Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 5
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Capítulo 5

El SEAT verde subió la cuesta de la calle Magnolia en segunda corta, cargado hasta la baca, y Candela Benítez lo aparcó debajo del magnolio grande porque era el único sitio con sombra y porque, si tenía que dejar el coche al sol tres horas mientras subían cajas, prefería achicharrarse ella antes que los esquejes.

Había salido de Jerez a las nueve. Podía haberlo hecho con una maleta, como la gente normal, pero la gente normal no se ganaba la vida con lo vivo.

Atrás, en el maletero y ocupando los dos asientos, traía dos bandejas de aromáticas, un limonero enano en su tiesto de barro, la kentia del mostrador que no se fiaba de dejar sola, tres geranios, y una caja de plástico con la podadera buena, el rafia y las etiquetas en blanco.

Contarlas mientras conducía la había ido calmando kilómetro a kilómetro.

El vivero se lo había dejado a Fali, la muchacha que le echaba una mano de marzo a septiembre desde hacía tres veranos y era la única persona en el mundo a la que Candela le confiaba una manguera.

«De mañana temprano riegas, y el jazmín ni lo mires, que ese lo llevo yo», le había dicho al salir.

Fali le había dicho que sí a todo, que es lo que se le contesta a quien se va con esa cara.

Delante del número siete estaba ya el Audi blanco de Rocío, aparcado recto, milimetrado, con las ruedas paralelas al bordillo, con la disciplina de una ciudad donde te multan por respirar. Candela lo miró y supo que Rocío había bajado para quedarse: nadie trae un coche desde Madrid para tres días.

La casa olía a obra. A yeso fresco, a madera cortada, a ese polvo blanco que se te mete en la garganta y sabe a nada. Habían quitado la puerta de un baño y estaba apoyada en el pasillo. Del techo del salón colgaban dos vigas nuevas, todavía sin pintar, más claras que las viejas.

—Ojo con el escalón, que está suelto.

La voz venía de arriba. Bajaba un hombre alto, treinta y muchos, con una camiseta llena de yeso y un metro amarillo colgando del cinturón. Se limpió la mano en el pantalón antes de tendérsela, y ese gesto —el de no darte la mano sucia— le gustó a Candela sin querer.

—Teo. El de la obra. —Rápido, la erre madrileña, la sonrisa fácil de quien no ha aprendido todavía que aquí las cosas se dicen despacio—. Tú eres… a ver que lo adivino. La de las plantas. Se te ve venir el coche desde la esquina, tía, parece una carroza de las Cruces.

—Candela.

—Currad cuando queráis con las cajas, que la escalera aguanta, lo que no aguanta es el escalón ese. La azotea la tengo yo tomada una semana más, pero por abajo os movéis a gusto.

Lo dijo pasando la mano por una de las vigas nuevas, no de cualquier manera, sino acariciándole la veta con el pulgar, comprobando si aquello iba a durar.

Candela lo archivó. A la gente la calaba por cómo trataba lo que estaba vivo —las plantas, los críos, los perros—, y una casa vieja era lo más parecido a un ser vivo que ella conocía.

Un tío que le acariciaba la madera a una viga no le podía caer del todo mal.

En el salón, entre cajas, estaban las otras tres.

Rocío doblando una manta con esquinas de plató.

Marina con los brazos por los codos de fregar algo que ya estaba limpio.

Y África, altísima, el pelo cobrizo recogido, deshaciendo una maleta pequeña y, al lado, un maletín negro y un portátil: se había traído de Bruselas el trabajo que se podía traer, el que cabe en una bolsa, y no había dicho más.

—¿La azotea estará para el lunes? —le preguntó a Teo sin levantar la vista, en el tono con que se pregunta la hora de un vuelo.

—Para el otro lunes, jefa.

—Bien. —Y siguió a lo suyo.

Candela la miró traducir al madrileño a idioma de cabina y se guardó el comentario.

El reparto de los cuartos no lo decidió nadie: ya venía decidido de antes.

Rocío subió la maleta arriba sin preguntar, volviendo a un sitio que le correspondía; África la siguió con la suya.

Arriba se quedaron las dos, las que se habían ido lejos, las que dormían mejor cerca de una puerta por la que se sale.

