Capítulo 22
A las once y media la verbena empezó a aflojar, y Rocío supo, sin mirar el reloj, que era su hora.
Lo supo por el ruido. Llevaba toda la noche oyéndolo crecer, y ahora lo oía bajar: el altavoz seguía dando reguetón, pero ya sin corear; las hogueras habían pasado su punto alto y se venían abajo por dentro, más brasa que llama, con el pueblo sentándose alrededor en corros.
Era el momento en que una fiesta se parte en fiestas pequeñas, en que la cuadrilla se disolvía sola y cada una tiraba por su lado, y en que ella y Nico, desde hacía un mes, tiraban por el mismo sin que se notara.
No habían quedado con palabras. No hacía falta.
Un rato antes, junto a la lumbre, cuando Nico le pasó la litrona común y la cogió ella, él había hecho el gesto de siempre, uno tan pequeño que ni las otras tres, que lo tenían delante, lo cazaron: una vuelta mínima de la barbilla hacia el lado oscuro de la playa, hacia donde se acababa la arena y empezaban las piedras.
La última roca. Cuando esto afloje. Era todo el idioma que tenían para verse a escondidas, y con eso les bastaba.
Se apartó del corro sin que la echaran de menos.
Rocío sabía salir de un plano sin que se notara el corte, y en San Juan era más fácil todavía: nadie mira quién se va, todo el mundo mira el fuego.
Bordeó la última hoguera por fuera del calor, pasó de largo la caseta de los Quintero, donde Marina servía sin levantar la cabeza, y enfiló hacia lo oscuro.
Le venía la pelea puesta todavía, la de hacía un rato con Marina, pero le venía como una china en el zapato: molestando poco y sin importar nada.
No había entendido a qué venía tanto. Marina llevaba toda la noche de un cansino de cuidado, saltándole por lo del sitio en la manta como si le fuera la vida, y Rocío la había archivado en el cajón de «se le pasa durmiendo». Mañana ninguna de las dos se acordaría.
Lo otro le pesaba más, y ese sí que lo traía puesto desde hacía semanas.
El sobre. En su cuarto, dentro de la carpeta de anillas con las fotos del Tuenti en las tapas, seguía la carta de la residencia con la plaza reservada para septiembre y el folleto de la facultad doblado por la mitad.
Lo tenía desde antes de la Selectividad.
Lo había mirado tantas veces que ya no lo leía: solo lo tocaba.
Y esta noche, bajando a lo oscuro, Rocío terminó de tomar sola una decisión que llevaba medio verano tomando a medias, y le salió redonda y fría, como cuando en directo hay que dar una cifra y se da sin que tiemble.
Se iba a ir. Y no le iba a deber a nadie el irse.
El espigón viejo salía de la arena hacia el agua negra, un brazo de piedras grandes puestas unas encima de otras hace más años que el pueblo, resbaladizas de verdín en la parte baja, secas y ásperas arriba.
Rocío se sabía el camino con los pies. Fue saltando de canto en canto, con las chanclas en la mano para no escurrirse, hasta la última roca, la que ya estaba mar adentro, la de ellos, aquella en la que hacía once días los había visto Marina sin que ellos lo supieran.
Detrás quedaba la fiesta, chica y anaranjada.
Delante, nada: el agua sin luna todavía, que esa noche salía tarde, y muy al fondo las luces del puerto, quietas.
Nico ya estaba allí. Lo llevaba estando un rato, se le notaba en la manera de estar sentado, los codos en las rodillas, la vista puesta en el agua. A su lado, en la piedra, tenía una litrona apoyada, fría, sudando en el canto, sin abrir. No la había tocado.
—Ya pensaba que no venías —dijo, y volvió la cara.
—He tenido que despistar a media playa. —Rocío se sentó a su lado, en el sitio de siempre, con un palmo de piedra entre los dos por la costumbre de que no se viera—. Marina está insoportable esta noche. Se ha picado por una tontería.
Nico no dijo nada de Marina. Miraba el agua.
Y Rocío, que había bajado con el guion hecho, con las frases colocadas cada una en su renglón, la entradilla montada de arriba abajo, notó que se le desordenaban todas de golpe en cuanto lo tuvo al lado y callado.
