Capítulo 2
A las doce en punto, cuando el cura llegó al «descanse en paz», Marina Quintero ya había echado la cuenta de la gente que subiría después al Espigón, y le salían más de cien.
Era más fuerte que la pena. Los ojos se le iban solos por encima de las cabezas, contando, pasando a cada uno por caja como si en lugar de en un entierro estuvieran a la puerta del bar un domingo de agosto.
Estaba el pueblo entero y dos filas de antiguos alumnos que habían venido de Cádiz y de Chiclana con la corbata que solo se sacan para esto.
Estaban el alcalde, y las maestras nuevas que no la conocieron y fueron igual, y hasta el de la ONCE, que había cerrado el cupón.
A una maestra jubilada hacía treinta años la enterraba el pueblo en pleno.
Remedios habría hecho un chiste con eso.
Habría dicho que menudo lleno, y que a ver si iba a ir la gente a clase así de puntual.
Marina bajó la vista al suelo de albero.
El cementerio de La Almadraba está en lo alto, entre chumberas, con el mar al fondo haciendo lo que hace el mar los días que no le importas nada: brillar como un plato recién fregado.
Hacía un calor de mayo tonto, sin criterio, de esos que no saben leer la ocasión.
Y allí, sin buscarlas, las encontró a las cuatro.
No juntas. Esa era toda la historia, resumida en la forma de estar de pie.
Estaban las cuatro bajo el mismo cielo por primera vez en dieciocho años, y se habían colocado a propósito, decididas de antemano a no coincidir: una en cada punta del duelo, con más metros entre ellas de los que cabían en aquel cementerio.
Rocío había llegado la última, en un Audi blanco que dejó torcido en la cuneta, con unas gafas de sol grandes y el paso rápido de quien tiene ya metido en la cabeza el viaje de vuelta.
Se puso en la fila de atrás, al lado de Mercedes, su madre, que había subido de Jerez.
Se dieron dos besos y un apretón de manos corto, esa manera de tocarse de las que solo se ven una vez al año.
Marina las miró y pensó, como piensa quien lleva la contabilidad de un pueblo, que entre aquella madre y aquella hija había una cuenta vieja sin saldar, y que llevaba abierta lo mismo que Rocío llevaba sin bajar: dieciocho años.
África estaba al otro lado, altísima, con el pelo cobrizo recogido y un vestido negro que no se compra en La Almadraba.
Miraba el ataúd con una compostura rara, la de quien ha aprendido a estar en los sitios sin estar del todo.
Cuando le tocó acercarse a Pepa a darle el pésame, Marina le leyó los labios: dijo «lo siento mucho» con un español liso, sin música, un español de aeropuerto que no era de ninguna parte.
A la niña que se sabía de memoria se le había borrado el sur de la boca.
Y Candela. Candela estaba pegada al muro del fondo, la más lejos de todo, menuda, con el pelo negro cortado a lo bruto y una rebeca abrochada con el calor que hacía.
Tenía la vista baja y los labios se le movían apenas, contando algo —las juntas del suelo, las chumberas, lo que fuera—, y con el pulgar de la mano izquierda se frotaba despacio la muñeca, esa flor pequeña que llevaba tatuada allí desde hacía años.
De cara al muro, por no tener el mar delante.
A Pepa la habían sentado en la primera fila, en una silla de anea que le sacó una vecina, porque a Pepa en los entierros se la sienta desde hace dieciocho años, desde que enterró a un hijo de diecinueve en aquel mismo cementerio.
La habían puesto de cara a la tumba y de espaldas al mar, y ella se dejó poner así, obediente, igual que todos estos años.
A mitad del responso, cuando el cura se enredó en una frase larga y le salió mal la concordancia, a Pepa se le escapó una risa por lo bajo, con el pañuelo apretado contra la boca.
Marina la oyó y supo de qué se reía: Remedios le habría puesto un cero al cura por esa frase, y a la salida se lo habría dicho.
Nadie se escandalizó. En La Almadraba se sabe que la risa en un entierro es la pena buscando la puerta de atrás.
Detrás de Marina, dos señoras de la pescadería llevaban un rato haciendo lo que mejor se hace en los entierros de pueblo, que es el recuento. Una le dio con el codo a la otra.
—Mira. Han venido las cuatro.
—Las cuatro, sí. Anda que no ha llovido.
