Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 17
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Capítulo 17

A Marina la despertó la costumbre, no el despertador: a las seis y media ya tenía los ojos abiertos, igual que cada mañana del verano. Sólo que aquel sábado de Santiago no había nada que abrir.

Se quedó un rato mirando el techo del cuarto estrecho, oyendo a Sebas respirar hondo a su lado, y le salió la cuenta sola, como le salían todas.

El puente de Santiago era uno de los tres fines de semana que sostenían el verano: las terrazas llenas hasta la fuente, los del camping bajando a comer, las mesas dobladas dos y tres veces al día.

Lo tenía echado hasta el último café. Y aquel año se lo comía un cartón de una caja de cascos pegado por dentro del cristal.

Se levantó sin encender la luz. Descolgó de la cocina la llave del Espigón y salió a la calle Magnolia cuando el pueblo todavía olía a la noche de antes.

Bajó la cuesta con la plaza para ella sola, los toldos recogidos, las palomas por el suelo.

Le quitó el candado a la persiana verde —dos vueltas, cosa de dos veces al año— y la subió lo justo para pasar por debajo, agachada, colándose en su propio bar sin querer que se notara.

Dentro estaba todo como lo había dejado el ocho de julio.

Las sillas patas arriba sobre las mesas.

La barra desnuda, sin cafetera encendida, sin el rumor.

Y en el rincón del ventanal, el taburete de Remedios, patas arriba también sobre el mármol, que se lo había puesto ella con sus manos y le había costado más que las quince sillas juntas.

Verlo así, boca abajo, le dio en el pecho más que la persiana cerrada.

Un bar apagado es un bar. Aquel taburete del revés era otra cosa.

Marina no se paró a pensarlo. Se ató el mandil de dos vueltas, cogió la bayeta, y se puso a limpiar lo que ya estaba limpio.

Le pasó a la barra un repaso que la barra no necesitaba desde hacía diecisiete días.

Ordenó los vasos que ya estaban ordenados, contó las botellas del estante como si alguien fuera a pedirle cuentas, barrió un suelo sin migas.

La carta de Remedios decía cierra el bar, y ella lo tenía cerrado, con su cartón y su candado y su NO PREGUNTEN mirando a la plaza.

Pero la carta decía otra cosa por debajo, y esa Marina la estaba pisando con las dos manos y una bayeta: había bajado a esconderse detrás de la barra a la hora en que no la veía nadie, que era hacer trampa sin romper la regla.

La vio Sebas por el cristal.

Marina levantó la cabeza y ahí estaba, al otro lado del escaparate, detrás del cartón, mirándola por el trozo de vidrio que quedaba libre entre el NO y el PREGUNTEN.

Se había despertado, no la había encontrado en la cama, y había bajado a buscarla.

Sin afeitar, con la camiseta de dormir, los ojos de quien sabía dónde iba a encontrarla antes de salir de casa.

Marina le abrió porque no abrirle habría sido peor.

Entró, y no dijo buenos días. Se quedó de pie al otro lado de la barra, en el sitio de los clientes, con las manos en los bolsillos del pantalón de dormir, mirándola frotar el mármol.

—La carta decía que cerraras el bar —dijo—. No que te escondieras en él.

—He bajado a hacer inventario.

—Marina, que llevas la cuenta de las servilletas en la cabeza. Tú no tienes que hacer inventario de nada. —No lo dijo con mala voz. Lo dijo despacio, como quien por fin suelta algo que lleva mucho rato aguantando de pie—. Has bajado a lo que bajas siempre. A ponerte la barra por delante.

Marina le pasó al mismo tramo un tercer repaso.

—¿Sabes qué hora es? Las siete de la mañana de un sábado, y estoy hablando contigo con esto en medio otra vez.

—Puso la mano abierta en el mármol, entre los dos—.

Trece años, Marina. Trece años hablándote por encima de esta tabla.

La otra tarde, la de la siesta, con el sol en la sábana. ¿Te acuerdas?

—Sebas.

—Fue la primera vez en trece años que te veía la cara de día. Te lo dije. Y tú te levantaste a por los boquerones.

Marina abrió el grifo, lo cerró. No salía agua; estaba cortada desde el ocho.

—Yo no soy de discutir, tú lo sabes. Yo soy de callarme y de freír.

Pero es que un hombre llama a una puerta, y si no le abren, pues llama otra vez, digo yo.

Pues yo no. Yo llamo una vez y me espero trece años en el escalón, a la hora que tú digas, por si acaso.

—No se le rompía la voz; se le ponía más baja, que en él era peor—.

Lo de los niños. Te pregunté una vez, una sola, en lo oscuro.

«Ahí no, Sebas», me dijiste. Y no volví a preguntar.

Pero es que ni sé por qué, Marina. Ni eso me diste.

Cerraste esa puerta y ni me dijiste de qué lado la cerrabas.

