Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 3
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Capítulo 3

El vuelo de Bruselas salía a las siete menos cuarto, y África Soler lo había cogido no porque fuera el mejor, sino porque era el que la dejaba en La Almadraba con el tiempo justo para no tener tiempo de pensar.

Calcular la llegada al minuto y no al día era una manera de viajar que se había enseñado sola.

Había aterrizado en Sevilla a las diez menos cuarto, había cogido un taxi, y ahora se bajaba en la plaza de siempre a las doce menos diez, con el motor todavía caliente y una vida entera pendiente de que un desconocido le diera el cambio.

—Aquí mismo, gracias.

Lo dijo en un español liso, de ninguna parte, el mismo con el que pedía un café en cualquier aeropuerto del mundo.

El taxista, que era de Chiclana y llevaba media hora hablándole del levante que venía, la miró por el retrovisor con esa curiosidad sin preguntas que despierta la que vuelve al pueblo.

En Bruselas era madame Soler y una cabina.

Aquí, en la plaza, volvía a ser el nombre entero, la Soler, la de Remedios.

Y Remedios era la única persona que quedaba en el mundo que sabía decir ese nombre: con las dos aes del final abiertas, arrastradas, no la «Áfrika» plana y correcta de las cabinas.

Se le había muerto, entre otras cosas, la única boca que la pronunciaba bien.

La notaría de Inma Gallardo ocupaba los bajos de una casa de la plaza, a dos puertas del Espigón, con una placa de latón que alguien sacaba brillo los jueves y una maceta de gitanillas en la ventana.

África llegó la primera, o eso creyó, hasta que vio el SEAT verde de Candela aparcado de cualquier manera contra el bordillo, con dos ruedas encima de la acera, como aparca la gente que ha venido de lejos con el estómago cerrado.

De Jerez había hasta allí una hora larga.

Candela la había hecho, entonces. Ya era algo.

Dentro olía a papel y a ambientador de vainilla, el olor de los sitios donde a la gente le pasan las cosas importantes sentada en sillas incómodas.

Una chica joven las hizo pasar a un despacho pequeño, con una mesa de reuniones que se comía casi todo el cuarto y cuatro sillas de un lado y una del otro.

Cuatro y una. Alguien había contado las sillas de antemano.

Ya estaban las otras tres.

Y aquí estaba lo nuevo, lo que en dieciocho años no había vuelto a pasar: no había mar por medio, ni un cementerio, ni la barra de un bar con su metro de trinchera.

Había una habitación de doce metros cuadrados y las cuatro dentro, respirándose.

En el entierro habían podido repartirse por el cementerio, cada una en su esquina, sin rozarse.

Aquí no cabía. Marina estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la cara de quien ha cerrado el bar a mediodía y está calculando lo que pierde.

Rocío se había sentado ya, muy derecha, con unas gafas dobladas en la mano y esa quietud de plató que África le había visto por la tele sin saber nunca si estaba mirando a su amiga o a una presentadora.

Había subido a Madrid el domingo, después del entierro, y había vuelto a bajar para esto; se le notaba el viaje en los ojos.

Candela ocupaba la punta, la silla más pegada a la pared, contando algo con el pulgar sobre la muñeca tatuada.

—Sentaos, sentaos, mis niñas. —Inma entró con una carpeta y un vaso de agua, cerró la puerta y el cuarto se hizo aún más chico—. Sé que estáis todas con prisa por iros, así que no os robo más de la cuenta.

Se sentó en la silla sola, la de enfrente.

Cincuenta y cinco años, gafas colgando de una cadenita, las dos manos encima de la carpeta, sujetándola por si se le escapaba.

África la conocía de siempre y la había oído tres días antes en el entierro repartir pésames con la delicadeza de quien está acostumbrada a dar recados que pesan.

Ahora tenía otra cara. La cara de la que va a leer.

—Esto es el testamento de Remedios Alcántara Ponce —dijo—.

Yo os lo voy a explicar en cristiano, porque en notario no lo entendería ni ella, que fue maestra cuarenta años.

Pero que conste que está todo en regla, firmado y con dos testigos, y que Remedios vino a firmarlo en marzo por su pie, con la cabeza más clara que la mía. Que luego se dice.

África se recolocó el reloj en la muñeca sin darse cuenta. Lo hacía siempre antes de las reuniones que importaban, ese gesto de ajustar una correa que no estaba floja.

—La casa del número siete —siguió Inma— es para vosotras cuatro. Para las cuatro por igual, una cuarta parte cada una, sin distinción.

