Las chicas de la calle Magnolia Capítulo 24
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Capítulo 24

Al chico lo encontraron el jueves ya despierto en el sofá, doblando la sábana con las esquinas bien metidas, con la maña de una casa donde le habían enseñado a recoger; y África se pasó el día entero buscando la manera de estar en la misma casa que él sin cruzársele.

No fue fácil, porque él lo puso todo de su parte para estorbar poco.

Preguntó si podía ayudar en algo, y como nadie supo qué decirle, cogió la escoba y barrió el patio sin que se lo pidieran.

A media mañana salió a andar —«a conocer el pueblo, si no molesto»— y volvió a la hora justa, sin tardar de más, con esa educación de quien no quiere ser una carga en casa ajena.

Llamó a su madre desde el poyete, de espaldas, bajando la voz, y África, que estaba en la cocina fingiendo repasar unas facturas que ya había repasado, oyó «que estoy bien, mamá, que son muy amables», y se agarró al borde del mármol.

Porque cada cosa que hacía aquel chico se la clavaba en un sitio distinto.

Le miraba las manos partir los picos por la mitad, con las dos, antes de comérselos, y era un gesto que no había visto en su vida y que sin embargo conocía.

Le oía empezar una frase con cuidado, ensayada, y pararse a la mitad porque no le cabía por la boca, y tener que arrancar de nuevo por otro lado; y esa, esa sí, esa manera de traer un discurso preparado y descubrir al soltarlo que ninguna palabra sirve, esa era suya.

De ella. La reconoció sin buscarla: era su propia letra en un papel que no recordaba haber escrito.

La cara era de Nico entera, exacta, sin un año de más.

Pero los ojos eran los de ella, castaños y muy juntos, y la manera de callar era la de ella, y África llevaba toda la vida traduciendo a la gente por debajo de lo que decía y ahora tenía delante a un chico de diecisiete años que era, letra por letra, la traducción de dos personas.

Por la noche cenaron todos alrededor de la mesa, con Martín en la esquina que había sido la suya esas semanas, y después él se sentó en el sofá con Candela a ver algo en la tele, y a África se le hizo insoportable el salón.

La cercanía. Tenerlo a dos metros, con la cabeza inclinada igual que la inclinaba Nico, hablando bajito de una serie, y no poder decir la única frase que había en aquella casa.

Subió temprano con la excusa del cansancio. No durmió.

A las cuatro de la mañana bajó descalza.

La casa estaba a oscuras y el chico dormía en el sofá boca arriba, con un brazo por fuera de la manta y la respiración honda.

África se paró en el arranque de la escalera a mirarlo un segundo, no más, porque más no aguantaba.

Y luego fue subiendo, cuarto por cuarto, y las despertó a las tres sin encender la luz.

—Subid a la azotea —dijo, muy bajo—. Que no se despierte.

Subieron en camisón, medio dormidas, con el desconcierto de las tres de la mañana, y la azotea nueva de Teo las recibió fresca y limpia, con el puerto abajo y el faro barriendo el aire cada tanto.

África esperó a que estuvieran las tres apoyadas en el pretil.

Se recolocó el reloj en la muñeca, ese gesto de antes de las cosas, aunque a las cuatro de la mañana no había hora que valiera.

Y entonces se tradujo a sí misma por primera vez en dieciocho años.

Lo hizo por orden, como en cabina, porque era la única manera que sabía de decir las cosas grandes: primero abrir, luego lo importante, luego dejar sitio.

Empezó por abril. Por la caseta del vivero del padre de Candela, una noche de finales de abril, antes de la feria, sin plan y sin promesas, los dos libres, que eso lo dijo despacio y mirando a Rocío al decirlo, aunque no supo por qué le importaba tanto dejarlo claro.

Siguió por el test en el baño del bar, el 20 de junio, escondido tres días en el estuche de los rotuladores.

Por Remedios, que la caló vomitando detrás de la iglesia y se la llevó a merendar bizcocho. Y llegó a San Juan.

—Se lo dije a él esa noche —dijo—. En la playa, detrás de las casetas de los aparejos.

Sobre las diez y media. Le dije que estaba embarazada, que era suyo, que no le pedía nada.

—Bajó todavía más la voz—. Y se quedó blanco, y se dio la vuelta, y se fue sin decirme una palabra.

Ni una. No lo quiso saber. Le vino grande y se marchó, que es lo que hace la gente cuando algo le viene grande.

Nadie la corrigió. Nadie podía.

Contó lo de después como se lee un parte: Sevilla en septiembre, la casa de la prima de Remedios, el embarazo escondido nueve meses en una ciudad donde nadie sabía de quién era nieta.

La mentira pública, la que aún seguía en pie en el pueblo: que se había ido a un curso fuera. Y el 15 de marzo de 2009.

