Capítulo 20
El problema, a las diez de la mañana en la plaza, era aritmético, y a Rocío los problemas aritméticos se le daban peor que un directo con el pinganillo gritándole.
Eran seis. En la Berlingo cabían holgadamente cuatro y con calzador cinco, si uno iba encima de las neveras, pero seis con las toallas, la sombrilla, dos neveras y la cesta de Marina no cabían ni queriéndose mucho.
Así que hacían falta dos coches. La Berlingo de Marina y el Audi de Rocío, que llevaba tres días sin arrancar, torcido junto a la cancela como un mueble más.
—Yo con la de la tele —decretó Lucía, que había bajado con la mochila, el flotador puesto ya en la cintura y la lógica intacta de sus nueve años—. En el coche blanco. ¿Vale?
—Lucía —dijo Gonzalo.
—Es que en el otro huele a pescado.
—En el otro vas con tu tía Marina.
—Por eso.
Marina, que estaba metiendo la tortilla envuelta en un paño en la nevera azul, levantó la cabeza.
—Anda la niña —dijo, sin ofenderse—. Que huele a pescado. Como si el pescado no le diera a usted de comer, señorita.
Y así se repartieron, con Lucía haciendo la selección de personal: en el Audi, la de la tele, África de copiloto y ella detrás con el flotador; en la Berlingo, Marina al volante, Sebas y Candela.
Sebas cargó las neveras sin que se lo pidieran, porque ese hombre no sabía estar quieto al lado de un peso, y África se recolocó el reloj y miró el reparto, traduciendo en silencio quién iba con quién y por qué.
Gonzalo se quedó fuera de todo, en la acera, con la ropa de faena y las llaves de la lonja en la mano.
Él trabajaba. Un lunes de agosto era descargar, pesar, hielo y cajas hasta media tarde, feria o no feria, cierre del Espigón o no.
La excursión era de las cuatro, más Sebas, más la niña que él soltaba por un día.
Se acercó a Rocío, que era a la única que no le había dicho todavía ni buenos días.
Desde el pantalán no se habían dicho nada.
Un mes entero de cruzarse en un pueblo de tres calles y no cruzar una palabra; en la procesión del Carmen se habían mirado desde el agua a tierra, cada uno en su orilla, y ahí había quedado.
Ahora venía derecho hacia ella con la cría de por medio, que era la única frontera por la que aquel hombre pasaba sin pedir permiso.
—Sabe nadar —dijo, y era lo más largo que le había dicho en un mes—. No la dejes sola en el agua igual.
—No la dejo.
—Y si dice que no tiene hambre, miente.
Dos frases. Le puso en la mano a Rocío la bolsa de la merienda de Lucía —un bocadillo, una Fanta, la crema—, se la puso entera en la mano, cerrándole los dedos por encima, y a Rocío se le quedó el gesto dentro sin saber qué hacer con él, porque el hombre que no soltaba nada acababa de soltarle lo más suyo a ella, a la de Madrid, con dos frases y una bolsa de plástico.
Después le revolvió el pelo a Lucía, dijo «pórtate» sin creérselo, y se fue a la lonja a levantar la persiana de hierro. No se volvió a mirar cómo arrancaban.
La cala de Punta del Fraile no venía en ningún folleto, y a mucha honra.
Se llegaba por la carretera de Barbate, un desvío de tierra que el Audi hizo a paso de procesión mientras Rocío rezaba por los bajos del renting, y luego a pie: una bajada mala entre pinos torcidos por el levante de toda la vida, con las raíces haciendo de peldaños y un cabo viejo que alguien había atado a un tronco para lo peor del tramo.
Sebas bajó el primero con las dos neveras, resoplando, jurando en barbateño.
Abajo, al final de las agujas de pino y de las piedras, había una cala chica, de arena gruesa y canto rodado, encajada entre dos brazos de roca, con el mar entrando limpio por una boca estrecha.
No cabía casi nadie. Estaban ellos y una pareja con un perro, y el perro se fue a media mañana.
Y ahí, en aquella cala del tamaño de un salón, pasó una cosa que Rocío llevaba dieciocho años sin ver: la cuadrilla entera, asomando por debajo de las mujeres que eran ahora.
Empezó por los motes, que salieron solos, con la arena.
Marina volvió a ser la Sargento en cuanto organizó las toallas por rango de sombra.
