20. Y yo te buscaré #2
»Ya llevábamos trabajando juntas casi siete años en el laboratorio y ella me había reconocido el primer día.
Dijo que me había estado esperando. Al principio, me había acogido con reticencia porque no dejaba de ser la misma persona que la había engañado, pero sentía muchísima curiosidad.
«Es extraño saber el futuro de alguien, pero no saber lo que va a hacer en los próximos cinco minutos», me dijo.
»Al escuchar aquello, sentí que por fin el círculo se estaba cerrando. O, por lo menos, el primero de ellos. Volví a acordarme de la tartana oxidada en el sótano de casa de mi madre. Recordé a la señora impertinente del concierto…
—¡Eh! —se queja Cati, pero Marie continúa.
—Até cabos y supe por dónde tenía que empezar. Se lo conté todo a Adela y ella me animó. Llevaba años esperando el momento para comenzar este proyecto.
»Ese verano fuimos a Murcia juntas y estuvimos trabajando en el huerto de mi casa cada día.
Desmontamos todas las piezas y el circuito interior, lo mismo que había hecho en mi juventud, pero esta vez con conocimiento.
Extrajimos algunos materiales y nos hicimos una idea.
No sabíamos todavía cómo funcionaba, pero ya teníamos la base.
»Volvimos a Ícaro y Adela creó el «Departamento de Música», en homenaje al concierto de Sting. En él solo trabajábamos nosotras, no podíamos contarle a nadie lo que queríamos hacer y si nos preguntaban nos inventábamos historias cada vez más rocambolescas sobre bioacústica.
—Espera —interrumpe Patri—, ¿me estás diciendo que no trabajaste en ondas sonoras?
—Bueno, en algunas ondas sí, porque su relación con el viaje temporal…
—¿Y en afinación cuántica? —pregunta Isa.
—En eso no…
—¿Composición por microorganismos rítmicos?
—Tampoco.
La científica se ríe y su rostro muestra la nostalgia de alguien que recuerda buenos tiempos.
—Ya te vale, Marie —le dice Cati—. Mira que no decirnos en qué trabajas…
—Ni que tú contaras mucho —protesta Isa.
—¡Os lo he dicho muchas veces! Pero, como decís que es «aburrido», no os acordáis.
—Es cierto, es muy aburrido —confiesa Patri.
—Os aseguro que el Departamento de Música era bastante más aburrido de lo que pensáis —sigue Marie—. Tardamos cinco años en diseñar el primer prototipo que tengo en las manos: el TX80. Con la ambición de llegar a los 80, aunque con la potencia para viajar solo diez minutos. Pero era un comienzo.
»Continuamos trabajando, aunque empezamos a tener muchas discusiones.
Cuantos más fallos teníamos, más perdíamos la paciencia.
Nos culpábamos la una a la otra de cada retraso.
Adela quería conseguir una máquina funcional cuanto antes.
Ícaro tuvo un bajón durante la crisis de 2008 y sentía la presión de los accionistas.
»Después, empezó a obsesionarse con la explosión del laboratorio de 1985.
Lo mencionaba constantemente. No me lo había dicho, pero yo estaba segura de que, cuando tuviéramos una cápsula del tiempo, se lanzaría de cabeza hacia allí.
No me gustaba su actitud. Habíamos hecho muchas pruebas menores, y todas ellas nos confirmaban que el pasado no puede cambiarse. Pero ella parecía creer que sí…
»En 2015 tuvimos listo un segundo prototipo mucho más funcional, el TX15.
Pero entonces todo estalló. Necesitábamos probarlo con alguien.
Hasta ahora habíamos enviado objetos y animales al pasado a solo unos meses de distancia, aunque nunca nos habíamos atrevido a enviar a una persona.
Había llegado el momento y Adela lo tenía claro.
Una noche, con una copa de coñac en la mano, me lo propuso.
O más bien me lo confesó. Quería viajar a 1985 para impedir la explosión del laboratorio.
—¿Pero no fue esta explosión la que la hizo seguir el camino de la investigación? —pregunta Isa, dudosa.
—Exactamente. Y todas nuestras pruebas nos indicaban que era imposible cambiarlo. Pero estaba obsesionada. Iba a intentarlo.
—¿Por qué? —pregunta Cati.
Patri siente una sensación extraña removerse en su interior.
Es una mezcla de recuerdos, nostalgia y entendimiento.
Adela nunca hablaba del futuro como algo bonito o esperanzador, sino como una combinación de cinismo y tristeza.
Su expareja vivía atrapada entre el pasado y el presente.
Y ahora lo entiende. Por primera vez, entiende muchas cosas. Así que responde:
—Porque si cambiaba el pasado, no tendría que vivir con la carga de conocer el futuro.
Marie la mira con tristeza y reconocimiento. Son las únicas que llegaron a conocerla bien.
—Era improbable, pero tenía que aferrarse a esa posibilidad.
—Yo tenía mis dudas, claro —continúa Marie—. Quería probar el prototipo de la máquina, y no me importaba hacerlo el 13 de diciembre de 1985 o en cualquier otra fecha. Sin embargo, estaba segura de que no podríamos evitar la explosión.
—Aunque no sabías quién pondría la bomba.
—Eso es. Traté de explicárselo. Quise enfocarme en los elementos positivos de que ahora fuera una ingeniera prestigiosa. Sabía algunas cosas del futuro, sí, pero no lo sabía todo. Podía vivir con ello. No me escuchó y la discusión escaló.
»Me amenazó con despedirme. Una de tantas que vendrían. Entendedme, ese laboratorio era mi vida, me había volcado completamente en aquel proyecto, había dedicado mi existencia al Departamento de Música. Si me despedía no tendría absolutamente nada a lo que aferrarme.
»En un arranque de rabia, decidí viajar sin ella.
Antes de que me lo digas, Isa, tampoco pensé en la línea temporal, ni en las consecuencias de mis actos.
Solo quería viajar en el tiempo antes de que el proyecto se desintegrara en mis manos.
Esperé a que fuera de noche y me quedé la última en el laboratorio.
Cuando nadie me veía, activé el prototipo y viajé.
»Estaba convencida de que Adela estaba equivocada.
Tenía una cosa clara: si mi yo anciana no estaba, tendría que ser yo la que actuara.
La línea temporal debía mantenerse. Ese laboratorio debía arder aquella noche porque era la razón por la que yo acabé trabajando en Ícaro y por la que Adela tuvo interés en la empresa familiar. ¡Era la clave de todo!