Capítulo 15
A las diez en punto los quintos prendieron la suya, que era la más alta, una torre de palés y de puertas viejas que llevaban toda la semana amontonando en lo alto de la playa del Chorrillo, y la arena pasó de azul a cobre en lo que se tarda en decir «ya».
Las demás hogueras fueron prendiendo detrás, más chicas, repartidas hasta la orilla, pero la de los quintos era la que mandaba, y en cuanto agarró de verdad el pueblo entero se puso a gritar como si el fuego fuera un gol.
Porque el pueblo venía de ganar. La víspera, domingo, España le había pasado a Italia en los penaltis, y La Almadraba llevaba desde entonces con la Eurocopa metida en el cuerpo, de modo que aquella noche la verbena y el fútbol se habían hecho una sola cosa: alguien había bajado un altavoz a la arena y salía Estopa, y encima de Estopa iban dos o tres cantando lo suyo, mal, felices, con una litrona en la mano y la certeza absoluta de que aquel era el mejor verano de su vida.
África Soler lo miraba todo desde un metro más atrás, como miraba siempre las cosas, con la bandolera cruzada y la mano puesta encima sin darse cuenta.
Dentro de la bandolera iba el estuche de los rotuladores.
Y dentro del estuche, entre el Tipp-Ex y una goma, envuelta en un trozo de papel higiénico que llevaba tres días sin cambiar, iba la tira de plástico con las dos rayas.
Se lo había traído a la playa como se trae uno lo que no puede dejar en casa: pegado al cuerpo, contando con él.
Llevaba tres días ensayando lo que iba a hacer con eso esta noche.
Había elegido San Juan a propósito, con la cabeza fría, porque en San Juan el pueblo estaba mirando para otro lado, todos de cara al fuego y de espaldas al agua, y una podía apartarse con alguien detrás de las casetas y contarle la cosa más grande de su vida sin que a nadie se le ocurriera buscarla.
—¡Illa, foto! —gritó Marina, agarrándola del brazo—. ¡Que no tenemos ni una de esta noche!
—Voy, voy.
Sacó el Motorola de tapa, el que le habían traído de fuera y que hacía mejores fotos que ninguno del grupo, y al abrirlo se le encendió la pantalla con un SMS de su madre esperando: «q no volvais tarde».
Lo dejó sin contestar. Buscó a alguien con la vista, y le puso el móvil en las manos al primero que pasó, un señor con un niño en brazos que se paró de buena gana.
—Todos juntos, illos —dijo África—. Que salga la hoguera detrás.
Y por una vez fue ella la que se metió en la foto en lugar de hacerla.
Se apretaron los cinco delante del fuego, Nico en el medio porque el medio era suyo desde siempre, Candela de puntillas para llegar, Rocío tirando de Marina que aún tenía media cara vuelta hacia el bar de sus padres.
El flash los dejó blancos sobre el naranja lo que dura un fogonazo.
Salió borrosa, seguro; salían todas borrosas y con los ojos raros, pero eso ya lo verían al día siguiente en el Tuenti.
El señor les devolvió el teléfono, África le dio las gracias, cerró la tapa y se guardó los cinco en el bolsillo sin volver a mirarlos. Fue un momento pequeño. No pesó nada.
Nico se dejó caer a su lado en la arena, oliendo a humo y a colonia del Mercadona por debajo del humo, y le dio un trago a la litrona común.
—Este año la subimos otro metro —dijo, con la barbilla hacia la hoguera de los quintos—. Que hemos conseguido dos puertas de las buenas, las del corral del tío Paco, que las tira igual. El verano que viene, illos, os lo juro: esta llega al primer piso del ayuntamiento.
—Eso dijiste el año pasado —le dijo Candela.
—Y el otro —dijo Rocío.
—Y llegará. Vosotras esperad sentadas. —Se rio, y le pasó a Rocío la litrona sin mirarla más de la cuenta, y Rocío la cogió sin mirarlo más de la cuenta, y África no le puso a eso ningún nombre porque no había ningún nombre que ponerle: eran Nico y Rocío pasándose una litrona, como llevaban haciendo desde los catorce.
Se rieron de algo. Candela había empezado a contar las tablas de la caseta más cercana con el pulgar en la muñeca, bajito, «una, dos, tres», que era lo que hacía cuando la fiesta se le ponía por encima, y Marina la imitaba para hacerla rabiar, y Nico juraba por tercera vez lo de las dos puertas.
Era la cuadrilla de siempre, entera, en la mejor noche del año. África se rio cuando tocaba reírse.
Y los fue leyendo a los cuatro, sin querer, como hacía siempre, porque a los demás los entendía por debajo de lo que decían, y eso no se apagaba.
Candela contando no estaba nerviosa por nada; estaba nerviosa por estar, que era distinto, y a las once ya se le habría pasado.
Marina, cuando cantaba una mesa desde lejos hacia el bar de sus padres, decía «ahora voy» y quería decir «no me vayáis a dejar sola».
Rocío, riéndose fuerte, quería que la miraran, y esta noche le había salido el sur en la boca sin darse cuenta, señal de que estaba contenta de verdad.
A todos les cabía lo que llevaban dentro en una frase corta.
Solo ella llevaba una cosa que no le cabía en ninguna, que la había leído en tres idiomas en un prospecto y que en el suyo, en su propia boca, en aquella playa, todavía no había conseguido decir en voz alta.
Pero por dentro estaba en otra parte, y llevaba semanas estándolo, aunque a todos les cuadraba que fuera por la Selectividad.
Tenía en la cabeza el discurso. Lo había ordenado tantas veces que se lo sabía como se sabe una interpretación difícil antes de entrar en cabina: primero abrir suave, luego lo importante, luego dejar sitio para lo que dijera el otro.
