Capítulo 7
Un libro para Lucía. Eso decía la carta, y la carta era la escaleta de aquella semana, así que Rocío llevaba media tarde de pie delante de las estanterías del salón del número siete buscando el plano que Remedios ya tenía montado.
Podía haberlo comprado. Bajar a Cádiz, entrar en la librería de la calle Ancha, pedir cualquier cosa con dibujos y un lazo, cumplir el trámite.
Pero la carta no decía «cómprale». Decía «llévale».
Y decía una cosa más, en presente, que se le había quedado atravesada desde San Juan: te espera desde antes de conocerte .
Un libro no espera en una librería; en una librería está a la venta. Espera el que ya está en un sitio.
Así que buscó en la casa.
Las estanterías del salón eran las de una maestra: pocas novelas de las gordas y muchos libros pequeños, de los de leer en voz alta, colocados con un orden que solo Remedios entendería.
Teo había tapado la mitad con plásticos por la obra de las vigas.
Rocío los fue apartando, tosiendo el polvo, hasta que en el estante de abajo, el que quedaba a la altura de un niño, dio con una fila de tomos forrados igual, con el plástico grueso de biblioteca de colegio y las esquinas romas de tanta mano. Los sacó de uno en uno. Y allí estaba.
Matilda. Forrado como los demás, el lomo blando, la portada de la niña con la trenza y la pila de libros.
Lo abrió por la primera página y se le fue el aire lo que dura leer una línea, porque en la esquina de arriba, con aquella letra de antes, la firme, la que agarraba el renglón sin temblarle todavía, ponía: Biblioteca de aula. Doña Remedios. Se lee y se devuelve.
Este. Este era el que les había leído a ellas.
Le vino el recuerdo entero, de una pieza: las cuatro tiradas en la alfombra de aquel mismo salón, ocho o nueve años, un invierno, y Remedios en el sillón haciendo la voz de la Trunchbull para que se rieran de miedo.
Este ejemplar, no otro, llevaba en esa estantería desde entonces, esperando a que hiciera falta.
Se sentó en el brazo del sillón con el libro en la mano y entendió la frase.
No había milagro ninguno. Remedios había sido maestra cuarenta años, tenía sus libros, y escribió la carta sabiendo lo que había en sus estanterías; sabiendo que el que quería para Lucía llevaba ahí un montón de años, desde mucho antes de que Lucía naciera.
Te espera desde antes de conocerte. Era verdad.
Era literal. Rocío, que se ganaba la vida midiendo las palabras, se quedó quieta con el susto que da una palabra dicha exacta.
Se metió el libro en el bolso y bajó la cuesta a pie, dejando el Audi aparcado donde llevaba tres días, torcido junto a la cancela del siete. A la lonja se iba andando. A casa de los muertos, también.
Había ido a ver a Pepa el jueves, con la carta guardada en el bolso, el salvoconducto por si le fallaban las palabras en la puerta.
No le hizo falta enseñarla. Se plantó en la puerta de la casa de junto a la lonja, dijo «Pepa, que Remedios me dejó dicho que viniera a cenar», y a Pepa se le encendió la cara antes de que Rocío terminara la frase.
—Pues el viernes —había dicho Pepa, agarrándola de las dos manos—. ¿El viernes te viene? Que viene Gonzalo con la niña. Y trae hambre, mi arma, que aquí se cena.
No preguntó por qué. No preguntó a cuento de qué Remedios mandaba a cenar a una chica que llevaba dieciocho años sin pisar el pueblo. A Remedios no se le llevaba la contraria, ni viva ni muerta, y menos si te mandaba compañía para una mesa que se había quedado grande.
La casa olía a fritura y a mar de cerca, ese mar de trabajo que huele a hielo y a caja de pescado, distinto del de la playa. Pepa abrió con un paño en la mano y la metió para dentro a empujones de cariño. Sesenta y ocho años, bajita, el luto ya descolorido a gris de tanto ponérselo.
—Pasa, pasa, no te quedes en la puerta como la visita. Que tú no eres la visita, tú eres de las de siempre.
Y ahí, en el recibidor, empezó lo que Rocío había venido temiendo sin saber ponerle imagen.
La casa estaba llena de Nico. En la cómoda del pasillo, en un marco de plata, Nico de comunión.
En la pared de la escalera, Nico de quince en una barca, entornando los ojos al sol.
En el aparador del comedor, la grande, la de estudio: Nico con diecinueve recién cumplidos, la última, con esa media sonrisa de crío bueno que Rocío conocía por dentro y por fuera.
Diecinueve para siempre. Iba a cenar debajo de aquella cara, la noche entera con su novio mirándola desde la pared con la edad congelada, mientras ella cumplía treinta y cinco y se retocaba el pelo delante del cristal oscuro del aparador para nadie.
—Rocío. —Gonzalo se levantó de la mesa. Le tendió la mano, grande, seca, de patrón—. Gracias por venir.
—Gracias a vosotros.
Y ahí estaba la orden de la carta, en la primera frase.
Mírale la cara sin pedirle perdón con los ojos.
