Capítulo 19
Marina llevaba tres días cocinando de menos.
Le pasaba por primera vez desde que tenía uso de cucharón: el domingo unas lentejas que no llegaron a repetir, el lunes un arroz soso al que no le faltaba la sal, sino el otro fuego.
Trece años guisando ella lo lento y Sebas lo de freír, y sin la plancha del fondo su potaje no sabía a nada.
Sebas llevaba en Barbate desde el sábado, ido en el autobús de línea con la ropa metida en bola —él, que doblaba hasta los trapos de la cocina—, y Marina echaba la cuenta al revés, que era como echaba las que dolían. Al tercer día le salió el número.
En la barra había aprendido que las deudas se pagan en persona: el que debe viene, se sienta y cuenta el cambio en la mano del otro.
Y ella le debía a Sebas una cosa que no cabía en un mensaje al móvil ni en una llamada de tres minutos.
Se la debía entera y de pie, cara a cara, como se paga lo que de verdad se debe.
El miércoles cogió las llaves de la Berlingo y bajó a Barbate sin decir a dónde iba.
No hizo falta: en aquella casa se sabía todo sin preguntarlo.
Media hora de carretera sin radio, cantándose por dentro lo que le iba a decir, ordenándolo como quien repasa una comanda larga para no dejarse ni un plato.
La madre de Sebas le abrió con el mandil puesto y un tenedor de freír en la mano.
No le preguntó a qué venía: la miró un instante —el mismo con que su hijo calaba a alguien sin decir palabra— y se apartó para dejarla pasar.
Olía a pescado frito a las once de la mañana, que en aquella familia era dar los buenos días.
Puso en la mesa una fuente de pescaíto que nadie había pedido, dijo «sentaos, que ahora mismo saco más», y se volvió a la cocina a seguir friendo, por no estorbar.
Toda aquella gente hablaba el mismo idioma: acercarle a uno la comida y callarse el resto.
Sebas estaba en el patinillo del fondo, arreglando una silla de la madre que cojeaba, porque ese hombre no sabía estar en una casa sin arreglarle algo.
Levantó la vista y la vio en la puerta. No se le encendió la cara ni se le apagó: la miró con la cara de tres días de espera, la que Sebas había puesto toda la vida en la barra y en el escalón y ahora en el patinillo de su madre.
—Anda —dijo—. Has venido.
—Con la Berlingo. —Marina se quedó en el marco—. ¿Damos una vuelta? Aquí dentro no.
Bajaron al puerto. Barbate a esa hora era barcos azules y oxidados amarrados de cualquier manera, redes tendidas, olor a sal y a gasoil.
Caminaron un trecho sin hablar, por el muelle, entre cabos y cajas de plástico apiladas.
A Marina le venía bien andar; podía mirar los barcos y no mirarlo a él, y decirlo así era más fácil.
—Aquel chico que se ahogó —empezó—. Nico. —Le costó el nombre; hacía años que no lo decía en voz alta delante de nadie que no fuera de las cuatro—. En el pueblo te lo han contado siempre como un accidente y ya está. Y lo fue. Pero aquella noche, antes, pasaron cosas.
Sebas no dijo nada. Andaba a su lado con las manos en los bolsillos, mirando el suelo del muelle.
—Rocío y él eran novios. En secreto, desde la feria de mayo, sin que lo supiera nadie del pueblo. Y lo fueron hasta el final. Yo lo sabía. Los vi un día en el espigón, de casualidad, y me lo callé, porque no era mío de contar. —Tragó—. Eso es lo primero.
—Vale —dijo Sebas, bajito. No era el vale de cerrar la puerta. Era el de dejarla seguir.
Marina se paró delante de un pesquero al que le faltaba una letra en el nombre. Aquí bajó el ritmo. Tomó aire antes de cantar la comanda que no quería cantar.
—Y aquella noche, en la playa, en San Juan, yo le solté a Nico una cosa.
Una cosa de Rocío y de Madrid, de que se iba y no se lo había dicho a él.
Se lo dije en caliente, para hacer daño, y no a él, fíjate, a ella, por celos de crías.
—Miró el agua—. Y a la media hora aquel chico estaba en el mar.
No sé si por lo que le dije. A lo mejor iba a pasar igual, a lo mejor no tuvo nada que ver.
Pero yo dije lo que dije. Y una palabra dicha es como el hielo bajado a la playa, Sebas: para cuando quieres devolverlo al arcón, ya es agua.
Se quedó con eso colgando. No le contó la frase entera, ni la pelea con Rocío, ni cómo se le había subido el veneno vestido de favor. Le dio la forma de la cosa, no la cosa. Bastante era.
—Y por eso —dijo, y ahora le costaba más, porque venía lo que nunca le había puesto a nadie palabras—.
Lo de los niños. Lo que me preguntaste el otro día en el bar, de qué lado había cerrado yo esa puerta.
Pues de este lado. —Le salía torcido, sin la palabra limpia que lo dijera de una vez—.
Desde aquella noche hay cosas que no me dejo tener.
No es que no las quiera. Es que yo sé romper, Sebas.
Bajar persianas, cerrar cajas, cuadrar lo que se acaba, eso lo hago con los ojos cerrados.
Levantar es otra cosa. Un hijo es levantar algo.
