Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 1
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Capítulo 1

Faltaban treinta segundos para el directo y Rocío Vargas se estaba retocando para nadie.

No hacía falta. La maquilladora la había dejado impecable hacía diez minutos, con esa piel de plató que no es una cara sino una superficie, algo pensado para que la luz resbale y no se enganche en ninguna arruga.

Aun así, Rocío se pasó el meñique por la comisura del labio, se colocó un mechón que ya estaba colocado y bajó la vista un segundo hacia la cicatriz de la ceja izquierda, esa que llevaba desde los ocho años, desde una bici y una cuesta y un verano que ya no visitaba.

El corrector la tapaba entera. En pantalla no existía. Fuera de pantalla tampoco, últimamente.

—Diez segundos, Rocío. —La voz de Quique le entró por el pinganillo, tranquila, de realizador que lleva veinte años contando hacia atrás sin equivocarse—.

Abrimos con el incendio de Vallecas, luego pleno del Ayuntamiento y a la vuelta de publicidad el tiempo.

Sonríe menos en la primera, que es un muerto.

—Recibido.

La luz roja de la cámara uno se encendió sin ceremonia, seca, y Rocío hizo lo que sabía hacer mejor que nada en el mundo: convertirse en la persona que la miraba desde dos millones de salones.

—Muy buenas noches. Un incendio en un edificio de Vallecas ha obligado esta tarde a desalojar a más de sesenta vecinos.

La escaleta corría por el teleprompter a la velocidad exacta, y ella la seguía sin adelantarse ni quedarse atrás, dándole a cada noticia el peso que le tocaba en el minutado, ni un gramo más.

Once años dando las noches del informativo autonómico habían hecho de Rocío un instrumento afinado.

Sabía cuándo bajar medio tono. Sabía mirar a cámara con cariño de toda la vida a gente que no conocía de nada.

Sabía dar paso a un compañero en la calle y recoger el guante sin que se notara la costura.

Lo hacía en piloto automático, y el piloto automático era bueno, tan bueno que a veces, en mitad de una frase sobre el precio del alquiler, se descubría pensando en si quedaba leche en la nevera y no se le movía ni un músculo de la cara.

Esa noche todo salió redondo. El incendio, sobrio.

El pleno, ágil. El del tiempo, un teleñeco simpático que anunciaba una ola de calor para el fin de semana y bromeaba con lo de sacar el ventilador del trastero.

Rocío le rio la gracia en su justa medida, dio las buenas noches, mantuvo la sonrisa los tres segundos reglamentarios que dura la careta de cierre y, cuando el piloto de la cámara se apagó, la sonrisa se apagó con él, a la vez, como si las dos cosas estuvieran enchufadas al mismo interruptor.

—Muy bien, chicos. Buen finde. —Quique, otra vez, ya con voz de viernes.

Rocío se quitó el pinganillo, dejó los folios que no había mirado porque los folios eran atrezo, y bajó del plató a esa penumbra de detrás del decorado donde el mundo vuelve a tener enchufes a la vista y cables con cinta americana.

En el móvil, sobre la mesa de maquillaje, dos avisos.

Uno de Íñigo: «Ceno algo por aquí, tú tranquila.

Hay salmón en la nevera». El otro, una llamada perdida de un número que no tenía guardado, con prefijo de Cádiz.

Se quedó mirando el prefijo más tiempo del que hacía falta. 956. Se lo sabía sin querer, entero y de golpe: la letra de una canción que no cantas en años y que te sale sola.

El teléfono volvió a sonar en su mano. El mismo número.

—¿Sí?

—¿Rocío? ¿Rocío Vargas? —Una voz de mujer mayor, educada, con la música del sur puesta muy baja, una radio encendida en la habitación de al lado—.

Perdona que te llame a estas horas, hija.

Te he visto ahora mismo dando las noticias y me he dicho: pues si está ahí, es que está bien.

Soy Inma. Inma Gallardo, la notaria de La Almadraba.

La Almadraba.

Alguien, en algún sitio de Rocío, apagó el sonido de la sala. Los cables, las risas de dos compañeros junto a la máquina de café, el zumbido de los focos enfriándose: todo bajó de volumen a la vez, como cuando en el control mezclan el ambiente para dejar oír solo una voz.

—Sí —dijo, y notó que la palabra le salía con el oficio puesto, redonda, de presentadora—. Dígame.

—Mira, mi vida, no hay manera buena de decir esto, así que te lo digo sin rodeos.

