta abajo, sin que hiciera falta empujarlo. Marina lo pensó de pasada y lo dejó estar.

—¿Y a Remedios de qué la conoces tú? —preguntó Rocío, con mucho tiento, dejando el cuchillo en el mármol para no tenerlo en la mano.

—No la conozco. —Martín bajó la vista al plato—.

O sea, no la conozco de verla. Ella me escribió el año pasado, esa carta, y otra antes.

Es… —Se paró. Se le puso en la cara el trabajo de estar diciendo algo que traía preparado y que no le salía como lo había traído—.

Es un poco largo de explicar. Estoy buscando una cosa.

Una historia mía, de hace tiempo. Y ella era la única que…

—Y ahí se cortó, del todo, y se miró las manos, y no siguió.

No siguió, y ninguna de las tres tiró del hilo.

En aquella casa se había aprendido a no tirar del hilo, y aquella tarde menos que nunca.

Marina, que llevaba media hora oyéndolo empezar frases y dejarlas, reconoció la manera: era la de alguien que ha ensayado un discurso muchas veces a solas y descubre, al soltarlo, que no cabe por la boca.

La había visto hacer eso. No supo dónde.

—Bueno —dijo, y le puso más queso sin preguntarle—. Come, anda, que lo demás ya se hablará.

Lo de Remedios se lo dijeron entre Rocío y ella, despacio, con el cuidado que se le pone a un crío que ha viajado media Andalucía para nada.

Que Remedios había muerto. A finales de mayo, en el hospital de Cádiz, dormida, sin sufrir.

Que llevaban ellas allí el verano por cosa de ella, por lo que dejó dicho.

El chico dejó el pico en el plato y se quedó mirando el hule un rato largo, y luego dijo «ah» muy flojito, y «no lo sabía», y «lo siento», que era una cosa rara de oír: un crío dándole el pésame por su muerta a la gente de ella, cuando el que se había quedado sin nadie era él.

—¿Tus padres saben que estás aquí? —le preguntó Marina, porque eso sí era lo primero, con crío de por medio.

—Sí, sí. —Lo dijo deprisa, y sacó el móvil del bolsillo—. Me dejaron venir. ¿Puedo…? Que si no llamo, mi madre se sube por las paredes.

—Llama, hijo, llama.

Se apartó dos pasos, hacia el patio, pero la cocina era chica y se le oyó igual, y nadie hizo por no oírlo.

—Mamá. Sí, soy yo. Que ya he llegado. —Silencio—.

Que sí, que estoy bien, que he comido. —Silencio—.

No, mamá. Que ella no está. Ha pasado una cosa…

que se ha muerto. En mayo. —Silencio más largo—.

Ya. Ya lo sé. No, están aquí unas señoras, que son muy amables, que me han dado de comer y todo.

—Y luego, más bajo, de espaldas—: Que sí, mamá, que os llamo antes de acostarme. Dile a papá. Un beso. Yo también.

Colgó y volvió a la mesa con la cara deshecha de haber oído a su madre al otro lado, y Marina pensó que aquella mujer, la de Málaga, había criado bien a aquel crío, y que estaría en su cocina con el teléfono en la mano pasándolo mal por un hijo suelto en un pueblo que no era el suyo, buscando algo que ella le había dejado buscar.

Le entraron ganas de llamarla y decirle que el niño estaba en buenas manos, aunque no supiera todavía en qué lío las estaba metiendo.

El hostal estaba lleno. Marina lo sabía sin llamar —en agosto no había una cama libre en veinte kilómetros—, así que no hubo ni que planteárselo.

Le hicieron sitio en el sofá del salón, que era grande y fresco y daba al patio, y Candela sacó sábanas del armario de abajo y una manta fina por si a la madrugada refrescaba.

Fue montando la cama sin decir nada, estirando la sábana con las esquinas bien metidas, a la manera de las casas donde se recibe, y cuando llegó a la repisa, sin pararse, con la naturalidad de quien va quitando el polvo, cogió la foto que estaba allí de pie desde julio —los cinco delante de la hoguera, Nico en el medio— y la tumbó boca abajo contra la madera, y siguió estirando la manta.

Marina la vio. Vio la foto quedarse mirando a la pared.

Y no dijo nada, porque no había nada que decir que se pudiera decir allí.

África no bajó a cenar. Marina le subió un plato tapado con otro y lo dejó en la puerta del cuarto, tocó con los nudillos y dijo «te lo dejo aquí, por si luego», y no abrió, y desde dentro no contestó nadie. Bajó otra vez.

Le dio de cenar al chico. Le puso el guiso que había hecho para todas y le repitió sin preguntarle, y le apartó la parte de arriba, la de más caldo, que era como se le da de comer a quien se quiere sin decírselo.

Martín comió, y en algún momento, con la tripa ya llena y el susto del viaje bajándole, se le soltó la cara y contó una tontería de la madre y del perro y de que en Málaga hacía más bochorno todavía; y Marina le dijo algo por seguirle la conversación, y el chico se rio.

Se le puso en la boca media sonrisa, torcida, de crío bueno.

Y a Marina se le fue el aire un segundo por debajo del mandil, porque esa sonrisa la tenía vista, esa exacta, y la palabra que se había tragado en el patio le volvió a la boca, Herrera , y otra vez se la tragó, con un trago de agua, igual que había hecho Rocío en casa de Pepa sin que ella lo supiera.

Se acostó el último. Marina bajó a apagar la luz de la cocina, la amarilla, la que se dejaba encendida por si la última en subir la necesitaba, y al pasar por el salón lo vio dormido en el sofá, boca arriba, con un brazo por fuera de la sábana y la respiración honda de un crío reventado de andar.

Le vio la cara en lo oscuro. Aquella cara.

Y en la repisa, encima de él, la foto seguía boca abajo, mirando a la pared, con Nico dentro sin dejarse ver.

Arriba, la puerta de África seguía cerrada, y por debajo no salía luz.

Marina se quedó un momento parada en el arranque de la escalera, con la casa a oscuras y el chico durmiendo abajo con la cara de un muerto, echando otra vez la cuenta que no le salía, sumando la carta y los ojos que no eran de la cara y la cara que era de quien no podía ser.

No le cuadraba de tres euros ni de nada.

La dejó a medias, como se deja una caja que no cierra cuando ya es muy tarde y las manos ya no dan, y subió a acostarse pensando que mañana.

Mañana ya se vería. Mañana, con el día claro, aquello tendría que querer decir algo.