Capítulo 21
El grifo del Espigón llevaba un mes sin dar agua, y lo primero que hizo Marina la mañana del ocho fue agacharse detrás del arcón de los hielos y abrir la llave de paso que Sebas había cerrado la noche del candado.
Tardó en venir. Vino con un ruido de tripa vacía, un escupitajo de aire, y luego un chorro pardo de tubería dormida que Sebas dejó correr en el fregadero hasta que salió limpio.
África lo miró desde la punta de la barra, con las cuentas del mes delante, y pensó que un pueblo medía el tiempo por cosas así: un mes de grifo seco en un bar era un mes de algo roto, y devolver el agua era devolverle a un sitio la respiración.
En Bruselas el agua venía siempre y no quería decir nada.
—Trae, que lo tiro —dijo Sebas, con la bolsa de basura ya en la mano.
—No. —Marina se lo apartó contra el pecho—. Este me lo quedo yo.
Y se lo llevó al almacén y no dijo por qué, y África, que archivaba estas cosas por oficio, la vio guardárselo en algún sitio de los suyos y pensó que había gente que aprendía tarde a guardar en vez de tirar, y que Marina era de esa gente, y que se le estaba notando aquel verano.
Lo del taburete fue lo último y fue lo primero.
Marina bajó del mármol el taburete de la esquina antes que ninguna de las quince sillas, lo puso en su sitio junto al ventanal con las cuatro patas en el suelo y le dio con la bayeta un repaso corto al asiento, uno solo, y siguió con las sillas.
No dijo nada. No hacía falta. África, que un mes antes no había estado allí para verla subirlo el último, entendió sin que se lo contaran que aquel taburete había sido el que más costó levantar y era el que primero bajaba, y que en aquella casa las cosas importantes se decían así: con un mueble puesto en su sitio y ni una palabra encima.
Para las ocho y media ya había cola en la puerta. No de turistas: de pueblo.
La del estanco fue la primera, como no podía ser de otra manera, cruzando la plaza con el monedero en la mano y la cara del que llega a un sitio que le habían quitado.
—¡Ay, gracias a Dios! —dijo, entrando derecha al taburete de siempre, que no era el de Remedios, ese no lo tocaba nadie, sino el de al lado—.
Un mes, Marina, un mes tomándome yo el cortado en la gasolinera, con los camioneros, que aquello no es café, aquello es agua sucia caliente.
Ponme el de las ocho, anda, aunque sean las ocho y media, que hoy te lo perdono.
—Hoy invita la casa —dijo Marina, y le puso el cortado templado y corto.
—Ea, encima. —Pero se lo tomó a sorbos, recobrando la costumbre, dando el parte: quién se había ido de vacaciones, quién había vuelto, quién se casaba en septiembre.
Detrás entró Chano el de las nasas, que ya no faenaba pero seguía bajando a la plaza a las horas de siempre, y pidió una caña «que no fuera de las de la gasolinera tampoco», y detrás el pueblo entero fue entrando como entra el agua a un cauce seco: de golpe, sin orden, a llenar el hueco que llevaba un mes vacío.
Sebas volvió a la plancha, salieron los primeros montaditos, y el bar se puso a sonar otra vez con su idioma de siempre —cafés, comandas, el cajón de la caja—, y África, desde la punta, lo oyó recuperar la voz como una sala que llevaba un mes en silencio.
Hubo un momento, a media mañana, con el bar lleno, en que Sebas asomó la cabeza por el pasaplatos para cantar una mesa y no la cantó.
Se quedó mirando a Marina por encima de la barra llena, de fuego a caja, de un lado del mármol al otro.
Y Marina levantó la vista de la jarra y lo miró a él, y no se dijeron nada, ni una comanda, ni un número.
Fue un momento, el justo, y se deshizo. Después él cantó la mesa y ella tiró la caña.
Pero África lo cogió al vuelo, porque para eso se ganaba la vida, y lo que cogió fue esto: que llevaban trece años hablándose con la barra en medio, y que aquella mañana la barra seguía en medio, cinco metros de mármol lleno, y por primera vez no se hablaban a través de ella, sino por encima.
La segunda carta de Remedios se había cumplido, y no era por el mes cerrado. Era por eso.
El bar aguantó lleno hasta media tarde. Al caer el sol aflojó, como afloja todo en agosto cuando la gente se va a la playa a por la última hora, y Marina se quitó el mandil por primera vez en el día.
—Ve subiendo tú —le dijo Sebas desde la plancha—. La primera noche la cierro yo. —Y como Marina abría la boca para discutirlo, él, sin volverse, con la espátula en la mano—: A la hora que yo diga.