Remedios nos ha dejado. Remedios Alcántara.

Ayer por la tarde, en el hospital de Cádiz.

Se apagó sin ruido, que ella todo lo hacía sin ruido menos regañar.

Ochenta y tres años tenía. —Una pausa breve, de las que se dejan para que el otro coja aire—.

El entierro es mañana, a las doce, en La Almadraba.

He pensado que tenías que saberlo tú también.

Rocío escuchó. Y mientras escuchaba, hizo lo que había hecho toda la vida delante de una cámara con una noticia mala en la mano: se mantuvo.

Preguntó lo que se pregunta. A qué hora.

Dónde. Si había sufrido —no, dijo Inma, se fue en una tarde, dormida—.

Le dio las gracias por llamar con las palabras correctas y en el orden correcto, y hasta se oyó a sí misma decir «cuánto lo siento» con esa entonación de condolencia profesional que le había servido para presentar mil sucesos ajenos.

La notaria, al otro lado, hablaba pausado, con la delicadeza de quien está acostumbrada a dar recados que pesan.

—Una cosa más, hija, pero esto ya lo hablaremos con calma, que no es de teléfono. Remedios dejó algo dicho. Para vosotras cuatro. —Inma bajó todavía más la voz—. No te adelanto nada. Ven mañana, despedidla, y ya habrá tiempo.

—Claro —dijo Rocío—. Gracias, Inma. De verdad.

—A ti, mi niña. Descansa.

Y colgó.

Mi niña.

Así la llamaba Remedios. Igual, con esas dos palabras que en su boca no eran un adorno sino un título, algo que te daba y que ya no te quitaba nadie.

«A ver, mi niña, ¿eso es una nota de Selectividad o una excusa?

». «Mi niña, léeme esto en alto, que se te va la voz al final y a la gente hay que dejarla en el sitio.

» Fue Remedios la que le dijo, a los quince años, con una redacción temblona en la mano, que ella tenía voz de las que se escuchan.

La maestra jubilada del número 7 de la calle Magnolia.

La que les hizo los deberes y las meriendas y de madre a las cuatro cuando las madres verdaderas no daban abasto o no estaban.

La que guardaba bizcocho para los disgustos porque, decía, los miedos con bizcocho pesan menos.

Rocío se quedó de pie en la penumbra, con el móvil todavía en la mano, mirándolo sin verlo. En la pantalla apagada se veía su propia cara, la de plató, perfecta y quieta.

Y detrás del nombre de Remedios venía, como venía siempre, el otro. El chico. El verano. Lo cortó antes de que terminara de llegar, con la misma precisión con que se corta una entrevista que se va de tiempo. No. Ahí no. Ahí no se entraba.

Se sentó en la silla giratoria de maquillaje.

Cogió el bote de leche desmaquillante, un algodón, y empezó a quitarse la cara.

Lo hizo despacio, del modo mecánico de todas las noches, arrastrando la superficie de plató hacia el algodón, dejando aparecer debajo la piel de verdad, la de una mujer de treinta y cinco años que estaba cansada.

Cuando llegó a la ceja izquierda, al pasar el algodón, apareció la cicatriz.

Pequeña, blanca, tonta. Una bici, una cuesta, un empujón.

Remedios le había puesto en la herida agua oxigenada y una tirita de las de dibujos, y le había dicho que las cicatrices son los sitios por donde el cuerpo se acuerda de las cosas.

Fue ahí. No en la llamada, no en el nombre. En la cicatriz.

Rocío se dobló sobre sus propias rodillas y lloró como no lloraba desde hacía muchos años, sin bonito ninguno, con la boca abierta y el algodón apretado en el puño, sola en un cuarto que olía a laca y a café malo.

Se le rompió por dentro la locución entera.

Y por debajo del maquillaje a medio quitar, por debajo de las once temporadas de dicción impecable, se le escapó el pueblo, se le escaparon las vocales abiertas y arrastradas de una niña de La Almadraba que decía «Remedio» sin ese final, «maestra», «ay, maestra», y que llevaba dieciocho años sin decirle nada a nadie con ese acento.

Dieciocho años. Los contó sin querer, porque contar era su oficio: minutar, medir, no equivocarse en las cifras que se dicen en directo.

Dieciocho años desde aquel verano sin pisar el pueblo.

Ni una boda, ni un entierro, ni una feria.

