Las chicas de ayer 20. Y yo te buscaré
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20. Y yo te buscaré

Y yo te buscaré

—Vale, siento cortar el momento dramático —anuncia Marie—, pero he puesto una bomba que va a explotar en menos de dos minutos, así que tenemos que salir de aquí ya.

Patri mira a su amiga, después al laboratorio, y finalmente de nuevo a su amiga.

—¡Fuiste tú!

—Sí, pero…

—¿Nos ha mandado al laboratorio dos minutos antes de que explotara? —pregunta completamente en shock—. ¡Será…!

Sin embargo, Marie arquea las cejas y vuelve a señalar la bomba. Patri levanta las manos en actitud inocente y recapitula:

—Vale, vale, después. ¿Y ahora qué hacemos?

—¿Nos da tiempo a salir? —dice Isa.

—¿Cómo saliste la primera vez? —pregunta Cati.

—¿Qué primera vez? —pregunta Marie.

El nerviosismo empieza a extenderse en el grupo.

—¿Te da tiempo a parar esa bomba?

—¡Adela nos ha enviado a morir! —aúlla Patri, con todo el dolor de su corazón amenazando con explotarlo.

—No hay primera vez, ¿verdad? —dice Isa—. Es decir, esta es la primera vez que explota el edificio para ti, lo que quiere decir…

—¡Pensabas inmolarte!

—¡¿Cómo se te ocurre?!

—¡Marie!

—¡¡Silencio!! —La científica da un grito, que hace a todas callarse de inmediato. Cuando tiene su atención susurra entre dientes—: Las preguntas, después. Ahora seguidme.

No espera a que contesten y se marcha hacia la oscuridad entre los estantes vacíos.

La siguen sin pensarlo. Caminan y caminan hasta el fondo del almacén, hasta que parece que es un laberinto.

Una vez junto a ella, la observan atentamente mientras saca un dispositivo del bolsillo parecido al de Adela, pero que en esta ocasión emite una luz amarillenta.

Antes de que puedan arrepentirse aprieta el botón.

Otra vez el maldito pinchazo en el ombligo. La visión borrosa. El golpe contra el suelo. Joder, no quiere acostumbrarse, pero se está acostumbrando.

Patri abre los ojos sujetándose la barriga. Definitivamente su favorito es el salero. Puede que sea más trasto, pero es más ameno para el cuerpo. Parpadea.

—Vale —oye la voz de Marie—. Rápido, rápido, salgamos por la puerta de atrás.

Las empuja corriendo para atravesar una puerta que las deja en una calle lateral junto a un parque infantil. Agotadas y mareadas, se sientan en el suelo. Está amaneciendo.

Patri se desliza para tumbarse, y nota la hierba bajo el cuello. Respira. Mira al cielo.

«No puede creer lo que acaba de pasar». Es la primera vez en mucho tiempo que ve el amanecer.

«Hacía mucho que no veía a Adela». El color del cielo es rojo como la sangre.

«¿En serio he creído por un momento que las ayudaría?

». Las nubes que empiezan a crearse hacen formas en el aire.

«Por un instante, casi he pensado que por fin comenzaba a entender a la mujer de la que me enamoré».

Si las observa mucho rato, puede ver la silueta de un reloj de arena.

«Solo he tenido que llegar a 1985 para hacerlo».

La figura se deshace como el humo de una hoguera. «Adela nos ha traicionado».

Este último pensamiento la hace despertar del trance.

No puede ser, seguro que sabía que Marie tenía el otro aparato…

Pero, entonces, ¿quién está mintiendo a quién?

Si su amiga estaba en posesión de una máquina como la que acaba de usar, ¿por qué han venido en una furgoneta ruinosa a Madrid?

Tiene tantas preguntas que la cabeza le va a explotar.

Así que no dice nada y sigue observando las nubes. La figura se ha fragmentado en trocitos de algodón, que caen con el viento por detrás de los árboles en el horizonte. Lentamente.

Como si no tuvieran prisa.

Marie rompe el embrujo. Susurra tan bajito que apenas la escuchan:

—Tenía que suceder.

La oye suspirar. Patri mira por última vez los pedazos del reloj de nubes y se despide de él. Está cansada. Pero es hora de comprender lo que está pasando. Por fin. Se gira de lado, dobla el codo y apoya la cabeza para mirar a su amiga.

Marie está sentada sobre la hierba, apoyada sobre el mismo árbol en que la ha visto desmayada hace quince minutos y con treinta años menos.

Patri parpadea y hace un esfuerzo para tratar de no pensar en lo que está sucediendo de manera lineal, pero la cabeza le gira demasiado deprisa.

«¿Si no es lineal será circular?», piensa.

Observa el rostro de Marie. Ha envejecido, pero sigue estando guapísima.

Isa tiene razón, la vejez es parte de la vida y es una prueba de que han vivido todo esto juntas.

No sabe lo que ocurre, pero tiene clara una cosa: quiere mucho a sus amigas.

Da igual la edad o cuántas arrugas o cicatrices acumulen.

Y por eso están aquí, para apoyar a Marie en un momento de necesidad.

Y ese momento ha llegado.

Así que escucha pacientemente lo que la científica tiene que contarles:

— No sabía si yo lograría…. —comienza Marie—. Pero tenía que suceder. La explosión. Así es como funciona todo. Nada puede cambiar.

