Capítulo 13
El viernes por la mañana Marina descubrió que un hombre sin plancha es un hombre sin manos.
Sebas llevaba dos noches en el número siete y se había levantado a las siete menos cuarto por pura costumbre de cocina.
Se hizo un café. Fregó la cafetera. Fregó la taza.
A las siete y cinco no le quedaba nada que fregar, y se le puso en la cara ese desamparo del que tiene las manos vacías y toda la mañana por delante.
—Siéntate, cansino —le dijo Marina desde la puerta—, que me mareas.
—Es que no sé estar de pie sin hacer nada.
—Pues siéntate y no hagas nada sentado. Estás de vacaciones.
Vacaciones. La palabra les venía como un abrigo prestado. En trece años el bar no había cerrado ni por un entierro, y ahora tenían por delante un mes de no cerrar nada, que era justo lo que ninguno sabía hacer.
El primer choque fue al mediodía. Marina había puesto unos garbanzos a remojo la víspera, con idea de un potaje; y en cuanto sacó la olla, Sebas se le plantó al lado con el cuchillo ya en la mano.
—¿Te frío yo unas puntillitas mientras, para ir picando?
—No hay que freír nada. Es un potaje.
—Ya, pero mientras.
—Mientras nada. Un potaje no lleva «mientras». Lleva su fuego y su hora.
En el bar cada uno tenía su reino con una pared en medio: ella la barra, él la plancha, y trece años de matrimonio cruzándose por el pasaplatos sin tocarse los codos.
En la cocina de Remedios no había pasaplatos, sino dos cocineros que no habían guisado el mismo puchero en su vida.
Sin barra por medio, hasta darse de comer era terreno sin pisar.
Esa noche fueron cinco a la mesa por primera vez.
Marina lo pensó al repartir los platos, y le salió la cuenta sola: Rocío de cara a la ventana, África en la esquina, Candela de cara a la pared, ella de espaldas al fogón para levantarse a por lo que hiciera falta.
Cuatro sillas ocupadas y una vacía —la de la cabecera, la que daba a la puerta, la de Remedios, tres semanas sola y así seguía—, y Sebas de pie en el umbral con el plato en la mano, contando lo mismo que había contado ella.
No preguntó «¿y yo dónde me pongo?», que es lo que habría preguntado cualquiera.
Miró la cabecera vacía, la entendió sin que nadie se la explicara, y salió al patio.
Volvió con una de las sillas de enea de debajo de la parra, una coja que había que calzar con un cartón, y se la encajó en la esquina del fogón, medio fuera de la mesa, con una rodilla casi tocando el mueble.
Ahí cenó, incómodo, con el plato en el filo, sin rozar la cabecera de Remedios ni con el codo.
Marina lo apuntó en la libreta de dentro, la de las cosas que no se cobran. Las otras tres cenaron como si no hubieran visto nada. Que un hombre grande le cupiera a la casa en una esquina sin que se lo mandaran se notaba mucho.
El sábado intentaron hacer cosas de dos.
La playa fue idea de Rocío —«Iros a la playa, hombre, que para eso está»—, pero Marina no sabía ir a la playa: aguantó veinte minutos incorporándose a mirar la hora en un reloj que no llevaba, y acabó sacudiendo la arena de la toalla con el mismo repaso seco que le daba a la barra.
«Aquí no hay comandas», le dijo Sebas desde debajo del sombrero. Ella ya lo sabía.
El domingo bajaron a la lonja a la hora en que entran las barcas, y sin darse cuenta se plantaron delante del puesto de Chano el de las nasas mirándole el pescado con ojo de oficio. Sebas cogió un boquerón, lo dobló, le miró la agalla.
—Está de escándalo el boquerón hoy.
—Buenísimo.
—Para unas fritas…
—Sebas.
—Digo yo.
Cayeron los dos a la vez en que le estaban comprando género a un bar cerrado. Marina se rio, corta y sorprendida, la risa de quien lleva un mes sin gastarla. Compraron el kilo igual, para casa, y subieron la cuesta con el paquete goteando.
Metió los boquerones en la nevera, apartando con el codo el papel azul de Azahar Costa que seguía imantado en la puerta, muy educado y muy alto, esperando su turno.
Fue esa misma tarde, con la casa en silencio de siesta, cuando pasó lo otro.
El cuarto de abajo era estrecho para dos.
En trece años se habían acostado juntos las pocas noches que el bar dejaba, y su costumbre no era dormir juntos sino relevarse.
La persiana estaba echada, y el sol de julio se colaba por las rendijas en tres rayas largas que cruzaban la colcha y trepaban por la pared.
Lo que hubo no fue descubrirse. A los treinta y siete, y trece de casados, no se descubre nada: se reconoce.
Las manos de Sebas sabían el camino de memoria, y las de ella igual.
Lo nuevo era la luz: trece años a oscuras y con el cansancio puesto, y de pronto una tarde de domingo con las rayas de sol andando despacio por la sábana. Eso sí que era estreno.
Después se quedaron los dos mirando subir las rayas por la pared.
—No me acordaba de tu cara de día —dijo Sebas.