—Nació el quince de marzo. Un niño. —Se paró. El faro pasó una vez—. Me lo dejaron tener en brazos una hora antes de firmar. Una hora. No cabe en ningún idioma esa hora, así que no os la voy a contar. Solo os digo que existió.

Después la adopción, legal, con papeles, una familia de Málaga que ella había elegido leyendo carpetas y más carpetas, sabiendo que en aquel contrato le iba la vida.

Y una cosa más, la que no le había dicho a nadie nunca, ni a Remedios del todo: que había dejado a Remedios como persona de contacto en el expediente.

Por si algún día. Sin creérselo. Que llevaba media vida entrando de noche en una web de búsqueda de orígenes, en el idioma que tocara según el país en el que durmiera, con el cursor encima de «empezar», y que no lo había pulsado nunca.

Todos esos años con el dedo encima del botón.

—Y ese chico que está durmiendo abajo en el sofá —dijo, y aquí la voz se le quedó sin sitio— es mi hijo.

Es él. Lo sé por la cara, y por los ojos, que son míos, y por la edad, que cuadra al día.

Y porque escribió Remedios. Remedios lo llamó, y me puso a mí a abrir la puerta sin decirme a quién le abría.

Se calló. Había dejado sitio para la respuesta —lo dejaba siempre— y esperó, con el oído puesto, a ver en qué idioma le contestaban.

Rocío fue la primera, y no dijo lo que se dice. Se había quedado muy quieta, con la espalda contra el pretil, y preguntó una cosa que no era la que se pregunta.

—¿Abril? —Tenía la voz rara, de sitio hondo—. ¿Antes de la feria? ¿Seguro?

—Antes de la feria —dijo África—. En abril. Los dos libres.

Y le vio cruzar la cara un alivio. Lo vio pasar, limpio, un segundo de descanso que no encajaba con la noticia que acababa de dar, y no lo entendió del todo, pero lo reconoció, porque era el suyo.

Era la misma pregunta que ella le había hecho a Rocío en la hoguera hacía dos meses — ¿desde la feria de mayo?

, ¿no antes? — y por la misma razón exacta: para saber que nadie le había quitado nada a nadie, que aquello había sido de dos personas sueltas y no un robo.

La traductora entendió el alivio de Rocío porque era el reverso del suyo.

Lo que no entendió fue lo que vino detrás, en la misma cara, un instante después: algo peor que el alivio, algo que se le puso a Rocío en los ojos y bajó a apretarle la boca, y que Rocío no explicó.

No dijo nada más. Se quedó mirando el agua negra del puerto con la cara cerrada, tropezando por dentro con algo viejo que creía bien guardado.

África archivó esa cara en el sitio de las cosas que no cuadraban, y no tuvo fuerzas para traducirla.

Marina se rompió más que ninguna, y por donde África no supo.

—¿A qué hora? —dijo, y le salió con un hilo—. Lo de las casetas. ¿A qué hora se lo dijiste, África?

—A las diez y media, por ahí. Antes de las once, seguro. —África la miró sin entender de qué iba la pregunta—. ¿Qué más da la hora?

Pero a Marina sí le daba. Se le fue la cara entera, se le descuadró como se descuadra una cuenta a la que le sobra de pronto un número enorme, y se llevó la mano a la boca, y luego la bajó a buscarse el mandil que no llevaba, y como no lo tenía se agarró al pretil con las dos manos.

No dijo por qué. Dijo «Dios mío» muy bajo, para dentro, y se dio media vuelta y se fue al otro extremo de la azotea, a la parte oscura, y se quedó allí de espaldas con los hombros subidos.

Ninguna la siguió. África la miró irse y pensó que a Marina le había dado fuerte lo del niño, lo de la juventud partida, que Marina era de sentirlo todo por el cuerpo.

No se le ocurrió otra cosa. No tenía con qué.

Candela no dijo una palabra.

Se había quedado quieta del todo desde el principio, más que nunca, con el pulgar clavado en la magnolia de la muñeca sin contar siquiera, sin mover los labios.

Tenía la cara sin nada, como una casa con las luces apagadas.

Y en algún momento, sin avisar, se levantó del pretil y bajó la escalera, y África oyó la puerta del patio abrirse abajo, y por el hueco la vio salir a lo oscuro, al patio, y de ahí a la calle, a andar, sola, a las cuatro y media de la mañana.

Rocío hizo el gesto de ir tras ella y Marina la paró con la mano, desde su rincón: déjala .

La dejaron. Se miraron las tres con extrañeza, sin más, con esa preocupación que se le tiene a Candela cuando se le mete algo por dentro, y África pensó, traduciéndolo mal una vez más, que a Candela se le metían las penas de todas en el cuerpo, las cuatro a la vez, y que por eso no podía con esta.

