Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 14
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Capítulo 14

Tres veces decidió Candela que no bajaba al Carmen, y tres veces se desdijo. La mañana del jueves la encontró todavía sin decidirse, que en ella venía a ser lo mismo que estar decidida.

Lo pensó regando el poyete, que era donde pensaba mejor, con la manguera a un dedo de abierta para no ahogar la albahaca.

Que no iba. Que se quedaba en casa con las plantas y ya está.

Pero eso no era verdad y ella lo sabía regando.

Las otras tres bajaban —Rocío lo había dicho con esa voz de dar paso, «hay que ir, es el pueblo»; Marina porque el Carmen es el Carmen aunque tengas el bar cerrado; África porque no se iba a quedar sola en una casa en obras—, y si bajaban tres y faltaba una, el pueblo lo contaba.

Las del siete. En un sitio así no ir también es una manera de ir, solo que peor, porque no vas y encima das que hablar.

Así que iba. Iría. Pero puso condiciones, las mismas que le ponía a un rosal para enderezarlo: que creciera hacia donde ella quería y no hacia donde le diera la gana.

Iría lejos del agua. Se quedaría arriba, en el paseo, o mejor todavía en la esquina de la plaza, junto a los soportales, que desde allí se ve la procesión salir de la iglesia y no se ve el mar.

Contaría los banderines, que este año los habían puesto de la lonja a la plaza en dos colores, y contar cosas de colores puestas en fila la sostenía. Y llevaría la rebeca.

Hacía una tarde de julio de las que pegan el asfalto a las suelas.

La rebeca era de punto fino, azul marino, con los botones hasta el cuello, y no abrigaba de nada ni servía para nada más que para lo que servía, que era estar puesta.

Candela la sacó del respaldo de la silla, se la echó por los hombros y se pasó el pulgar por la muñeca izquierda, por la magnolia, sin darse cuenta de que lo hacía.

Marina la vio salir así, tapada hasta arriba en pleno agosto adelantado, y bajó los ojos a lo suyo.

En aquella casa había cosas que se veían y no se decían, y la rebeca de Candela era una de las más antiguas.

Bajaron las cuatro por la cuesta a eso de las siete y media, cuando el sol ya no mataba pero todavía apretaba.

El pueblo llevaba una semana vistiéndose y esa tarde estaba vestido del todo.

Banderines de la lonja a la plaza, cruzando la calle en aspas, blancos y azules, quietos porque no corría ni un soplo de aire.

Los balcones con las colchas buenas puestas a airear el día que tocaba, mantones, una bandera de la cofradía.

Olía a incienso de la iglesia mezclado con el freír de las casas, que la gente comía deprisa para bajar a tiempo.

La banda del pueblo se estaba afinando delante del ayuntamiento, esos primeros compases que no son música todavía sino gente buscándose, y un platillo suelto de vez en cuando.

—Ay, la banda —dijo la del estanco, que estaba en su puerta con la bata de flores y el abanico—. Un año de estos afinan antes de empezar y nos da a todos un soponcio.

Se rio ella sola de su gracia y siguió abanicándose. Candela también sonrió, un poco, por hacer, y se agarró a la broma como a un pasamanos antes de un tramo de escalera.

Se quedó en la esquina de la plaza, en los soportales, como había planeado.

Rocío, Marina y África bajaron un poco más, hacia la lonja, y le dejaron sitio sin decírselo: nadie le dijo «quédate ahí», nadie le dijo «baja».

Marina le puso la mano en el hombro al separarse, ni una palabra, y se fue con las otras.

Candela contó los banderines. Del primer aspa a la esquina de Chano había doce, blanco azul blanco azul, y contarlos le puso el pecho donde tenía que estar.

La Virgen salió de la iglesia a las ocho, cuando el cielo empezaba a bajar de color.

Salió a hombros, como todos los años, meciéndose despacio en el paso al ritmo de los costaleros, con su manto azul —un azul de mar de julio, de mediodía, no de mar de noche— y a los pies un montón de claveles blancos que Candela le miró con ojo de oficio, buenos, frescos, cortados esa mañana.

La banda arrancó de verdad, ya afinada, un pasodoble lento, y el pueblo se puso a aplaudir a la salida fuerte y con los ojos brillando, que aquí se aplaude así a lo que se quiere.

El paso bajó la calle hacia la lonja mecido, flor a flor, y detrás la cofradía con sus medallas y media Almadraba, y Candela lo siguió con la vista desde los soportales, arriba, lejos del agua, contando costaleros por debajo del faldón —seis de este lado, seis se supone que del otro— y aguantando bien.

En la lonja embarcaron a la Virgen.

Eso no lo había contado ella en sus cuentas.

Debió contarlo. La bajaron del paso con un cuidado de manos que temblaban de aguantar el peso, y la subieron a la barca de la cofradía, engalanada de arriba abajo, con guirnaldas y flores y banderas, y en la popa, de patrón, con la camisa blanca y las manos grandes en la caña, iba Gonzalo Herrera.

Y la barca de la Virgen se separó del muelle, y detrás fue saliendo el mar entero.