—Las chicas del siete. Fíjate cómo están, ni se hablan. Con lo unidas que iban.
—Un cuerpo con cuatro cabezas eran, aquellas crías. Cosas de la vida.
Marina no se volvió. El pueblo las seguía llamando «las chicas del 7» aunque en el número 7 ya no viviera ninguna, aunque del siete no quedara más que el magnolio de la puerta y una casa cerrada con la maestra dentro de una caja. Los motes de pueblo son como el luto: duran mucho más que su motivo.
Se escabulló antes del último responso, como habían quedado, porque alguien tenía que ir abriendo el bar y ese alguien era siempre ella.
Bajó la cuesta del cementerio a paso vivo, con los zapatos buenos que le hacían daño, y por el camino le vino Remedios sin avisar, como vienen los muertos los primeros días, por la puerta de servicio.
Remedios en el taburete de la esquina cada mañana, con su cortado templado, dándole los buenos días y el parte del pueblo.
Remedios, que cuando Marina se quedó con el Espigón le dijo que un bar no es de quien lo paga sino de quien lo aguanta, y que ella lo iba a aguantar de sobra.
Marina se pasó el dorso de la mano por la cara una vez, deprisa, y siguió bajando.
Ya lloraría cuando cerrara. Llorar era otra cosa que se podía dejar apuntada para luego.
El Espigón se llenó a la una y media, de esa gente que en los duelos no tiene hambre pero necesita las manos ocupadas en algo, aunque sea en un vaso.
Marina se puso detrás de la barra, que era su sitio y su trinchera, el metro cuadrado desde el que había aprendido a plantar cara a cualquier desgracia sin que se le notara por fuera.
Sebas se metió en la cocina sin que hubiera que decirle nada.
Empezaron a salir tortillas de la plancha, montaditos, cafés y más cafés, y Marina fue repartiendo con la cabeza puesta en las comandas para tenerla puesta en algo.
Trabajar para no pensar. Era un truco viejo y le seguía funcionando.
No cobró. No cobró un café en toda la tarde, ni una caña, ni un mal montadito, y cuando la del estanco le quiso dejar unas monedas encima de la barra, Marina se las devolvió al bolso casi de un manotazo.
Hay días en que cobrar es como pasarle la cuenta a la pena, y en la contabilidad particular de Marina esos días se pagaban de su bolsillo y punto.
Remedios había fiado media calle Magnolia durante cuarenta años.
Por una tarde que fiara ella el pueblo entero, no se iba a arruinar.
Gonzalo Herrera llegó con la niña de la mano.
Cuarenta años, las manos grandes de patrón, la corbata negra que le quedaba de prestado en un cuerpo hecho para el hule.
Lucía, nueve, con un vestido de los domingos y un aburrimiento de entierro que no sabía dónde meter.
Se subió a un taburete y pidió, muy seria, una Fanta de naranja y un plato de esas patatas de bolsa que ponía Sebas.
Marina se la puso, le echó las patatas en un cuenco como a los clientes buenos, y tampoco le cobró, claro.
A los nueve años, un entierro es sobre todo una tarde larguísima de estar callado, y bastante castigo era ya.
—Gracias, Marina —dijo Gonzalo, con esa voz suya de pocas palabras, y se apoyó en la punta de la barra a tomarse un café que tampoco quería.
Fue entonces cuando entró Rocío. Se había quitado las gafas de sol y traía la cara de sostenerse que Marina le conocía de la televisión, la de aguantar el tipo delante de dos millones de personas.
Buscó a Inma con la mirada, y en el camino, sin querer, se le cruzó con la de Gonzalo.
Un segundo. Puede que dos. Él bajó la vista al café.
Ella la apartó con oficio, como quien da paso a otra cámara.
No se saludaron. Casi no se conocían: él era el hermano mayor, el que ya faenaba cuando ellas eran unas crías.
Y sin embargo Marina, que estaba en medio con la jarra del café en la mano, notó que por encima de la barra acababa de pasar algo que pesaba más de lo que se veía.
Lo notó y lo dejó pasar. Bastantes cuentas ajenas llevaba en la cabeza como para abrir otra.
Candela se había sentado en la mesa del rincón, la de más adentro, la única desde la que no se ve el trozo de mar que se cuela por la puerta entre los toldos.
