Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 8
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Capítulo 8

A Nico no le cobraba. Eso era todo, y era todo lo que Marina Quintero sabía decirle.

Se lo llevaba diciendo desde los catorce años sin que él se enterara.

Le ponía la caña antes de que la pidiera, con su chorrito de casera porque a Nico la cerveza sola le daba acidez, y cuando él sacaba las monedas del bolsillo del pantalón de faena, ella ya estaba en la otra punta de la barra, de espaldas, secando un vaso que no había que secar.

«Anda, déjalo.» Nico dejaba las monedas en el platillo de las propinas, que para el caso era lo mismo y no era lo mismo, y se marchaba tan contento sin saber que acababa de pasar por caja de la única manera que Marina tenía de quererlo.

Porque en El Espigón se pagaba todo menos eso.

El bar era de sus padres —de su madre, más bien, que mandaba en la barra igual que mandaba en la caseta de la feria, con un ojo en el fuego y otro en la calle—, y se llamaba así desde antes de que Marina naciera, por el espigón viejo del fondo de la plaza.

Marina había aprendido a andar agarrada a aquel mostrador y sabía sacar una comanda antes que las tablas de multiplicar.

Cobrar era para ella tan natural como respirar: sabía quién fiaba y hasta cuándo, quién se dejaba la voluntad y quién contaba las vueltas.

En aquel pueblo, querer a la gente y cobrarle a la gente eran dos oficios que ella hacía con las mismas manos y no confundía nunca.

Menos con Nico. A Nico lo quería mal, es decir, gratis.

Aquella semana el bar estaba puesto de estudio.

La Selectividad la tenían encima —la semana siguiente, decían las cuatro, y lo decían con el respeto de una tormenta que ya se oye—, y las tardes se les iban en la mesa del rincón con los apuntes fotocopiados hasta la ceguera, esos folios grises de tanto pasar por la máquina del papelero, subrayados con tres colores y anotados por los cuatro cantos.

Rocío se sabía la historia de memoria y aun así la repasaba en voz alta como si diera las noticias.

Candela iba contando temas que le faltaban, uno, dos, tres, y cuando llegaba al siete se le empezaba a acelerar la cuenta y había que quitarle el boli.

África estudiaba idiomas sin abrir la boca, altísima y callada, con la cabeza en otro sitio, y Marina lo achacó a que a cada una la Selectividad le daba por un lado y a África le daba por dentro.

Ella estudiaba a ratos, entre caña y caña, con el temario abierto junto a la caja y una libreta en la que lo mismo apuntaba una comanda que una fecha de la Guerra Civil. La hija del bar no tenía tarde libre para nadie, y menos en junio.

—Illa, siéntate un rato con nosotras, que te va a caer el tema de las autonomías —le decía Rocío.

—Sentaos vosotras, que yo el tema de las autonomías me lo sé por los que piden fino y los que piden manzanilla.

Sebas se reía en la cocina cuando Marina soltaba una de esas.

Se reía él solo y asomaba la cabeza por el pasaplatos con la cara colorada del fuego para no perderse la siguiente.

Sebas Romero tenía diecinueve años y era el pinche que había puesto su madre para el verano, un chaval grande y torpe de Barbate que rompía más vasos de los que fregaba y que aprendía las cosas a la tercera, pero a la tercera se le quedaban para siempre.

Freía un pescado como los ángeles. Era el primero en llegar y el último en colgar el mandil, y tenía una manera de estar pendiente de Marina que a ella le calentaba la nuca sin necesidad de volverse.

Le guardaba el último montadito. Le subía las cajas de cascos sin que se lo pidiera.

Cuando ella decía una gracia, él la celebraba como si le hubieran regalado algo.

—¿Te ayudo a bajar la persiana? —le preguntaba al cerrar, todas las noches, aunque la persiana la bajaba Marina con un dedo.

—Que puedo yo, Sebas.

—Ya. Por si acaso.

Marina lo dejaba estar. Sebas era bueno, y a los buenos una les tiene ley aunque no les tenga otra cosa.

Lo miraba fregar la plancha con aquel empeño de niño grande y pensaba, sin pena y sin gana, que un día de estos habría que decirle algo, porque un chico así no ronda a una chica de aquella manera por deporte.

