Capítulo 11
El miércoles la caja de El Espigón sonaba cada dos minutos, y a Marina eso le sabía a gloria.
Julio había entrado con los pies por delante: la plaza llena a media mañana, los toldos dando sombra, dos mesas de guiris, y ella detrás de la barra sacando cafés con la cabeza en tres comandas a la vez, que era la única manera que conocía de estar entera.
Nada que ver con aquel día de mayo en que abrió la caja al cerrar y le salió un cero.
En julio la caja es la que aguanta los diez meses flojos, y Marina la oía sonar con el gusto raro de oír llover en agosto.
Sebas freía en la cocina. Salían los montaditos, salían las tortillas de la plancha, y de vez en cuando él asomaba la cabeza por el pasaplatos, colorado del fuego, para cantarle una mesa.
Trece años así. Ella cobraba, él freía, y en medio la barra, que era el mueble más importante del matrimonio y ninguno de los dos lo había dicho nunca en voz alta.
El taburete de la esquina, el del ventanal, seguía vacío.
Marina no le ponía ya el cortado —eso lo hizo una vez, la tarde del entierro, y con una vez basta—, pero tampoco dejaba que nadie se sentara ahí.
Era el sitio de Remedios, y muerta y todo, desde aquel rincón se seguía dando el parte del pueblo, aunque ahora lo diera el silencio.
Las otras tres bajaron a media mañana. No a tomar nada: a estar.
Ayer Inma se lo había dicho en la cancela, tan tranquila: mañana os traigo la segunda , y las cuatro habían dormido con la frase puesta encima.
Ahí estaban Rocío en un taburete con un café que no se tomaba, África en la punta con el portátil haciendo cuentas de algo suyo, y Candela junto a la puerta, medio dentro medio fuera, tocándose la muñeca y mirando el trozo de mar que se colaba entre los toldos.
Inma entró desde la calle a las doce menos algo. No tenía que andar mucho: la notaría le caía a dos puertas. Traía el bolso agarrado con las dos manos y, dentro, el sobre. Marina lo supo antes de verlo, por cómo lo traía.
—Buenas, mis niñas. —Lo dejó en la barra, sobre el mármol, con el número dos mirando para arriba y aquella letra temblona que se agarraba al renglón con el pulso ya prestado—. La segunda. Para Marina.
La barra se quedó callada. Hasta los guiris, que no entendían nada, bajaron la voz, porque hay cosas que se notan sin idioma.
—Léela tú —dijo Rocío, bajito—. En alto. Como la mía.
Porque así se leían las cartas de Remedios, en voz alta, que para eso les había enseñado ella a leer.
Marina se secó las manos en el mandil, cogió el sobre, lo abrió con el pulgar por el borde y sacó una cuartilla sola.
Y la leyó como sabía leer ella cuando tenía la barra por medio y a la gente delante: con la voz de dar comandas, plana, para no temblar.
Cierra El Espigón un mes. Los gastos corren de mi cuenta; Inma tiene las llaves del dinero. Un bar es un sitio precioso para esconderse, mi niña, pero tú y Sebas lleváis trece años hablándoos con la barra en medio.
Dejó la cuartilla en el mármol. La primera cuenta que le salió fue la de las fechas, porque las fechas eran lo primero que Marina sabía hacer con cualquier golpe: convertirlo en números y mirarlos de frente.
Hoy, 8 de julio. Un mes. Hasta el 8 de agosto.
Se le fue el dedo por el calendario que llevaba en la cabeza mejor que en la pared: la segunda quincena de julio, ya vendida casi mesa por mesa; el puente de Santiago; la primera semana de agosto, la gorda, la que llena las terrazas hasta la fuente.
Todo cerrado. Reabrir el 8 de agosto, sábado, con la temporada empezada sin ella.
Agosto era el mes que salvaba el año, y le pedían cerrar justo por la puerta de agosto, un mes redondo que no se recupera en octubre sirviendo cortados a cuatro jubilados.
—Esto es que se ha vuelto loca —dijo, y le salió sin música, seca—. Con perdón, que en paz descanse. Pero es que se ha vuelto loca del todo.
—Puede ser —dijo Inma, que no se ofendía nunca—. Loca y con las cuentas hechas. Que las dos cosas caben.
Y ahí Inma abrió el bolso otra vez y sacó una carpetilla, y a Marina le vino el segundo golpe, que fue peor porque venía sin poder enfadarse.
—El fondo lo cubre. Todo. Lo dejó dicho ella, número por número.
—Inma lo decía sin levantar la voz, cada cosa en su renglón, con la autoridad de quien no necesita toga—.
Los proveedores del mes, que no se le debe un mal barril a nadie cuando vuelvas a abrir.
Las nóminas, si tuvierais alguna. Y lo que el bar deja de ganar en un julio, mi vida, que eso te lo echó ella con lápiz de maestra hasta el último céntimo.
Lucro cesante, lo llaman los papeles. Ella lo llamaba «lo que Marina va a dejar de meter en la caja, que se lo pongo yo».
