Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 9
21%

Capítulo 9

El correo llegaba a La Almadraba a media mañana, y África Soler había hecho suyo el buzón sin que nadie se lo repartiera, igual que había hecho suyas las cuentas del mes: eran las tareas que se podían hacer a solas y con exactitud, y a solas y con exactitud era como África sabía estar en una casa.

El martes bajó antes que nadie a la cancela, abrió la tapa de latón y sacó lo de siempre —el recibo de la luz, una propaganda de neumáticos, el folleto de la farmacia— y, debajo, un sobre que no era como los demás.

Subió con el fajo del correo y lo dejó en la mesa de la cocina.

Marina cogió el sobre azul, lo leyó de pie, sin sentarse, moviendo la boca con los números, y no dijo lo que estaba pensando, que era mucho.

Rocío lo leyó por encima de su hombro y soltó un «hay que ver qué finos», y nada más.

Candela ni se acercó. No lo contestó nadie.

Al final fue Marina la que lo pegó en la puerta de la nevera con un imán, entre la lista de la compra y un horario de farmacias de guardia, y allí se quedó, el papel más frío de la cocina, apoyado en la nevera con el desdén de una factura que nadie piensa pagar todavía.

Porque en aquella casa se había instalado una rutina, y la rutina, aunque fuera de prestado, era lo más parecido a una tregua.

Se habían repartido las cosas sin repartírselas.

Marina cocinaba y no dejaba cocinar a nadie más, y bajaba con la Berlingo a por la compra grande.

Rocío pegaba listas a la nevera con letra de teleprónter.

Candela regaba: había ido colonizando el poyete del patio con las macetas del vivero, las aromáticas y el limonero enano, y a primera hora se la oía trajinar con el chorrito de nada.

Y África llevaba el correo y las cuentas, y cuadraba al céntimo lo que otras dejaban sin cuadrar: su manera de poner orden en un sitio donde el orden no dependía de ella.

Después de San Juan algo se había movido de sitio.

No se habían perdonado nada —nadie había dicho una palabra de perdón, ni falta que hacía—, pero se hablaban más y se miraban menos, que en aquella casa era la única forma de deshielo posible.

Se preguntaban por el pan. Se dejaban el café hecho.

La luz amarilla de la cocina seguía encendiéndose sola cada noche, por si la última en subir la necesitaba, y ya nadie preguntaba quién la dejaba puesta.

La cuartilla de la primera carta de Remedios seguía en el centro de la mesa, apoyada en el mismo vaso, leída y sin retirar, porque retirarla habría sido decidir algo y aún no tocaba decidir nada.

Arriba, la obra iba bajando de piso. Teo había terminado la azotea el lunes —«acabada, jefa, ni una gotera os entra ya»— y había plegado el andamio de fuera para meterse con las vigas del salón y el baño de abajo, cuya puerta llevaba desde la mudanza apoyada en el pasillo como un mueble más.

Se lo oía todo el día: la radial, el martilleo, y de vez en cuando una canción de las suyas mal silbada.

África había decidido, sin decírselo a nadie, que con Teo se ceñiría al trato de la obra: con corrección, con horarios, y sin una grieta por donde entrara nada personal.

Le funcionó dos días. El miércoles, Teo bajó a la cocina a por agua mientras ella repasaba el ticket de la compra en la mesa, y en vez de coger el vaso y subir, se quedó.

—¿Las vigas para cuándo? —preguntó África sin levantar la vista, en el tono con que se pregunta la hora de un tren.

—El jueves las dejo pintadas. El baño, la semana que viene. —Bebió—. Oye, qué manera de preguntar tienes. Pareces la ONU.

—Es eficiente.

—Es de miedo. —Lo dijo sin ofenderse, casi con gusto, apoyado en la encimera con el vaso en la mano—. No preguntas nada que no sea una fecha.