Marina se rio, una risa nueva, y subió al siete dejándolo al frente, que era otra cosa que un mes antes no habría hecho.
Inma llegó a la cancela con el sol ya bajo, el bolso agarrado con las dos manos, igual que el día de la segunda. África le abrió. No hizo falta que dijera a qué venía.
—Un mes —dijo Inma, dejando el sobre en la mesa de la cocina, sobre el hule—.
Día por día. Del ocho al ocho. Has cerrado el bar un mes redondo y lo has vuelto a abrir esta mañana, que me lo ha contado medio pueblo antes de comer.
La segunda está cumplida. —Y giró el sobre para que el número mirara hacia arriba, y aquella letra temblona agarrada al renglón—. Aquí está la tercera. Para África.
África se recolocó el reloj.
—Léela tú —dijo Rocío, bajito, lo mismo que le había dicho a Marina un mes antes—. En alto.
Porque así se leían las cartas de Remedios.
África cogió el sobre, lo abrió por el borde con el pulgar, despacio para no romper lo de dentro, y sacó una cuartilla sola.
La letra le bailó delante hasta que la enfocó.
Empezó a leer con la voz de cabina, la lisa, la que había aprendido a poner por encima de cualquier cosa que dijeran los papeles, porque una intérprete no llora lo que traduce.
Deja que Teo termine la obra: las casas, como las personas, no se caen por viejas sino por no dejar que las apuntalen. Y cuando llamen a la puerta preguntando por mí, abre. Abre aunque te tiemblen las piernas. Sobre todo si te tiemblan.
La primera frase le salió entera. La leyó bien, con su música justa, la de la obra y las casas que se apuntalan, y hasta le dio tiempo a pensar que era muy de Remedios meter una casa en una lección.
Iba media frase por delante de su propia voz, como iba siempre, leyendo lo que venía antes de decirlo, que era el truco de su oficio.
Y así fue como la segunda frase le llegó por dentro antes de que le saliera por fuera.
Y cuando llamen a la puerta preguntando por mí, abre.
La voz se le paró ahí.
No fue que se emocionara. África se había pasado la vida traduciendo en directo cosas que se emocionaban —discursos, sentencias, dos jefes de Estado dándose una mala noticia— y no se le había roto la voz nunca, porque para eso estaba entrenada, para ser el cristal por el que pasan las palabras sin mojarse.
Y aquella frase de dos renglones, escrita para ella por una vieja muerta, se le quedó atravesada en un sitio donde no le cabía, y no supo por qué.
No supo por qué. Esa fue la parte que le dio miedo, más que la frase: que ella, que le encontraba el motivo a todo lo que decía la gente, no le encontrara el motivo a lo suyo con seis palabras.
Se recolocó el reloj, que no estaba flojo, y no le salió el resto.
Rocío lo cogió al vuelo. Con la misma naturalidad con que se da paso en un directo cuando a un compañero se le va la voz, dejó la cuartilla en la mano de África y leyó ella misma, en alto, las dos líneas que faltaban.
—«Abre aunque te tiemblen las piernas. Sobre todo si te tiemblan.»
Se hizo el silencio de después de las cartas, que en aquella cocina ya tenía su forma: Marina recogió unos platos que no había que recoger, Candela se quedó con los ojos en la cuartilla sin acercarse, y nadie preguntó qué quería decir «cuando llamen a la puerta», porque las cartas de Remedios llevaban dos meses hablando en un idioma que solo se entendía después, a destiempo, cuando ya había pasado la cosa que anunciaban.
La de Rocío se entendió con una cena. La de Marina, con un mes. Esta ya se entendería.
—Muy de ella —dijo Marina, por decir algo, por tapar el hueco—. Dejarte a ti, que vives en un avión, un recado de abrir puertas.
Se rieron un poco. África se rio también, con media boca, porque le tocaba, y guardó la cuartilla en el sobre.
Solo Rocío no cerró el asunto del todo. Miró a África un segundo de más, con aquella atención rara que ya le había echado otras veces, las noches del correo, como si le buscara en la cara la respuesta a una pregunta que ninguna de las dos había hecho; y luego, igual que las otras veces, la retiró y no dijo nada, y lo archivó donde archivaba lo que no le cuadraba.
África la vio archivarlo. Sabía dónde, porque tenía el mismo cajón.
No cenó bien. Se le había puesto la frase de través, y le volvía sola entre bocado y bocado sin que ella la llamara, como vuelve una palabra que has traducido mal y no sabes dónde.
Cuando las otras subieron a sus cuartos y la casa empezó con sus crujidos de casa vieja, África no se acostó.
Subió a la azotea a que le diera el fresco, porque el cuarto de arriba, con el calor del día en las paredes nuevas, no era sitio para una cabeza que no paraba.