África, que sacaba una cabeza a todas, volvió a ser la Jirafa —«la Jirafa no, que estoy cerca del agua», protestó, y se rio con una risa que a Rocío le sonó a otro idioma de tan poco usada—.
Y a Rocío le cayó el suyo de siempre, Radio Ro, la que lo contaba todo antes de que pasara, y le dio una vergüenza tonta y buena, de las de los quince.
Enterraron a Sebas. Fue idea de Lucía, y Sebas se dejó, porque un hombre que fríe pescado como los ángeles y no sabe decir que no a una niña es material de primera para enterrarlo en la arena hasta el cuello.
Le hicieron un cuerpo de sirena con las tetas de dos montones y todo, y Sebas aguantó tan digno, con la cara al sol, diciendo «tú sigue, tú sigue, que luego el arroz te lo hago yo con la sal que a mí me dé la gana».
Marina lo fotografió para tenerlo. Se reía.
Rocío no la veía reírse así desde antes de que el bar les creciera en medio del matrimonio.
Sacaron la tortilla a mediodía y fue, como siempre, casus belli. Marina la hacía poco hecha, corriendo el huevo por dentro, y llevaba veinte años defendiéndolo como una frontera.
—Está cruda, Marina —dijo Sebas, ya desenterrado, con un trozo en la mano y comiéndoselo entero.
—Está en su punto. La cuajada es tortilla de residencia de ancianos.
—Es que chorrea.
—Chorrea el que sabe.
Y África, la Jirafa, que llevaba dieciocho años pidiendo cafés en un español de aeropuerto, dijo con la boca llena «a mí es que esta tortilla me sabe a los diecisiete», y se hizo un silencio corto, uno solo, de esos en que la pena asoma la cabeza por la puerta de atrás y ve que hay gente y se vuelve a ir.
Marina le puso otro trozo en el plato sin decir nada.
Así se pagaban las cosas en aquella cuadrilla: por el lado, con comida, sin nombrarlas.
Sebas, para tapar el hueco, arrancó una de Estopa.
La de siempre, la de la cuadrilla, la que se sabían desde los quince y se ponían en la minicadena de la caseta del vivero.
La cantó fatal, medio tono por debajo, y Marina se enganchó por la segunda, y África soltó la tercera voz que nadie sabía que se acordaba, y la dejaron a medias, sin terminarla, riéndose de lo mal que sonaban, con la parte final flotando sin cantar por encima de la arena.
Nadie la cantó entera. No hacía falta. La cantaban ellos cinco, antes, y cuatro no es cinco, y eso lo sabían todos sin decirlo.
Candela no cantó. Candela se había ido, sin ruido, a lo suyo.
En el brazo de roca de la derecha, donde la marea baja dejaba un hueco, había una poza.
Un charco grande de agua clara atrapada entre las piedras, con su fondo de arena y sus lapas y una anémona pegada a un canto, quieta, del todo quieta, sin ola, sin corriente, agua que se dejaba mirar hasta el fondo porque no se iba a ninguna parte.
Candela se sentó al borde con los pies dentro y ahí se quedó la mañana entera, a gusto, contando lo que hubiera que contar, con el agua sujeta donde ella la veía.
No se metió en el mar ni una vez. Nadie le dijo nada, porque en aquella casa había cosas que se veían y no se decían, y aquella era de las más antiguas.
Y Lucía, que nadaba como un pez —la había enseñado su madre, el verano que—, hacía el viaje: se tiraba al mar por la boca de la cala, buceaba, salía, y luego subía a la poza a enseñarle a Candela un cangrejo diminuto, una concha, una piedra con una raya blanca, y Candela se las guardaba en fila en una roca plana, ordenaditas, y Lucía volvía al mar a por más.
Del mar a la poza y de la poza al mar, cosiendo las dos aguas la una a la otra sin saber que las cosía.
Fue mirando eso cuando a Rocío le pasó lo que le daba miedo.
Estaba tumbada en la toalla, la sal secándosele tirante en los brazos, con la tortilla mala de Marina en el estómago y la risa de África todavía en el aire, y de pronto se dio cuenta de que era feliz.
Así, sin más, con esa sencillez tonta y peligrosa.
Feliz de estar en una cala del tamaño de un salón con la gente correcta y sin nada que retransmitir.
Y en cuanto lo notó, se le encendió por dentro la vocecita del oficio, la de minutar, la que llevaba dentro desde los quince y no se apagaba nunca: esto cuánto dura .
Empezó a contarlo como un directo que se va de tiempo.
