21. Marie y Adela bailan sobre sus tumbas
Marie y Adela bailan sobre sus tumbas
Marie está muy cansada. Sin embargo, es consciente de qu e aún le quedan muchas cosas por hacer.
Inspira hondo y se pone de pie. Las rodillas le crujen como nunca y ni siquiera las pastillas consiguen hacer que no si menta las viejas articulaciones.
A lo lejos, se levanta una gran humareda.
Siente pena por el laboratorio que amará, pero sabe que la historia debe seguir su curso.
No habrá daños humanos, solo materiales.
La familia Del Pino estará bien. Resurgirá de las cenizas. Lo sabe.
Pero ahora nada de eso importa. Lo que tiene por delante es la parte de la historia que no está todavía escrita.
En concreto, la que más ha temido todos estos años y la que la hizo retraerse al sótano más recóndito: enfrentarse a una gran amiga.
Explotar cosas y arreglar aparatos no es nada en comparación con la prueba que le queda.
Isa la toma del brazo y la ayuda a caminar. Marie posa la mano sobre la suya, agradecida por el apoyo incondicional durante toda la vida. Con un paso detrás de otro, se alejan de la escena. Entonces, pregunta:
—¿Recordáis, exactamente, adónde os llevó Adela después de la explosión?
—Estuvimos un rato aquí en el parque —comenta Cati.
—Y después caminamos a un callejón, había una puerta metálica.
El corazón de Marie se acelera, pensando con rapidez. No puede ser. ¿Adela quiere llegar tan lejos? Sin darse cuenta, acelera el paso, dando un tirón del brazo de Isa. Tienen que caminar rápidamente, antes de que…
—Espera, espera —le dice Patri—. ¿Qué hay en ese callejón?
—Es la parte trasera del mismo edificio. La puerta da a un almacén que conecta con el laboratorio. Ahí estará el futuro Departamento de Música —contesta con prisas.
Empieza a acalorarse. Creía que ya había acabado todo, que una vez puesta la bomba todo seguiría su curso. ¿Es posible que Adela sea finalmente capaz de alterarlo todo? Viajó al antiguo departamento del tiempo, ¿y lo consiguió?
Aprieta el paso. La adrenalina se ha apoderado de ella y apenas siente los músculos doloridos. Si Adela interrumpe lo que ocurrirá en el laboratorio…
—¡Para! —grita Isa—. No sé qué te pasa, pero se te olvida algo, ¿no crees?
Marie la mira sin hacerle mucho caso. ¿Qué puede haber más importante que detener a la heredera en lo que sea que está a punto de hacer?
—No podemos aparecer en el callejón, sin más —comenta la traductora y añade, muy rápidamente—: No sé si recuerdas, pero hace… ¿para mí son quince minutos, aunque en realidad son dos?
—Como se nota que eres de letras, Isa —se burla Cati.
—Bueno, es igual. El caso es que antes, o ahora, estamos con ella. ¿Recordáis? Justo antes de que nos pulverizara con su maquinita pinchaombligos y nos enviara a morir con tu bomba.
—Cuando la vea… —susurra Patri en lo que ella cree que es su voz más letal.
—No podemos aparecer allí —continúa— y enfrentarnos a nuestras yos del pasado, ¿no? Porque no nos hemos visto antes…
Isa se detiene a media frase cuando ve a Marie sacar su máquina del bolsillo y apuntarle directamente a la cara. La científica acaba de tener una gran idea: solo necesitan un poco más de tiempo. Algo muy fácil de conseguir, dadas las circunstancias.
Antes de que puedan protestar, apunta la máquina al suelo haciendo un círculo, que las cubre a todas, y aprieta el botón para volver diez minutos atrás.
* * *
—Me cago en todo, Marie, ¿puedes avisarnos antes? —se queja Cati.
—Yo ya me estoy acostumbrando, si aprietas el abdomen al mismo tiempo que… —comienza Isa.
—Venga, ya.
—¿Podéis dejar de discutir un momento? —dice Marie, irritada—. Sí, lo siento, tenía que haber avisado, pero no tenemos tiempo.