Marina soltó la bayeta en el mármol.

Acorralada. Esa era la palabra, y ella la conocía bien, porque así se quedaba cada vez que le quitaban la barra de en medio y la dejaban a campo abierto sin nada que fregar. Y a ella, acorralada, no le salía el llanto. Le salían los dientes.

—¿Qué quieres que te diga, Sebas? ¿Que hablemos? Pues venga, hablamos. —Le salió la voz de dar la última comanda, la que no admite otra ronda, sólo que esta vez seguía—. ¿Tú qué te crees, que yo me casé contigo por un flechazo? ¿Que tú y yo somos una película de las de la tele?

—Yo no he dicho…

—Me casé contigo porque era lo que había.

Lo dijo, y en cuanto lo dijo supo que era verdad, y por eso cortaba como cortaba.

No era una mentira para hacer daño. Era la cosa más de verdad que le había dicho a aquel hombre en trece años, dicha de la peor manera.

Sebas se quedó con la mano todavía en el mármol, muy quieto, y el bar cerrado se puso más callado todavía.

Y a Marina, en caliente, se le vino a la boca algo peor. Que si le apuraba, que si de verdad quería que se lo dijera todo, que ni siquiera se habría—

Y ahí se paró. En seco. Como se baja una persiana de un tirón antes de que entre lo que no se quiere dejar entrar.

Se tragó el resto. No lo dijo. Pero ya daba igual, porque Sebas le había visto empezar la frase, y una frase que uno se calla delante del otro hace casi tanto ruido como la que se dice.

Sebas quitó la mano del mármol.

—Vale —dijo. Y fue lo peor que podía decir, porque «vale» era lo que decía cuando le cerraban una puerta y ya no volvía a llamar.

No dio un portazo. Sebas no era de portazos ni de amenazas; no dijo «pues me voy» ni «esto se acabó» ni ninguna de esas frases que dice la gente que quiere que la sigan.

Se quedó un momento mirando el trozo de mar que se colaba entre los toldos recogidos, el mismo de trece años, y luego se dio la vuelta y salió por debajo de la persiana medio subida, agachado, con cuidado de no descolgar el cartón.

Marina se quedó sola en el bar cerrado con la bayeta en la mano.

Subió detrás de él a los diez minutos, cuando ya no había nada más que fregar.

Se lo encontró en el cuarto de abajo, sacando de debajo de la cama la bolsa de deporte, la de gimnasio que él no pisaba, la misma con la que había subido al siete la primera noche, cuando lo de subir todavía era una fiesta que no se atrevía a celebrar.

La estaba llenando sin doblar la ropa, y eso fue lo que más impresión le hizo a Marina: Sebas, que doblaba hasta los trapos de la cocina, metiendo las camisetas en bola.

—Sebas.

—Me voy unos días a Barbate, con mi madre. —Tiró de la cremallera, que se atascó, sin perder la calma—. No es por hacerte nada. Es que aquí no hago falta. Aquí no hago ni falta ni café.

Se echó la bolsa al hombro. En la puerta del cuarto se paró, y Marina esperó el «a la hora que tú digas», que llevaba trece años oyéndoselo, en la barra y en la cama y en el escalón de todo. No llegó.

—Cuando quieras arreglar esto, me avisas —dijo, sin volverse del todo—. Pero esta vez la hora no me la digas tú.

Y bajó la escalera con la bolsa, y Marina lo oyó despedirse de las otras tres en el zaguán con una educación que dolía más que un grito, y oyó la cancela, y no oyó ningún coche, porque Sebas no tenía coche ni lo había tenido nunca.

Se iba a Barbate en el de línea, con la bolsa de gimnasio al hombro, a esperar en la parada de la plaza como esperaba en todas partes.

La mañana se quedó grande y sin ruido.

Fue esa tarde cuando llegó el sobre. Lo dejó el cartero a la hora de la siesta, y Rocío subió del buzón con dos cosas: una propaganda de un supermercado y un sobre bueno, de papel grueso, con el membrete azul en la esquina que ya conocían las cuatro. Azahar Costa.

—Otra vez estos —dijo Rocío, y lo dejó en la mesa de la cocina.

En la nevera seguía imantada la primera oferta, la de junio, entre la lista de la compra y las farmacias de guardia, con su plazo hasta el treinta y uno de julio muy educado y muy alto. No había vencido todavía. Y ya mandaban otra.

Marina la abrió porque las cuatro la miraron a ella. La leyó. Y la cifra de julio se había puesto más gorda que la de junio: le habían añadido ceros sin que nadie contestara al primero, con esa prisa de los que huelen que la casa pasa un mal momento y aprietan.

Marina dejó el papel azul en la mesa, en el centro, donde tres semanas antes había estado la lata de la pastora.

—A lo mejor —dijo, y le salió muy tranquila, que era lo que la hacía peor— la loca no era Remedios.

No saltó nadie.

