Las chicas de ayer 23. Cati no se puede levantar #2
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23. Cati no se puede levantar #2

—¿Acaso no te enviaste a tu yo adolescente la primera pista? —le responde ella.

La científica refunfuña pero la deja continuar.

—Y también me explicaba que Patri rompería conmigo. Y que, pasara lo que pasara, no podía cambiar el futuro ni el pasado.

—¿Sabías…? —pregunta la aludida.

—Sí, y durante un tiempo intenté revertirlo. Escondí la carta en un cajón y comencé el proyecto que había dejado abandonado en el laboratorio desde que Marie se marchó.

—Me echaste…

—Me obsesioné con el viaje temporal para cambiar mi destino hasta tal punto que conseguí exactamente lo que la carta vaticinaba. Conseguí crear el dispositivo TX2045, logrando un gran hito en la historia del Departamento de Música.

—Solo lo conseguiste con mis ideas.

—Es cierto, Marie, con tus increíbles ideas y los fondos de Ícaro se consiguen muchas cosas. También conseguí perder a la mujer que amaba.

Dice esto último mirando a Patri, y ahora Cati sí que siente que el chisme se está poniendo demasiado intenso para ella.

—¿Y dices que te has cargado las máquinas? —pregunta Isa aliviada.

—Sí, solo queda esta. —Señala el mechero que Marie intentaba destruir con la sierra—. Que, si me la devuelves, te prometo que la tiraré al Manzanares. El resto de prototipos ha sido destruido junto a todas las dependencias de Ícaro.

Cati no da crédito a lo que oye. Para comprobarlo, pulsa su pulsera y busca el resumen de noticias más recientes. Casi no puede creerlo cuando lee los titulares del incendio en los Laboratorios Ícaro de Madrid:

«Un incendio provocado por una detonación en las instalaciones ha reducido el edificio a escombros.

Por suerte, no hay heridos, ya que los vigilantes de seguridad recibieron un soplo anónimo para evacuar minutos antes de que sucediera.

La prensa salmón ya está hablando de una caída en picado de las acciones de la corporación más importante del país y de las nuevas oportunidades para los competidores».

Levanta la cabeza, asombrada. Adela está encogida, como si los años le pesaran mucho más que nunca, pero se la ve muy tranquila, como quien se ha quitado un gran peso de encima que ha estado soportando demasiado tiempo.

—¿Por qué…? —pregunta Patri, con un hilo de voz.

—Tenía que pasar. Tenía que cumplir cada uno de los pasos de la carta.

Y lo cierto es que quería hacerlo, llegar al último punto para dejar de saber por fin lo que viene a continuación.

Ha sido liberador. —La contempla, pero no se atreve a aguantarle la mirada.

Después suspira y añade—: Siento haberos engañado antes.

A Cati se le ocurre que esas dos necesitan irse a un hotel, pero intenta centrarse en entender las piezas que no encajan. Señala a la doctora y le pregunta:

—¿Y tú? ¿Cómo sabías que Adela dispararía?

Marie esboza una media sonrisa y responde mirando a la dueña de Ícaro:

—«Creíste mal, Marie».

Esta le devuelve la sonrisa.

—¿Explicación, por favor? —pregunta Cati.

—Recibí un mensaje anónimo que decía esa frase en La Plaza hace un par de días —explica la doctora—. Al principio no tenía claro si los recuerdos me estaban jugando una mala pasada, así que lo apunté en un papel y lo dejé olvidado.

—¡Estaba sobre una pila enorme en tu laboratorio! —exclama Isa, acordándose.

—Sí, es verdad… —La científica vuelve a mirar a Adela—. Ingenioso.

—Yo solo seguía instrucciones —replica esta.

—¿Qué significaba? —insiste Cati.

—Es una frase de la escena del duelo entre el protagonista y el villano de Regreso al futuro III.

—Marie sonríe, recordando tantos momentos comentándola en el laboratorio—.

En ella, Marty Mcfly se pone una placa de hierro en el pecho como chaleco antibalas.

No lo comprendí hasta que estábamos a punto de encontrarnos anoche…

—¿Me estáis diciendo que hemos recreado una película de ciencia ficción? —se indigna Cati.

