Capítulo 6
A las diez de la noche el pueblo entero olía a pólvora y a sardinas, y las cuatro seguían dentro de la casa como si el olor fuera a subir la cuesta y a llamar a la cancela.
Abajo, La Almadraba hacía lo que hace todos los veintitrés de junio: montaba su fiesta.
Subían por la calle Magnolia los ruidos de siempre —un petardo, otro, la megafonía del ayuntamiento probando el micrófono, una de reguetón que ganaba y perdía según el aire— y subía también, por debajo de todo, el humo de la sardinada, ese olor que se te mete en la ropa y no se va en tres lavados.
El pueblo llevaba años recuperando esta noche.
La había ido normalizando poco a poco, como todo, hasta devolverle su forma antigua de verbena tonta y feliz.
Solo cuatro personas en toda La Almadraba sabían exactamente qué fecha era, y las cuatro estaban en la misma casa sin decírselo.
—Sebas está solo en el bar —dijo Marina, sin volverse—. Esta noche facturan más que en agosto entero.
Nadie contestó. Que Marina hubiera dejado el Espigón lleno hasta la bandera en la mejor noche del año, y estuviera aquí arriba, con las manos vacías, mirando por una ventana, lo decía todo sin que hiciera falta decirlo.
—Podemos bajar —dijo Rocío. Le salió con la voz de dar paso, la de proponer un directo desde un sitio incómodo—. O no.
—Yo no bajo a la playa —dijo Candela, deprisa, y volvió a la muñeca.
—Nadie ha dicho la playa. Bajar a la calle. A que nos dé el aire.
Bajaron. No lo decidió ninguna; se levantaron una detrás de otra, porque ya no se aguantaba sentada, y salieron a la cuesta, y la cuesta las fue llevando abajo casi sin querer, porque una calle en pendiente empuja para el mismo lado que el pueblo.
En la esquina de la plaza el ruido se hizo grande de golpe: las casetas, los puestos, un tenderete de algodón de azúcar rosa girando en su bombo.
Rocío lo vio y apartó la vista con oficio, con la misma limpieza con que se corta un plano que no toca. Algodón de azúcar. No esta noche.
Llegaron al paseo, el que va por encima de la playa del Chorrillo.
Abajo, en la arena, ardían las hogueras.
La de los quintos era la más alta, como todos los años, una torre de palés y puertas viejas que crepitaba lanzando pavesas al aire negro, y alrededor de ella el pueblo entero era una sombra que reía.
Rocío se quedó mirándola. Se acordó, sin buscarlo, de que Nico juraba cada verano que la del año siguiente llevaría dos puertas más.
Lo archivó donde archivaba esas cosas, y le dolió el sitio.
Bajaron las escaleras del paseo a la arena.
Las tres. Candela se quedó arriba, en el último escalón, con la punta de las zapatillas justo en el borde de cemento, donde se acaba el paseo y empieza a bajar la arena.
No dijo nada. No puso ninguna excusa. Se quedó allí de pie, con los brazos cruzados, mirando el fuego desde arriba, desde la orilla de otra cosa, y ninguna de las tres le preguntó por qué, porque llevaban ya tres días aprendiendo a no preguntarle a Candela por los sitios donde se paraba.
En la arena hacía calor de hoguera por delante y fresco de junio por detrás.
Olía a pescado y a leña. Rocío realizó la escena sin querer, por costumbre: el plano habría sido ese, el pueblo de espaldas al mar, todo el mundo de cara al fuego, nadie mirando el agua negra que era, después de todo, de lo que iba la noche.
—Chiquillas, ¿escribís? —La del estanco pasaba entre la gente con un montón de papelitos cortados a mano y un puñado de lápices de esos de apuntar la quiniela—. Uno cada una, que es gratis. Se escribe lo que quieres dejar atrás y a la candela con él. Lo que no quieras que vuelva.
Les puso a cada una un papel en la mano sin esperar respuesta, del modo en que las señoras de pueblo reparten las cosas, que es sin permiso.
—Yo todos los años echo lo mismo —siguió, ya repartiendo a otros—: la artrosis y a mi consuegra.
Y ahí siguen las dos, mira tú, tan vivas.