Nadie le reprochó nada. Eso fue lo que más le costó aguantar.

África había subido a la azotea preparada para el juicio.

Dieciocho años callando algo así, un hijo escondido, una amiga muerta esa misma noche, y ella con el secreto guardado en el estuche mientras las otras cargaban con lo suyo a ciegas.

Se había preparado para que le pidieran cuentas.

Y no se las pidieron. Nadie le dijo «cómo no nos lo dijiste», nadie le echó los años en cara.

El silencio de las tres no era de reproche; pesaba, pero por otro lado, como pesa una losa que se levanta entre varias.

Rocío, al bajar, le puso una mano en el brazo y no dijo nada, que en Rocío, que siempre tenía la palabra a punto, era mucho.

Y a la mañana siguiente, cuando África apareció en la cocina con la cara de no haber dormido en dos noches, Marina, sin levantar la vista del fuego, le puso un café y le dijo:

—¿Tú has comido algo desde ayer, criatura? Que llevas dos días de intérprete y ni desayuno.

Fue lo más cerca que estuvo nadie de decirle que la querían.

Los dos días siguientes la casa los pasó por dentro, despacio, mientras por fuera hacía la vida de siempre.

Y por fuera, en medio de todo, seguía Martín, sin saber nada, ajeno, ayudando a poner la mesa y contando tonterías del perro de Málaga.

Marina le daba de comer con el mimo callado del que quiere y no lo puede decir: le repetía el guiso sin preguntarle, le apartaba la parte de más caldo.

África lo miraba desde la puerta y tenía que salir al patio a que le diera el aire.

Verlo reír. Verlo dar las gracias tres veces.

Verlo tan educado y tan solo en aquella casa llena de mujeres que sabían quién era menos él.

Y había prisa, además, aunque nadie quisiera nombrarla.

El pueblo ya murmuraba. La del estanco le había dado las señas el primer día, y a esas alturas media Almadraba había visto pasar por la cuesta a un chaval con la cara de Nico Herrera, y el que lo había visto lo había dicho, y las cosas en aquel pueblo no tardaban nada en dar la vuelta entera.

Si no se lo contaban ellas, se lo contaría cualquiera por la calle, o le llegaría a Pepa de refilón, en la pescadería, sin nadie que sostuviera el golpe.

Así que lo hablaron el viernes por la noche, en la cocina, a la luz amarilla, con el chico ya acostado. Fue una deliberación corta, de las que se resuelven porque solo hay una manera decente de hacer las cosas.

—Primero él —dijo África—. Antes que nadie, primero él. Se lo digo yo. Sola. Se merece oírlo de mí antes que de nadie, y no delante de todas, como un tribunal.

—¿Y los Herrera? —preguntó Rocío, con su voz de ordenar, de minutar, la que le salía sin querer hasta para esto—. Pepa. Gonzalo. Eso no puede llegarles por la calle.

—Después. El mismo día, pero después. Primero el niño, luego ellos. —África se recolocó el reloj—. El domingo. El dieciséis. Se lo digo a él por la mañana, y por la tarde vamos a casa de Pepa.

Nadie lo discutió. Quedó fijado así, con la sencillez con que se fijan las cosas que ya no tienen vuelta.

Cuando subieron a acostarse, África se quedó la última en el salón.

El chico dormía en el sofá, boca arriba, con la cara de Nico rendida en lo oscuro.

Y encima de él, en la repisa, seguía la foto de los cinco tumbada boca abajo desde el miércoles, mirando a la pared, con Nico dentro sin dejarse ver.

La había puesto así Candela, con naturalidad de quien quita el polvo, y nadie la había vuelto a levantar.

África la cogió. Con cuidado, sin hacer ruido, para no despertarlo.

Le dio la vuelta y miró la foto a la poca luz que entraba del patio: los cinco delante de la hoguera, borrosos, con los ojos raros del flash, Nico en el medio porque el medio era suyo desde siempre.

La miró un rato. Y la dejó de pie otra vez sobre la repisa, derecha, mirando a la casa, encima del chico que dormía.

No lo pensó más de lo que se piensan las cosas que ya no se pueden no hacer.

Se quedó un momento en el umbral del salón, mirándolo dormir.

Diecisiete años tarde, con el mismo miedo en la boca que aquella noche detrás de las casetas, la traductora buscaba otra vez con qué abrir.

Empezaría por lo más suave. Ya vería mañana con qué palabra.

Pero por dentro, sin querer, sola, la primera ya se le estaba colocando en el renglón, la misma de siempre, la que no había servido de nada la última vez y que a lo mejor esta sí.

Apagó la luz amarilla y subió a acostarse.