—Es una escena que nos hacía mucha gracia cuando trabajábamos en el Departamento de Música —se sonroja Adela.

—Siempre nos repetíamos la una a la otra «Creíste mal, Adela. Creíste mal, Marie» —añade la doctora.

—Vaya par… —refunfuña Cati.

—¿Pero por qué enfrentaros? ¿Por qué no hablar las cosas directamente? —pregunta Patri muy seria.

—La carta era clara… —comienza Adela, pero luego se corrige a sí misma—. Marie no me habría escuchado.

—Es cierto, no lo habría hecho. Pero ese siempre fue nuestro juego.

Ambas se ríen. A Cati se le hace raro ver esta reconciliación, pero lo cierto es que la emociona. Se está volviendo una blanda.

—¿Entonces —confirma Patri enfadada— sabías que Adela no quería hacerte daño?

—¿Y me habéis dejado darle con la sartén esa en la cabeza? —salta Isa, indignada.

La científica se ríe.

—Bueno, se merecía algún golpecillo…

La aludida se acaricia el chichón, pero no parece enfadada.

—Reconozco que sí.

—¡Un momento! —pide Isa, levantándose y llevándose la mano al bolsillo.

Cati reconoce la maldita foto nada más ve el brillo blanco en su mano. Entonces observa el rostro de su amiga cambiar. Isa abre mucho los ojos y a continuación la mandíbula se le descuelga. No se mueve durante unos segundos.

—¡¿Qué, qué?! —le pregunta.

Finalmente, se ríe y la gira para que todas la vean.

Está igual que el primer día: las cuatro amigas posan sonrientes en el concierto de Sting con sus cazadoras de cuero.

Cuatro rostros inocentes que no tienen ni idea de lo que les depara el futuro y tampoco están interesadas en él. Lo que importa es el momento, juntas.

—¡Serás trolera! —se queja Cati—. Casi me da un infarto.

—¡A mí también! —dice Patri.

—A mí no… —se ríe Marie—, pero vuestras caras han sido épicas.

—¿Debería ver algo raro en esta foto, además de lo horteras que erais? —pregunta Adela bromeando.

—¡Está intacta! —grita Isa, agitando los brazos—. ¡Como debe ser!

—¿Me estáis diciendo que todo lo que ha pasado esta noche iba a ocurrir de todas formas? ¿Para qué me he preocupado tanto? —pregunta Cati—. ¿Hemos estado en un viaje de locas y en realidad daba igual lo que hiciéramos?

—Existe otra teoría que dice lo contrario —interrumpe Adela—. Es decir, si en uno de esos momentos decisivos alguna de nosotras hubiera conseguido cambiar el transcurso de los acontecimientos, podría haberse ramificado una nueva línea temporal con otros sucesos…

—Sabes perfectamente que es imposible —comienza Marie—. El determinismo temporal es la teoría más fiable. La teoría del multiverso solo se la creen los niños que… —Entonces se detiene a media frase y sonríe—. Echaba de menos discutir contigo.

Cati se abstrae por un momento, pensando en lo pesadas que son las amigas científicas cuando se ponen a teorizar. Lo único que sabe es que ella ha intentado deshacerse de Alfredo y no lo ha conseguido. Bien mirado, en realidad no quería dejar de conocerlo. Le gusta su vida tal y como fue.

Quizá sea hora de jubilarse. Un sentimiento extraño la recorre por primera vez desde que piensa en ello: una ventana que siempre le había dado miedo y que ahora se le antoja una oportunidad para hacer otras cosas.

Reconoce que se lo ha pasado muy bien en 1985, con sus amigas, a las que hacía demasiado tiempo que no veía. Tal vez haya más cosas en la vida.

Tal vez esta sea la única ramificación del tiempo que le importa: el momento en el que decide qué es lo próximo.

Mira con cariño la foto de las cuatro adolescentes sonriendo a cámara.

—Es una foto preciosa.

—Y ahora tenemos otra… —dice Marie, sacando de su bolsillo otra imagen.

Esta se ha tomado hace muchas menos horas, aunque en la misma fecha que la otra. En ella aparecen las cuatro amigas, a sus setenta y siete años, en el concierto de Sting. Juntas y felices.