Marina bajó su bolsa a uno de los cuartos de abajo sin discutirlo, y a Candela le tocó el otro, el del fondo, y le pareció bien: abajo estaban las que se habían quedado, o las que volvían con el mar a la altura de los pies.

A los catorce años se repartían igual la manta en la playa, cada una en su sitio, sin hablarlo.

Y en el pasillo de abajo había una puerta más.

Cerrada. Con la llave puesta en la cerradura, una llave antigua con un cordón.

El cuarto de Remedios. Pasaron por delante las cuatro, cada una con su carga, y las cuatro leyeron la puerta cerrada de refilón, y ninguna alargó la mano ni dijo «¿y esto?

». Marina apretó el paso un poco. Rocío miró para otro lado con la cara con que se mira otro lado en la tele.

Candela se paró medio segundo, el que tardó en tocarse la muñeca izquierda, la magnolia tatuada, con el pulgar.

La puerta se quedó cerrada. Nadie pidió abrirla.

Había en la casa una habitación a la que no se entraba, y las cuatro lo entendieron sin que nadie lo explicara, que las cosas de Remedios se entendían así, calladas.

Bajó al patio a por la kentia. El patio estaba igual: la cancela de hierro, la parra dando sombra fea, el pozo tapado.

Y a la derecha de la cancela, en fila, los cuatro esquejes de magnolio que Remedios había plantado el año que nacieron.

Candela se acuclilló delante como quien pasa lista.

El de Rocío iba tirando, con dos hojas nuevas de un verde tierno.

El de Marina, fuerte y torcido, empeñado en crecer hacia el lado que no era.

El de África, el más alto de los cuatro, buscando la luz por encima de los otros.

Y el suyo. El cuarto. El que en treinta y cinco años no había echado una flor.

Le miró las hojas —sanas, verdes, ni una plaga— y la yema de la punta, cerrada, apretada, dura, exactamente igual que el verano pasado y que el otro.

No florecía y ya está. Candela sabía de sobra que había plantas que no florecen nunca y no por eso están enfermas; se lo decía a los clientes del vivero con una sonrisa.

A sí misma no se lo terminaba de creer. Le pasó el dedo por la yema, contó las hojas —una, dos, tres, cuatro, cinco, seis—, y se levantó antes de que le diera por contar otra cosa.

Inma llegó a media tarde, cuando el sol ya pegaba de lado y en la cocina se había encendido esa luz amarilla de siempre, la de Remedios, la de acostarse tarde con un libro. Llamó a la cancela con los nudillos aunque estaba abierta.

—No me subo, que estáis con la mudanza y yo estorbo. Vengo a dos cosas nada más.

La primera fue un manojo de llaves en una anilla, que dejó en la mesa de la cocina con un tintineo.

—La de la calle, la de la cancela, la del contador. Y la del cuarto de Remedios. —Esta la separó con dos dedos, sin levantarla del todo—. Esta os la dejo por si un día hace falta entrar a algo. Pero no hace falta hoy. Ni mañana.

Ninguna la cogió. La llave del cordón se quedó sobre la mesa, un poco aparte de las demás.

—Y la segunda. —Inma abrió el bolso y sacó un sobre.

Uno solo. Color crema, cerrado, y en el centro un número uno escrito a mano con aquella letra que se agarraba al renglón con el pulso ya de prestado—.

La primera. Como os dije. Hoy es el veintiuno y hoy os la traigo, que las instrucciones son las instrucciones.

Lo dejó en el centro de la mesa, apoyado en un vaso para que se tuviera derecho, con el uno mirando a las cuatro.

—¿Y ahora qué? —preguntó Marina—. ¿La abrimos?

—Ahora, nada. Ahora la tenéis. —Inma se colgó el bolso—.

Cuándo se abre lo sabréis cuando toque, que Remedios de eso también dejó dicho.

—Fue hacia la cancela y, antes de salir, se volvió—.

No os la comáis con los ojos, que las cartas no se abren mirándolas.

Es su manera de estar en una habitación en la que ya no puede estar. Dadle un rato.

Y se fue calle abajo, saludando a alguien que Candela no vio.

El sobre se quedó en la mesa. Nadie lo tocó. Nadie lo apartó tampoco.

Cenaron tarde, cuando ya no quedaba luz que aprovechar para colocar.