Empezaría por «no te asustes». Después vendría «no te pido nada, Nico, que conste, no te pido nada».
Y después ya se vería. Lo tenía todo colocado, cada frase en su renglón.
Le dieron el bocadillo de la cena y no lo tocó.
Se abrió una Fanta y le dio dos sorbos y la dejó clavada en la arena, de pie, sudando, porque el olor de la hoguera se le mezclaba con el de las sardinas de más allá y le daba vueltas al estómago.
Miró el reloj. Se lo recolocó en la muñeca, ese gesto suyo de antes de las cosas que importaban.
Las diez y veinte. Todavía no. Un rato más y la cuadrilla se disolvería sola, como todas las noches, cada una a lo suyo, y entonces.
A las diez y media se levantó Marina a por hielo al bar y Candela se fue detrás, y Rocío se quedó hablando con unas del instituto, y Nico se puso de pie y se sacudió la arena del pantalón, y África entendió que aquello era el hueco.
No iba a haber otro mejor. Se le había secado la boca.
Se pasó la lengua por los labios y le salió la voz baja, la que ponía cuando algo importaba de verdad.
—Nico. ¿Me acompañas un momento?
—Claro. ¿Adónde?
—Aquí al lado. Un segundo.
Lo llevó detrás de la fila de casetas de madera, las de guardar los aparejos, donde no llegaba la luz de la hoguera más que en rachas y el altavoz sonaba ya lejos, tapado por la caseta.
Allí estaban solos. África había ensayado hasta ese detalle: que estuvieran solos, que él la mirara, que hubiera silencio suficiente para caber una frase entera sin gritar.
Y entonces, con Nico delante y mirándola y esperando, con los tres días de discurso perfectamente colocados en la cabeza, abrió la boca y le salió la primera y ninguna más en su sitio.
—No te asustes.
Lo dijo, por fin. Después de tres días, lo dijo en voz alta, y en cuanto lo soltó el resto del discurso se le vino abajo entero, todas las frases tan bien ordenadas se le cayeron del renglón a la vez y se le mezclaron, y lo que había pensado decir el último le salió por el medio, sin preparar, desnudo.
—Estoy embarazada. Es tuyo. De la noche del vivero, de abril. —Y aún tuvo tiempo de acordarse de que aquello no era el orden, de que faltaba el «no te pido nada», y de metérselo detrás a destiempo—: No te pido nada, ¿eh? Que conste. No te pido nada.
Nico no dijo nada.
Se quedó blanco. Lo vio ponerse blanco a la luz que llegaba de rebote, de golpe, como si por dentro se le hubiera ido algo de sitio.
Abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir, y África esperó la palabra, la que fuera, con el oído puesto igual que en cabina, cuando el que habla coge aire para arrancar.
No llegó. A Nico se le fueron los ojos por encima del hombro de ella, hacia el mar, hacia las luces del puerto que se veían al fondo, y volvieron, y no traían nada.
Tragó saliva. Le tembló la barbilla como a quien le salen las cuentas mal por más que las repita.
Y las piernas se le fueron solas: un paso atrás, otro, la arena cediéndole debajo, y se dio la vuelta y se metió hacia la gente sin haber dicho ni una sola palabra.
Ni una.
África se quedó de pie detrás de la caseta, con la frase dicha y el sitio de la respuesta vacío.
Llevaba toda la vida haciendo eso: coger lo que la gente decía y lo que la gente callaba y ponerlo en claro, pasarlo de un idioma a otro sin que se perdiera nada por el camino.
Era lo único que sabía hacer del todo bien.
Y ahora, con la única persona con la que le iba la vida en acertar, cogió aquel silencio de Nico —el blanco de la cara, los ojos yéndose al puerto, el paso atrás— y lo tradujo de corrido, sin dudarlo, y le salió una sola cosa, la peor: se ha ido.
No lo quiere. Se arrepintió de abril y ahora se le viene esto encima y no lo aguanta, y ha hecho lo que hace la gente cuando algo le viene grande, que es marcharse.
Lo tenía clarísimo. No se le ocurrió, ni por un segundo, que un silencio pudiera querer decir otra cosa que aquella; ella, que se ganaría la vida sabiendo que casi siempre quiere decir otra cosa.
Se apoyó en la madera de la caseta y se dejó ir hasta abajo, hasta sentarse en la arena fría de la parte de atrás, con las rodillas recogidas.
Y lloró. Una vez, hacia dentro, tapándose la boca con el dorso de la mano para no hacer ruido, ordenada hasta para eso, como había llorado en la cocina de Remedios tres días antes con la servilleta y no con la mano.
Se le habían roto los tres días de discurso.
Ya no servía ninguna de las frases. No había abertura suave que valiera para una conversación en la que el otro se iba sin hablar.
Se secó con la muñeca. Se recolocó el reloj sin verlo. Las once menos veinte.
Y fue al levantarse, cuando se asomó un palmo por el canto de la caseta para volver con los demás como si no hubiera pasado nada —porque eso también sabía hacerlo, poner la cara de nada—, cuando los vio.
Al otro lado de la hoguera, lejos, con toda la lumbre y todo el humo por medio, Nico estaba de pie. Y delante de él estaba Marina.
Hablaban. Eso era lo único que se veía desde donde ella estaba: los dos de pie, de frente, Marina diciéndole algo y Nico escuchando, o al revés, imposible saberlo con aquella distancia y aquel ruido y las pavesas subiendo entre medias.
No le llegaba ni una palabra. No sabía de qué.
Solo eran dos personas habladas por el fuego, una enfrente de la otra, y ella detrás de una caseta con el estuche apretado contra el pecho por encima de la bandolera, sin oír nada, mirándolos.