África dejó el ticket. Lo miró por primera vez en tres días con atención de intérprete, buscándole la demanda, porque a la gente se la entendía por lo que quería de ti, y su oficio entero consistía en averiguar qué quería de verdad el que hablaba, por debajo de lo que decía.

Al que pedía dinero se le veía. Al que quería estirar la obra una semana más, también.

Al que tiraba los tejos, a la legua. Le buscó a Teo la petición debajo de la frase y no la encontró.

Eso fue lo que la descolocó: que no había nada debajo.

Un hombre en su cocina que no le pedía ni un favor, ni una hora extra, ni que le rieran la gracia.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó, y le salió más directa de lo que pretendía.

—Terminar la casa y cobrar de Inma, que para eso me contrató la difunta.

—Dejó el vaso en el fregadero, enjuagado, otra manía que ella archivó—.

No te voy a dar conversación, jefa, si es lo que te preocupa.

Yo soy fácil. Divorciado, sin críos, sin ruinas que enseñar.

Vengo, curro y me voy. —Y subió las escaleras silbando, dejándola con la palabra en el sitio donde ella guardaba las que no sabía traducir.

Porque eso era lo raro. África sabía colocar a la gente en su idioma —el que quiere, el que teme, el que miente— y a Teo no lo sabía colocar en ninguna casilla, y un hombre sin casilla era, para ella, lo más incómodo que había: alguien de quien no podías defenderte, porque no sabías de qué.

El jueves, buscando las tijeras de la cocina para abrir un paquete de café, África abrió el cajón hondo del aparador, el de los cordeles y las velas y las cosas que no tienen sitio en ninguna casa. Las tijeras no estaban. Estaba otra cosa.

Un paquete de tarjetas atadas con una goma reseca.

Postales de Navidad, de las que reparten en el estanco.

Las de arriba, las que se veían sin desatar nada, tenían un abeto y una estrella de purpurina medio caída, y estaban escritas por las dos caras con la letra de Remedios —la de antes, la firme, la que agarraba el renglón—.

África reconoció los nombres en los sobres sin sacarlos: el suyo, el de Rocío, el de Marina, el de Candela, repartidos en años distintos.

Y reconoció, en dos o tres, el sello morado de Correos con la mano señalando y las palabras «Devuelto al remitente.

Destinatario desconocido», encima de unas señas viejas, tachadas, de pisos y ciudades que ya no eran de nadie, y una de fuera, de otro país, escrita con su letra de maestra aplicada a un idioma que no era el suyo.

Había también sobres cerrados, con matasellos de ninguna parte, escritos y nunca echados al buzón.

No las desató. No leyó ninguna entera. No hacía falta.

Lo entendió de golpe, como se entiende una frase en un idioma que creías olvidado: cada año, por Navidad, Remedios les había escrito a las cuatro.

Cada año. Y cada año se le habían vuelto las cartas, o no se había atrevido a echarlas, y las había guardado atadas con una goma en el cajón de las cosas sin sitio, esperando una dirección que no cambiara.

África cerró el cajón despacio, con las dos manos, con el cuidado de una puerta detrás de la que duerme alguien.

Encontró las tijeras en otro sitio. No se lo contó a nadie.

Esa tarde bajó al pueblo a por sellos, aunque no hacía falta comprar sellos, y volvió sin ellos.

El viernes por la tarde estaba en la cocina pasando a limpio las cuentas del mes cuando oyó a Rocío en el patio.

Había bajado al patio con el móvil, a decir lo que no se dice delante de nadie, y desde la ventana entornada —África no la abrió del todo, solo corrió un poco el visillo, sin querer espiar y sin poder no oír— le llegaron las dos frases con las que Rocío terminó tres años.

—Íñigo, esto no lo arreglas tú viniendo un fin de semana. —Una pausa, la voz de dar las noticias, la que no se le temblaba nunca—. No vengas, de verdad. Ya está. Ya está.

Y ya estaba. Del otro lado no hubo insistencia; se notó en lo corto que fue el resto, en que Rocío colgó sin dar más explicaciones ni recibirlas, porque el que estaba al otro lado no era de los que pelean por quedarse.