Teo estaba allí.
No lo esperaba. Seguía en el pretil con un foco de obra enchufado a un alargador y un bote de pintura, dándole la última mano al murete, despacio, a la luz mala, con esa manera suya de no dejar las cosas a medias.
—Casi termino —dijo, sin volverse, como si supiera que era ella—. Doy esta mano, mañana recojo, y ya está. La casa entera. —Metió la brocha en el bote—. ¿Tú no duermes?
—Hace calor. —No era eso, y los dos lo sabían, pero Teo no tiró del hilo.
Nunca tiraba. Se había cruzado con Inma en la cancela al bajar las herramientas, y sabía que había habido otra carta, porque en aquella casa las cartas ya no eran un secreto para nadie; y no preguntó ni por la carta ni por la cara con que ella había subido.
Le hizo sitio en el pretil, en la parte seca.
Se sentó. El puerto abajo, las luces, el faro barriendo el cielo a su hora, lo mismo que la última vez que habían estado allí con dos cervezas y ella se había retirado la primera antes de que aquello se pusiera a ser otra cosa. Esta vez no se retiró.
—¿Y cuando acabes? —preguntó. Le salió antes de pensarla, y en cuanto la oyó supo que era la primera vez en todo el verano que le importaba de verdad una respuesta de Teo, que hasta entonces solo le había preguntado por fechas de obra y nunca por él.
—Otra casa. Otra obra. —Se limpió una gota de pintura del dedo con el trapo—. Hay un cortijo en Huelva que se cae a cachos. En octubre igual empiezo.
—Siempre casas de otros.
—Siempre. —Lo dijo sin pena, y luego, porque ella se había quedado callada esperando, añadió una cosa que no solía—: Casas de otros se me da bien. La mía la hice una vez y me salió regular.
África no preguntó. Había aprendido de aquella casa que las cosas se cuentan solas cuando no se les tira del hilo, y se quedó quieta; y Teo, mirando el puerto y no a ella, le enseñó la única ruina que tenía.
—Compramos una tapia con tejado en la sierra, mi mujer y yo, para arreglarla los fines de semana.
Hacérnosla nosotros, poquito a poco. —Rascó una gota de pintura seca del pretil con la uña—.
Y yo terminaba un cuarto, y ella lo miraba y decía qué bonito, y yo empezaba el siguiente.
Terminé la casa entera. Quedó preciosa. —Tiró la gota por el pretil abajo—.
El día que la acabé nos dimos cuenta los dos de que la casa era lo único que teníamos entre manos.
Se acabó la obra y se acabó el motivo. Ella se quedó la casa, que es justo, que la quería ella.
Yo me quedé el oficio. —Se encogió sin encogerse—.
Así que ya ves. Sí que tengo una ruina que enseñar.
Lo que pasa es que no la enseño, porque es de las que quedan bien.
África se acordó, sin querer, de la frase que no había podido leer, la de abrir la puerta aunque tiemblen las piernas, y por un momento las dos cosas —la frase y el hombre que terminaba las casas de todos menos la suya— le parecieron dichas por la misma boca.
No lo dijo. Se quedó. Se quedó mucho después de que Teo diera la última mano y enjuagara el bote en el grifo de arriba, esa manía; se quedó cuando ya no había obra que fuera excusa para estar los dos allí, y no se retiró la primera.
Esa fue toda la diferencia con la otra noche, y era una diferencia del tamaño del mundo.
Hablaron poco más: del cortijo de Huelva, de si el levante iba a entrar fuerte aquel año.
Nada. Y sin embargo, cuando por fin bajó, mucho después de medianoche, no bajó huyendo de que aquello se pusiera a ser otra cosa.
Bajó con ganas de que lo fuera. Que no es lo mismo, y África, que vivía de que las palabras no fueran lo mismo, lo sabía mejor que nadie.
Se acostó tarde y se durmió peor. En algún momento de la madrugada se despertó sin saber qué la había despertado.
La casa hacía sus ruidos: la madera de la escalera acomodándose, una gotera del baño que ya no goteaba y aun así sonaba, la respiración de las otras tres repartida por los cuartos.
Y por debajo de todo, la frase, que se había quedado dentro y no se iba, dándole vueltas sola con la voz de Remedios, con las aes abiertas del sur: abre aunque te tiemblen las piernas.
Sobre todo si te tiemblan. Se quedó boca arriba, con los ojos abiertos en lo oscuro, oyendo la casa.
Abajo, al final del patio, la cancela estaba cerrada, quieta, sin que nadie la tocara.
África se recolocó el reloj en la muñeca a oscuras, sin ninguna necesidad, y se quedó escuchando, por si llamaban.