Capítulo 4
La última noche de feria olía a nardo y a aceite frito de la noche anterior, y Rocío Vargas se lo estaba guardando entero para contarlo luego, aunque todavía no supiera a quién.
Le pasaba desde hacía dos años, desde que Remedios le dijo aquello de que tenía voz de las que se escuchan.
Desde entonces miraba las cosas dos veces: una para vivirlas y otra para ponerles palabras, como si en algún lado hubiera alguien esperando que ella le explicara cómo había sido.
Ahora mismo, por ejemplo, lo habría contado así: la feria de La Almadraba se muere los domingos por la noche, con las bombillas de colores todavía encendidas sobre las casetas medio vacías, el suelo lleno de vasos de plástico y de serrín, y una de Estopa saliendo de un altavoz al que le queda una hora escasa de guerra.
—¡Quilla, que se va a parar la noria contigo dentro y te vas a quedar ahí a vivir!
Marina la esperaba abajo con dos tickets gastados en la mano, la cara colorada de haber estado corriendo y el mandil todavía puesto, porque a Marina el bar de sus padres no se lo quitaba nadie ni en feria: se escapaba un rato, daba una vuelta, y volvía a la caseta a sacar rebujitos antes de que su madre pusiera el grito.
Rocío bajó de la barquilla con las piernas flojas y la risa suelta, y al reírse se le abrió el sur en la boca, esas vocales de La Almadraba que a ella se le escapaban solo cuando no se acordaba de vigilarlas.
—Illa, que subas conmigo, que sola me da yuyu —dijo Candela, tirándole de la manga.
—Contigo no subo, que te pones a contar los tornillos de la noria y me la desgracias.
Candela se rio sin ganas y no lo negó. Contaba cosas cuando se ponía nerviosa —los peldaños, las olas, los farolillos de una guirnalda— y en la feria había mucho que contar, así que llevaba toda la noche con el pulgar frotándose la cara de dentro de la muñeca izquierda, ese tic suyo de cuando algo se le ponía cuesta arriba.
Estaban las cuatro y estaba Nico, que era como decir que estaban las cinco, porque desde que Rocío tenía uso de razón Nico Herrera había sido el quinto lado de una cosa que se empeñaban en llamar cuadrilla.
Diecinueve años, hijo de pescador, con esa manera de estar guapo sin enterarse que a Rocío le parecía casi de mala educación.
Cuando dos discutían, él ponía paz sin que se le notara que la ponía; cuando una se venía abajo, aparecía con un algodón de azúcar del tamaño de una cabeza y el asunto se olvidaba.
Esa noche había llegado tarde y oliendo a barca, a gasoil y a salitre por debajo de la colonia del Mercadona, porque venía de faenar.
—¿Y tú de dónde sales, marinero? —le soltó Marina—. Que hueles a lonja.
—De echar horas, quilla. —Nico se encogió un hombro, sonriendo con media boca—. Que este mes andamos las nasas y yo a partes iguales.
Lo dijo sin peso, con la ligereza de hablar del tiempo.
Rocío se lo quedó mirando más de lo que hacía falta, con esa doble mirada suya, y le vio algo por debajo de la broma: que había dejado a su padre en la caseta de los mayores, sentado con un chato y con esa cara de cansado que Salvador traía últimamente, la de un hombre que hace cuentas por la noche; que Nico le había acercado un plato de pescaíto antes de venirse con ellos y le había dicho algo al oído que hizo reír al viejo; y que ahora estaba aquí, con ellas, quitándole hierro a base de bien.
Rocío no supo ponerle nombre a lo que vio.
Lo archivó, como archivaba todo, para contarlo luego.
Por la caseta de los mayores andaba también Gonzalo, el hermano grande, aunque a la feria de los jóvenes hacía años que no bajaba.