Marina había traído del Espigón una tortilla de patatas todavía tibia, un táper de ensaladilla y medio pan, porque el bar seguía abierto y ella tenía que estar allí a las ocho de la mañana, y porque a Marina darle de comer a la gente era lo que sabía hacer con las manos cuando las manos no sabían qué otra cosa hacer.

Puso la mesa, que a esas alturas se ponía sola: ella de espaldas al fogón, para levantarse a por lo que hiciera falta.

Rocío se sentó de cara a la ventana. África en la esquina.

Y Candela, sin pensarlo, ocupó la silla que daba a la pared, la que no tenía vistas a nada, la de siempre, porque de cara a la pared se cuentan mejor las juntas de los azulejos y no la ve a una nadie contarlas.

Había una silla vacía. La de la cabecera, la que daba a la puerta.

Nadie se sentó en ella y nadie la quitó.

Se apretaron las cuatro en el otro lado de la mesa, hombro con hombro casi, dejando la cabecera sola, y ninguna dijo por qué, porque en aquella cocina la cabecera había tenido dueña cuarenta años y no era cosa de estrenarla la primera noche.

—Está buena la tortilla, Marina —dijo Rocío.

—Poco hecha, como a ti te gustaba. —Marina lo dijo sin pensar, y en cuanto lo dijo se quedó con el tenedor en el aire, sorprendida de acordarse—. Vamos, como te gustaba de cría. A saber ahora.

—Sigue igual.

Comieron. Sonaban los cubiertos, sonaba la nevera, sonaba abajo, muy lejos, el pueblo montando algo en la playa: golpes de martillo, un remolque, voces.

Estaban clavando los palés para las hogueras de San Juan, que era pasado mañana.

Candela lo oía y contaba los golpes sin querer, y se tocaba la muñeca, y partía la ensaladilla en trozos cada vez más chicos sin llevárselos a la boca.

Dos días. Pasado mañana. La yema del esqueje cerrada, seis hojas, las juntas del azulejo —siete de arriba abajo—, el martillo abajo, la silla vacía a su izquierda.

Enumeró para dentro hasta que el pecho se le puso otra vez donde tenía que estar.

—Voy a recoger yo —dijo, y se levantó antes que nadie.

Al rato, Sebas se puso la chaqueta para volverse a casa, porque la condición hablaba de que durmieran ellas, las cuatro, y lo de los maridos nadie lo había preguntado todavía; y porque aquella primera noche era de ellas, eso no hacía falta que lo dejara dicho nadie.

Había subido a echar una mano con las cajas y a traer la cena, y ahora se iba.

Marina lo acompañó a la cancela. No fue una despedida de las que se cuentan: un «hasta mañana en el bar», la mano de él en la nuca de ella, y Marina se quedó dentro, en su cuarto de abajo, la primera de sus noventa y dos.

Tenía el tamaño exacto de una cosa pequeña que todavía no dolía.

Rocío y África salieron un momento a la calle a que se les fuera el polvo de la obra de encima.

Desde la esquina se veía la playa del Chorrillo, allá abajo, y las siluetas de los que armaban las hogueras contra lo último del cielo.

—¿Bajas? —le dijo Rocío desde la cancela—. A estirar las piernas. A ver el mar.

—Ahora salgo —dijo Candela.

No salió. Se quedó en la cocina, secando un vaso que ya estaba seco, oyéndolas bajar la cuesta, y cuando dejó de oírlas se acercó a la ventana pero no la abrió.

Desde allí el mar era una franja oscura sin fondo.

Ella lo miró un ratillo desde dentro, con el vaso en la mano, y luego corrió un poco el visillo, lo justo, y se puso a regar las aromáticas que había dejado en el poyete, una por una, con un chorrito de nada, que a esas horas casi no hace falta pero calma.

Cuando terminó, apagó la luz grande y dejó solo la amarilla.

En la mesa, apoyado en el vaso, con el uno mirando a la cocina vacía, seguía el sobre.

Cerrado. Nadie lo había abierto. Candela se quedó un momento delante, con las llaves a un lado y la del cordón un poco aparte, y pensó que aquella noche empezaba algo y que aquel sobre lo sabía todo y ellas todavía no.

Se fue a la cama sin apagar la luz de la cocina, por si la última en subir la necesitaba.