Capítulo 10
A las cinco y media de la mañana la plaza de La Almadraba era un plató con las luces apagadas.
Los toldos del Espigón recogidos, la persiana verde echada, las sillas encadenadas unas a otras como si alguien temiera que se fugaran de noche.
No había un alma. Solo el mar, que a esa hora no se veía pero se oía, respirando abajo detrás de las casas.
Rocío esperaba en el escalón de la fuente con una chaqueta que le sobraba con el calor que ya venía subiendo, mirando el móvil sin verlo, preguntándose por qué una mujer de treinta y cinco años acababa citada de madrugada por culpa de una niña de nueve.
Porque la idea, como todas las buenas ideas de aquel verano, había sido de Lucía.
Había subido dos veces más al número siete a ensayar la radio, con un micro que era un cepillo del pelo y una seriedad de locutora de guerra.
Y en una de esas, entre pregunta y pregunta, había decretado con la lógica aplastante de los nueve años que para contar las cosas de un pueblo por la radio primero había que verlas.
Y la primera cosa del pueblo, la que salía antes que nadie, antes incluso que la del estanco, era la marea del alba.
—Pues papá te lleva —había resuelto, sin consultarlo con papá, que estaba delante—. ¿A que la llevas, papá? En la barca. A ver cómo se levantan las nasas. Así lo cuenta bien. ¿Vale?
Y Gonzalo, acorralado en su propia cocina por una cría con un cepillo por micrófono, había mirado a Rocío con esa lentitud suya y había dicho que vale. Que el martes. Que a las cinco y media en la plaza, y que si no estaba, se iba sin ella.
Estaba. A las cinco y veinticinco, que en el oficio de Rocío era llegar tarde.
La furgoneta bajó al puerto con las luces largas barriendo las redes tendidas del muelle. Gonzalo no habló hasta que apagó el motor.
—Buenos días. —Le tendió un chaleco naranja, de los de espuma—. Póntelo. No es por el reglamento.
La barca se llamaba Salvador , como su padre, pintado a mano en la proa con una letra que hacía aguas por el final.
Era una barca chica, de bajura, de plástico blanco con la banda azul desconchada, un motorcillo, una caseta donde no cabía una persona de pie y un montón de nasas apiladas a popa que olían a mar viejo.
Nada que ver con la que Rocío llevaba dieciocho años sin nombrar.
Esta no tenía nombre de estrella. Tenía nombre de padre muerto, que es otra clase de faro.
—¿Vas tú solo siempre? —preguntó, por decir algo, mientras él soltaba amarras.
—Solo. —Le dio la mano para bajar a bordo, una mano grande, seca, que la agarró de la muñeca entera y no de los dedos, como se agarra a la gente que se puede caer al agua—. Hoy vamos dos. No te acostumbres a que te lleve nadie.
Salieron de la bocana con el pueblo todavía negro a la espalda y el cielo apenas despintándose por el este, un gris sucio que aún no era color.
Rocío se sentó donde él le dijo que se sentara y se agarró a lo que él le dijo que se agarrara, y aun así el primer bandazo la mandó contra la caseta y le arrancó un «ay» que en Madrid no se le habría escapado.
Gonzalo no se rio. Pero se le movió algo en la cara, en el mismo sitio donde a Nico se le movía la sonrisa, y le costó no verlo.
—El mar no es un plató —dijo él, la vista al frente—. Aquí no hay marca en el suelo donde ponerse.
—Ya lo veo. —Se recolocó como pudo—. En el plató, por lo menos, el suelo no se mueve.
El amanecer lo pilló ya fuera, con la costa convertida en una raya baja de luces.
Y ahí Rocío hizo lo que sabía hacer: lo realizó.
Buscó el plano sin querer, el que lo contaría —el sol saliendo del agua por detrás de La Almadraba, la primera luz prendiendo los cristales del pueblo uno a uno, el mar pasando de plomo a estaño y de estaño a una lámina rosa que dolía de bonita—, empezó a minutarlo por dentro, a ponerle la voz de dar paso a las imágenes.
Y así amanece en este rincón de la costa gaditana donde…
Y se paró. Se calló por dentro. Porque no había cámara, ni pinganillo, ni dos millones de personas al otro lado, ni falta que hacía retransmitir nada.
Por primera vez en no sabía cuántos años, tenía delante una cosa que solo había que mirar.
La miró. Sin ponerle palabras, sin doblarla, sin la segunda mirada que la había acompañado desde los quince, esa de vivir las cosas una vez para vivirlas y otra para contarlas.
