Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 16
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Capítulo 16

Teo llevaba tres días con las humedades del salón. Picaba la pared de abajo hasta el ladrillo, y África se había acostumbrado a trabajar con aquel ruido igual que al zumbido de una cabina: presente, monótono, más raro cuando paraba que cuando sonaba. Aquella mañana paró.

—Jefa. —Teo apareció en la puerta de la cocina con el cortafríos en una mano y la cara del que ha encontrado algo—. Baja un segundo, anda. Que esto no me lo esperaba yo.

Había levantado un tramo de zócalo, el rodapié de madera oscura al pie de la pared, y detrás, donde tendría que haber ladrillo, había un hueco. No de desconchón ni de humedad. Un hueco cuadrado, hecho a mano, rematado a conciencia por alguien que quiso que estuviera y que no se viera.

—Esto está hecho a propósito —dijo Teo, pasando la yema por el canto—. Esto lo picó alguien, lo forró y volvió a tapar. Un escondrijo de toda la vida. —Metió la mano con un cuidado que a África le recordó al del pulgar por la veta, y sacó una lata.

Una lata de las de dulces, redonda, de mantecados, con una pastora pintada en la tapa medio comida por el óxido. De las que en cualquier casa del pueblo acaban guardando botones o hilos.

Las llamó a las cuatro. No hizo falta gritar mucho: Marina ya venía secándose las manos, Candela subía del patio con tierra en las uñas, Rocío bajó la escalera con Lucía detrás preguntando qué era.

Se juntaron en el salón alrededor de la lata, apretados, con el respeto que impone una cosa que sabe más que uno.

Fue Rocío la que dijo lo que pensaban las cuatro.

—Es de Remedios.

Nadie lo discutió. La llevaron a la cocina, la pusieron en el centro de la mesa, y a Lucía la mandó Rocío al patio con la excusa de las plantas, porque hay latas que no se abren con una niña de nueve años mirando.

Teo se quedó en la puerta, con el cortafríos todavía en la mano, sin entrar del todo y sin irse.

África abrió la tapa. Costó: el óxido la había pegado. Dentro no había botones ni hilos.

Lo primero que sacó fue una foto.

Impresa en papel, de las que se revelaban en la tienda, con el borde blanco y el color ya un poco ido hacia el naranja.

Cinco chavales delante de una hoguera, apretados, blancos por el flash sobre el fuego, con los ojos raros.

Nico en el medio, porque el medio era suyo desde siempre.

Candela de puntillas. Ella misma, África, la única que en las fotos salía siempre un metro más atrás y que aquella vez, por una vez, se había metido dentro.

Le dio la vuelta sin pensarlo, por el oficio de mirar las cosas dos veces. Detrás, a bolígrafo, con letra firme —la de antes, la que agarraba el renglón—, ponía: 23 de junio de 2008.

Y África se acordó, sin buscarlo, de cómo aquella foto había llegado a existir en papel.

Ella la había hecho con el Motorola, aquella noche, y se la había guardado en el bolsillo sin volver a mirarla.

Fue un momento pequeño , había pensado entonces.

No pesó nada. Y en julio, después del entierro, Remedios se la había pedido.

«Mándamela, mi arma, esa de los cinco en la lumbre, que la quiero tener.

» La habían llevado a revelar a la tienda de Barbate, y África le había dado a Remedios una copia sin mirarla ella tampoco, porque en aquel julio mirar cualquier cosa de aquella noche era más de lo que podía.

Dieciocho años después le pesaba en la mano lo que no le había pesado en el bolsillo.

Se recolocó el reloj. Cortó. Había cosas de aquella playa que sabía dejar a la altura de la piel y no dejar bajar más, y las dejó.

Debajo de la foto había papeles.

Programas de fiestas, viejos, doblados. El del Carmen de un año cualquiera, con la Virgen del manto azul y la barca de plata.

Uno de San Juan con las bases del concurso de hogueras.

Otro del Carmen más antiguo todavía, con el papel ya blando de tanto doblarse.

Años sueltos, sin orden, guardados por alguien que apartaba los papeles de las fiestas como prueba de que el pueblo siguió celebrando.

—Mira que era de guardar cosas —dijo Marina, y lo dijo con la voz un poco tomada, pasando los programas como las hojas de un álbum.