Se le quedó una sola arriba, la que iba a decir la última, y decidió darle paso ya, antes de arrepentirse, con el pulso de quien lee al aire una noticia que sabe que va a doler.
—Nico, tengo que decirte una cosa.
—Dime.
—Me voy a ir. —Lo soltó del tirón, mirando el agua para no mirarlo—. No sé cuándo. Pero me voy a ir de aquí, y va en serio, y no quiero que me esperes. No quiero que te quedes tú aquí esperando a una que se va. Eso no.
Se hizo un silencio de los que en directo se te hacen larguísimos y duran un segundo. El agua daba contra las piedras de abajo, floja.
—No es por ti —siguió ella, porque el silencio la empujaba—.
Es que yo aquí no me quedo, Nico, y lo sabía desde antes de…
de nosotros. Y no me parece bien tenerte atado a algo que se va a acabar cuando yo coja la puerta.
Prefiero decírtelo yo ahora, y no dejártelo puesto para septiembre.
Así no me debes nada y no te debo nada. Es más limpio.
Se había preparado para muchas cosas. Para que se enfadara, o le preguntara cuándo, o adónde, o por qué no se lo había contado antes, y para seguir mintiendo un rato más sin nombrar Madrid ni la residencia, porque una cosa era romper y otra enseñarle el mapa entero.
Se había preparado, sobre todo —aunque eso no se lo confesó ni a ella misma—, para que él peleara.
Para que le dijera que no, que se esperaba, que lo hablaban.
Era lo que hacía la gente después de una frase así.
Nico no hizo nada de eso.
Se quedó un momento con la vista en las luces del puerto, muy lejos, igual que se le habían ido los ojos otras veces esa noche sin que ella lo supiera.
Y cuando volvió a mirarla no traía rabia, ni pena de la que se ve, ni la cara del que se defiende.
Traía una calma que a Rocío no le cabía en la escena.
Una quietud rara, como de haber echado ya una cuenta larga y haberle salido, por fin, el número.
—Vete tranquila, Ro.
Lo dijo así, bajito, limpio, sin que le temblara. Igual que al que se sube a un tren: vete tranquila.
Y a Rocío, que había bajado a romper, aquello le hizo más daño que cualquier cosa que hubiera preparado.
Ella acababa de decirle que se iba, que lo dejaba, que no la esperara, y él le contestaba que se fuera tranquila, sin pelear, sin retenerla, abriéndole la mano igual que a un pájaro.
Le buscó la trampa a la frase y no se la encontró.
¿Por qué no le decía que no? ¿Por qué no se peleaba por ella, aunque fuera un poco, como pelea la gente por lo suyo?
Se quedó con la pregunta atravesada y sin sitio donde ponerla, porque no había ni una sola razón en el mundo, esa noche, que le explicara aquella paz.
—¿Ya está? —dijo, y le salió más pequeña de lo que quería—. ¿Nada más?
—¿Qué quieres que te diga? —Nico sonrió un poco, con media boca, la sonrisa de crío bueno de siempre, solo que cansada—. Que te vayas. Que vueles. Yo también… —Se paró. Cogió aire. No lo terminó—. Vete tranquila.
Y entonces la abrazó.
No fue un abrazo de despedida, o Rocío no lo leyó como tal.
Fue un abrazo largo, de los que no se dan en el espigón por si alguien mira desde el paseo, de los que se guardan para el cuarto o para nunca.
La apretó fuerte, con la cara metida en su pelo, sin prisa por soltarla, y ella lo dejó hacer con el sobre de Madrid pesándole en la conciencia y aquella calma de él pesándole todavía más.
Olía a humo y a colonia del Mercadona y a mar por debajo de todo.
Rocío cerró los ojos y por un momento no se acordó de que acababa de romper: solo estaba el abrazo, y le pareció el sitio más seguro del mundo, que es exactamente lo que no se le tiene que parecer a una el sitio del que se acaba de ir.
Cuando la soltó, le puso las dos manos en los hombros y la miró.
—¿Tú estás bien?
—Sí. —Rocío se rio un poco, sin ganas, para tapar—. Soy yo la que se va, Nico. Estoy bien.
—Vale. —Bajó las manos. Se levantó. Recogió la litrona fría de la piedra, la que no había llegado a abrir, y se la quedó mirando como si no supiera de dónde había salido.