El sol salió del todo y a Rocío se le quedó la voz de dar paso guardada en la garganta, sin estrenar, como el papelito de San Juan.
—Toma. —Gonzalo le puso en las manos un termo—. Que se ve mejor con café.
La faena empezó donde el agua cambiaba de color, más oscura, señal de que había fondo distinto.
Él sabía dónde sin mirar el GPS, que llevaba pero no encendía.
Fue subiendo las nasas de una en una, tirando de un cabo verde de algas, y Rocío entendió deprisa que su papel a bordo era no estorbar, que ya era bastante papel.
Las nasas salían del agua chorreando, pesadas, con un pulpo dentro de cada tres o cuatro, y algún cangrejo, y morralla que él devolvía al mar de un gesto.
Trabajaba callado, con las manos, esas manos que sabían el nudo antes de hacerlo.
Le enseñó a Rocío a echar la carnada nueva y Rocío lo hizo mal, y le salpicó, y se le quedó en las palmas un olor a mar y a sal que no se iba frotándolas en el vaquero.
Le gustó, y le dio rabia que le gustara.
—Se te da fatal —dijo Gonzalo, sin levantar la vista de la nasa.
—Llevo años dando malas noticias en directo con un terremoto de fondo. Esto es otra liga.
—Esto es más fácil. —Volcó un pulpo en el cajón—. Aquí solo te puede salir mal con el mar. Y el mar no discute.
Pusieron rumbo a otra hilera de nasas, más al sur, pegada a una zona donde el agua rompía blanca sobre algo que no se veía.
Rocío lo notó antes de saber qué era: una rompiente donde no había costa, el mar quebrándose solo, en mitad de la nada, con esa espuma tonta y alegre que engaña a los de tierra.
Gonzalo aflojó el motor. No señaló nada.
Habló con la voz de leer el parte, sin subir ni bajar.
—Los bajos de la Perla. —Una pausa de tres palabras contadas—. Ahí volcó la barca de mi hermano.
Rocío no dijo nada. La cabeza se le fue sola a la versión que se sabía, la de todos, la que llevaba dieciocho años siendo la verdad completa para el pueblo: un golpe de levante entrado de madrugada, la barca de su padre embargada y él sacando las nasas por última vez, el casco panza arriba clavado en la piedra con el aparejo a medio subir, y el mar guardándose lo demás un día entero.
Ella lo había visto desde la punta del espigón viejo, aquella mañana, de pie y muy derecha, vigilando las barcas como si se lo hubieran encargado.
—Paso por delante todos los días —siguió Gonzalo, y el motor ronroneaba flojo—.
Al principio lo rodeaba por fuera, media hora más de vuelta con tal de no verlo.
Un día tenía prisa y crucé por encima sin pensarlo.
Y al siguiente ya era el camino corto a las nasas.
—Miró la espuma sin ablandarse—. Uno se acostumbra hasta a esto. No sé si eso está bien.
Y Rocío estuvo a un pelo. Estuvo a punto de decir lo que no se dice, de soltar por la boca abierta que ella también pasaba por delante todos los días, solo que por dentro, que a ella los bajos de la Perla le quedaban justo debajo de una noche entera que no le había contado a nadie, que aquel muerto que a él se le había quedado en el agua a ella se le había quedado en la última frase que le dijo en un espigón.
Que no era su hermano lo único que había volcado ahí.
Pero ahí no se entraba. Cerró, con el mismo corte seco con que se remata un directo que se va de tiempo. Bebió café para tener la boca ocupada. Miró la rompiente igual que un plano que se descarta antes de emitirlo.
—No sé si está bien o mal —dijo, cuando pudo—. Está vivo. Que es lo que hay.
Gonzalo la miró un segundo de más. Después metió motor y dejó los bajos a popa, y no volvieron a nombrarlos.
Fue en la última hilera, con el sol ya alto y la camiseta pegada de calor, cuando él habló de Elena. No lo hizo por pagar una confidencia con otra; lo soltó con las manos ocupadas en el cabo, que era la única postura en que le cabía decirlo. Salió de Lucía. De que Lucía nadaba como un pez.
—La enseñó su madre. El verano que… —No terminó la cuenta, pero Rocío la echó sola: 2022, Lucía con cinco años, el mismo verano—.
Elena. Se empeñó en que aprendiera antes de los seis.
Como si tuviera prisa. —Subió una nasa vacía, la revisó, la volvió a soltar—.
Era de Medina. De tierra adentro. Se mareaba en cuanto la barca se separaba del pantalán, no subió aquí ni tres veces en doce años.
Le tenía al mar un respeto de los de fuera.