—Parece que tiempo es lo único que tenemos ahora —señala Patri.
Marie observa a sus amigas, que la miran enfurruñadas. No importa; se ha dado cuenta de lo que pretende Adela y tienen que atajarlo como sea.
—Vamos, es solo un pinchazo, levantad —las anima.
—¿Cuándo estamos?
—Diez minutos antes, es lo único que da el TX80, era solo un primer prototipo que me llevé…
—Que robaste —puntualiza Cati.
—¿Qué sucede si lo utilizas con demasiada frecuencia en humanos? —pregunta Isa.
Marie recuerda brevemente los experimentos del laboratorio con animales y prefiere no contestar. «No tiene por qué suceder lo mismo en humanos», se dice. «A ella no le ha pasado nunca nada». Sacude la cabeza. No es momento de dudas.
Patri es la primera en levantarse, cruzarse de brazos y mirarla como si la quisiera matar. A la científica casi se le escapa una sonrisa. En lugar de eso, consigue mantener la compostura. Le pone los brazos sobre los hombros y le promete:
—Te lo explicaré. Igual que he hecho antes. Dame solo diez minutos más. ¿Vale?
La periodista pone los ojos en blanco y descruza los brazos.
—Bien. ¿Podéis correr?
—¿¿Correr?? —pregunta Isa con amargura.
—Bueno, ¿andar rapidito?
—Corre, corre, que como te lance la zapatilla…
—Vamos, tenemos solo unos minutos para llegar hasta el callejón y forzar la cerradura.
Le sorprende que sus amigas no la vuelvan a cuestionar, pero lo agradece.
Técnicamente podría darle otra vez al aparato, sumando minutos de diez en diez, pero no sabe los efectos de un uso tan seguido.
A continuación, sale corriendo a la velocidad que sus juanetes se lo permiten.
Un par de segundos después se gira brevemente para confirmar que sus amigas la siguen con la lengua fuera y cara de mala uva. Pero la siguen.
Llegan al callejón al que Adela las llevó (las llevará) hace un rato y, sin perder más tiempo, se acerca a la puerta metálica que emerge solitaria de los ladrillos del edificio. Observa el picaporte y la cerradura. Entonces se da cuenta del fallo de su plan.
Se gira y pregunta:
—¿Sabéis forzar cerraduras antiguas?
Cati y Patri la miran sorprendidas mientras Isa, que había quedado rezagada, llega junto al grupo resoplando y con la lengua fuera.
—No… vuelvas… a hacerme… correr…
—Vale, os cuento el plan —explica Marie—: forzamos esta puerta, nos colamos en el almacén, y esperamos a que vuestras otras yos lleguen con Adela y que os lance de vuelta al laboratorio.
Entonces salimos, nos enfrentamos a ella, le quitamos su máquina del tiempo, que, por cierto, es un modelo que no conozco y estoy deseando probar…
Cati carraspea, lo que hace que la científica vuelva a retomar el discurso.
—Vale, perdón. Bueno, pues le robamos la máquina y nos volvemos al 2045.
—¿Y la dejamos aquí? —pregunta Patri con sarcasmo.
—¡No! Eso podría… —comienza Isa, hasta que lo entiende y se detiene a media frase.
—Nos la llevamos —responde Marie—, a Llano de Brujas.
—¿Secuestramos a la CEO de la Corporación Ícaro, la persona más influyente del mundo clínico, y la escondemos en tu sótano? —repite Cati, con un tono que deja totalmente claro que antes se enfrentaría a un tigre del desierto.
—Bueno, esto lo podemos pensar después. Ahora tenemos unos minutos antes de que lleguéis…
Marie señala al otro extremo del callejón, por el que están a punto de aparecer ellas mismas, y surte efecto.
—Que conste que es un plan malísimo—dice Patri, dando un paso hacia la puerta—. Pero supongo que me necesitas.
Entonces se quita un par de horquillas del pelo y las introduce por la cerradura.
Marie sabe que si alguien puede ayudarla es ella, pero, aun así, siente cierto orgullo al ver a su amiga allanando las dependencias de Ícaro.