Tenía un vaso de agua sin tocar y las dos manos alrededor, y de vez en cuando Marina la veía mover los labios sobre el borde del vaso, contando por lo bajo, o rezando, que de lejos era lo mismo.
Ninguna de las cuatro cruzó los pocos metros que la separaban de las otras.
Se saludaban de refilón, con la barbilla, y hasta ahí.
Lo que se había roto aquel verano no se arreglaba con un pésame, y las cuatro lo sabían.
África pasó un momento por la barra a pedir agua con gas, si había, y la pidió en aquel español limpio de todo, tan correcto que raspaba. Marina se la puso y no le apartó la vista enseguida.
—Bien lejos te has ido, hija.
—Bruselas —dijo África, como si el nombre lo explicara todo. Y a lo mejor lo explicaba.
En un respiro, cuando el bar bajó de ruido, Sebas salió de la cocina secándose las manos en el mandil y se puso detrás de ella. Le rozó la espalda con la mano, a la altura de los riñones, un roce de trece años de barra compartida.
—¿Has comido algo? —dijo bajito, para ella sola.
—Luego.
—Marina.
—Que luego, Sebas. —Cogió la bayeta y le pasó a la barra un repaso que la barra no necesitaba, porque estaba seca y limpia. La pasó igual, dos veces, por el mismo sitio—. Cuando se vaya la gente.
Sebas se quedó un momento detrás de ella, sin insistir.
Él le miró la nuca; ella miró la barra limpia; y en el medio metro que no cruzaron cabía un matrimonio entero.
Después Sebas volvió a la plancha, porque las tortillas no se hacían solas y porque hacía años que tenía aprendido en qué puertas de Marina no se llama dos veces.
A media tarde, cuando la cosa empezó a aclararse y el pueblo fue soltando el «hala, os dejo, mucho ánimo» de rigor, Inma Gallardo se acercó a la barra con el bolso agarrado con las dos manos, un recado que pesa.
—Marina, mi vida. —Bajó la voz—. ¿Puedes decirles a las otras tres, ya que a ti te hacen caso, que el viernes que viene os espero a las cuatro en la notaría?
El día cinco, a las doce. Es una cosa de Remedios.
—Y, antes de que Marina abriera la boca—: No preguntes, que aquí no te voy a contar nada.
Ella lo dejó todo dicho y bien atado, que ya la conocías. Solo que estéis las cuatro.
—Las cuatro —repitió Marina.
—Las cuatro. —Inma le apretó la mano sobre la barra, la soltó y se fue a dar el pésame a Pepa.
Marina miró el bar. En una punta, Rocío con su madre, mirando el reloj.
En un rincón, Candela contando el borde de un vaso.
En la barra, África con su agua con gas y su español de ninguna parte.
Las cuatro en la misma sala y en cuatro provincias distintas.
Cómo iba ella a juntar el viernes lo que llevaba desde aquel verano sin dejarse juntar, no tenía ni idea.
Pero dijo que sí con la cabeza, para dentro, porque a Remedios tampoco se le decía que no. Ni muerta.
Se hizo de noche y el bar se fue quedando en los huesos. Sebas fregó la plancha, colgó el mandil y le dijo que subía a por pan para el día siguiente, y le puso en la frente uno de esos besos que ya no se preguntan. Marina se quedó sola, que era como mejor sabía estar cuando había mucho que sentir.
Abrió la caja. La contó. Cero. Un día entero de bar, más de cien personas, y en el cajón lo mismo que había puesto ella por la mañana. Se quedó mirando aquel cero un buen rato, y fue lo más parecido a rezar que hizo en toda la jornada.
Luego, sin pensarlo, por pura costumbre de las manos, cogió un vaso pequeño y empezó a hacer un cortado.
Templado, corto, sin quemar, como lo tomaba Remedios cada mañana en el taburete de la esquina, el del ventanal, desde el que vigilaba la plaza y le iba diciendo a Marina quién pasaba y por qué.
Lo tenía casi hecho cuando se acordó de que ya no había para quién.
No lo tiró. Lo dejó en la barra, en su sitio de siempre, junto al taburete vacío. Apagó las luces menos la de encima de la caja. Y se quedó de pie en su trinchera, mirando cómo al cortado se le iba el humo despacio en el bar a oscuras, hasta quedarse tan templado como a ella le gustaba.