Y se le iban los ojos a la puerta, por si entraba quien no iba a entrar de aquella manera.

El martes puso España el primer partido de la Eurocopa y el bar se llenó de hombres y de humo y de gritos. Marina no se sentó en tres horas; cuatro le metieron a Rusia, y ella cerró la caja con la espalda partida y contenta, que había noches en que el bar era todo lo que había.

Fue dos tardes después, volviendo de un recado, cuando se le clavó la primera espina.

Su madre la había mandado a la cofradía a por hielo, que el arcón viejo se había rendido con la calor, y Marina volvía por el paseo con las bolsas pesándole en los dedos y el pueblo entero dorado de esa luz de las nueve menos cuarto de junio, cuando el sol se pone a la altura de las azoteas y todo parece pintado a mano.

El paseo iba vacío. La marea, baja. Y allá al fondo, sobre las piedras del espigón viejo, había dos que no eran pescadores.

Marina los conocía de espaldas. Habría conocido a Nico Herrera de espaldas en mitad de una feria, con lo que ella lo llevaba mirando.

Estaba sentado en la última roca con los pies colgando hacia el agua, y a su lado, muy pegada, con la cabeza en el hueco de su hombro como si aquel hueco fuera suyo de toda la vida, estaba Rocío.

No hacían nada. Y lo hacían todo. Nico giró la cara y le dijo algo bajito, y Rocío se rio y le buscó la boca, y se besaron despacio, con esa calma de los que ya no es la primera vez, con el mar detrás poniéndose colorado.

Marina se quedó parada en el paseo con el hielo derritiéndosele en las bolsas.

No la vieron. No las veía nadie: el espigón viejo, a aquella hora, era el sitio más solo del pueblo.

Y Marina, que había pasado por caja a media Almadraba, hizo en dos segundos la cuenta más rápida de su vida y le salió redonda: el mes entero se le cuadró de una.

Que Rocío y Nico llegaran al bar por separado y se fueran por separado.

Que no se sentaran nunca juntos en la mesa del rincón.

Que Rocío anduviera desde la feria como en las nubes, retocándose el pelo para nadie, con el Messenger puesto una de esas de Melendi que antes le daban risa.

Que a Nico, cuando entraba, se le fuera la mirada un instante a la esquina donde estaba Rocío antes de saludar a nadie.

Todo lo que Marina había visto sin verlo se le ordenó como se ordena una caja descuadrada cuando por fin aparece el billete que faltaba.

No era nada nuevo. Era ella, que no había querido mirarlo dos veces.

Dio media vuelta antes de que el hielo fuera agua y subió por la otra calle, la de la iglesia, para no pasar por delante del mar.

No lloró. Metió el hielo en el arcón, cambió la bombona que estaba a punto, le sacó una ración de calamares a una mesa de guiris y le dijo a su madre que sí, que ya estaba todo.

Guardarse las cosas también era un oficio de barra, y en ese lo tenía todas ganadas.

No dijo nada. A quién iba a decírselo, si el secreto no era suyo.

La segunda espina se la clavó ella sola, tres o cuatro días después, y esa fue peor porque venía con letra.

Estudiaban las cuatro en el rincón, era media tarde y el bar iba flojo, y Rocío se levantó a coger algo del baño dejando en la silla la carpeta de anillas, esa de tapas de plástico con fotos del Tuenti pegadas por dentro.

Marina pasó por detrás con una bandeja, la rozó con la cadera sin querer, y la carpeta se fue al suelo y se abrió en abanico, y ella se agachó a recoger los folios con la mano libre, deprisa, que en un bar todo se recoge con una mano.

Apuntes. Un examen viejo. Y, entre medias, dos papeles que no eran de estudiar.

Uno era una carta con membrete, de una residencia de estudiantes de Madrid, y aunque Marina la leyó a la carrera, agachada, con la bandeja en la otra mano, entendió lo que había que entender: le confirmaban a Rocío Vargas una reserva de plaza para septiembre.

El otro era un folleto en papel bueno, a todo color, con una foto de una facultad grande y unas letras que decían Periodismo, Universidad Complutense.

Estaba doblado por la mitad, de llevarlo escondido en algún sitio.