A sus veintidós ya era un hombre de mar de los serios, con unas manos como palas y un hablar corto de tres palabras, y había venido a recoger a su padre para llevárselo a casa antes de que se le echara encima el cansancio.
Al pasar junto a la cuadrilla levantó la barbilla a modo de saludo y siguió andando, como el que ya vive en otra parte.
A Rocío no se le ocurrió ni decirle nada.
Gonzalo Herrera era para ella poco más que eso: el hermano de Nico, el callado, uno de esos mayores que están y no están, y con el que en toda su vida no habría cruzado dos frases seguidas.
Se metieron en los coches de choque, que era lo último que quedaba vivo de la feria. África no quiso subir.
—Id vosotras. Yo os hago la foto.
Sacó su Motorola de tapa, el que le habían traído de fuera y que tenía mejor cámara que ninguno, y les fue haciendo fotos borrosas y con flash para colgarlas al día siguiente en el Tuenti.
Rocío la miró desde el coche, dando vueltas, y pensó que África llevaba toda la feria un pelín en otro sitio, más callada, con la cabeza puesta en un examen.
Sería la Selectividad, se dijo, que la tenían todas encima y a cada una le daba por un lado.
A Rocío le daba por soñar despierta con un sobre que aún no había llegado y con una ciudad que aún no se atrevía a nombrar en alto, ni siquiera para contárselo a nadie.
Y lo dejó ahí, porque el coche de Marina la embistió por detrás y se le fue el pensamiento de un frenazo.
Nico conducía fatal a propósito, chocando con todas para hacerlas gritar, y las cuatro le gritaban y lo perseguían por la pista como si fuera lo más divertido del mundo, que aquella noche lo era.
Rocío lo miró desde su coche, esquivándolo, y pensó que así era la cuadrilla desde siempre: cuatro chicas dando vueltas alrededor del mismo chico, que ni se enteraba, riéndose, sin saber que era el centro de nada.
Le duró el pensamiento lo que tardó Nico en embestirla de lleno y en pedirle perdón sin dejar de reír.
—¡Que es la última, illos, que mañana se lo llevan todo! —gritó Marina por encima del reguetón que había puesto el de la barra, uno de esos de verbena que sonaba en todas partes aquel mayo.
La última siempre sabe distinto. Se bajaron de los coches medio mareados, y la feria empezó a recogerse a su alrededor como se recoge una fiesta: un feriante desmontando una escopeta de perdigones, las bombillas apagándose por tramos, un padre cargando en brazos a un crío dormido con una espada de plástico en la mano.
Candela dijo que se iba, que su madre. África dijo que también, y que ya subían la cuesta juntas.
Marina tenía que ayudar a recoger la caseta.
Y así, sin que nadie lo decidiera, la cuadrilla se fue deshaciendo en la esquina del real, y Rocío se encontró de pronto con que solo quedaban ella y Nico y el ruido lejano del último altavoz.
—Ven, que te enseño una cosa —dijo él.
La llevó por detrás de las casetas, a la parte de atrás, donde estaban los generadores y las neveras vacías y los palés, ese revés de la feria que nadie mira, oscuro y sin música, con olor a cable caliente.
No había un alma. Nico se sacó del bolsillo el MP3, uno pequeño con la carcasa arañada, y le tendió un auricular.
—Escucha esta, que la he grabado para ti. Bueno, para… la he grabado.
Se puso él el otro. Se quedaron los dos muy juntos por fuerza, atados por un cable de medio metro, y empezó a sonar una de Melendi bajita, con el hilo de música de la feria colándose por debajo.
Rocío miró el auricular, miró a Nico, y por primera vez en la vida no supo qué contar de lo que estaba pasando, porque lo que estaba pasando le estaba pasando a ella.
—Nico.
—¿Qué.
—Que si me vas a besar, bésame ya, que se va a acabar la canción.
Se rio él, sorprendido, con esa risa suya de crío bueno, y le puso una mano en la cara. Con el pulgar le rozó sin querer la cicatriz de la ceja, la de la bici, la que Rocío llevaba desde los ocho años y que se tapaba en las fotos.
