Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 12
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Capítulo 12

El pestillo del baño de El Espigón no cerraba bien desde siempre, y aquella tarde África Soler tuvo que empujarlo con el pulgar hasta que entró en el hueco, y agradeció tener las manos ocupadas en algo que obedecía, porque en su bolsillo llevaba desde hacía tres días una cosa que no iba a obedecer.

La había comprado en Cádiz. En una farmacia grande de la avenida, una de esas con dos cajas y luz de hospital, donde la mujer de la bata le cobró sin mirarla, como a un turista cualquiera.

En La Almadraba no habría podido: doña Puri sabía de quién eras nieta antes de darte el cambio, y a las nueve de la noche lo sabría el pueblo entero.

África había aprendido pronto que hay cosas que solo se pueden hacer en un idioma que nadie de tu casa habla, y Cádiz, a media hora en el coche de línea, era ya otro idioma.

Sacó la caja del bolsillo. La había llevado tres días escondida en el estuche de los rotuladores, entre el Tipp-Ex y una goma, porque el estuche era el único sitio de su cuarto donde su madre no metía la mano.

En casa no lo podía hacer: su madre estaba siempre, y le mandaba un SMS desde la otra habitación para que bajara a poner la mesa.

El baño del bar, con todo el mundo a lo suyo, era el sitio más solo que le quedaba.

Leyó el prospecto entero, de pie, con la espalda contra la puerta.

Lo leyó como leía todo lo que le daba miedo: despacio, palabra por palabra, buscándole a cada instrucción la trampa.

Recoja la primera orina de la mañana. No era la mañana.

Espere tres minutos. Tres minutos eran ciento ochenta segundos, y África sabía contar; lo hacía Candela cuando se ponía nerviosa, y a lo mejor por eso ella no lo hacía nunca, por no parecerse.

Lo hizo. Dejó la varilla en el borde del lavabo, sobre un trozo de papel higiénico doblado, y se sentó en la tapa a esperar con las manos entre las rodillas.

Fuera se oía el bar. La tele con el resumen de la Eurocopa, que el domingo jugaba España contra Italia y no se hablaba de otra cosa; la voz de Marina cantando una mesa hacia la cocina; el runrún de la cuadrilla en el rincón de siempre, celebrando que la Selectividad se había acabado aquella misma semana y que el verano empezaba por fin de verdad.

Estaban todos. África había dicho que iba un momento al baño y nadie había levantado la cabeza, porque llevaba semanas «un pelín en otro sitio» y a todos les cuadraba: los exámenes, decían.

La cabeza en el examen. Que se le pasaría.

Dos faltas. Eso era lo que de verdad llevaba en la cabeza desde hacía semanas, aplazado con la excusa de la Selectividad como quien deja una carta sin abrir fingiendo que no la ve.

La primera podía ser cualquier cosa, los nervios, el estudio.

La segunda ya no se decía con palabras vagas.

Pero mientras tuviera exámenes por delante podía no mirarlo. Hoy se le habían acabado los exámenes.

Miró el reloj. Se lo recolocó en la muñeca, ese gesto suyo de antes de las cosas que importaban, y se obligó a esperar los tres minutos enteros, porque hacer trampa habría sido peor. Contó hasta ciento ochenta sin darse cuenta de que estaba contando, y al llegar a ciento ochenta cogió la varilla.

Dos rayas.

Una era la de control, la que salía siempre, la que decía que la prueba funcionaba.

La otra era la que decía lo demás. Estaban las dos, paralelas, iguales de rosas, tan tranquilas en su ventanita de plástico como si no acabaran de partir el mundo en un antes y un después.

África las miró un buen rato. No lloró. No se le cayó nada por dentro con estrépito, no fue así; fue más callado, fue como cuando en una cabina te falla el audio un segundo y sigues traduciendo por inercia con la voz mientras la cabeza se ha quedado atrás, en el silencio, sabiendo que ha pasado algo que nadie más ha oído todavía.

Positivo. Sabía la palabra en tres idiomas.

En el suyo, en su propia boca, no le cabía.

Envolvió la varilla en el papel higiénico.

La guardó en el estuche, junto a los rotuladores, donde había estado la caja.

Tiró de la cadena por hacer ruido, se lavó las manos, se miró en el espejo moteado y se puso la cara de nada, la que sabía poner mejor que ninguna, la de la niña alta y callada que estudia idiomas y a la que no le pasa nunca nada.

Empujó el pestillo hacia fuera y salió al bar.

—Illa, ¿te has perdido? —le dijo Marina de pasada, con tres cañas en la mano.

—Cola —dijo África, y era mentira, porque no había cola, pero Marina ya iba hacia otra mesa y no lo comprobó.

Se sentó otra vez con los demás. Rocío contaba algo de una playa a la que había que ir; Candela iba por la baldosa número no sé cuántos del suelo del bar, con el pulgar en la muñeca; Marina cobraba y no cobraba según a quién.

Nadie notó nada. África se bebió media Fanta y se rio cuando tocaba reírse, con el estuche pesándole en el bolso como si dentro llevara una piedra y no una tira de plástico, y pensó que era asombroso lo poco que abulta por fuera una cosa así.

Aquello había sido a finales de abril. Antes de la feria. Una noche.

La caseta del vivero del padre de Candela, aquel almacén de macetas rotas y sacos de mantillo detrás de los invernaderos que había sido el escondite de la cuadrilla desde que eran críos y se colaban a fumar el primer cigarro robado.

Estaban Nico y ella, solos por casualidad, sin que nadie lo buscara, y había pasado sin plan y sin promesas, una vez, y los dos libres, que eso África lo tenía clarísimo: no le había quitado nada a nadie.