Rocío se obligó. Le sostuvo la mirada el tiempo justo de un plano corto y le costó lo que no está escrito, porque le salía solo el gesto de bajarla, de decirle con los ojos una cosa que él no sabía y no tenía por qué saber.
No la bajó. Miró a Gonzalo Herrera a los ojos, que eran los de Nico pero de otra manera, más lentos, más cansados, y no le pidió perdón.
Fue como aguantar un directo con el pinganillo gritándote que cortes.
—Siéntate aquí, anda —dijo Pepa, y le retiró una silla.
Fue entonces cuando Rocío la realizó, la escena entera, sin querer, por oficio.
Había una ventana en el comedor que daba al puerto, a los mástiles y a la línea del agua poniéndose ya de color de tarde.
Y Pepa, que podía sentarse en cualquiera de las seis sillas de su propia mesa, fue a sentarse en la única que le daba el mar a la espalda, con la naturalidad de quien lleva dieciocho años sentándose así, de espaldas al agua que se llevó a su hijo.
A Rocío se le quedó el plano dentro y se lo guardó.
Hay cosas que se ven mejor si no las mira una dos veces.
—Bueno, ¿y a esta quién es? —Lucía había entrado corriendo de la cocina con un vaso de Fanta de naranja en la mano, y se paró en seco a inspeccionar a la desconocida con esa falta de vergüenza de los nueve años.
—Rocío. Una amiga de tu tío Nico —dijo Pepa—. De cuando erais chicas, ¿verdad, mi arma?
—De cuando éramos chicas.
Lucía la miró entornando los ojos, igualita que su padre, igualita que Nico en la foto de la barca. Y entonces se le abrió la cara.
—¡Tú eres la de la tele!
—Lucía —dijo Gonzalo.
—¡Que sí! ¡Que es la señora de las noticias! —Lucía se volvió a su abuela con el escándalo del descubrimiento—. Abuela, ¡si es la de las noticias, la que ves tú en el ordenador!
Y ahí Pepa se puso a recoger un vaso que no había que recoger.
—Ay, calla, criatura, no digas tonterías.
Pero ya estaba dicho, y Rocío lo cogió al vuelo aunque hubiera preferido no cogerlo.
Pepa la veía. Pepa la veía dar las noticias por internet, en una aplicación que alguien le habría puesto, desde Madrid, desde hacía años.
La madre de Nico llevaba años viendo la cara de una de las amigas de su hijo muerto sostenerse delante de dos millones de personas, y no se lo había dicho a nadie, y no se lo iba a decir a ella si la niña no lo suelta.
Rocío tuvo que bajar la vista al plato lo justo y hacer como que se colocaba la servilleta. Ea. Esa sí que no la vio venir.
—Pues sí —dijo, cuando pudo, con la voz de dar paso a otra cosa—. Soy la de las noticias.
—¿Y sales todos los días?
—De lunes a viernes.
—¿Y no te da vergüenza?
—Lucía, hija, deja comer a la gente —dijo Gonzalo, pero por debajo del regaño le tembló algo que en otra cara habría sido una sonrisa.
Y le puso a la niña en el plato, sin mirar, con dos dedos, el trozo bueno del pescado, el de sin espinas, apartándoselo del suyo.
Lo hizo sin mirar, de las mil veces que ya lo había hecho.
Y a Rocío le vino de golpe, sin permiso, la feria de 2008, Nico acercándole un plato de pescaíto a su padre y diciéndole algo al oído que hizo reír al viejo.
El mismo gesto, la misma mano de acercar comida a quien se quiere, bajando de padre a hijo y de hermano a sobrina, dando de comer a los que quedaban.
La cena fue de esas que salvan los niños.
Lucía llevó el peso de la conversación ella sola, contando el colegio, la piscina —que a nadar la había enseñado su madre, dijo así, en pasado, con la naturalidad tremenda de los críos que ya han colocado a sus muertos en su sitio—, una amiga que se llamaba también Lucía y era «la Lucía mala», mientras Pepa iba sacando fuentes que no cabían y diciendo «come, mi niña, que estás en los huesos» a todo el mundo por igual, a Rocío la primera.
Gonzalo hablaba corto, de tres palabras, y solo cuando le preguntaban.
Pero Rocío, que se ganaba la vida viendo quién miente en el primer plano y quién no, veía otra cosa: un hombre que se levantaba a por el agua antes de que su madre la pidiera y vigilaba de reojo que Lucía comiera.
El que se quedó. Mientras ella hacía las noticias en Madrid, alguien tenía que quedarse a sostener esto, y le había tocado a él.
En un momento, entre plato y plato, Pepa se limpió las manos en el paño y miró a Rocío de una manera distinta y dijo lo que llevaba toda la noche guardado:
—Qué bien que has venido, mi arma. —Y bajó la voz, la puso de decir las cosas de peso—. Tú eras de las que más lo querían, ¿verdad? A mi Nico. Se te nota, mira. Se te nota todavía.
Lo dijo con una ternura que no sabía adónde iba a dar, sin saber que acertaba en el centro exacto de la diana: le estaba diciendo a la novia secreta de su hijo, tantos años después, que se le notaba el querer.
