Las chicas de ayer 23. Cati no se puede levantar
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23. Cati no se puede levantar

Cati no se puede levantar

No funciona durante mucho rato porque Isa, con la que ha compartido espacio en el sofá-cama de Marie, lleva una hora despierta y deseando que las demás se muevan.

—Te he visto abrir los ojos.

—Estoy durmiendo —replica ella, dándose la vuelta.

La respuesta que obtiene es un almohadazo en la cabeza. Con resignación, Cati abre de nuevo los ojos y se sienta. Aprovecha para colocar la almohada de su amiga sobre la suya y así hacerse un respaldo.

—Nunca dejas a nadie dormir —refunfuña—, ni después de un concierto.

—Duermes demasiado.

—Nunca se duerme demasiado…

—¿Podéis callaros? —se queja Patri con voz somnolienta desde la habitación contigua, a la que no hacen caso.

—Además, Cati —insiste Isa—, llevas toda la noche diciendo que tienes una reunión importantísima esta mañana. ¿No tienes que trabajar?

—Vale… —oyen a la periodista levantarse—, pues voy a por un café…

Cati recuerda que su pulsera probablemente vuelva a funcionar. Con desgana, pulsa sobre la pantalla y observa aparecer el clásico mensaje de bienvenida. «Hola, soy Alfred, tu asistente virtual».

—Tengo que cambiarle el nombre a este trasto… —murmura mientras corrobora que no tiene citas en el calendario hoy. Ni ningún otro día.

—El mío está roto —comenta Isa—, pero creo que me da igual. Me he dado cuenta de que no lo necesito.

—Qué inspirador… —suspira Cati.

Después se da cuenta de que su amiga sigue esperando una respuesta a la pregunta sobre el trabajo, así que decide cambiar de tema:

—¿Dónde está nuestra rehén? ¿Ha escapado ya?

La tercera voz responde la pregunta desde el marco de la puerta.

—Sigue inconsciente.

Patri lleva una taza de café humeante en las manos y surcos bajo sus ojos que podrían llegar al centro de la tierra.

Cati siente deseos de consolarla, pero no lo hace porque la mirada de esta la avisa de que no es buena idea.

En cambio, espera pacientemente que su amiga se acerque y se siente al borde del sofá-cama.

Le gustaría decirle muchas cosas, aunque sabe que ninguna servirá. A veces basta con estar.

Unos minutos más tarde, oyen pasos acelerados por el pasillo de la casa. Ven la figura de Marie pasar por delante de la puerta sin hacerles caso. Unos segundos después vuelve a cruzar. Esta vez se asoma al salón.

—Anda, estáis todas aquí —comienza la científica, hablando deprisa y nerviosamente—.

¡Qué bien, qué bien! Y despiertas, vaya.

Estupendísimo. Muy bien. ¿Alguien quiere desayuno?

¡Ah, ya has encontrado el café, Patri, genial!

Bueno, pues no os voy a retener más, eh, podéis marcharos cuando queráis.

¡Ha sido una noche estupenda! ¡Nos vemos a la siguiente! ¡Cuidaos!

Con estas palabras sale corriendo y sus pisadas se pierden por el pasillo en dirección al sótano. Las tres amigas se miran unas a otras, confusas, pero con determinación en la mirada. No piensan irse todavía.

Cati se levanta la primera.

—Me han cancelado la reunión de hoy… —miente—, así que no tengo tanta prisa al final.

—Mis hijas no me va a echar en falta por unas pocas horas más —responde Isa, incorporándose también.

Patri da un trago a su humeante taza de café y se bebe el contenido como si fuera un chupito de tequila. Cati está segura de que debe de haberse abrasado la garganta, pero que no lo dirá ni aunque la obliguen. La periodista se levanta por fin y comenta con un suspiro:

—Mi ex está aún inconsciente, así que tengo un rato.

Bajan las escaleras del sótano despacio, con miedo. ¿Qué más puede estar pasándole por la cabeza a Marie? Abajo se oyen ruidos metálicos de herramientas entrechocando y quejidos de la científica.

Cati llega al último escalón y empuja la puerta entreabierta.

Esta se abre con un chirrido amortiguado por el ruido de la sierra con la que Marie trata de cortar algo pequeño.

Al verlas, se sobresalta y suelta la herramienta al suelo, que cae con un fuerte golpe y retumba en todo el sótano.

La empresaria observa el caos en el que se encuentra el cuidado laboratorio que vieron la noche anterior.

Al fondo, donde estaba la cápsula del tiempo, solo queda una sábana arrugada.

Mira a los ojos a su amiga. Se pregunta qué está haciendo y para qué.

Pero el caso es que la entiende: esa obsesión, esa necesidad de trabajar, incluso cuando parece que ya no queda tiempo.

Siente su cuerpo muy pesado. ¿Qué va a hacer ella misma sin trabajo?

Lo ha dado todo durante años, cumpliendo cada uno de los objetivos que se proponía.

Y ahora no le queda nada. ¿Jubilarse e irse a una granja del norte como ha hecho Isa?

No es su estilo. Siente la mirada de Marie y la comprende perfectamente.

Por ello, toma aire, se saca las manos del bolsillo y le pregunta a su amiga:

—¿Cómo te ayudamos?

Marie se lleva las manos a la cabeza, intentando peinarse los pelos que se han salido de la coleta improvisada que se hizo. Parece frustrada y nerviosa. Les explica lo que intenta, aunque Cati ya lo intuye:

—Quiero destruir la máquina del tiempo.