Pero una se queda descansada. —Se rio sola, se guardó un papel de más en el mandil, y entonces, bajando la voz a ese tono con que en los pueblos se dicen las cosas de peso como si no lo tuvieran, añadió, mirando a Rocío—: Y este año echadle uno al pobre Nico Herrera, mi arma, que dieciocho años son muchos para andar cargando con un muerto.
Ya toca soltarlo, criaturas. Que en paz descanse.
Y se fue, tan tranquila, a repartir papelitos más allá.
Lo dijo con buena intención. Lo dijo con la misma naturalidad con que en La Almadraba se nombra a Nico desde hace años, sin bajar ya los ojos, con la costumbre puesta encima como una manta: el pobre Nico Herrera, que en paz descanse.
El pueblo lo había soltado hacía mucho. Podía nombrarlo en una verbena, entre una sardina y un cohete, y seguir bailando.
Rocío se quedó con el papelito en la mano, en blanco, y el lápiz sin estrenar, y no supo qué se escribe en un papel para que no vuelva una persona que llevas todos estos años queriendo que vuelva.
—Vámonos —dijo Candela desde arriba, desde su escalón, que lo había oído todo—. Yo me subo.
—Espérate —dijo Marina.
—Que me subo, Marina.
—Que te esperes un segundo, hija, que no pasa nada por…
—No estoy en la arena. —A Candela se le acortó la voz, se le puso de contar peldaños—. Y no voy a bajar. Y no me da la gana de que me lo pregunten. Ninguna. Ni tú.
Y ahí saltó. No por Candela; Candela fue solo la cerilla. Saltó por todos los años de papel guardado, por el pobre Nico dicho a la ligera, por la hoguera de los quintos ardiendo tan alta como si no hubiera pasado nada. Marina se volvió, y ya no era a Candela a quien miraba.
—¿Sabéis lo que pasa? —Le temblaba el mandil que no llevaba puesto, las manos buscándolo—.
Que vosotras lo soltáis cuando os da la gana, porque no lo tenéis delante.
Tú —a Rocío— te lo llevaste a Madrid hace dieciocho años y no has vuelto a pisar esta playa hasta hoy.
Nosotras lo tenemos aquí abajo todas las noches de verano.
Todas. Así que no me vengas tú ahora a las hogueras con cara de duelo, que a ti se te apaga con el mando a distancia.
Era injusto y las cuatro lo sabían. Era desmedido, iba demasiado adentro, y apuntaba mal, como si Marina hubiera cogido carrerilla para pegarle a otra persona y le hubiera salido Rocío por el medio.
Rocío no supo, esa noche, por qué a Marina le salía la rabia con ella con tanta puntería y tan torcida a la vez.
Le contestó de todas formas, porque le habían dado en el sitio.
—¿Que a mí se me apaga con el mando? —Se le fue el plató de la voz, se le abrió el sur en la boca, el que solo le salía al reírse fuerte o al enfadarse—. ¿Tú qué sabrás lo que cargo yo?
—Sé lo que cargamos todas. Lo mismo. Un amigo muerto.
—No. —Y ahí lo dijo. Se oyó decirlo desde fuera, como se oye una voz en pinganillo—: No era un amigo, Marina. Era mi novio.
El fuego seguía crepitando. Alguien, a diez metros, se reía de algo.
—Desde la feria de mayo. De aquel mayo. En secreto, porque él me dijo que si se sabía cambiaba todo, y yo le dije que vale, que nuestro, de momento.
—Le salía atropellado ahora, sin minutar, sin corte—.
Y estuvimos así hasta el final. Los dos.
Nadie lo supo. Me dijo que si se sabía cambiaba todo. Y mira.
Y detrás de «hasta el final» había una noche entera que no cabía en la frase, y Rocío la dobló hacia dentro y cerró, con el mismo gesto seco con que se corta un directo que se va de tiempo.
Ahí no. Eso era otra cosa, y esa noche no se daba, ni a estas, ni todavía, ni a lo mejor nunca.
Se quedó con el papelito en blanco en la mano y notó que le temblaba.
Y entonces las miró. Las realizó, una por una, buscando en la cara de cada una el primer plano de la sorpresa, que era lo que venía después de una noticia así.
África se había quedado muy quieta. No se llevó la mano a la boca, no dijo «qué me estás contando», no hizo nada de lo que hace la gente. Bajó la voz —la bajaba siempre cuando algo le importaba de verdad— y preguntó una cosa rara, que no era la que se pregunta.