—¿Esto de qué es?
—De una cuesta y un empujón. Ahora bésame.
Y la besó. Fue un beso de los primeros, torpe y despacio, con sabor a rebujito y a azúcar, y a Rocío no se le detuvo el tiempo ni le pasó nada de lo que dicen las canciones que pasa: le pasó una cosa más pequeña y más suya, que fue darse cuenta de que llevaba mirando a Nico dos veces desde hacía mucho más tiempo del que había querido reconocerse.
La canción se acabó, y ni la oyeron acabarse.
Se separaron. El auricular se le cayó a ella y se quedó colgando.
—Qué fuerte —dijo Rocío, que fue lo único que le salió, y se pasó la mano por el pelo, y se miró de refilón en la pantalla apagada del móvil sin verse.
—Ya ves. —Nico se pasó el mismo pelo, en el mismo sitio, como si se les hubiera pegado el gesto—. Oye. Ro.
—¿Qué.
—Esto… —Se quedó buscando la palabra. Miró hacia las casetas, hacia donde antes estaban las otras—. Que no lo digamos todavía. A las chicas.
Y ahí a Rocío se le enfrió un poco el algodón de azúcar por dentro, porque era exactamente lo que ella estaba pensando y le dio miedo que él lo pensara igual de rápido.
No era vergüenza. Era otra cosa. Era que las cuatro eran cuatro por Nico tanto como por ellas mismas; que estaban todas un poquito enamoradas de él desde los catorce años, cada una a su manera y ninguna en serio, o eso creía Rocío; que aquello era el aire que respiraba la cuadrilla, y que si ella lo tocaba, si de repente Nico era suyo y no de las cinco, algo se descolocaba y a lo mejor no volvía a colocarse.
—Si se sabe, cambia todo —dijo ella, y no era una pregunta.
—Cambia. —Nico asintió, serio de golpe, y luego le volvió la media sonrisa—. Pero cambia igual sabiéndolo. Solo que más despacio.
—Pues más despacio. —Rocío le tendió el auricular caído, para tener algo que hacer con las manos—. Nuestro. De momento.
—Nuestro.
Subieron la cuesta separados un palmo, por si acaso, aunque no había nadie, riéndose bajito de que no había nadie.
En la esquina de la plaza se despidieron con el «hasta mañana, illo» de siempre, de mentira, y Rocío siguió sola calle Magnolia arriba con el secreto puesto por dentro, una cosa que todavía no se había estrenado.
Pasó por delante del número siete. La casa de Remedios estaba a oscuras menos la ventana de la cocina, con esa luz amarilla de la maestra que se acostaba tarde.
En el patio, a la derecha de la cancela, se veían en fila los cuatro esquejes de magnolio que Remedios había plantado el año que nacieron, uno por cada una, cuando las cuatro no levantaban un palmo del suelo.
Los tenía numerados en su cabeza como los alumnos en una lista.
El de Rocío iba tirando. El de Marina estaba fuerte y torcido.
El de África era el más alto. El de Candela seguía sin echar una flor, año tras año, y Remedios decía que ya la echaría, que las cosas vivas tienen cada una su reloj, y a nadie le parecía todavía otra cosa que un esqueje con menos suerte que los demás.
Por encima de todos, viejo como la calle, el magnolio grande abría en mayo sus flores blancas del tamaño de un plato, y olía a esa hora a limón y a cera, un olor espeso y bueno que se bebía el de la feria y el de la barca y todos los demás.
Rocío se paró debajo. Se tocó los labios con dos dedos, comprobando que aquello había pasado de verdad.
Y se subió a casa a acostarse sin sueño ninguno, con diecisiete años, una feria que se apagaba a su espalda y, por primera vez, una noticia grande que era solo suya y que no pensaba dar.