Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 18
42%

Capítulo 18

A las diez y cuarto Marina llevaba el mandil atado a medias y la cabeza en dos sitios.

La caseta de sus padres estaba a la entrada de la playa, la de todos los San Juanes, dos tablones y el toldo de rayas y el arcón sudando hielo en un rincón, y aquella noche no daba abasto.

Su madre cobraba con un ojo en la caja y el otro en la calle, igual que en el bar, igual que en la feria.

Lo demás lo hacía Marina. Subía cascos, bajaba cascos vacíos, sacaba las litronas de dos en dos y de cuatro en cuatro, cantaba de lejos «¡marchando!

» a una mesa que no era mesa sino un corro de gente de pie en la arena, y cada dos viajes se dejaba caer un minuto en la manta de la cuadrilla, que estaba a media playa, cerca de la hoguera de los quintos, y al minuto ya estaba otra vez de pie.

Porque el pueblo venía de ganar. La víspera España le había pasado a Italia en los penaltis, y La Almadraba llevaba desde el domingo con la Eurocopa metida en el cuerpo, de modo que la verbena y el fútbol se habían hecho una sola cosa: en el altavoz que alguien había bajado a la arena sonaba Estopa, y encima de Estopa cantaban tres, mal, felices, con la litrona en la mano.

Marina no cantaba. Marina servía. Era la mejor noche del año y ella la veía por debajo, con los ojos de detrás de la barra: por lo que se pedía y por lo que iba quedando en el arcón.

Y la veía, además, con dos cosas dentro que llevaba once días sin poder soltar en ninguna parte.

Once días justos. Once días sirviendo cañas encima de la tarde en que los vio en el espigón, a Rocío y a Nico, muy pegados en la última roca, la boca de ella buscándole la boca a él con la calma de los que ya no es la primera vez.

Y encima de los papeles: la carta de la residencia de Madrid, el folleto de la Complutense doblado por la mitad, la cuenta de habitación y comedor echada al margen con el boli de Rocío.

Rocío se iba en septiembre. Lo tenía apalabrado, con carta y con folleto.

Y no se lo había dicho a nadie: ni a las chicas, ni —Marina lo sabía con el estómago antes que con la cabeza— a Nico.

Dos espinas en el mismo sitio. Y encima el mandil, que no se lo quitaba ni en feria.

A las diez y media subió a por hielo, que el arcón de la caseta se había rendido con la calor, y Candela se fue detrás por no quedarse sola en la manta.

Cuando Marina volvía con el cubo pesándole en el brazo, ya cerca de la lumbre, se topó con Nico de pie, él solo, con una litrona muerta en la mano y la vista puesta en cualquier parte.

—Illo, ¿y tú aquí plantado? —Dejó el cubo en la arena—. Que pareces un farol apagado.

Nico tardó en volver la cara. Y cuando la volvió, Marina lo vio blanco, con la cara de reventado que se le pone a la gente a las tantas de una noche larga.

—Estoy aquí —dijo él, y no dijo más.

—Menuda contestación. —Marina se rio—. ¿Qué te pasa, que traes cara de difunto?

—Nada. El cansancio. —Se pasó la mano por la nuca—. Llevo toda la semana subiendo puertas a esa hoguera.

—Ya. Y regándolas por dentro con litrona, que se te ve. —Le quitó la que tenía en la mano, la sopesó: caliente, muerta, un dedo de nada—. Anda, tira esa, que está para las plantas.

Fue al cubo, sacó una fría del hielo nuevo y se la puso en la mano.

A la cuadrilla el gasto de la noche se lo iba apuntando en la libreta, para cobrarlo al final entre todos; lo de Nico no lo apuntaba nunca, ni en la libreta ni en la cabeza, y esta tampoco.

Le achacó la palidez a lo que se le achaca a un chaval a esas horas: la litrona, la semana de faena, el sofoco de la lumbre.

No le buscó otra cosa. No había otra cosa que buscarle.

