Capítulo 14 #2
La consulta estaba a cuatro puertas de la plaza, en la calle de atrás de la iglesia, en los bajos de una casa vieja con una placa de esmalte al lado del timbre.
Álvaro abrió con su llave. Dentro estaba fresco y oscuro y olía a alcohol y a papel, ese olor de las consultas de siempre.
Una sala de espera con cuatro sillas de plástico azul pegadas a la pared y un cartel de vacunas.
Y detrás, la consulta: la camilla con el papel puesto, la báscula antigua de pesas, una vitrina de cristal con el material ordenado, la mesa.
La sentó en la silla de los pacientes, no en la camilla, y no encendió la luz grande, solo la de la mesa.
Le puso en las manos un bote.
Un bote de depresores, los palitos de madera, esos con los que el médico te mira la garganta. Se lo puso en las dos manos, cerrado, y le quitó la tapa él mismo, y no le dijo respire, ni cuénteme qué ha pasado, ni nada de médico nuevo. Le dijo:
—Cuente.
Nada más. Cuente. Y se apartó a llenar un vaso de agua en el grifo del rincón, dándole la espalda a propósito, para dejarla sola con el bote y sin mirarla, que era exactamente lo que hacía falta.
Candela metió los dedos y empezó a sacar palitos de madera y a ponerlos en fila sobre la mesa, uno al lado de otro, sin tocarse.
Uno. Dos. Tres. Los palitos se dejaban contar.
No se movían, no se los llevaba nada, se quedaban donde ella los ponía.
Cuatro. Cinco. Le temblaba la mano y aun así los palitos aguantaban en su sitio, quietos, secos, en fila, y el sonido fue volviendo poco a poco desde lejos, y el tubo por el que le llegaba todo se fue abriendo, y para el palito número once ya podía oír el grifo, y el pasodoble muy amortiguado a través de la pared, y su propia respiración.
Doce. Trece. Dejó de contar cuando dejó de necesitarlo, con catorce palitos en fila y el bote medio vacío en el regazo.
Álvaro le puso el vaso de agua delante, en el hueco que quedaba entre los palitos y el borde de la mesa, y se sentó en su sitio del otro lado, sin bata, con la camisa remangada, y esperó.
No le tomó el pulso. No apuntó nada. Esperó a que la cosa se asentara, en silencio, con las manos abiertas encima de la mesa.
Fuera, el pueblo seguía en el Carmen. Dentro, no había más ruido que el de Candela bebiendo agua a sorbos pequeños.
—Ya está —dijo ella al rato, con la voz todavía corta—. Ya estoy. Perdone.
—No hay nada que perdonar.
Candela miró los catorce palitos en fila.
Luego lo miró a él, que la miraba a ella sin ninguna prisa, con una calma que no era la de un médico con una desconocida.
Era otra cosa. Era una calma que se sabía de memoria, la de un camino hecho muchas veces.
Le puso el agua a la temperatura buena, pensó de pronto, sin querer; ni fría ni del tiempo, buena.
Y el bote. Y el «cuente». Nadie sabía lo del contar. No lo sabía ni ella hasta que lo hacía.
—¿Desde cuándo me conoce usted tanto? —preguntó Candela.
Álvaro no apartó la mirada. Tardó lo justo. Y luego, muy sencillo, con el tono de dar la hora:
—Desde hace más de lo que usted cree.
No dijo más. No dijo cuánto, ni de qué, ni cómo.
Recogió el vaso vacío, se levantó a aclararlo, y con eso cerró la puerta a cualquier otra pregunta, con la misma suavidad con que había abierto la de la calle.
Candela se quedó con el suyo dentro sin saber qué hacer con él.
Se había pasado la vida esperando la pregunta —la de todos, la de las amigas, la de los médicos, la de Remedios incluso—, la pregunta de qué te pasó, qué hiciste, por qué eres así, con la respuesta lista para no darla nunca.
Y aquel hombre no le había preguntado nada.
La había cuidado sin preguntarle nada. Y eso, para ella, era el mundo puesto del revés, el mar sacando cosas a la orilla en vez de llevárselas.
Salió de la consulta cuando ya era de noche. En la sala de espera, en una de las cuatro sillas de plástico azul, estaba Marina. No preguntó dónde había estado ni por qué ni cómo se encontraba. Se levantó, le echó un ojo de arriba abajo para ver que estaba entera, y dijo:
—Vámonos para arriba, anda, que he dejado la puerta sin echar.
En aquella casa no se preguntaba. Subieron la cuesta sin hablar, Marina un paso por detrás por si acaso.
Al pasar por el muelle, Candela miró el agua una vez.
La barca de la Virgen volvía ya, con las luces encendidas y la banda tocando en la orilla para recibirla, y en la popa, de patrón, la silueta de Gonzalo con las manos en la caña.
Amarró. Y en el instante en que amarraba, desde el otro lado del muelle, entre la gente, Rocío lo miró llegar, y él la miró a ella, un segundo, desde el agua a tierra, sin acercarse, sin decir nada, cada uno en su orilla.
Después Gonzalo se agachó a asegurar el cabo y Rocío volvió la cara, y ahí quedó.
Las coronas ya no se veían. Estaban lejos, mar adentro, donde el agua no tiene color, y en la oscuridad quedaban de ellas unos puntos claros, cada vez más chicos, que la corriente separaba y se llevaba.
Candela se paró a mirarlos un ratillo. Luego se soltó el botón de arriba de la rebeca, y el siguiente, y se la quitó por fin, y la dobló con cuidado sobre el brazo, que hacía calor, y subió a casa a ver cómo estaban las plantas.