Cati se cruza de brazos, con una expresión que mezcla desacuerdo e impaciencia, mientras que Isa sigue retomando el aliento.
Un clac le indica que se ha abierto la puerta.
Patri sonríe con autosuficiencia, y Marie tiene claro que no es la primera vez que la periodista se cuela en algún lugar.
Empuja el picaporte, lo que hace que las bisagras roten y la hoja ceda, iluminando el interior: dentro se atisba una sala oscura, no muy espaciosa, con olor a moho y suciedad.
A pesar de todo, la científica reconoce con cariño cada uno de los recodos de las paredes y de sus estanterías metálicas.
Aún no es lo que será, pero el recuerdo ya está en su mente.
En ese momento, oyen el ruido de alguien que se aproxima desde el final de la calle.
Marie se apresura a empujar a sus amigas al interior de la mohosa sala y cierra la puerta tras ella.
A continuación, permanecen en la oscuridad con la única compañía de sus respiraciones y la voz de Adela, que resuena al otro lado.
Marie siente rabia al oírla hablar con sus amigas, pero sabe que esta emoción no la va a llevar a ningún sitio.
No, lo que necesita, en lugar de eso, es una estrategia, una forma de vencer a Adela.
«Piensa, piensa», se dice,. «¿Confiabas en que las Adela ayudaría?
Creíste que…». Un viejo recuerdo azota su mente de golpe. Y entonces lo comprende todo.
—Creíste mal, Marie —susurra.
* * *
La puerta se abre de un golpe seco y choca contra la pared de ladrillo rojo. La luz ciega unos instantes a Marie mientras sale al exterior. Sus tres amigas se quedan en la oscuridad del almacén porque así se lo ha pedido. No sabe si ha acertado, pero es el único plan que tienen.
—Aquí estoy, Adela.
—Vaya, qué sorpresa —responde esta, dando unos pasos hacia atrás.
Su voz suena confiada, como siempre lo ha hecho, pero su expresión corporal dice lo contrario.
Sabe que la directora de Ícaro está acostumbrada a que todos sus planes salgan exactamente como ella quiere desde hace varias décadas, y no tolera giros de guion.
«Pero esta escena nos la sabemos las dos», piensa Marie.
Entonces, observa a su contrincante sacar del bolsillo una pistola.
No tiene ni idea de qué modelo es porque a ella solo le interesa la tecnología que permite viajar, pero sabe que es bastante popular en el 2045.
Le sorprende que haya sido tan temeraria como para llevarse una pieza de tecnología tan moderna al pasado.
«Estás perdiendo el cuidado, vieja amiga», piensa.
Traga saliva, tratando de confiar en sus instintos y mantenerse en el papel. Sin embargo, a una parte de ella le gustaría salirse del personaje y gritar a todos los vientos que nada de esto tiene sentido. «¿Adela, no te das cuenta? Somos un meme atrapado en un bucle temporal».
—Tira —dice su adversaria, con voz imperiosa.
Marie se lleva la mano al bolsillo, pero recuerda que no tiene ninguna pistola en él y que, aunque la tuviera, nunca aprendió a disparar. Ni siquiera en las simulaciones de duelos del oeste de La Plaza. Aunque no le va a hacer ninguna falta.
—No —responde, lo más calmadamente que puede.
Por un momento, duda. ¿Y si ha evaluado mal a su contrincante? Nota una gota de sudor frío caerle por la sien y adentrársele entre los rizos mientras espera. Confía en conocerla lo suficiente, aunque hayan pasado tantos años.
—Creí que podríamos arreglar todo esto como mujeres adultas —añade la doctora, sonriendo para sí al recordar la frase de Regreso al futuro III . Espera que su amiga Isa esté orgullosa ahora mismo. O quizá está refunfuñando.
Adela la mira y sonríe.
—Pues creíste mal, Marie —responde la directora de Ícaro, completando la cita.
Entonces, Adela aprieta el gatillo de la pistola.
Una bala sale disparada e impacta de lleno contra el pecho de la científica, que cae de espaldas contra el suelo.