En el margen, con el boli de Rocío, una cuenta de habitación y comedor que Marina, que de cuentas sabía, leyó de un vistazo.

Se le juntaron las dos espinas dentro y se hicieron una.

Rocío se iba. No lo estaba pensando: lo tenía apalabrado, con carta y con folleto y con la cuenta echada, guardado donde no lo viera nadie.

Se iba en septiembre a Madrid y no se lo había dicho a las chicas, ni a su madre a lo mejor, ni —Marina lo supo con el estómago antes que con la cabeza— a Nico.

A Nico, que se lo comía a besos en el espigón cuando no los veía el pueblo.

Rocío se iba a marchar a la otra punta del mapa y a aquel chico que a Marina le hervía por dentro desde los catorce años lo tenía sentado en una roca sin decirle que en tres meses lo dejaba solo mirando el mar.

Oyó la cadena del baño. Cerró la carpeta con las dos manos, cuadró los folios contra el muslo con dos golpes secos, como una baraja, y la dejó en la silla tal como estaba, con las fotos del Tuenti para arriba.

Cuando Rocío volvió y le dio las gracias por recogérsela, Marina ya estaba detrás de la barra sacando dos cafés.

—De nada, illa. Se te había caído.

—Qué torpe soy.

—Cosas que pasan.

No le tembló la voz ni la bandeja. Le habían enseñado a servir con cuarenta grados de fiebre y con el bar lleno el día que se murió su abuelo, y esto no era más que otra cosa que aguantar de pie.

Cerraron tarde. Se fueron marchando las cuatro, África la primera, con esa prisa suya de junio; Candela contándole a Rocío no sé qué de un tema que le faltaba; Rocío con su carpeta bajo el brazo, sin sospechar que la llevaba abierta por dentro para una sola persona.

Se quedaron ellos dos recogiendo, Marina y Sebas, con la tele echando el resumen de los partidos sin voz y las sillas patas arriba sobre las mesas.

Sebas pasó la fregona por donde ya estaba fregado. Carraspeó dos veces antes de arrancar.

—Marina. Oye. —Se agarró al palo de la fregona como a un remo—. Que el domingo hay verbena en Zahara, y va gente. Y he pensado que a lo mejor… no sé. Que si te apetece.

Marina estaba pasando la bayeta por la barra.

La barra estaba limpia. La había limpiado hacía diez minutos y volvía a pasarle el trapo por el mismo tramo, despacio, dos veces, tres, como si de tanto frotar fuera a sacarle brillo a algo que ya no lo cogía.

Miró un momento la puerta del bar, el trozo de plaza a oscuras, el sitio por donde entraba cada tarde el que no iba a entrar de aquella manera, el que ya tenía dueña y no lo sabía nadie y ella no iba a ser quien lo dijera.

Luego miró a Sebas, grande y colorado y bueno, con la fregona en la mano y toda la esperanza del mundo mal disimulada en la cara.

—Vale —dijo—. El domingo.

A Sebas se le encendió la cara, y en seguida se le puso seria otra vez, como si le diera apuro alegrarse tan a lo bestia. No era tonto, Sebas. Le sostuvo la mirada más de la cuenta, y algo vio, o algo intuyó, porque no dijo «qué bien» ni se puso pesado. Dijo:

—Vale. —Y, más bajo, mirando la fregona—: A la hora que tú digas.

Volvió a lo suyo. Marina volvió a lo suyo, que era la barra limpia.

Le pasó la bayeta una vez más, por pasarla, por tener las manos en algo mientras se tragaba las dos espinas hasta el fondo, la del espigón y la de los papeles, las dos juntas en el mismo sitio donde guardaba lo que no era suyo contar.

No le cabía enfado. Le cabía otra cosa más callada y más de bar: la de quien cuadra una caja que sabe que va a salir descuadrada y aun así la cuadra, porque el bar abre por la mañana y hay que dejarlo todo en su sitio.

Colgó el mandil de Sebas en su gancho. Descolgó el suyo, se lo ató a la cintura con dos vueltas y un nudo hecho a ciegas, y apagó las luces menos la de la caja.

El domingo iría a la verbena de Zahara con un chico bueno, porque era lo que había. Ahora había que fregar el suelo.