Patri ve a Isa levantar las cejas sin creérselo, pero se alegra de ver que no la interrumpe. Primero tienen que escuchar.

—En 1985, la noche antes de venir a Madrid vimos algo en el huerto de atrás de mi casa, ¿os acordáis? —continúa—. Una extraña pieza metálica. No hicimos caso. Al día siguiente, nos montamos en un autobús y llegamos a Madrid. Nos lo pasamos muy bien en el concierto de Sting.

—Es uno de mis recuerdos favoritos con vosotras —suspira Isa.

—Y el mío —apoya Cati.

—Bueno, tú estabas un poco ocupada esa noche, conociendo a Alfredo —bromea Patri.

—¡Eh!

—Conocimos mucha gente —se ríe Marie—, como Alfredo. ¿Te acuerdas de cómo fue? Una señora extraña en la barra del bar se desmayó.

—No me lo recuerdes. —Cati se lleva las manos a la cabeza.

Las cuatro amigas se ríen.

—Volvimos a Murcia —Marie continúa—. Cuando llegué a casa, aquel trasto de chatarra seguía en el huerto.

Mi madre quería venderlo por piezas, ya sabéis que en aquella época no andábamos muy bien de dinero, pero la convencí de no hacerlo.

Creía que había llegado a mis manos porque era algo importante.

—No nos dijiste nada… —murmura Patri.

—No se lo dije a nadie —accede Marie—. Sentía, no sé por qué, que era algo solo para mí. Estaba muy equivocada. Me pasé las vacaciones de navidad desmontándola entera. Comprobé todos sus circuitos. Puse patas arriba el sótano.

—¡Por eso no querías quedar en tu casa!

—Sí. Por aquel entonces yo no tenía ni idea de ingeniería, pero supe que quería entender esa máquina. No lo conseguí. No se parecía a nada que hubiera visto antes.

—Eso te pasa por no leer ciencia ficción. —Isa se mete con ella.

—O libros de cocina, ¿no hemos quedado que era un salero? —se burla Cati.

Marie sigue con su discurso.

—Sin dudarlo, aquel descubrimiento me llevó por el camino que sabéis: al acabar COU, me fui a estudiar a Madrid. Encontré mi primer trabajo de becaria en el Laboratorio Ícaro. Conocí a Adela, nos hicimos grandes amigas. Sé que tiene genio, pero también buen fondo.

Patri resopla, más enfadada consigo misma que con ella.

—Por un tiempo, dejé de lado el misterio de la cápsula. Había quedado enterrada en el sótano de casa de mi madre junto a otras decenas de cajas que no le permitía tirar. Seguí trabajando, me saqué el doctorado, mi madre murió… Todo esto lo sabéis.

»La vida seguía, pero había algo dentro de mí que sabía que no estaba completo.

Como si un círculo no estuviese del todo cerrado.

No comprendí qué era hasta aquella noche, en el año 2000, hablando con Adela en la azotea del edificio.

Habíamos bebido de más después de un día larguísimo.

Supongo que sintió que necesitaba compartirlo.

Entonces me habló de nosotras. De todo esto.

—¿De las cuatro yayas en el concierto de Sting? —bromea Patri.

—Sí, entre otras cosas —Marie se ríe—.

Adela me contó que nos había conocido, a las cuatro, allá por 1985.

Pero no se refería a nuestra versión de entonces, no.

Éramos viejas y veníamos del futuro. Habíamos entrado con ella al laboratorio de su familia una noche, después del concierto, con la excusa de que necesitábamos una pequeña pieza. Y habíamos volado el laboratorio.

—Pues ya te contó más que a mí —murmura Patri.

La periodista agradece que su amiga por fin se sincere, pero siente una gran decepción que no puede ignorar.

Nota envidia de la relación de Adela con Marie porque siente que hubo una amistad y una cercanía que ella misma no tuvo con la heredera en esos años que estuvieron juntas.

Como si, de alguna forma, solo hubiera podido rascar la superficie de una persona a la que tanto quiso.

Sin embargo, no lo dice en voz alta. Se traga el pensamiento hasta el estómago, donde lo guarda bajo siete llaves.

—Imaginad la situación —explica la científica—.

Yo conocía la historia de la explosión porque había salido en las noticias y porque era parte de la historia del laboratorio al que había entrado.

La familia Del Pino perdió mucho dinero y se retrasaron muchísimos avances con la catástrofe.

Nunca supieron quién puso la bomba, pero en 1985 le echaron la culpa a la ETA.

La empresa se reestructuró y renació de sus cenizas, llegando a convertirse en lo que es hoy. Y todo gracias a Adela.

»Me explicó que hasta aquel día, es decir, hoy, ella no quería saber nada de Ícaro.

No le interesaba la ciencia y no quería trabajar en la empresa familiar.

Habría sido una persona muy distinta de no haberse cruzado con aquellas cuatro yayas en 1985.

La engañaron para colocar la bomba en el laboratorio, pero le dieron el sentido a su vida.

—¿El sentido de su vida se lo dio una bomba? —refunfuña Isa.

—Nuestra presencia le planteó muchas preguntas —aclara Marie—. Un rompecabezas que la obsesionó para siempre. Durante esta conversación, le pregunté por qué no me había dicho nada en todo este tiempo.