—¿Y venías igual?
—Vengo más desde que no está. —Lo dijo sin drama, apilando cabo—.
Es lo raro. La casa está llena de ella. La cocina, el sofá, el lado de la cama.
Todo. Y aquí no. Aquí nunca puso el pie.
Salgo a faenar y es el único sitio del día donde no me la encuentro en cada esquina.
—Miró el agua—. Vengo al mar a descansar de echarla de menos. Menuda cosa que contar.
Rocío no dijo «lo siento», que era lo que la gente decía y no servía de nada.
Se acordó de Pepa sentándose de espaldas al agua en su propia mesa, de Gonzalo levantándose a por el agua antes de que la pidieran, del trozo de pescado sin espinas.
El que se quedó. Se quedó a sostener a la madre, a la niña, la casa llena de una muerta y la barca vacía de ella.
Y salía cada mañana a la única hora en que no le pesaba.
—No es menuda cosa —dijo—. Es de las que yo pondría en directo si me dejaran.
Volvieron a media mañana, con el pueblo ya despierto y el sol pegando en el agua como en una chapa.
Atracaron en el pantalán, y el puerto seguía casi vacío, esa hora muerta en que los de la mañana ya han vuelto y los de tarde no han salido.
Gonzalo le pasó los cajones, le enseñó a amarrar y ella lo hizo fatal, y él rehízo el nudo sin decir nada, y al enderezarse se quedaron los dos de pie en el pantalán, muy cerca por fuerza del sitio, con el olor a pulpo y a sal y a diésel y las manos de los dos llenas de lo mismo.
Y ahí pasó. No pasó nada, y por eso pasó.
Él la miró de frente, sin prisa, y Rocío le vio la boca y le vio la sal secándosele en el antebrazo y le vio las manos, aquellas manos que sabían el nudo antes de hacerlo, y pensó en concreto y sin permiso qué sería que la agarraran a ella de la muñeca entera como al bajar a bordo, y se le acortó la respiración, y él bajó un poco la cabeza, lo justo, lo que baja la cabeza un hombre que mide el mar antes de salir.
Y Rocío se apartó.
Porque no se puede. Porque estaban de pie sobre el agua que se lo llevó, sobre el mismo mar por el que ella lo había soltado a él una noche, y besar al hermano de Nico allí, con la sal de Nico en las manos, era una cosa que no le cabía en el cuerpo.
La culpa le llegó antes que las ganas, le ganó por medio plano.
—Tengo que… —Buscó una prisa y le salió la primera que pilló, torpe, de las que no engañan a nadie—.
Me esperan. Marina. Las cuentas. Es que había quedado.
—Cogió el cajón que él le tendía, el del pulpo, y casi se le cae—.
Gracias. Por lo de la niña. Por lo de la marea.
Ya le cuento a Lucía. Que se lo cuento yo.
—Rocío.
—De verdad que me esperan.
No la esperaba nadie. Subió la cuesta con el cajón contra la cadera y sin volverse, con esa dignidad falsa de la que huye fingiendo llegar tarde a un sitio, y solo respiró cuando dobló la esquina y dejó de verlo.
A mediodía, Inma pasó por el número siete. No entró: se quedó en la cancela, con las gafas en la punta de la nariz y esa forma suya de repartir los recados como sentencias, sin toga.
—Que ha cenado en casa de los Herrera y que esta mañana ha salido con Gonzalo a la mar —le dijo a Marina, que había abierto, pero mirando a Rocío por encima del hombro de Marina—. La primera está cumplida. —Se dio media vuelta ya, camino de la plaza—. Mañana os traigo la segunda.
Y se fue, tan tranquila, como la del estanco repartiendo papelitos.
Rocío subió a su cuarto con la sal todavía tirante en las manos.
Desde la ventana de arriba se veía el puerto, el pantalán chico, la banda azul desconchada del Salvador amarrado donde lo había dejado.
El pueblo puesto abajo a la luz gorda del mediodía, con su plaza y su iglesia y su rompiente blanca a media milla que desde allí no se veía pero ella ya sabía nombrar.
Antes de bajar a comer pasó por la cocina.
En el centro de la mesa, apoyada en el vaso, con el uno mirando a la puerta, seguía la cuartilla de la primera carta, donde llevaba desde San Juan.
La cogió. La dobló por la mitad, por donde ya venía doblada, y la guardó en el cajón de las cosas sin sitio.
El vaso se quedó vacío y derecho en mitad de la mesa. No lo movió.
Se lavó las manos por fin. El agua salió de la sal, y el olor no del todo.