África lo tradujo sin querer, por deformación: no había sido una ruptura, había sido un cierre, la clase de conversación en la que uno de los dos apaga el plató y el otro recoge los cables sin protestar.

Limpia. Sin sangre. De las que se firman.

Rocío subió, se sentó a la mesa de cara a la ventana y cogió el bolígrafo para tachar de la lista algo que no había que tachar.

—Uno menos —dijo, y nada más. Nadie hizo aspavientos.

Marina levantó la vista de la sartén, la volvió a bajar.

Y solo pasó una cosa: antes de volver a la lista, Rocío miró a África un segundo de más, con una atención rara, como si le buscara en la cara la respuesta a una pregunta que no había hecho.

Fue un momento, no más. Luego tachó su renglón y siguió con la lista.

África se recolocó el reloj y siguió sumando, y guardó aquella mirada donde se guardan las cosas que no cuadran, sin saber que Rocío la había sacado del mismo cajón.

A media tarde llamaron a la cancela. Era Lucía, la niña de los Herrera, con el Matilda de Remedios apretado contra el pecho con las dos manos y la cara colorada de subir la cuesta.

«¿Está la de la tele?», preguntó, y sin esperar respuesta: «Es que vengo a ensayar lo de la radio, que en septiembre hay que hablar por el micro y no sabemos ninguno, y me ha dicho que sabe.

Y traigo el libro, que ya me lo he leído casi entero.

» África le abrió y la dejó pasar hacia el salón, donde estaba Rocío, y por un momento, viendo a la cría subir los escalones de dos en dos con el libro por delante, la casa dejó de sonar a obra y a silencios y sonó a otra cosa.

A África se le quedó dentro que la niña hubiera subido sola una cuesta entera para una radio que era de septiembre.

Los niños hacían eso. Trataban el futuro como si ya hubiera llegado.

El sábado se acostó tarde. Esperó a oír la casa entera dormida —el crujido de las escaleras, la cisterna, el silencio de las cuatro respiraciones repartidas por los cuartos— y solo entonces, en su cuarto de arriba, con la luz apagada y la de la cocina colándose por debajo de la puerta, abrió el portátil sobre las rodillas.

No abrió el formulario de excedencia, que llevaba dos meses empezado y sin enviar.

Abrió el navegador. Y cuando escribió la primera letra en la barra, la dirección se completó sola, entera, sin que ella tuviera que acordarse: la señal de que aquel sitio no era nuevo, de que ya había estado allí otras noches, en otras camas, en otros idiomas.

Una web oficial, sobria, con el escudo de una administración y unas palabras en el encabezado que África sabía decir en cuatro lenguas y no había conseguido nunca decir en voz alta en ninguna.

Servicio de mediación. Búsqueda de orígenes.

Un formulario, unos requisitos, un teléfono de contacto y una frase que avisaba de que el procedimiento podía llevar años y de que no siempre había respuesta.

Leyó lo que ya se sabía de memoria. Puso el cursor sobre el botón de empezar, esa cosa que llevaba media vida sin llegar a pulsar, y lo dejó ahí, quieto, el tiempo que tarda una intérprete en decidir si traduce una frase o la deja pasar porque no tiene equivalente en la lengua de llegada.

Hay palabras que no cruzan. Se dicen en un idioma y en el otro no existe el hueco donde meterlas.

No borró el historial. Lo pensó —un segundo, el pulgar sobre el trackpad—, y no lo hizo, porque borrarlo habría sido admitir que había algo que esconder en una casa ya llena de cosas calladas, y estaba demasiado cansada para esa clase de mentira pequeña.

Cerró la tapa. La habitación se quedó a oscuras del todo.

Se recolocó el reloj en la muñeca sin luz, como antes de las reuniones que importan, y se quedó sentada en el borde de la cama, esperando a tener sueño.