Su madre subía a Madrid dos veces al año y ella no bajaba nunca, y entre las dos habían montado un pacto sin palabras para no nombrar el motivo, que era cómodo como son cómodas las casas construidas encima de una gotera.

Se sonó con una toallita. Respiró. Se miró en el espejo rodeado de bombillas —la mitad de la cara de plató, la mitad de una llorona— y se dijo, con la voz de dentro, la que daba las órdenes: ya está. Ya está.

Cuando llegó al piso, Íñigo estaba en el sofá con el iPad y una copa de vino a medias, en calcetines, con la tele de fondo puesta en un partido que ni siquiera miraba.

—Hola. —Ni levantó la vista del todo—. ¿Qué tal el directo? Te he puesto un rato y te he perdido con la reunión. ¿Comiste algo? Hay salmón.

—Íñigo. —Rocío dejó el bolso en la encimera de la cocina abierta, esa cocina de revista donde casi no se cocinaba—. Ha muerto una persona del pueblo. De cuando yo era pequeña. Me han llamado ahora.

Entonces sí levantó la vista. Cuarenta y cuatro años, guapo de gimnasio y de reloj bueno, la clase de hombre que en cámara habría dado estupendamente y del que Rocío, si tuviera que realizarlo, habría dicho que se le nota que ensaya la naturalidad.

—Vaya. Lo siento. —Dejó la copa—. ¿Erais muy cercanas?

Rocío abrió el grifo, llenó un vaso de agua y lo cerró. Se quedó con el vaso en la mano, sin beber.

—Fue mi maestra.

—Ah. —Íñigo asintió, con ese cariño tibio suyo, de temperatura ambiente, que nunca subía ni bajaba—. ¿Quieres que te ponga una copa? ¿Hablamos?

Y ahí estaba el problema entero de los últimos tres años, resumido en una frase de buena persona: le ofrecía una copa cuando lo que hacía falta era otra cosa que Rocío tampoco habría sabido pedir.

Se preguntó, mirándolo, cuándo había sido la última vez que él la había abrazado sin que hubiera de por medio un aniversario o una cámara de fotos.

No le salió la fecha. Y en la profesión de Rocío, cuando no te sale una fecha, es que no hay noticia.

—El entierro es mañana a las doce —dijo—. En Cádiz. Voy a ir.

—¿Mañana? —Íñigo hizo el gesto de mirar un calendario que no estaba—. Cariño, es que mañana teníamos la comida en casa de Bernal, y hace tres semanas que…

—Ve tú a lo de Bernal. Yo bajo, la entierro y me vuelvo. Entro y salgo. —Lo dijo rápido, cortando, con el tono de quien cierra una escaleta—. Cojo el coche a las seis y a mediodía estoy allí. Domingo por la mañana estoy de vuelta.

—¿Seguro que estás para conducir seis horas? Te acompaño si quieres.

—No. —Salió demasiado seco, y Rocío lo suavizó por costumbre—. No hace falta. En serio. Es una cosa de allí. Voy sola.

Íñigo no insistió. Íñigo nunca insistía; era una de las cosas que al principio le pareció respeto y ahora le sabía a otra cosa. Volvió a coger la copa, dijo «como veas, lo que necesites», y le puso otra vez un ojo al partido. Rocío se llevó el vaso de agua al dormitorio sin bebérselo.

Preparó la maleta pequeña con la eficiencia de quien hace equipaje para viajes de trabajo cada semana: un vestido negro, unos zapatos planos, el neceser, el cargador.

La cerró y se sentó en el borde de la cama, en aquella habitación de matrimonio que era bonita como es bonito un decorado, con sus dos mesillas simétricas y sus dos lámparas iguales.

Cogió el móvil. Buscó el navegador, ese al que le pedía a diario la M-30 y la sede de la cadena y el chino de comida a domicilio. Empezó a escribir en el destino, letra a letra, un nombre que no había vuelto a teclear en ningún sitio.

L-A A-L-M-A-D-R-A-B-A.

El aparato se lo pensó un momento. Luego, con su voz de mujer sin acento, la de todas partes y de ninguna, le mostró la ruta, las seis horas y catorce minutos, la salida de la autovía.

Y le hizo la pregunta que le hacía siempre, la única que sabía hacer, con esas dos palabras educadas y frías en la pantalla:

¿Iniciar viaje a La Almadraba?

Rocío miró aquellas letras un buen rato, con el pulgar suspendido encima, como quien va a dar paso a un directo desde un sitio del que no sabe si va a poder volver.

Y le dijo que sí.