—¿Desde mayo? —Y, como Rocío no contestaba de puro desconcierto—: La feria. ¿Seguro que desde la feria de mayo? ¿No antes?
—Desde la feria —dijo Rocío—. ¿Qué más da cuándo?
África no contestó qué más daba. Se recolocó el reloj en la muñeca, despacio, con los dos dedos, y miró el fuego, y a los pocos minutos dijo que se subía, que le estaba dando el humo en los ojos, y se subió.
Y las otras dos. Ahí fue donde Rocío, en mitad del directo, con la garganta abierta y el papel temblando, registró una cosa que no tuvo fuerzas para pararse a pensar: que ni la cara de Marina ni la de Candela habían cambiado.
Ni un músculo. Ella acababa de romper el secreto más grande de su vida y dos de las tres lo habían recibido como una noticia ya sabida.
Lo vio, lo archivó en el sitio de las cosas que no cuadran, y siguió, porque no daba para más.
Candela fue la primera en irse del todo. Se dio media vuelta en su escalón sin despedirse, y Rocío la vio subir la cuesta contando algo con los labios, las farolas o los escalones o lo que fuera, con las manos hundidas en las mangas.
Subieron las cuatro por caminos parecidos y separados, como bajaron.
En la puerta del número siete, en el felpudo, Rocío se miró los zapatos antes de entrar y se los quitó de un talón contra el otro para no meter la playa en la casa.
Cayó arena. De los suyos, de los de Marina, de los de África.
Tres pares con arena y uno sin ella, alineados en el escalón, y la de Candela, que no había pisado la arena, limpia del todo.
Fueron entrando a la cocina de una en una, porque en aquella casa se acababa siempre en la cocina.
Marina encendió la luz grande y la volvió a apagar, y dejó solo la amarilla, la de Remedios, la que se quedaba puesta por si la última en subir la necesitaba.
A esa luz se sentaron. Marina de espaldas al fogón.
Rocío de cara a la ventana. África en la esquina.
Candela de cara a la pared. Y la cabecera, la que daba a la puerta, vacía, como llevaba vacía tres noches.
En el centro de la mesa, apoyado en el vaso para que se tuviera derecho, con el uno mirando a la cocina, seguía el sobre. Llevaba allí dos días. Nadie lo había tocado.
Rocío alargó la mano y lo cogió. No lo decidió más de lo que había decidido bajar a la playa.
Lo abrió con el pulgar por el borde y sacó una cuartilla sola —dentro no había nada más, ni foto, ni nota, nada—, escrita con aquella letra que se agarraba al renglón con el pulso ya prestado, temblona, torcida hacia el final de cada línea.
La leyó en voz alta porque las otras tres la estaban mirando, y porque las cartas de Remedios se leían en alto, que para eso les había enseñado ella a leer.
Ve a cenar a casa de los Herrera. Llévale un libro a Lucía: te espera desde antes de conocerte. Y mírale la cara a Gonzalo sin pedirle perdón con los ojos, que no te ha acusado nadie más que tú.
Nadie dijo nada.
La última frase se quedó en la cocina como el humo del cortado en un bar a oscuras.
No te ha acusado nadie más que tú. Remedios, muerta hacía veintiséis días, le contestaba a Rocío justo lo que Rocío acababa de gritar en la playa, sin haberlo oído, porque lo sabía desde antes, porque lo llevaba sabiendo dieciocho años.
Le caía encima como una losa y a la vez le abría una puerta, y las dos cosas pesaban lo mismo.
No la comentaron. En aquella casa lo que más pesaba se decía con las manos.
Marina cogió la bayeta y le pasó a la mesa un repaso que la mesa no necesitaba, dos veces, por el mismo sitio.
África se recolocó el reloj. Candela se puso el pulgar en la magnolia de la muñeca y contó por dentro las juntas de los azulejos, siete de arriba abajo, sin que se le moviera la cara.
Rocío dejó la cuartilla otra vez en el centro de la mesa, donde había estado el sobre, apoyada en el mismo vaso, y se quedó mirándola sin verla.
Después se llevó dos dedos a la ceja izquierda, a la cicatriz, a aquel sitio pequeño y tonto por donde el cuerpo se acuerda de las cosas, y no dijo nada más.
La cabecera seguía vacía. Daba a la puerta, por si entraba alguien.