Ninguna contestó. Fue un silencio raro, de gente que esperaba cualquier cosa menos que le regalaran una casa. Marina descruzó los brazos y volvió a cruzarlos.

—Pero. —Inma levantó un dedo, y África supo que ese «pero» era el capítulo entero—. Hay una condición. Y os la leo tal cual la dejó ella, que para eso se molestó en dictármela palabra por palabra.

Se puso las gafas. Bajó la vista al papel.

—«La casa del número siete de la calle Magnolia será de las cuatro a condición de que vivan juntas en ella, las cuatro, desde el veintiuno de junio hasta el veintiuno de septiembre de este año.

Durmiendo dentro. Las noventa y dos noches.

» —Levantó la vista un segundo, por encima de las gafas, y volvió a bajarla—.

«Si una sola falta, aunque sea una noche, aunque sea la última, la casa se vende y se reparte el dinero.

No hay medias tintas. O las cuatro, o ninguna. »

Noventa y dos noches. África hizo la cuenta antes de decidir hacerla, porque los números se le adelantaban siempre a la voluntad: del veintiuno de junio al veintiuno de septiembre, un verano exacto, medido como se mide una condena o una convalecencia.

—¿Y si no? —Fue Rocío la que preguntó, con esa voz suya que daba las malas noticias sin que se le temblara—. Si no vivimos ahí. ¿Qué pasa con la casa?

Inma dejó el papel. Cogió el vaso de agua, bebió un sorbo que no tenía sed de beber, y lo dejó en el mismo redondel húmedo de donde lo había cogido.

—Que se vende. Y hay comprador. —Sacó de la carpeta un folio con un membrete azul, muy limpio, de esos que se imprimen para dar confianza—.

Una promotora. Azahar Costa, sociedad limitada.

Llevan un año detrás del número siete y de las dos casas de al lado; quieren hacer apartamentos con vistas al puerto, lo que ellos llaman «un producto de costa».

Han dejado una oferta por escrito, esperando.

Muy educada. Muy alta. —Dobló el folio otra vez, como si el papel oliera a algo—.

De las ofertas que se hacen sabiendo que la otra parte está de luto.

Nadie tocó el membrete azul. Se quedó en el centro de la mesa, entre las cuatro, y a África le pareció el objeto más frío de la habitación.

Sabía leer una amenaza escrita en el idioma en que se disfraza de oportunidad.

«Un producto de costa» quería decir tirar el magnolio. Eso quería decir, aunque no lo pusiera.

—Ahora lo bueno, que también lo hay. —Inma se quitó las gafas—.

Remedios no os deja una casa y un problema y hala, apáñense.

Dejó dinero para todo. Un fondo, que administro yo.

La obra que hay empezada arriba, en la azotea y las vigas, está pagada; el arquitecto cobra de ahí y no de vuestro bolsillo.

Y hay para los gastos del verano, y para…

—hizo una pausa mínima, y África, que vivía de las pausas mínimas, la oyó entera— para lo que a cada una le haga falta, que ella dejó dicho el qué, pero eso es harina de otro costal.

Lo dejó todo pagado y atado. Como ella era.

Marina se había quedado mirando la carpeta.

África la tradujo sin esfuerzo: Marina estaba pensando en el Espigón, en unos números que a saber cuántas noches le quitaban el sueño, en la palabra «fondo» dicha por una notaria en un despacho.

No dijo nada. Descruzó los brazos otra vez, y esta vez ya no los volvió a cruzar.

—Y luego están estas.

Inma abrió la carpeta del todo y sacó, con las dos manos, cuatro sobres.

Los puso sobre la mesa en fila, uno al lado de otro, y África dejó de traducir nada, porque a veces una cosa se ve antes de poder decirse en ningún idioma.

Eran cuatro sobres de color crema, cerrados, y en cada uno había un número escrito a mano, del uno al cuatro, con una letra que se reconocía de lejos.

La letra de Remedios. Pero no la letra de las libretas y las pizarras y las felicitaciones de Navidad de toda la vida, aquella caligrafía de maestra que ponía firmes a las palabras.

Era la misma letra vencida, temblando, agarrada al renglón con el poco pulso que le quedaba.

África miró el número que le tocara —no supo cuál, no quiso saberlo todavía— y pensó en las manos que habían hecho esos trazos, y en todo lo que esas manos habían sabido guardar durante años sin que se les cayera nada.

Remedios había sido siempre así: un sitio donde las cosas estaban seguras.

Bajó la vista antes de que se le notara en la cara que a ella aquellos sobres le pesaban más que a las otras, y por qué. Eso no era de este cuarto.

—Son para vosotras. Una para cada una. —Inma volvió a poner las manos encima, tapándolas—. Pero no os las doy hoy.

