Las chicas de ayer 22. Isa enloquece como en las películas
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22. Isa enloquece como en las películas

Isa enloquece como en las películas

Los segundos se hacen eternos mientras Isa sujeta la sartén entre los dedos sudorosos.

Casi puede oír la voz de la científica en su cabeza: «Es la cubierta de una placa calefactora de laboratorio», pero no le importa.

Le duelen las articulaciones de los nudillos más que nunca, y tiene ganas de acabar con esta historia de una vez.

Salir por fin del bucle, volver a casa, comer palomitas y dejar que sean otros los que protagonicen las películas de viajes en el tiempo. Ya está mayor para estos trotes.

Contiene la respiración en la oscuridad mientras aguza el oído. Los pasos de Adela se acercan hacia el almacén y su sombra se proyecta sobre el escaso rayo de luz que entra por la puerta. Ve su silueta llegar junto a la de Marie y sabe que es el momento.

«Uno», cuenta en su interior, siguiendo las instrucciones que les ha dado su amiga antes de salir. «Dos».

—Vaya, pensé que sería más difícil —oye comentar a Adela a menos de dos metros.

—¡Pues creíste mal! —grita mientras se abalanza hacia la salida.

Antes de que la directora del laboratorio pueda siquiera girarse, Isa enloquece. Con un grito, sale agitando la sartén metálica con todas sus fuerzas y le asesta un tremendo golpe en la cabeza. Adela cae al suelo, con expresión de sorpresa, y se desmaya junto a Marie.

—¡Oye! —se queja Cati saliendo con una probeta en la mano—. No has esperado al «tres» y no nos ha dado tiempo a salir contigo.

—Bueno, con un golpe basta, ¿no?

—Pero quizá Patri quería dárselo primero…

La aludida sale del almacén sin ningún arma y con los hombros caídos. Se encoge de hombros y dice:

—No habría podido.

En ese momento, Marie abre los ojos y se incorpora tosiendo sonriendo. Cati se agacha y la ayuda a abrirse la camisa: de ahí asoma otra cubierta calefactora de metal, que ha usado de chaleco antibalas. Hay una bala incrustada en ella.

—No me lo puedo creer… —susurra Cati.

—Te habría matado de verdad.

Isa no puede evitar fijarse en Patri, que no dice nada y se limita a mirar sombríamente al infinito. La científica se incorpora y da un par de palmadas para llamar su atención.

—Vamos. Ayudadme a meterla.

Entre las tres levantan a Adela y la trasladan al interior del almacén mientras Marie busca la caja de fusibles para encender la luz. Cuando la encuentra, una bombilla de luz incandescente ilumina un almacén lleno de moho. Isa observa a su alrededor, pero no ve más que piezas viejas y oxidadas.

Marie se agacha para vaciarle los bolsillos a la directora.

—¿Qué haces? —le pregunta Patri.

—La policía no tardará en venir —responde mientras rebusca, así que tenemos prisa…

Enseguida encuentra la pieza que busca: el mechero de luz verde con el que las apuntó. Lo agita y lo analiza de arriba abajo, e incluso lo sacude cerca de su oreja para escucharlo mejor. Después, sonríe con todos los dientes, como si no le temiera a nada.

—Podemos marcharnos. A casa.

Isa no entiende la ciencia detrás del aparato y por qué este sí que las puede llevar a casa, pero le da igual.

«Lo importante no es comprender la explicación técnica detrás de los inventos futuristas que un escritor con mucho tiempo libre y pretensiones se ha dedicado a diseñar, sino lo que estos aparatos representan para los personajes de la historia», piensa.

«¿Acaso hay una máquina del tiempo satisfactoria en alguna historia de ficción?

». El DeLorean de Marty McFly bien que se alimentaba con unas gotas de cerveza y una cáscara de plátano en la segunda película y nadie ponía objeciones, así que ella tampoco piensa ponérselas a su Marie.

La científica pregunta lo siguiente:

—¿Estáis listas?

Isa tiene muy clara su respuesta.

—¿Para viajar contigo? Siempre.

Sus amigas la miran con sorna porque no están acostumbradas a las muestras de afecto por su parte, pero ella se encoge de hombros.

Por fin ha decidido dejarse llevar por el transcurso de los acontecimientos.

No han viajado en el tiempo tantas veces en el mismo día como para detenerse ahora ante una cursilada digna de película estadounidense.

—Ha empezado Marie, con todo eso de querer estar con nosotras y tal… —se defiende, levantando las manos.

La aludida no responde. En lugar de ello, pulsa la ruedita del mechero. Isa siente inmediatamente que el suelo desaparece bajo sus pies.