Rocío tuvo que coger el vaso de agua y beber, para hacer algo con las manos y la garganta, mientras por dentro se le venía abajo un edificio sin ruido.
Notó que le empezaba el sur en la boca, esa cosa que se le escapaba solo al reírse fuerte o al no poder más, y se lo tragó con el agua.
—Mucho —dijo, y no le salió más grande. Bastó. En aquella mesa, «mucho» era una palabra del tamaño justo.
Después, cuando Pepa se llevó a Lucía a lavarse los dientes entre protestas, Rocío se levantó a llevar los platos a la cocina, por tener las manos en algo, y Gonzalo entró detrás con las fuentes.
Se quedaron los dos solos en aquella cocina pequeña, con el grifo abierto, muy cerca por fuerza del sitio.
—No tenías por qué venir —dijo él, dejando las fuentes en el mármol—. Lo digo en serio. Lo de Remedios era un decir. Nadie te lo iba a tener en cuenta.
—Quería venir. —Y era verdad, aunque fuera una verdad con dieciocho años dentro que no cabían en la cocina.
Gonzalo cerró el grifo. Se volvió, y la miró de frente, sin prisa, con esa lentitud suya de hombre que mide el mar antes de salir.
—Mi madre lleva sin cenar con gente desde que murió mi padre. —Se apoyó en el mármol—. Se apaña, ¿eh? No te creas. Pero pone una silla de más y no se sienta nadie. Esta noche se ha sentado alguien. —Hizo una pausa corta, de tres palabras contadas—. Gracias por eso.
Y ahí Rocío estuvo a un pelo. Estuvo a punto de decirle lo que no se dice, de abrir la puerta que la carta le prohibía abrir, porque el querer callado pesa y las ganas de soltarlo eran de las que empujan.
Pero ahí no se entraba. Cerró, con el mismo gesto seco con que se corta un directo que se va de tiempo, e hizo lo único que la carta le pedía: le miró la cara a Gonzalo Herrera y no le pidió perdón con los ojos.
Lo miró por primera vez de verdad, a la cara que tenía delante y no a la que arrastraba por dentro.
Y él le devolvió la mirada, tranquilo, sin acusarla de nada, porque no tenía nada de qué; el único juzgado en aquella cocina era el que Rocío llevaba montado por dentro desde entonces.
No te ha acusado nadie más que tú. Lo entendió allí, con las manos mojadas, mejor que en la playa.
Duró lo que dura eso. Un plano. Puede que dos. Después Lucía irrumpió en la cocina con el pijama puesto y el pelo mojado, cortándolo todo, que para eso están los niños.
—Espera. —Rocío sacó el libro del bolso antes de que se le fuera la niña otra vez—. Que esto es para ti. Te lo he traído.
Lucía cogió el libro con las dos manos, con el respeto de un regalo que no esperaba, y le dio la vuelta, y lo abrió por la primera página con dos dedos, con el respeto de los mayores, sin saber muy bien por dónde. Se quedó mirando la letra de la esquina.
—Pone «doña Remedios» —leyó, juntando las sílabas—. ¿La de la casa de la magnolia? ¿La que se ha muerto?
—Esa. Era su libro. Se lo leía a las niñas, hace muchos años. —Rocío tragó—. A mí me lo leyó.
—¿Y ahora es mío?
—Ahora es tuyo. Te estaba esperando.
Lucía lo apretó contra el pijama, satisfecha, sin hacer más preguntas, porque a los nueve años que una cosa te estuviera esperando es lo más normal del mundo. Y entonces, ya con el libro suyo bien agarrado, se acordó del otro asunto.
—Oye. ¿Tú vuelves?
—¿Cómo que si vuelvo?
—A cenar. O al colegio. Es que en septiembre vamos a hacer una radio, la seño lo ha dicho, una radio de verdad para contar las cosas del pueblo, y no sabemos hablar en el micro ninguno. Y tú sabes. —Lo dijo como quien cierra un trato ya hecho—. Así que vienes y nos enseñas. ¿Vale?
—Lucía —empezó Gonzalo.
—Vale —dijo Rocío.
No lo pensó más de lo que había pensado bajar a la playa en San Juan.
Se le escapó el sí antes que la cabeza, y en cuanto lo dijo supo que se había comprometido a volver, a un colegio, en septiembre, a un pueblo al que no bajaba desde que se fue.
Lucía asintió una vez, con el libro y el asunto ya resueltos, y se fue a darle las buenas noches a su abuela.
Gonzalo la acompañó a la puerta. Fuera ya era de noche y olía a la lonja y, más abajo, a la sardinada de tres días atrás que todavía no se había ido del todo del pueblo.
—No hace falta que vengas al colegio —dijo él, en el escalón—. Se le olvida en dos días.
—A lo mejor no se me olvida a mí —dijo Rocío.
Y bajó la cuesta hacia el número siete, sola, con el móvil en la mano mirándolo sin verlo, y con la cara de Nico todavía puesta detrás de los ojos, mirándola desde una pared con diecinueve años para siempre.