—¿Cómo que no? —Marina, por fin.

—Como que no. —Inma lo dijo con una dulzura que no admitía discusión, la de las maestras y las notarias, que a fin de cuentas son el mismo oficio—.

Yo os las enseño, para que sepáis que existen y que son de su puño.

Pero las guardo yo. Estas eran sus instrucciones, y a Remedios las instrucciones se le cumplen aunque esté criando malvas, que si no, es capaz de venir a tirarme de los pies.

—Ni una sonrisa se movió en el cuarto, pero el aire respiró un dedo—.

La número uno os la entrego el día que os mudéis.

El veintiuno. Y a partir de ahí, cada una en su momento: la siguiente no sale de mi cajón hasta que la de antes se haya cumplido.

—¿Cumplido cómo? —África habló por primera vez, y notó su propia voz salir neutra, de cabina, sin una gota de la música que aquella mujer sabía ponerle al nombre—. ¿Quién dice cuándo una carta se ha cumplido?

Inma la miró. Le sostuvo la mirada más de la cuenta, de mujer mayor a mujer que se fue muy lejos.

—Yo, hija. Lo dice ella y lo juzgo yo. Para eso me nombró a mí, que la conozco desde que erais unas crías colgadas de su falda.

—Volvió a guardar los sobres en la carpeta, despacio, uno por uno—.

No penséis que es un capricho. Es la manera que encontró de estar en una habitación en la que ya no puede estar.

Se hizo un silencio distinto. No el de la frialdad, sino el de cuatro personas que empiezan a entender, cada una por su cuenta, el tamaño de lo que les están poniendo delante.

—Yo no puedo. —Rocío lo dijo primero, deprisa, cerrando la escaleta antes de que la abrieran—. Tengo un informativo. Once temporadas. No se para un directo tres meses porque a alguien le dé por… —dejó la frase sin terminar, y la manera de dejarla dijo más que si la termina.

—Yo tengo el bar —dijo Marina—. Yo no cierro el Espigón un verano ni aunque me lo pida el Papa.

—Yo vivo en Bruselas —dijo África, y oyó la palabra salir de su boca como una llave que abría siempre la misma puerta, la de irse—. Tengo un contrato. Trabajo.

Y no dijo lo otro, lo que llevaba dos meses sin decir en voz alta: que en un cajón del ordenador había un formulario de excedencia empezado y sin enviar, con su nombre bien escrito y la fecha en blanco. Eso tampoco era de este cuarto.

Candela no dijo su excusa. Candela era la que menos podía, la que tenía un vivero que atender y unas rutinas que no aguantaban tres meses fuera de sitio, y sin embargo fue la única que no puso ninguna sobre la mesa.

Se quedó mirando la carpeta cerrada donde acababan de guardar los cuatro sobres, con el pulgar quieto por primera vez, y a África se le ocurrió que Candela ya sabía, como lo sabían todas por debajo de las excusas, que a Remedios no se le decía que no. Ni en vida. Mucho menos ahora.

—Antes de que sigáis. —Inma juntó las manos sobre la carpeta—.

Os voy a decir una cosa que no debería, siendo yo quien soy, pero os la digo porque os quiero.

Esta condición, la de vivir juntas o vender…

jurídicamente es discutible. Vamos, que si alguna de vosotras cogiera un abogado de los buenos, es muy posible que la tumbara, y os quedarais la casa las cuatro sin tener que dormir en ella ni una noche.

—Las miró de una en una, sin prisa—. Podríais impugnarla.

Está en vuestro derecho. —Cerró la carpeta—.

Pero ninguna lo va a hacer. Y las cuatro sabéis por qué mejor que yo.

Nadie la contradijo. Ese fue el momento en que a África se le cayó del todo la idea de que aquello se pudiera arreglar con un billete de vuelta.

Inma se levantó, dio por terminada la reunión con la naturalidad de quien lleva toda la vida dando por terminadas las cosas, y abrió la carpeta una última vez. Sacó los cuatro sobres y los volvió a poner en fila sobre la mesa, del uno al cuatro, con la letra temblona hacia arriba.

—Miradlos bien, que no os los vais a llevar.

—Puso la mano abierta al lado, sin tocarlos—.

Estarán aquí, en mi cajón, esperándoos. Tenéis hasta el veintiuno para decidir si venís a por la primera.

—Fue hacia la puerta y la abrió, y entró de la calle un ruido de plaza, de gente, de un pueblo que seguía a lo suyo—.

Ni un día más, mis niñas. Ella lo dejó dicho: el veintiuno, o nunca.