Marina se cogió a la barra. No por el dinero. El dinero, mira, el dinero se entendía. Lo que no le entraba era que aquella mujer, desde una cama de hospital, hubiera echado sus cuentas —las de ella, las de su bar— con un lápiz, previendo hasta el agujero de agosto. Que la hubiera calado tanto.
—No —dijo—. No, Inma. Yo el bar no lo pago con dinero de nadie. Un bar no es de quien lo paga. —Se le atragantó el resto de la frase, porque el resto de la frase era de Remedios—. Es de quien lo aguanta. Me lo dijo ella. Pues eso.
—Ya lo sé, mi vida.
—Pues eso. Que lo aguanto yo. Este bar no ha cerrado ni el día que enterramos a mi abuelo, que serví con cuarenta de fiebre y la caja llena. No cierra por gusto de nadie.
Cogió la bayeta. Le pasó a la barra un repaso que la barra no necesitaba, dos veces, por el mismo sitio, como se limpia lo que ya está limpio cuando lo que hay que limpiar es otra cosa que no se quita con agua.
Y mientras frotaba volvió a la cuartilla, y leyó otra vez, para dentro, la última línea.
Tú y Sebas lleváis trece años hablándoos con la barra en medio.
Y esa sí. Esa no se contestaba con una cuenta.
Esa era verdad, y las verdades de Remedios tenían la mala costumbre de estar echadas con el mismo lápiz que las sumas.
Sebas había salido de la cocina. No lo oyó llegar; lo notó en la nuca, un calor de sol a la espalda. Se había quitado el mandil y traía en la cara esa cosa que a Marina le costaba mirar de frente desde hacía años: la esperanza mal guardada de un hombre bueno. Había oído la carta, se le veía.
—Un mes —dijo él. No lo dijo como una queja. Lo dijo bajo, como si la palabra fuera un tesoro que se le pudiera caer.
—Sebas, que es medio verano. Que es el julio entero y…
—Un mes contigo sin barra. —Bajó la voz, y en un bar en julio bajar la voz es quedarse casi a solas—. Marina. ¿Tan malo es quedarte conmigo a solas?
Y ahí Marina no tuvo bayeta que pasar. Se quedó con las dos manos quietas encima del mármol, que era donde nunca las tenía quietas, y no supo qué contestar, porque la respuesta honrada no se podía decir en un bar a las doce de la mañana ni a lo mejor en ningún sitio.
La respuesta honrada era que no, que malo no era.
Que malo era lo otro: que llevaban trece años queriéndose bien a través de una tabla de mármol, pasándose el cariño en montaditos y en cañas con casera, y que quitar la tabla de en medio la dejaba sin saber con qué manos tocar a su marido cuando las manos no tenían un vaso que secar.
Había matrimonios de dos. El de ella era de tres, y el tercero medía cinco metros de barra, tenía persiana verde y se llamaba El Espigón.
Remedios lo había visto cada mañana durante cuarenta años desde el taburete de la esquina, y no había dicho ni palabra hasta que se murió.
Muy suyo: guardarse la carta para el final, como quien no cobra en el momento y te pasa la cuenta cuando ya no puedes discutirla.
Marina miró a Inma. Delante de todas. Porque había una pregunta práctica que nadie había hecho todavía en tres semanas, y de repente era la única que importaba.
—Si cierro el bar —dijo, despacio—, yo duermo en el siete. Como las cuatro. Pero Sebas dónde duerme. Un mes. —Tragó—. ¿Puede subir Sebas al siete?
Inma se lo pensó el tiempo justo para que se notara que no se lo inventaba.
—La condición dice cuatro. Que durmáis las cuatro las noventa y dos noches, esas son las palabras, y esas se cumplen.
—Se ajustó las gafas—. De maridos no dice ni una letra.
Ni a favor ni en contra. Y lo que no se prohíbe, mi vida, en esta casa y en cualquiera, se permite.
—Recogió el bolso—. Que suba. Que Remedios, si hubiera querido dejaros solas de verdad, lo habría escrito. Y no lo escribió.
No había toga y aquello fue una sentencia. Sebas se miró las manos vacías, sin mandil, como si no supiera qué hacer con ellas sin un mandil que atarse. No dijo «qué bien». No era tonto. Dijo, más bajo, mirando la barra:
—A la hora que tú digas.
Y volvió a la cocina, porque quedaban dos tortillas en la plancha y las tortillas no se hacen solas ni siquiera el día que a uno le abren una puerta que llevaba trece años cerrada.
Las otras tres no dijeron discursos. Ni falta.
Rocío sacó el móvil y dijo, con la voz de organizar un directo, que ella llamaba a los proveedores esa misma tarde, uno por uno, que a ella por teléfono no le temblaba la mano.
África giró el portátil hacia Marina: una hoja de cuentas, columnas ordenadas, y con dos dedos en el reloj le dijo que las facturas del mes se las repasaba ella con Inma, número por número, «que las cuentas de otro se ven mejor que las de una».