Marina no contestó a eso. Contestar a eso era abrir una puerta, y ella tenía las puertas contadas. Alargó la mano, le apartó a Sebas un pelo de la frente con la torpeza de la que no acostumbra, y dijo:
—Hay que sacar los boquerones y limpiarlos, que si no se ponen malos.
—Marina.
—Que se ponen malos, Sebas.
Y se levantó a por los boquerones, que era su manera de decir que había sido bonito.
El lunes las otras tres se llevaron a Sebas.
No lo dijeron así, claro: Rocío bajó pidiendo una mano con los proveedores, que de barriles y de cámaras frigoríficas ella no tenía ni idea y Sebas sí, y África le puso delante un taco de albaranes para cuadrar con las facturas, «que tú te sabes los precios de memoria y yo no».
En una hora Sebas tenía otra vez las manos ocupadas y cara de hombre que sirve para algo, y Marina se quedó sola en la cocina por primera vez en cuatro días.
Le hicieron aire, y ella se dejó: sabían las tres que a Marina hay que dejarla respirar o se ahoga en compañía, y así se hacían en aquella casa los favores, por el lado, sin nombrarlos.
Cuando salió a regar el poyete, encontró en el alféizar de la cocina una maceta chica de barro con una mata de albahaca, puesta ahí sin nota, sin nombre, justo donde daba el sol de la mañana.
Candela. No hacía falta firmar. Candela dejaba las plantas como otros dejan un recado: esto es para que riegues algo que no sea la barra.
Marina le metió un dedo en la tierra, comprobó que estaba en su punto, y la dejó donde estaba.
Fue esa noche, con la casa acostada y los dos en el cuarto pequeño, cuando Sebas se atrevió.
Llevaba cuatro días cogiendo carrerilla, se le notaba.
Sin barra por medio, sin comanda que cantar, sin persiana que bajar a las doce, a un hombre le sobran las horas para decir por fin lo que lleva años tragándose.
Lo dijo bajito, mirando al techo, que así se dicen las cosas que llevan trece años esperando el silencio.
—Marina. ¿Tú por qué no quisiste nunca que tuviéramos un niño?
La pregunta llevaba media vida en aquella casa buscando un sitio sin ruido donde caber, y lo había encontrado al fin: sin caja que sonara, sin plancha, sin nadie.
Marina estaba de espaldas. No se volvió.
—Ahí no, Sebas.
—No te estoy echando nada en cara. Es que nunca…
—Que ahí no.
Lo dijo con la voz plana de dar la última comanda de la noche, la que no admite otra ronda.
Y por dentro, justo antes de cerrar la boca, le arrancó una frase que no llegó a pensar entera: que un hijo era levantar algo, y que ella, de todo lo que había levantado en su vida, no…
Y ahí la cortó. En seco, de un tirón, antes de que entrara lo que no quería dejar entrar.
No la formuló. No la dejó cuajar. La metió en el cajón de las cosas que no se sacan y le echó la llave, la misma llave con cordón que había en la cocina un poco aparte y que nadie cogía.
—Vale —dijo Sebas, al rato, en lo oscuro. No preguntó dos veces. Hacía años que tenía aprendido en qué puertas de Marina no se llama dos veces, y aquella era la más cerrada de todas—. Vale.
Le buscó la mano por debajo de la sábana y se la dejó ahí, sin apretar, solo puesta, como quien deja una puerta entornada por si alguien quiere salir de noche.
Marina se la dejó coger. Fue lo único que le pudo dar aquella noche, y él lo cogió como si fuera mucho, que para lo que estaba acostumbrado a que le dieran, lo era.
El martes por la mañana llegó el pueblo a la puerta, como llega siempre: en forma de papel.
Lo trajo la del estanco, con la excusa de saber si ya abrían el bar —«que no, señora, que hasta agosto no»— y de paso dejó en la mesa el programa de las fiestas, la Virgen del Carmen en la portada con su barca de plata.
Venía todo puesto en su hora: la misa mayor, la procesión, la salida de la barca de la Virgen al atardecer con Gonzalo de patrón, y al final, en letra más pequeña, la ofrenda de coronas en el agua por los que se quedaron en el mar.
Marina dejó el programa abierto en la mesa, al lado del vaso vacío donde había estado apoyado el sobre de Remedios, y siguió a lo suyo.
Fue Candela la que lo cogió. Lo leyó de pie.
Y Marina, de espaldas al fogón, la vio por el rabillo del ojo hacer una cosa rara: se quedó quieta.
Del todo. Como se queda quieta el agua justo antes de que pase algo por debajo.
Dejó el programa en la mesa con mucho cuidado, como si pesara más de lo que pesa un papel, se tocó la muñeca izquierda con el pulgar —la magnolia—, y sin decir palabra se fue al patio, con sus plantas.
Marina no lo entendió. Pero lo apuntó, en la libreta de dentro, junto a la silla de enea de Sebas y la albahaca del alféizar y todas las cosas que en aquella casa no se cobraban ni se explicaban.
Dos días quedaban para el Carmen. Marina dobló el programa por donde venía la ofrenda de coronas en el agua y lo dejó encima de la nevera, al lado del papel azul, esperando turno como todo en aquella casa.