—Este año la habéis puesto más alta que nunca —dijo ella, por decir, mirando la torre de palés.

—El que viene, al ayuntamiento —contestó Nico, pero le salió sin fuerza, la broma de siempre dicha por un hombre que estaba en otra parte.

—Eso dices todos los años. —Marina cogió el cubo—. Descansa, anda, que pareces que vengas de descargar el pescado tú solo.

Y volvió hacia la manta. Por el camino se cruzó con África, que subía de la parte de las casetas con la bandolera cruzada y la cara de no haber roto un plato en su vida, y Marina le dijo «illa, ¿tú por dónde andabas?

» y África dijo «por ahí» y Marina no le dio más vueltas, que cada una tenía su noche y ella tenía un cubo de hielo derritiéndosele en el brazo.

En la manta le habían quitado el sitio.

No era nada. Rocío se había traído a dos o tres del instituto, unas de las que en verano bajaban al pueblo, y estaban todas sentadas en su trozo, riéndose de algo, con la manta ya llena. El hueco de Marina, el de siempre, el de la esquina de al lado de Rocío, lo ocupaba ahora una con una diadema.

—Anda, siéntate un rato, mujer, que llevas toda la noche de camarera —le dijo Rocío, sin moverse, sin hacerle sitio, con la sonrisa de quien lo dice por decir.

Y ahí Marina apretó de más.

—De camarera estoy porque alguien tiene que estarlo —dijo, y le salió más seco de lo que hacía falta—. No todas hemos nacido para que nos sirvan y que nos guarden el sitio.

—Uy. —Rocío levantó las cejas, y le puso esa cara suya de tenerlas todas ganadas, de sabérselas todas desde antes que las demás—. Qué carácter gastamos hoy. Pues no bajes hielo y siéntate, que no te lo ha mandado nadie.

—Me lo ha mandado el arcón, que en esta playa el que no sirve, bebe.

—Marina notó cómo se le subían las dos espinas a la garganta, la del espigón y la de los papeles, y por un segundo tuvo en la punta de la lengua todo lo otro, lo de «tú sí que tienes el billete comprado ya, y no para bajar hielo», y se lo tragó a tiempo, porque no era suyo de contar.

Le salió otra cosa, más torpe—: Tú tranquila, illa, sentada, que a ti se te da bien.

—Anda, quita, boba. —Rocío ya se estaba volviendo hacia las del instituto, riéndose otra vez, sin enterarse de que aquello no iba de la manta ni del sitio ni del hielo—. Que estás de un cansino esta noche.

Y se acabó. Fue una pelea de las de amigas, fea y corta, sin gritos, de las que se olvidan a la mañana siguiente.

Rocío se fue con las suyas al otro lado de la lumbre a por algodón de azúcar o a por lo que fuera, y Marina se quedó de pie con el cubo vacío en la mano, ardiéndole por dentro una cosa que no era la pelea.

Bajó a la caseta. Sirvió. Cobró dos rondas, dio mal las vueltas de una y las rehízo, sacó cascos, y todo el rato, con las manos en lo suyo, le fue subiendo el arrebato como sube la leche cuando te descuidas del fuego.

Porque a Marina se le daban bien las cuentas, y aquella noche se puso a echar la peor de su vida sin darse cuenta de que la estaba echando.

Le salía redonda. Rocío lo tenía todo. Tenía a Nico, que se lo comía a besos en una roca cuando no los veía el pueblo.

Tenía Madrid, la residencia, la facultad de las fotos a todo color, el mapa entero por delante.

Y encima de tenerlo todo, lo engañaba con septiembre: tenía a aquel chico sentado en el espigón sin decirle que en tres meses lo dejaba solo mirando el agua.

A Nico, que era el único que a Marina le hervía por dentro desde los catorce años. A Nico, al que ella no le cobraba.

Y de ahí, sin costura, le vino la otra idea, la que traía el veneno dentro y venía disfrazada de lo contrario.