Debajo de los programas había una pulsera.

África la sacó y la puso en la mesa, a la luz.

Un cordón de cuero trenzado, fino, ya reseco y oscurecido, con una florecilla de plata engarzada en el medio, de esas de plata que no es plata, de puesto de mercadillo, de las que se compran de cría por dos euros en la feria y se llevan hasta que se pierden.

La miró buscándole dueña —era pequeña, de muñeca de niña— y levantó la vista para preguntar de quién era.

No hizo falta preguntar.

Candela se había quedado quieta. Del todo.

No la quietud de contar baldosas, que era una quietud que se movía por dentro; esta era otra, una en la que hasta la respiración parecía haberse parado a esperar.

Tenía los ojos en la florecilla de plata y no los levantaba.

África, que se ganaba la vida cogiendo lo que la gente decía y lo que callaba y poniéndolo en claro, cogió aquella quietud y no supo a qué idioma pasarla.

—Es mía —dijo Candela por fin, muy bajo. Alargó la mano y la cerró sobre la pulsera antes de que nadie más la tocara—. La perdí de cría.

Y cerró el puño. No dijo dónde. No dijo cuándo.

No dijo nada más, y en aquella casa no se preguntaba, así que nadie preguntó; Marina siguió con los programas, Rocío miró la foto, y solo África se quedó un segundo de más con los ojos en el puño cerrado de Candela, en los nudillos blancos, y archivó la escena entera donde archivaba lo que no cuadraba, sin sacarla y sin entenderla, para más tarde.

Para nunca, a lo mejor. Se recolocó el reloj y siguió vaciando la lata.

En el fondo, apoyado contra la pared de hojalata, había un sobre.

Pequeño, de los de las cartas cortas, cerrado y lacrado con un poco de celo ya amarillo.

En el centro, dos palabras. Y esta vez la letra no era la de antes: era la de después, la temblona, la que se agarraba al renglón con el pulso de prestado, la misma de los sobres de las cartas que Inma les enseñaba sin dárselas.

«Todavía no.»

Nadie alargó la mano. Se quedaron los cuatro mirando el sobre en el centro de la mesa, y Teo, desde la puerta, dejó el cortafríos en la encimera sin hacer ruido, con el cuidado de quien nota que la cosa ha dejado de ser de obra.

—A lo mejor es un décimo de lotería de hace la tira —dijo Marina, que necesitaba decir algo—. Y nos hacemos ricas y nos ha jorobado el «todavía no».

Nadie se rio del todo, pero se agradeció. Rocío alargó un dedo y le dio media vuelta al sobre, solo media, por comprobar que no tuviera truco por detrás, y no había nada por detrás, solo las dos palabras por delante.

—Yo esto no lo abro —dijo Candela, con el puño todavía cerrado sobre la pulsera contra el pecho.

—Nadie lo abre —dijo África.

Llamaron a Inma. Vino a la media hora, sin prisa, con el bolso colgado del codo y esa manera suya de entrar en las casas como si ya supiera lo que le iban a enseñar. Miró la lata vacía, miró la foto, miró los programas. Y cuando llegó al sobre pequeño con las dos palabras, se paró de otra forma.

—Ah —dijo. Nada más, un rato—. Ah.

—¿Sabías tú que estaba esto aquí? —le preguntó Rocío.

—No sabía dónde. Sabía que había algo. —Inma sacó del bolso un pañuelo de tela y, sin abrir el sobre, sin darle la vuelta siquiera, lo levantó de la mesa y lo envolvió, con el mismo cuidado con que se coge lo que no es de uno—.

Esto me lo llevo yo. Instrucciones son instrucciones.

Ella dejó dicho lo que se abre y cuándo, y esto lleva escrito cuándo.

—Se lo guardó en el bolso, contra el forro—. Todavía no.

—Pero ¿qué es? —dijo Marina.

—Es lo que pone. —Inma se colgó el bolso otra vez. Y ya en la puerta, mirando el tramo de zócalo levantado, el hueco cuadrado al aire, se detuvo un momento y dijo, seca, sin volverse del todo—: Ella sabía que la obra pasaba por aquí.