—A lo mejor la loca soy yo, que llevo un mes cerrando un bar que da de comer, durmiendo en una casa que no es mía por una condición que se podría impugnar, y he mandado al padre de los hijos que no he tenido a Barbate en el autobús.

—Puso un dedo encima del membrete azul—.

A lo mejor lo que hay que hacer es coger esto, firmar, repartirlo en cuatro, y que cada una se vuelva a su vida.

Que Rocío tiene su plató, África su Bruselas, Candela su vivero.

Y yo mi bar. Cada mochuelo a su olivo, y aquí no ha pasado nada.

Nadie dijo nada. En aquella cocina, donde las cosas se decían callándolas, aquel silencio fue el más ruidoso de todos.

Fue África la primera. Se recolocó el reloj, bajó la voz —le pasaba cuando algo le importaba de verdad— y lo puso en columnas:

—Si es por dinero, Marina, el dinero lo pongo yo. Lo que le debas a los proveedores, lo que te haya cundido cerrar, lo que sea. Lo pongo yo y no se habla más. —Como si con una cifra encima de la mesa se tapara cualquier agujero; como si a ella los agujeros se le arreglaran pagándolos.

—No es por dinero, África.

—Pues entonces no vendas nada.

Rocío ya tenía el móvil en la mano. A Rocío, cuando algo se torcía, le salía el directo: organizar, llamar, buscarle a cada cosa su plan y su minuto.

—A ver. Una cosa es una cosa. —Hablaba deprisa, dando paso—.

Sebas se ha ido esta mañana con un cabreo, no a Australia; está en Barbate, a media hora.

Eso se arregla. El bar abre el ocho, el cierre está pagado, eso está arreglado.

Y esto —cogió el papel azul con dos dedos, por una esquina, con remilgo— esto lo contesto yo mañana con Inma, que para decir que no también hace falta saber decirlo. Aquí hoy no firma nadie nada.

Candela no dijo ni una cosa ni otra.

Se levantó de la mesa sin ruido, arrastrando la silla despacio para no arrastrarla, se tocó la muñeca izquierda con el pulgar —la magnolia—, y salió de la cocina, y salió de la casa, y Marina la oyó cruzar la cancela y echar a andar cuesta abajo sin rumbo, no hacia ningún sitio sino lejos del sitio en que estaba.

Nadie la siguió. En aquella casa cada una tenía su manera, y la de Candela era andar.

La casa aquella noche fue un sitio grande.

Cenaron tres. La silla de enea coja de Sebas, la que él mismo había traído del patio y calzado con un cartón para caberle a la casa sin molestar, se quedó arrimada al fogón, vacía, y nadie la quitó de allí y nadie se sentó en ella, igual que nadie se sentaba en la cabecera de Remedios.

Dos sillas vacías en una cocina de cuatro metros.

Marina las contó las dos y no apuntó nada en ninguna libreta, porque hay cosas que no se cobran ni se apuntan: sólo se aguantan.

Se acostó en el cuarto de abajo, en la cama estrecha que llevaba trece años siendo estrecha, y aquella noche, con Sebas en Barbate, le sobraba la mitad.

Una cama de matrimonio sin nadie al otro lado es la cosa más grande que hay.

Marina se quedó en su lado, el de siempre, sin pasarse al centro, con la mano abierta en la sábana fría del otro sitio, igual que él se la había dejado a ella tantas noches, la puerta entornada por si alguien quería salir de noche.

Y en lo oscuro, sin bayeta que pasar ni comanda que cantar ni barra que poner por medio, le vino el pensamiento entero, sin cortar, por primera vez.

Que a ella siempre se le había dado mejor cerrar que abrir.

Bajar persianas, echar candados, cuadrar la caja al final del día.

Que de todo lo que había en la vida —un bar, un matrimonio, un hijo— lo suyo era lo que se aguanta y no lo que se levanta; que romper cosas se le daba fácil, casi bien, y levantarlas—

Y ahí la cortó. En seco. Como siempre. Metió el resto en el cajón de las cosas que no se sacan y le echó la llave.

No durmió. A las tantas, ya de madrugada, oyó la cancela: Candela, que volvía.

La oyó entrar despacio, meterse en el cuarto del fondo, y por la rendija de debajo de su puerta se encendió la luz y no se apagó en un buen rato.

Las cuatro seguían bajo el mismo techo. Una noche más de las noventa y dos, aunque fuera de aquella manera.

Marina se levantó a por un vaso de agua que no quería.

En la cocina a oscuras, sobre la mesa, en el centro exacto donde había estado la lata de la pastora, el membrete azul de Azahar Costa esperaba su turno, muy educado y muy alto, con su cifra más gorda y su plazo sin vencer.

Nadie lo había guardado. Nadie lo había roto.

Marina lo miró un rato largo, y por primera vez desde que aquellos papeles empezaron a llegar, no lo apartó con el codo.