Alguien tiene que decírselo. Alguien tenía que avisar a aquel pobre chaval de que la que le buscaba la boca en el espigón ya tenía echada la cuenta para irse.

Era de justicia. Era, hasta, un favor. Marina se lo dijo así por dentro, con esas palabras, y se lo creyó, porque el que se emperra en cobrar una deuda que no le deben siempre encuentra la manera de que le parezca justa.

No era justicia. Era despecho vestido de faena. Pero eso Marina no lo veía, y a las once y diez ya había dejado la caseta atrás.

Lo encontró apartado, junto a las casetas de los aparejos, donde no llegaba la lumbre más que en rachas. Estaba solo otra vez, mirando hacia el paseo, la litrona fría sin abrir en la mano.

—Nico.

—Dime.

Y Marina, que le habría servido gratis toda la vida, le sirvió aquello.

—Rocío se va a Madrid en septiembre. —Lo dijo del tirón, con la voz de dar la última comanda—. Y no piensa decírtelo.

Nico no dijo nada.

—Lo tiene apalabrado. Una plaza en una residencia, una facultad, la cuenta echada y todo. Lo lleva escondido en la carpeta. —Le salía ya sin freno, empujado por lo de dentro—. Y a ti no te ha dicho ni media palabra. Digo yo que tendrás derecho a saberlo.

Y le vio la cara.

Marina había ido buscando una cosa: la rabia, o el golpe, algo que le devolviera a Rocío partida en dos.

Lo que vio fue otra. Se le fue la cara a Nico, sí, se le quedó un momento sin nada, apagada como un sitio al que le quitan la luz.

Pero detrás de aquel blanco no vino la tormenta que ella había bajado a encender.

Vino una quietud rara, la de quien echa por fin la última cuenta de la noche y le sale, después de mucho, un número.

No mencionó a Rocío. No preguntó nada. Se le fueron los ojos un momento hacia el paseo, hacia las luces del puerto al fondo, como si allí hubiera algo esperándolo, y volvieron, y ya no la miraban a ella.

Marina lo leyó todo al revés. Pensó que le había clavado la cosa más grande de su vida y que se lo estaba viendo en la cara, y por eso lo tenía blanco y mudo.

No se le ocurrió que un chaval pudiera venir ya blanco de antes.

Ella no había visto lo de las casetas. Ella solo tenía su frase, y le echó a su frase toda la culpa de aquella cara.

Y en cuanto la soltó, antes de que Nico se diera la vuelta, ya lo sabía.

Le supo a hierro en la boca. No lo había dicho por él.

A Nico, en aquello, no le importaba nada.

Se lo había tirado a la cara para hacerle daño a Rocío, que lo tenía todo, por el único sitio por donde Rocío sangraba, y lo había vestido de favor — alguien tiene que decírtelo — cuando era despecho pelado.

Lo supo entera, de golpe, con el cubo de la vergüenza volcándosele por dentro.

Y ya estaba dicho. Y una palabra dicha es como el hielo bajado a la playa: para cuando quieres devolverlo al arcón, ya es agua.

—Nico, oye. —Le salió pequeña—. Que a lo mejor…

Pero Nico ya echaba a andar. No hacia la manta ni hacia la caseta ni hacia la lumbre: hacia el otro lado, hacia las piedras del espigón viejo, con las manos en los bolsillos y sin prisa ninguna, como quien tiene un sitio adonde ir.

La playa estaba oscura por ese lado, que la luna esa noche salía tarde, y a los pocos pasos la negrura de detrás de la hoguera se lo comió entero.

Marina se quedó plantada junto a las casetas con la frase dicha y el sitio de recogerla vacío.

Luego se ató mejor el mandil, con dos vueltas y un nudo a ciegas, cogió el cubo del hielo y bajó otra vez a la caseta, porque estaba llena hasta la bandera y su madre la buscaba ya con los ojos, y en San Juan el bar de los Quintero no cerraba hasta que se apagaba la última hoguera de la playa.