Porque salieron todas. Las de bajura, las de recreo, las neumáticas de los chavales, hasta la de Chano con las nasas quitadas y llena de críos, engalanadas con lo que cada uno tenía, banderines de plástico, una sábana, ramas.

El mar se llenó de barcas, decenas, escoltando a la Virgen, que iba delante meciéndose sobre el agua igual que había ido meciéndose por la calle, flor a flor.

El sol se ponía por detrás y el agua se puso de un color que Candela no quiso nombrarse.

La gente bajó a la orilla y al muelle a despedir la barca, y Candela, sin decidirlo del todo, bajó también un poco, hasta el borde de la plaza, porque la marea de gente empujaba para abajo y ella iba dentro.

En la orilla, en una silla que le habían sacado, estaba Pepa.

Pepa, que llevaba dieciocho años sentándose de espaldas al mar.

En su casa, en el entierro, en la vida. Y esa tarde estaba de cara.

Puesta de cara al agua, con Lucía de pie a su lado agarrada del respaldo, mirando salir la barca de su hijo mayor con la Virgen a bordo, sin apartar los ojos ni una vez.

El único día del año. Nadie a su alrededor lo señaló, porque en La Almadraba las cosas de Pepa y el mar no se señalan, y Candela tampoco lo pensó con palabras: solo la vio, de cara, y se le bajó a la raíz, muy hondo, y lo tapó enseguida con una cuenta.

Las barcas. Contó las barcas. Iba por nueve cuando empezó la ofrenda.

La ofrenda de las coronas fue lo que la partió.

La cofradía las llevaba en las barcas, apiladas, y a una señal empezaron a echarlas al agua, una tras otra, coronas de flores redondas, grandes, atadas con cintas.

Y Candela, que se ganaba la vida con lo vivo, que hacía coronas como esas con sus manos en el vivero de Jerez para los entierros de Jerez, las leyó al vuelo, sin querer, planta por planta.

Claveles. Margaritas. Siemprevivas, que aguantan más en el agua.

Una de crisantemo que alguien había pagado cara.

Flores vivas, cortadas esa mañana, frescas todavía, con el tallo mojado, y las estaban echando al agua oscura para que se las llevara.

Flores vivas sobre el agua que se pone negra.

Su oficio y lo otro en la misma cosa, la misma, sin separar.

Por los que se quedaron en el mar.

Una de las coronas llevaba cintas con nombres escritos, muchos nombres, los de todos los años, y el pueblo los fue diciendo bajito según pasaba la corona, y entre ellos, en su sitio de siempre, el suyo.

El pobre Nico, que en paz descanse. Lo dijo una voz al lado de Candela, cualquiera, con la costumbre puesta encima, y otra lo repitió, y las coronas empezaron a flotar y a irse, despacio, separándose unas de otras, cogiendo la corriente, mar adentro, hacia donde el agua ya no tenía color.

Candela quiso contar las coronas.

Empezó. Una. Dos. La tres se le juntó con la cuatro porque el agua las movía y ya no supo si eran una corona o dos, y volvió a empezar, una, dos, y otra vez se le mezclaron, flores y agua y flores, y la cuenta no agarraba, resbalaba, no había manera de ponerlas en fila porque el mar no las dejaba quietas, el mar no deja nada quieto, el mar se lo lleva todo mar adentro y no lo devuelve, y la corona con los nombres se iba, y el suyo iba en ella, y ella no podía dejar de mirar cómo se lo llevaba el agua sin color y no conseguía contar, no conseguía, uno, uno, uno.

Y entonces el sonido se le empezó a estrechar.

La banda seguía tocando pero le llegaba desde lejos, como por un tubo, y la gente que la rodeaba se hizo de pronto mucha, demasiada, hombro con hombro, y la rebeca abrochada hasta el cuello le quemaba, le pesaba, todo el julio de golpe encima del punto azul marino, y ella tiró de los botones sin abrir ninguno, y buscó la muñeca con el pulgar y la magnolia no le sirvió de nada, y quiso decir algo, quiso decir «que me llevo yo el…

», que me llevo, que me tengo que, y no le salió el final de la frase, se le quedó a medias en la garganta, cortada igual que todas las suyas, y el suelo de la plaza se le puso lejos de los pies.

—Candela.

Una mano en el codo. No en el brazo, no tirando: en el codo, por debajo, sosteniendo el peso justo para que no se viniera abajo.

—Candela, venga conmigo. Por aquí.

Era Álvaro Cepeda. El médico. Estaba a su lado y no se sabía desde cuándo, y no le preguntó qué le pasaba, no le dijo «respire hondo» ni «tranquila», no hizo aspavientos ni llamó a nadie ni levantó la voz para que la gente se apartara.

Solo puso el codo de ella en su mano y la sacó de la multitud por el lado, como quien saca una planta de una maceta sin romperle la raíz, hablándole bajo todo el rato de cosas que no eran nada —por aquí, ya está, un pasito, cuidado con el bordillo— hasta que la calle se abrió y hubo aire y ya no había mar delante, solo pared.