Y Candela, que no había abierto la boca, se acercó, cogió la bayeta que Marina había soltado y le pasó ella a la barra el repaso que faltaba, callada, hasta el borde.
Se la quitó de las manos. Fue lo único que dijo, y lo dijo sin decir nada.
Cerraron a las cuatro y media. A la última mesa, una pareja de Chiclana sin prisa, Marina no le cobró los cafés, porque hay días en que cobrar es pasarle la cuenta a la pena y aquel día se pagaba de su bolsillo.
Echó a los rezagados con un «hala, que cerramos temprano», puso las sillas patas arriba sobre el mármol una a una, cosa que en El Espigón solo se hacía de noche y nunca un mes seguido. Barrió. Fregó. Bajó las bombonas.
Y llegó al taburete de la esquina, el del ventanal.
Se quedó parada delante. Ese no lo ponía nunca patas arriba, ni de noche; ese se quedaba abajo, en su sitio, como si Remedios fuera a llegar por la mañana con el parte del pueblo.
Un mes sin que nadie hiciera en aquel rincón un cortado templado y corto, de los que no queman la boca.
Marina lo cogió, le dio la vuelta, y lo subió al mármol con los demás, patas arriba.
Le costó más que las quince sillas juntas.
Pero un bar que se cierra se cierra entero, y dejar aquel taburete abajo era hacerle a Remedios el mismo cortado que a un muerto: bonito y para nada.
El cartel se lo pensó menos de lo que se piensa la gente.
Rocío se había ofrecido a redactárselo «con las palabras justas», y hasta Sebas apuntó que con un «disculpen las molestias» quedaba más fino.
Marina cogió un cartón de una caja de cascos, un rotulador gordo, y escribió en dos renglones, con la letra de apuntar comandas:
CERRADO HASTA EL 8 DE AGOSTO. NO PREGUNTEN.
Y lo pegó por dentro del cristal con dos trozos de cinta, mirando a la plaza.
—¿No pongo el motivo? —dijo Sebas, detrás.
—El motivo no es de nadie. —Marina alisó la cinta con el pulgar—. El que quiera café que se lo haga en su casa un mes. No se muere.
Bajó la persiana verde de un tirón, como todas las noches, solo que aquella noche la echó del todo y le pasó el candado, que era cosa de dos veces al año.
El chasquido sonó en la plaza como suena lo que no se acostumbra a sonar: un bar que no había cerrado ni por un entierro se quedaba callado detrás de un cartón, a media tarde de un miércoles de julio.
En la plaza ya había corrido. La del estanco venía cruzando con cara de catástrofe nacional.
—Pero Marina, mi arma, ¿que cierras? ¿Un mes? ¿Y yo dónde me tomo yo el cortado de las ocho, criatura, en el bar de la gasolinera con los camioneros? —Se llevó la mano al pecho—. Que me vas a matar al pueblo de un disgusto. Que aquí no hay otro sitio donde enterarse de las cosas.
—Pues os enteráis en agosto —dijo Marina—. Todo de golpe. Más noticias.
—Ea. Encima con guasa. —La del estanco se fue meneando la cabeza, y ya iba contándoselo a la de la pescadería antes de llegar a la esquina, que en La Almadraba una persiana echada corría más rápido que un cohete de San Juan.
Le hizo gracia y le dolió a partes iguales, que era como dolían las cosas en aquel pueblo.
Subió al siete por la cuesta con Sebas al lado, los dos callados, cada uno con lo suyo.
Ella con el mes por delante, un mes que se le hacía temporada baja sin final a la vista.
Él con una alegría que no se atrevía a sacar entera, no fuera a gastarse.
Cenaron con las otras tres en la cocina de la luz amarilla, África de la esquina, Rocío de cara a la ventana, Candela de cara a la pared, Marina de espaldas al fogón para levantarse a por lo que hiciera falta, y la cabecera vacía, como llevaba vacía tres semanas.
Ya de noche, cuando las otras subieron y bajaron a sus cuartos y la casa se puso a crujir con sus crujidos de casa vieja, sonó la cancela.
Marina abrió. Era Sebas. Había bajado a por sus cosas y volvía con una bolsa de deporte al hombro, una de esas de gimnasio que él no pisaba, con el neceser y las zapatillas asomando por la cremallera mal cerrada.
La primera noche de los dos bajo el techo de Remedios.
Se quedó en el escalón, grande y bueno y sin saber qué hacer con la bolsa, esperando a que ella lo dejara pasar, esperando como llevaba trece años esperando en la puerta de todo.
—Anda, entra —dijo Marina—, que se te va a enfriar lo que sea que traigas.
Y se apartó para dejarle sitio, con el corazón haciéndole en el pecho la misma cuenta imposible de siempre. Un mes. Sin barra. A solas. Y en la mano de él, colgando de la bolsa, el manojo de llaves del bar cerrado, que a partir de esa noche no abría ninguna puerta.