A la mañana siguiente Nico le había apartado el pelo de la cara con una torpeza de crío bueno y no habían dicho gran cosa, porque no había palabras preparadas para aquello.

Y luego, en mayo, Nico se había puesto raro.

Esquivo. Le rehuía la mirada en el bar, se sentaba lejos, contestaba con monosílabos amables.

África lo había entendido a la primera, porque su oficio, aunque todavía no supiera que era su oficio, era ese: entender lo que la gente quería decir por debajo de lo que decía.

Nico se arrepentía. Se había arrepentido de aquella noche y no sabía cómo mirarla sin que se le notara.

Y ella lo había querido en silencio desde entonces, con la boca cerrada y el reloj bien puesto, sin pedirle explicaciones que él no querría dar, porque hay cosas que si las nombras se rompen del todo.

No lo nombró. Fue tan buena traductora de todo el mundo que a sí misma se tradujo mal.

Salió del bar la primera, como salía siempre en junio, con la prisa de la que tiene la cabeza en otra parte.

Subió por la calle de la iglesia para no pasar por el paseo, y a la altura del ábside, en el callejón sin salida de detrás donde no había más que un contenedor y una parra, se paró, se dobló y vomitó la Fanta y el miedo y las dos rayas contra la pared encalada.

Estaba limpiándose la boca con el dorso de la mano cuando oyó los pasos.

—Ay, mi niña.

Remedios venía de la novena con el misal en una mano y la rebeca al brazo, sesenta y cinco años y toda una vida de patio de colegio en los ojos.

Se paró a dos metros. No preguntó qué le pasaba, no dijo «¿te has puesto mala?

», no hizo ninguna de las preguntas que hace la gente que no sabe.

Miró a África. La miró como miraba las redacciones, por debajo de la letra, y en la cara de África leyó de un tirón lo que una maestra de cuarenta años de veranos aprende a leer sin querer: la palidez que no es de un mal pescado, la cara de susto viejo de una cría alta a la que a mediados de junio le falla el estómago detrás de una iglesia.

Hizo la regla de tres sin pestañear y le salió redonda.

No le hizo falta preguntar nada, y sobre todo no le hizo falta preguntar quién.

—Ven a merendar —dijo, y le tendió el brazo del misal—. Y trae ese miedo, que los miedos con bizcocho pesan menos.

África abrió la boca para decir que no, que tenía que subir, que su madre. No le salió. Cerró la boca y fue detrás de ella.

La cocina del número 7 tenía esa luz amarilla de las bombillas de antes, la que Remedios dejaba encendida hasta tarde y que en la calle era lo único que se veía de la casa cuando todo lo demás estaba a oscuras.

Olía a limón y a horno. Remedios cortó dos trozos de bizcocho de un molde que tenía empezado en la encimera, porque en aquella casa siempre había bizcocho empezado, y puso la leche a calentar sin preguntar si quería, que a los disgustos no se les pregunta.

—Come.

África comió. Estaba bueno, tibio y apretado, y le asentó el estómago revuelto, y comió porque era más fácil masticar que hablar. Remedios se sentó enfrente con su taza y estuvo un rato largo sin decir palabra, dejándola comer, dejándola estar, con las manos alrededor de la loza caliente.

—Es que estoy… —empezó África, y ahí se paró.

Tenía la palabra. La tenía en el prospecto, la tenía en francés y en inglés, la había leído mil veces aquella tarde.

En su idioma, en su propia voz, en aquella cocina, no cruzaba.

Se quedó colgando en el aire el «estoy», solo, sin el resto, como una frase a la que se le ha caído la mitad por el camino y no hay manera de recuperarla.

—Lo sé —dijo Remedios, y se lo ahorró—. Estás embarazada, mi niña. No hace falta que lo digas tú, que ya lo he dicho yo. Ya está dicho. Ya no muerde tanto.

Y era verdad. Dicho en voz baja, en aquella cocina, por aquella voz, mordía menos.

Remedios no dijo nada más de lo que había que decir.

No le preguntó quién. No dijo qué vas a hacer, ni tu madre, ni Dios mío, ni ninguna de las cosas que África había ensayado defender de camino.

No hizo planes, no habló de nada que no fuera aquella cocina y aquella tarde.

Solo alargó la mano por encima de la mesa, le tapó a África la suya, que era más grande que la de ella y aun así más niña, y dijo:

—Esto no sale de esta cocina hasta que tú digas. Ni una palabra. Lo que decidas, lo decides tú, y yo estoy. Para lo que sea. Pero decides tú.

África asintió. Se le habían soltado por fin dos lágrimas, sin ruido, y se las secó con la servilleta de tela y no con la mano, porque hasta llorando era ordenada.

Cuando bajó la cuesta, ya de noche, llevaba en el bolso, envuelto en papel de aluminio, un buen trozo de bizcocho que Remedios le había puesto «para luego, por si te entra».

Iba masticando las palabras que todavía no había dicho, ordenándolas como ordenaba un discurso antes de leerlo en clase, buscándoles el principio.

Se lo diría a Nico. No aquella noche, ni al día siguiente: en San Juan.

Faltaban tres días, y necesitaba los tres para encontrar la manera de empezar, porque de todas las frases posibles ninguna servía, y una intérprete sabe que lo importante no es lo que dices sino con qué lo abres.

Lo abriría por lo más suave. Empezaría por no te asustes .

Sí. Eso. No te asustes, Nico. Y luego ya se vería.

Detrás de ella, en lo alto de la calle, la ventana de la cocina de Remedios seguía encendida, amarilla y quieta, la única luz de toda la calle Magnolia.

África no se volvió a mirarla. Subió a su casa con el bizcocho en el bolso y el discurso a medio hacer en la boca, con diecisiete años y tres días por delante, pensando solo en las tres palabras por las que iba a empezar.