Las chicas de la calle Magnolia Prólogo
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Las chicas de la calle Magnolia

Las chicas de la calle Magnolia

Por Isabel Dorado

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Prólogo

A las siete y media, Chano el de las nasas vio lo que no quería ver donde nunca hay nada que ver: un casco claro, panza arriba, clavado en los bajos de la Perla como una espina en una encía.

No le hizo falta acercarse. En un pueblo de cuatro barcas, los cascos son caras.

Viró con el motor a todo lo que daba y entró en el puerto gritando un nombre que no era el de un hombre, porque a esas horas todavía cabía esa esperanza: gritó «¡la Estrella Polar !

», y el nombre del hombre lo fue poniendo la orilla.

La noticia corrió como corren las malas noticias en los pueblos chicos: de patio a patio, sin teléfono, perdiendo por el camino todo lo que no fuera verdad.

A las ocho, la playa del Chorrillo estaba llena de gente en zapatillas de estar por casa.

La del estanco no abrió, y eso no había pasado ni el día de la boda de su hija.

Entre los restos de las hogueras, todavía calientes, alguien pisó una lata de mistela y nadie hizo la broma.

La Guardia Civil acordonó el varadero con la torpeza con que se acordonan los sitios donde nunca pasa nada, y las tres barcas que quedaban salieron hacia los bajos sin que ningún patrón esperara a otro.

En la primera iba Gonzalo Herrera, veintidós años, la vista fija en un punto del agua y las manos tan quietas en la caña que daban más miedo que los gritos.

En la arena quedó su padre. A Salvador lo sujetaban dos hombres, uno por cada brazo, no porque fuera a caerse, sino porque era a ellos a quienes les hacía falta agarrarse a algo.

Cuando le dijeron que la barca había aparecido, preguntó por lo único que no era la barca.

Después ya no preguntó más. A Pepa la sentaron en una silla de anea que sacó la vecina del bajo, de cara a su casa y de espaldas al mar, y ella se dejó poner así, obediente, como si supiera que aquella iba a ser su postura para los próximos años.

El levante que había entrado de madrugada amaneció ya cansado, soplando a rachas sueltas, de compromiso. El mar tenía esa cara lavada que se le queda después de las faenas gordas y que los de fuera confunden con inocencia.

Y luego estaban las niñas.

Cualquiera del pueblo las habría sabido nombrar sin mirar dos veces, porque llevaban toda la vida siendo un solo bulto: las chicas de la calle Magnolia, cuatro cabezas bajo el mismo magnolio, cinco contando al hijo pequeño de los Herrera, que contaba siempre.

Aquella mañana, por primera vez en diecisiete años, estaban en cuatro puntos distintos de la playa, y entre ellas había más mar que entre la orilla y los bajos.

Rocío, en la punta del espigón viejo, de pie, con los brazos cruzados, tan derecha que desde lejos parecía mayor. No lloraba. Miraba las barcas con una atención feroz, como si vigilarlas fuera un trabajo y se lo hubieran encargado a ella.

Marina, en la puerta del bar de sus padres, con el mandil a medio atar, sacando sillas a la terraza.

Nadie iba a sentarse y ella lo sabía, y aun así las sacó todas, y las alineó, y les pasó un trapo una por una.

Luego hizo café para un regimiento. Lo fue sirviendo sin cobrar y sin hablar, y el pueblo se lo fue bebiendo igual, porque en La Almadraba el café de las desgracias es sagrado y se toma aunque queme.

África, junto a las casetas, con las manos metidas en los bolsillos de una sudadera de chico y los ojos en el agua.

De todas era la que estaba más cerca de la gente y la que menos parecía estar.

Un corrillo de señoras la quiso arropar y ella dio las gracias tan bajito y tan correcto que las señoras se apartaron sin darse cuenta de que las habían despedido.

Y Candela. Candela estaba donde la playa se acaba y empieza a llamarse playa chica, la más lejos de todas, sentada en las rocas con una rebeca abrochada hasta arriba en pleno junio.

No miraba las barcas. Miraba las olas de la orilla, una por una, moviendo apenas los labios, como quien reza.

O contaba las olas de una en una, que para el caso venía a ser lo mismo.

Ninguna se acercó a las otras. Ninguna dijo nada. El que se fijara —y en los pueblos siempre hay quien se fija— habría pensado que el dolor reparte a la gente por la arena como le da la gana, y no le habría faltado razón, y tampoco le habría sobrado.

De todo el pueblo, solo Remedios Alcántara, en el mirador de la Cruz, pasó aquella mañana sin mirar el mar.

Miró a las niñas. Una por una, despacio, como cuando pasaba lista en la escuela y le faltaba un nombre.

Después se metió las manos en los bolsillos del delantal y bajó a poner agua a hervir, porque era lo que sabía hacer con las manos cuando no se podía hacer nada.

La barca entró a remolque esa misma tarde, con la quilla al sol, y el pueblo la recibió en un silencio que no se ha vuelto a oír. El mar se guardó lo demás un día entero, por ir preparando a la gente.

Las niñas se fueron de la playa por cuatro caminos distintos.

Tardarían dieciocho años en volver a pisarla juntas.