Un día. Un día bueno de aquel verano prestado, y a partir de mañana el bar reabría, y en septiembre ella firmaba en Madrid, y las cosas buenas eran justo las que se podían perder, porque de lo que no tienes no te pueden quitar nada.
Se le fue la cabeza sola a hacer la cuenta atrás de la felicidad mientras la felicidad seguía pasando delante, sin enterarse, con un flotador rosa.
Y cortó. Con el mismo tajo seco con que se remata un plano que uno decide no emitir. Hoy no. Hoy se quedaba dentro del día. Bebió agua de la botella caliente, para tener la boca ocupada, y volvió a mirar a Lucía yendo del mar a la poza, y se quedó ahí, en el día, que era lo único que había.
Volvieron al atardecer, con el pueblo puesto de color de tarde y todos oliendo a sal, a crema y a pino. Rocío bajó el Audi hasta la lonja para dejar a Lucía; los demás siguieron con la Berlingo cuesta arriba al siete, a descargar neveras y a discutir la tortilla otra vez.
La lonja a esa hora estaba casi vacía. Los de la mañana habían vendido y recogido, los de tarde no habían entrado, y quedaba ese hueco muerto en que el sitio huele más que nunca a hielo y a caja y a mar de trabajo.
Gonzalo apilaba cajas azules al fondo, con una manguera corriendo por el suelo de cemento mojado y un montón de hielo derritiéndose despacio en un rincón. Se enderezó al oír a la niña.
—Papá, había una poza. —Lucía llegó disparada—. Con una anémona. Y he cogido cosas para ti. Espera. —Y salió corriendo otra vez, de vuelta al Audi, a por el cubo de las conchas que se había dejado en el asiento, dejándolos a los dos plantados en la lonja mojada.
Se quedaron solos. Dos minutos. El primero desde el pantalán.
—¿Se ha portado? —dijo Gonzalo.
—Como un jabato. —Rocío buscó por dónde seguir y le salió lo verdadero—. No se ha separado de Candela. Le ha estado llevando conchas a un charco toda la mañana. —Tragó—. Le ha sentado bien. A las dos.
Gonzalo la miró un segundo de más, con la manguera corriendo sola a sus pies y las manos grandes mojadas del hielo, y se le movió algo en la cara, en el mismo sitio donde a Nico se le movía la sonrisa, y a Rocío le costó no verlo.
Le costó no ver la sal secándosele a él en el antebrazo, igual que a ella, la del mismo día.
Le costó no acordarse de lo que había pensado en concreto y sin permiso en el pantalán, hacía un mes: qué sería que la agarraran a ella de la muñeca entera, no de los dedos.
Y decidió con el cuerpo antes que con la cabeza, que era la única manera de decidir aquello. Una mujer que llevaba un mes huyendo y un día entero siendo feliz.
Lo besó ella. Dio el paso corto que faltaba sobre el cemento mojado y lo besó, sin preámbulo, en la boca, con toda la torpeza del primer medio segundo —las narices, el susto de él, el ángulo mal cogido— y luego ya no, luego bien, luego despacio y sabiendo.
Sabía a sal el beso, a la sal del día, a la de los dos.
Y Gonzalo, que había tardado ese medio segundo en entender qué le estaba pasando, levantó la mano mojada y la agarró de la muñeca entera, no de los dedos, como se agarra a la gente que se puede caer al agua, y no para apartarla. Para que no se fuera esta vez.
Duró poco. Lo que dura una cortinilla entre dos bloques. Puede que menos. Se separaron lo justo, la frente de él casi en la de ella, las dos respiraciones cortas, y ninguno dijo nada, porque no había nada del tamaño de aquello que cupiera dicho.
Y por el rabillo del ojo, en el asiento de atrás del Audi, con el cubo de las conchas en las manos, Rocío pilló a Lucía.
Medio segundo. La niña ya estaba mirando para otro lado, para el puerto, con la cara girada hacia los mástiles y una sonrisa puesta que no venía de los mástiles, la sonrisa del que ha visto una cosa y decide guardarla.
No los miró. Miró el mar como si el mar fuera muy interesante de repente.
A Rocío se le pasó, medio segundo, la otra cosa.
La sal en las manos, el mar ahí abajo, aquel otro nombre.
Y ahí no. Cerró la puerta antes de abrirla del todo, con la mano de Gonzalo todavía en su muñeca y las luces de la lonja empezando a apagarse a su espalda, una a una, mientras la niña seguía sonriéndole al puerto.