Y a mí, con lo que llevo dentro desde los diecisiete, levantar me da un miedo que no te sé ni explicar.
No me veía con derecho. —Por fin lo miró—.
Nunca fue por ti. Que eso te quede claro aunque no te quede claro lo demás. No fue por ti nunca. Fue por mí.
Sebas se había quedado quieto, mirando los barcos, con esa cara suya de hombre grande al que le acaban de mover un mueble de sitio dentro de la casa.
No se enfadó. Marina había bajado a Barbate medio esperando el enfado, casi buscándolo, porque el enfado ella sabía cobrarlo. Lo que le vino fue peor y fue mejor. Sebas habló despacio, sin levantar la voz, sin quitarle los ojos al agua.
—Llevo trece años casado con un fantasma de diecisiete años.
No lo dijo con rabia. Lo dijo como el que abre por fin un cuarto que llevaba años cerrado en su propia casa y ve lo que había dentro, y no era un monstruo ni otro hombre ni nada de lo que se había imaginado en trece años de noches: era una cría parada en una playa, con una frase dicha y sin sitio donde recogerla.
—Yo pensaba que era yo —siguió, más para él que para ella—. Que te hacía falta otra vida, otro que no fuera el que fríe. Y era una noche de hace dieciocho años. —Se pasó la mano por la nuca—. Podías habérmelo dicho antes, Marina. Trece años.
—No sabía decirlo.
—Ya. —Y ese ya sí se lo creyó él entero—. Eso sí me lo creo.
Se quedaron un rato mirando el trajín del puerto, un hombre remendando una red, una gaviota peleándose con otra por una cabeza de pescado. Marina notó que le habían quitado un peso y le habían puesto otro, y que el nuevo, por lo menos, lo llevaban dos.
—Vuelve a casa —dijo ella—. A la de arriba, la del lío, la de las otras tres y la condición y todo. Vuelve.
Sebas tardó en contestar. Cuando lo hizo, no fue con un discurso, que él no era de discursos.
—Vuelvo. —Y luego, sin subir la voz, poniendo una condición de las que no se negocian pero tampoco se gritan—: Pero algún día me lo cuentas entero. Esto de hoy no es entero, y tú lo sabes y yo lo sé. No te pregunto cuándo. Cuando puedas. Pero entera, Marina.
—Entera —dijo ella.
Y era la primera vez en dieciocho años que le prometía a alguien contar algo entero, y le dio un vértigo raro, porque ni ella sabía si lo tenía entero para contarlo.
Volvieron a la casa. En el cuarto de su madre, Sebas metió las cosas en la bolsa de gimnasio, la misma.
Marina lo miró doblar las camisetas una por una, por los hombros, con cuidado, y se acordó de cómo las había metido el sábado, en bola, de cualquier manera, y no dijo una palabra, pero lo apuntó en la libreta de dentro, la de las cosas que no se cobran.
La madre les puso en una bolsa un tupper de pescaíto frito «para el camino», que eran treinta minutos, y no se despidió con palabras: se despidió con eso, que en su idioma era lo mismo que un abrazo largo.
A Marina, al salir, le apretó el brazo una vez.
Ni una palabra a favor ni en contra. Solo el apretón, y a freír.
Marina condujo de vuelta con Sebas de copiloto y el tupper caliente entre los dos, oliendo la furgoneta a pescado por partida doble.
En el número siete lo recibieron sin ceremonia, que era como se recibían las cosas grandes en aquella casa: Rocío levantó la vista del móvil con un «hombre, el cocinero» y se puso a organizar la cena, y Candela subió del patio una maceta de albahaca que dejó en el alféizar sin nota, que era su manera de decir bienvenido.
La silla de enea coja volvió esa noche a su esquina de la mesa, y la cocina fue otra vez lo que era: cuatro sillas, una coja y la cabecera vacía.
El viernes venció el plazo de Azahar Costa.
No hizo falta gran cosa: Rocío bajó a la notaría e Inma redactó cuatro líneas muy educadas —tan educadas como el membrete azul, para que aprendieran— diciendo que no, que las señoras del número siete no vendían, ni esa cifra ni la siguiente.
En nombre de las cuatro. Cuando Rocío volvió y lo dio por hecho, Marina cogió el papel azul de la mesa, donde llevaba desde el sábado esperando su turno.
No lo rompió: romper era lo suyo y aquella semana estaba aprendiendo a hacer otra cosa.
Lo dobló y lo metió en el cajón de las cosas sin sitio, con las postales viejas de Remedios, y cerró el cajón despacio.
La mesa se quedó limpia por primera vez en un mes.
Esa noche Sebas durmió en el cuarto estrecho, en su lado, y la cama volvió a ser pequeña, que era como tenía que ser.
Marina no se durmió enseguida: le rondaba la palabra que había prometido —entera— y una cosa peor, que ni ella la tenía entera, la misma sensación de cuadrar una caja a la que le faltaba un billete.
Al otro lado de la cama, Sebas respiraba hondo. Antes de dormirse del todo, sin abrir los ojos, dijo una cosa en voz baja, más para él que para ella.
—Entera, ¿eh? Cuando puedas.
Marina se quedó mirando el techo. Entera era una palabra muy grande para una caja a la que a lo mejor le faltaban billetes que ni ella había contado nunca.