—¿La máquina de Adela? —pregunta Patri, con un deje de incomodidad en la voz, que pretende pasar desapercibido. Demasiado tarde, Cati lo ha notado.

—¿Por qué siempre hay que destruir la máquina del tiempo al final de la historia? —dice Isa, pensativa.

Cati sabe que es una pregunta retórica, una reflexión de la que no quiere formar parte. A ella le da igual el porqué de las cosas que suceden. Si hay que hacerlo se hace. Y si su amiga científica quiere destruir su gran obra en el momento que esta culmina, no es quién para impedírselo.

—La máquina es un error —explica Marie—. No debió existir y mucho menos caer en manos de una corporación como Ícaro. Si la destruyo…

—No es por ser agorera —interrumpe Patri—, pero, aunque destruyas esta versión…, ¿no crees que habrá otras en Ícaro?

Marie se detiene y suspira, antes de responderle:

—Pues me las cargaré una a una si hace falta. Empezando por esta.

Se forma un silencio incómodo, que evidencia los huecos en el plan que acaba de exponer. Pero no va a ser Cati la que le lleve la contraria. ¿Su amiga necesita ayuda para buscar y destruir todas las máquinas del tiempo? Bueno, pues ella no tiene citas agendadas en el calendario.

—¿Y qué hacemos con…? —dice Isa, dejando la pregunta en el aire como si no se atreviera a acabarla.

Cati piensa un momento. Esconder a Adela durante el tiempo que tarden en encontrar todas las máquinas de la Corporación Ícaro no parece una solución fácil.

El rostro sombrío de Patri le dice que probablemente ni siquiera les deje intentarlo.

Sin embargo, antes de que puedan hacer un brainstorming , la voz de dicha persona resuena en el sótano.

—No te vas a poder cargar nada.

Los cuerpos de las cuatro amigas se tensan y se giran hacia la escalera. Allí está la dueña de Ícaro, con aspecto cansado, grandes ojeras y un buen chichón en la cabeza. Sin embargo, cuando entra a la estancia, sonríe.

—Porque ya me lo he cargado yo todo.

—¿Quién ha abierto la cerradura del sótano? —grita Cati mientras busca algo puntiagudo, pero solo encuentra un paraguas. Sin embargo, Adela levanta las manos, dejando claro que no viene a luchar.

—He sido yo —responde la científica.

—¿Por qué? —pregunta Isa.

—¿Que te has cargado qué? —Marie se dirige a Adela, ignorando la pregunta de su amiga.

—Lo siento, Marie —comienza ella—. Tenía que disparar de verdad porque, si no, no me hubieras creído y no habríamos salido nunca de allí.

—¿De qué está hablando? —pregunta Cati, bajando el paraguas

—Ay, que le di demasiado fuerte en la cabeza… —se asusta la granjera.

—Os tengo que explicar un par de cosas —suspira Adela—. No he sido del todo honesta con vosotras…

—No me digas, Adelita —la apunta con el dedo Isa y a Cati casi se le escapa la risa.

—Me escribiré una carta dentro de un rato —explica—, donde lo explicaré. Y me la enviaré a mí misma… en 2038.

—¿Cómo? —pregunta Patri, completamente pálida.

A Cati casi le sabe mal preguntar porque parece que es una historia íntima entre ellas dos, pero decide que han invertido demasiadas horas en 1985 como para no enterarse del cotilleo completo, así que pregunta:

—¿Cuando estabais juntas?

—Un día que desperté en su casa, Adela había dejado una carta sobre la mesa —cuenta la periodista, con la voz más fría.

—¿La abriste, Patricia Abellán? —pregunta Isa, con el mismo dedo acusador que ha dedicado a la otra mujer un segundo antes.

—No, ¡claro que no! —responde ella—. No abro la correspondencia de nadie igual que no revelo mis fuentes porque…

—Al grano —insiste Marie.

—Vale, pues vi una carta, dedicada a Adela, con una letra muy parecida a la suya. Me dio mucha curiosidad, así que le pregunté de qué se trataba. Pero no me lo quiso decir y…

—Cuéntalo todo —la anima la aludida.

—Tenéis que entender que estaba muy cansada después de tanto tiempo. De los secretos, de las horas que ella pasaba en el laboratorio hasta tarde, de que nunca me explicase el proyecto que tan obsesionada y tan infeliz la tenía, de las mentiras sobre el Departamento ese…

—De Música —la corrige Marie.

—… y de que no confiase en mí.

—El resumen es que me negué a contarle el contenido de la carta y me dejó —retoma Adela ante los gestos de las tres amigas que escuchan la historia—.

Patri tiene razón en una cosa: me obsesioné muchísimo.

Había demasiadas cosas que no le contaba de mí.

No podía, no quería hacerte eso. Vivir sabiendo el futuro te destroza: nada de lo que hagas importa porque ya sabes cómo va a acabar.

Unos instantes de silencio se instalan en el sótano, hasta que Isa lo interrumpe:

—¿Qué ponía en la carta?

—En la carta me contaba a mí misma lo que pasaría esta noche, nuestro encuentro en el 85, la explosión, el disparo... También me explicaba la clave para conseguir que la máquina te transportara no solo de tiempo, sino también de lugar…

—¿Lo conseguiste contándotelo a ti misma? —se indigna Marie.