Y ya de pie, antes de irse, se volvió y le preguntó otra vez, igual, como quien se asegura de una cosa que no puede dejar a medias—: ¿Seguro que estás bien?
—Que sí, pesao. —Se le abrió el sur en la boca sin querer, que se le abría solo cuando algo la tocaba de verdad—. Anda, tira.
Y Nico tiró.
Pero no hacia la playa, ni hacia la fiesta, ni hacia el puerto que tenía enfrente.
Tiró por el otro lado, saltando las piedras hacia la arena y desde la arena cuesta arriba, hacia las casas, hacia el pueblo dormido por encima de la verbena.
Rocío se quedó en la roca viéndolo irse.
Lo siguió con la vista mientras subía, una sombra contra las pocas luces de las ventanas, hasta que la cuesta y lo oscuro se lo fueron comiendo por tramos, primero las piernas, luego el bulto entero, y ya no estuvo.
Se quedó sola con lo que acababa de hacer.
Y le vinieron los dos juntos, cada uno tirando para su lado.
El alivio de haberlo dicho, de tenerlo ya fuera, de bajar a Madrid en septiembre sin nada colgando detrás.
Y la pena, que era más grande y no se dejaba nombrar, de haber roto lo único que era solo suyo, la cosa que no había dado ni pensaba dar, por hacer lo que a los diecisiete años a una le parece lo maduro: soltar antes de que te suelten, irte sin deber, no dejarse nada atado.
Se sintió mayor y se sintió sola, y las dos cosas juntas le supieron a la misma agua.
Se quedó allí sentada un rato largo, sin contarlo por dentro por primera vez en mucho tiempo, sin buscarle las palabras, porque a aquello no se las encontraba.
Cuando por fin se levantó para volver, con las chanclas en la mano y las piernas dormidas de la piedra, lo vio.
En las rocas de la playa chica, al otro lado, donde el espigón se junta casi con la orilla pequeña, había alguien.
Una silueta quieta, sentada o agachada, menuda, recortada apenas contra el agua que empezaba a coger la poca luz de la luna que salía por fin, baja y de canto.
No se movía. Y en la silueta, a la altura de una muñeca, había un punto de plata: una chispa mínima, un brillo pequeño que cogía esa luz de nada y la devolvía, quieto, ahí colgado en lo oscuro.
Rocío se sobresaltó a medias, se quedó parada con una chancla a medio calzar, y se le pasó enseguida.
Miró un momento, entornando los ojos, pero estaba demasiado lejos y demasiado negro para sacar nada, y la luna no daba para caras.
Alguien de la verbena, se dijo. Uno que ha bajado a mear a las rocas, o una pareja buscando lo oscuro, como habían buscado ellos.
Gente. En San Juan la playa entera está llena de gente escondida.
No le dio más vueltas —tenía la cabeza en otra cosa, en la cuesta, en la cama, en septiembre— y la silueta se quedó allí, quieta, sin moverse, mientras Rocío le daba la espalda y bajaba de las piedras a la arena.
Subió la cuesta despacio. El pueblo olía a hoguera apagándose y a sardina fría, y por la calle Magnolia arriba iban ya subiendo otros, en grupos flojos, riéndose bajito de sus cosas.
Rocío subía sola, con las chanclas todavía en la mano y el abrazo puesto por dentro como se lleva una cosa que no se ha estrenado del todo.
Le dolía y a la vez estaba tranquila, que era raro.
Había hecho lo que tenía que hacer, y ya está.
Y sin embargo, al pasar por delante del número siete, con la ventana de la cocina de Remedios encendida con su luz amarilla de siempre, Rocío se paró un segundo debajo del magnolio grande, que ya no tenía flores pero seguía oliendo a algo, y pensó que lo suyo con Nico no se había acabado del todo esa noche.
Que una ruptura de verano no era el final de nada.
Que quedaba agosto entero por delante, dos meses largos, tiempo de sobra, y que ya verían, y que a lo mejor él la esperaba aunque le hubiera dicho que no la esperara, y que a lo mejor ella se dejaba esperar.
Nuestro. De momento.
Se lo dijo así, con las mismas palabras de la feria de mayo, y le pareció que el «de momento» era una puerta que se quedaba abierta y no una que se cerraba, y con eso se subió a casa a dormir.