Las chicas de ayer 24. Bises Patri se despide de las chicas de ayer
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24. Bises Patri se despide de las chicas de ayer

Bises: Patri se despide de las chicas de ayer

No puede creer que, hasta hace unas horas, la creyera capaz de cometer un asesinato.

Adela tiene muchos defectos, eso está claro, pero no es una asesina.

Además, ahora ni siquiera es la directora de la empresa tecnológica más poderosa del país porque ya no existe dicha empresa. Y por fin conoce todos sus secretos.

Un gesto de la mano de Cati la hace apartar la vista. Sus tres amigas la miran sonrientes con una mueca burlona porque se han dado cuenta de lo que estaba pensando. Enrojece y trata de quitárselas de encima.

—Ya casi lo tengo —anuncia Adela mientras dobla el papel con cuidado.

A continuación la pelirroja se levanta y le tiende la carta a Marie. Esta la acepta y se la guarda en el bolsillo de la bata. Ante la extraña mirada del resto, explica:

—Ya se la enviaré cuando llegue al 85 —dice Marie.

Patri se levanta, sin comprender. Oye a sus amigas Cati e Isa hacer preguntas, pero no distingue lo que dicen. No puede ser cierto. Si Marie viaja al pasado a llevar la carta y lanza la máquina al río, no podrá volver…

La científica deja pasar unos segundos mientras sus amigas comprenden lo que eso significa. La primera que acude a abrazarla es Isa. Patri no se acerca, no puede creerlo. ¿Cómo puede ser? ¿De qué ha servido todo este viaje juntas?

—¿No puedes ir y volver? Ya destruiremos la máquina en el Manzanares de 2045 —le pregunta, nerviosa.

Sabe que el Manzanares está seco, pero tienen que entenderla. Da igual a qué río la tiren, alguno debe quedar con agua en el país. Y si no, pues en el norte de Europa. O tal vez encuentren un volcán, qué más da. Pueden destruirla en cualquier parte…

— Quiero pasar mis últimos años en 1985 —dice Marie.

Patri observa a su amiga con ardor en la garganta y se da cuenta, por primera vez desde que la conoce, de que una lágrima le cae por la mejilla.

—¿Es por la música? —responde Cati, sorbiéndose la nariz.

—Claro —dice la científica con una sonrisa triste.

—¿Rodeada de pelos cardados y mallas horteras? —pregunta Patri, elevando demasiado la voz—. ¡¿Para qué?!

—O quizá viaje más atrás —argumenta Marie, de forma soñadora—. Siempre he querido ver el lejano Oeste. O las pirámides cuando se construyeron. ¿Cómo será el antiguo Egipto en la época de Cleopatra?

Patri no da crédito a lo que escucha. Tiene que ser una broma. Entonces, la científica se acerca a ella y la abraza. Esta se lo permite, incómoda.

—Has sido siempre una gran amiga —oye que le susurra al oído.

En ese momento Patri se deja llevar por fin y extiende los brazos a su alrededor. Puede que en aquel momento incluso suelte alguna lágrima, pero no lo reconocerá nunca. Decide aceptar la decisión de Marie.

—Voy contigo —anuncia Cati justo antes de que la científica encienda el mechero. Y añade, ante la sorpresa de todas—: Me han despedido. No tengo a nadie que me espere en Madrid y prefiero pasar mi jubilación en un mundo donde el Jumilla no sea un vino extinto. Con una gran amiga.

La científica asiente con la cabeza, como si ya lo supiera.

La cabeza de Patri va a explotar. Demasiadas piezas de un puzle que creía olvidado están encajando en las últimas horas.

No está contenta porque no puede luchar contra ellas.

Sus amigas quieren viajar y ella no puede impedírselo.

Quiere que sean felices y hagan lo que deseen hacer, pero las va a echar muchísimo de menos.

¿Cómo te despides de las personas que llevan contigo toda la vida?

—Esperad, llevaos esto. —Isa les ofrece la foto de las cuatro amigas con setenta y siete años—. Yo me quedo la original.

—Espero que me hagas una copia… —refunfuña Patri.

Cuando acaban de despedirse, a la periodista no le quedan lágrimas para dejar ir a más amigas de toda la vida y agarra con fuerza a Isa del brazo hasta que esta le asegura que ella no tiene intención de irse a ninguna época sin sus hijas. Y mucho menos al oeste. ¡Sin dentistas!

Siente que algo se le desprende cuando ve a Marie y a Cati desintegrarse frente a ella, pero, en el fondo, se alegra. Van a hacer un viaje inolvidable juntas, igual que el último viaje al concierto de Sting que Marie les ha regalado.

Con un suspiro, cierra la puerta de la casa de Llano de Brujas y acompaña a Isa hacia su vehículo.

—Nos vemos en La Plaza —le dice Patri, apuntándola con el dedo—. Tienes que llamarme más a menudo.

—Lo haré, lo prometo —responde esta.

La observa marcharse y solo entonces se da la vuelta hacia Adela, que ha tratado de mantenerse al margen durante las despedidas. Cuando la mira, esta se encoge de hombros y señala la calle desierta.

—No he traído mi coche —dice.

Patri sonríe.

—Ya te llevo yo a casa —le ofrece mientras enciende el suyo. Entonces siente un impulso que no sabe de dónde viene y añade—: Oye…, ¿te gustaría ir a cenar?

—Mejor pedimos a domicilio —responde Adela con una amplia sonrisa—, por lo del incendio. No quiero que me atrape ningún periodista…

—Intentaré no darte mucha conversación entonces.

—¡No me refiero a ti!

Se quedan calladas unos segundos. Patri la mira a los ojos y se da cuenta de que la echaba mucho de menos.

Por fin puede perdonarle que no le contase nunca toda esta locura.

Además, no habría tenido gracia si lo hubiera sabido todo desde el principio.

Entonces, por primera vez en mucho tiempo, es capaz de entender por qué quiso ahorrarle el peso de conocer su propio destino.

Adela se sienta en el asiento contiguo mientras Patri configura la dirección en la pantalla.

—¿A mi casa, entonces? —Siente una agradable sensación en su estómago al decirlo en voz alta.

La puerta del vehículo automático se cierra y este se pone en movimiento.

La voz de la IA anuncia que tienen tres horas de viaje por delante.

Comienza la reproducción de música de Galaxia 80 y suena la misma canción que cuando llegó a la casa de Marie: La chica de ayer, de Nacha Pop.

Sonríe porque ahora tiene otro significado.

Por la ventanilla, se aprecia el árido desierto murciano con la luz de la mañana de diciembre, y se imagina a sus amigas en el lejano Oeste. Adela mira con mucha curiosidad el paisaje, pero con una expresión en el rostro de absoluta paz y relajación.

Al cabo de unos minutos, Patri le pregunta:

—Y ahora que ya no eres una importante empresaria, ¿qué harás?

—No lo sé. Y, por primera vez, no quiero saberlo.