Y se fue calle abajo, dejándolas con la lata vacía, la foto, los programas, y un hueco en la pared que hasta esa mañana había estado tapado dieciocho años.

Aquella tarde, África se acordó sin querer del cajón hondo del aparador, de las postales de Navidad atadas con la goma reseca, de los cuatro nombres suyos repartidos en años que no llegaron: las cartas de Remedios llevaban toda la vida juntándose por los rincones de aquella casa, esperando una dirección que no cambiara, y ellas por fin habían venido a ser la dirección.

Cerró el pensamiento como se cierra un cajón donde duerme alguien.

Al caer la tarde, cuando el sol dejó de pegar y Teo recogió la herramienta y se lavó el yeso de los brazos en el grifo del patio, subió a la azotea con dos cervezas de la nevera y le tendió una a África, que había subido antes a tomar el fresco.

—Ya no curro —dijo, por si acaso, enseñándole la lata—. Que conste. No bebo en horario.

Se sentaron en el pretil nuevo, de espaldas al pueblo y de cara al puerto, que a esa hora se iba poniendo de todos los colores que no tenía a mediodía.

Teo no preguntó por la lata. Ni por la foto, ni por la pulsera, ni por aquello de los años que se había dicho delante de él en la cocina y que cualquiera habría cogido al vuelo para tirar del hilo.

No tiró de ningún hilo. Bebió, miró el puerto, y comentó que la azotea aguantaría un temporal de levante sin pestañear, que la había ferrallado él pensando en lo peor.

Y fue por eso, porque no le pedía nada —ni la historia, ni la pena, ni que le riera la gracia—, por lo que África le dio algo. Pequeño. Verdadero.

—En Bruselas nadie me llama África —dijo, mirando el agua—.

Soy madame Soler. Lo dicen bien, con mucho respeto, sin una falta.

—Le dio un trago—. Remedios era la única que decía «África» con las dos aes abiertas, las de aquí, las del sur.

Me pasé dieciocho años oyendo mi nombre en boca de gente que lo pronunciaba perfecto, y era como oírlo traducido. Correcto. Y no era el mío.

Teo no dijo «qué bonito» ni «qué triste». Ladeó un poco la lata, mirándola.

—Pues aquí te van a llamar África con las aes esas hasta que te canses —dijo—. El del estanco ya lo hace. Y jefa, que ese soy yo.

Se le escapó a África una risa, corta, de las de verdad, y la cortó ella misma en cuanto la oyó, porque hacía tiempo que no le salía una así y le extrañó el sonido.

Teo no lo señaló. Bebió, y se quedó callado mirando cómo el faro empezaba a barrer el techo del cielo, y no llenó el silencio con nada, y África tampoco, y estuvieron así un rato, cada uno con su lata, sin que aquello pidiera palabras.

Cuando la cerveza se acabó, Teo se levantó, recogió las dos latas —también la de ella— y enjuagó la suya en el grifo del pretil antes de dejarla, esa manía.

—Me bajo —dijo—. Mañana ataco la otra pared. A ver qué me encuentro.

—A ver —dijo África.

Y fue ella la que se retiró primero, antes de que aquello se pusiera a ser otra cosa, bajando la escalera con la excusa de las cuentas que no había hecho. No hubo más. En aquella azotea, de momento, no pasó nada que se pudiera contar, que era justo lo que la tenía a ella sin saber dónde meterlo.

Antes de acostarse volvió al salón. Teo había dejado el tramo de zócalo apoyado contra la pared, y el hueco cuadrado seguía al aire, vacío, esperando a que al día siguiente lo taparan otra vez.

La lata la habían guardado, los programas los había recogido Marina.

Solo quedaba la foto, encima de la repisa, donde alguien la había dejado sin decidir qué hacer con ella.

África la cogió. Miró a los cinco, blancos sobre el fuego, borrosos, felices, sin saber nada.

Y no la guardó en ningún cajón. La apoyó de pie en la repisa del salón, contra la pared, derecha, como se había quedado dos días la primera carta apoyada en el vaso de la cocina: puesta a la vista, sin decidir nada, porque retirarla habría sido decidir algo, y aún no tocaba.

Nico en el medio, mirando a la casa. Apagó la luz y los dejó allí.