Las chicas de ayer 19. Las chicas lo hacen otra vez
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19. Las chicas lo hacen otra vez

Las chicas lo hacen otra vez

Isa no sabe qué sentir. Por un lado, alivio porque por fin la escuchan, pero, por otro, preocupación porque están a punto de embarcarse en otro viaje que, aunque solo sea de unos minutos, sigue rizando el rizo.

¿Cambiar el pasado que han cambiado? Seguro que trae consecuencias, además de que parece el argumento de una película de tarde de domingo.

«¿No existe un botón de cancelar todo?», se pregunta.

La verdad es que las máquinas del tiempo deberían tener uno así.

Cuántos problemas le habría ahorrado eso a Marty McFly.

Se sorprende riéndose en voz alta. Su amiga Cati la mira de reojo, pero no se atreve a preguntar.

Mejor, no quiere explicarle que tal vez acaban en el lejano Oeste para arreglar un embrollo cada vez más gordo.

«Eso solo pasa en las películas estadounidenses», se dice, «aquí como mucho acabamos en Cuenca».

Tiene gracia. Esta vez es Patri la que la observa como si hubiera perdido el juicio. Cómo le gustaría que sus amigas tuvieran un poquito más de cultura y buen gusto para hacer una maratón juntas de Regreso al futuro , en lugar de los dramones esos de niños traumatizados que están tan de moda.

Entonces piensa en Marie, la que está desaparecida.

Aunque vivan lejos y lleven vidas muy distintas, siente que siempre ha estado ahí para acompañarla en los mejores y peores momentos.

La científica del grupo, siempre obsesionada con inventos que nadie entiende y con un interés nulo en el mundo terrenal, es precisamente la persona que más se reiría con ella si tuviera un DeLorean delante, aunque solo fuera para criticar su funcionamiento.

Sonríe para sí. No pueden dejarla allí (se niega a articular otra palabra que defina un estado distinto) desaparecida.

Es Marie la que las ha traído a 1985 y es a Marie a la que ahora tienen que ayudar, pero, primero, tienen que mandar a la Marie joven a su propio tiempo, a 2015, antes de que se despierte.

—Vale, es el momento —anuncia Adela cuando su único vecino, el sintecho del parque, se gira a roncar hacia el otro lado.

A continuación, saca un pequeño dispositivo electrónico del bolsillo que se parece bastante a un mechero.

No es tan impresionante como el salero gigante de su amiga, pero es increíblemente más práctico.

Isa se sobresalta cuando la dueña enfoca a la bella durmiente, la joven doctora, aprieta un botón superior y la cubre con una luz verde brillante.

—¿Ahora te dan miedo los hologramas? —bromea Cati—. Será que sales poco de tu granja.

—Un poco de granja te hacía falta a ti, te digo —refunfuña ella.

—¿Esto funciona como la cápsula de Marie? —pregunta Patri, buscando información mucho más práctica.

—Qué va, esta es una versión muy posterior…

—comenta Adela mientras mueve el pulgar para configurar el panel de control del aparato.

En la luz verde aparecen cifras y letras emborronadas a tal velocidad que Isa es incapaz de identificarlas—.

Introduzco aquí la fecha y la hora del viaje…

y en unos segundos esta pequeña traidora se despertará a mi lado, lista para discutir conmigo…

La luminosidad se intensifica tanto que una zona bastante grande del parque se cubre del mismo tono incandescente.

Entonces, la Marie de cuarenta y siete años emite un gemido, como si estuviera teniendo una pesadilla y quisiera despertarse.

Antes de que pueda hacerlo, Adela aprieta de nuevo el botón de la superficie del mechero y su víctima desaparece inmediatamente.

Isa parpadea con el objetivo de comprender lo que ha sucedido.

Ha sido demasiado rápido y confuso. Por algún motivo, el suceso le deja un vacío en el estómago, como si la ausencia de su amiga se tornase más real.

Ahora que ya no hay ninguna versión de la científica a su alrededor, el miedo a no volverla a ver se acrecienta.

Espera, de verdad, que lo que están haciendo ahora mismo sirva de algo.

—Vamos —anuncia Adela, poniéndose en pie—. Vayamos a un lugar un poco más tranquilo para un viaje grupal.

La siguen por la calle. Después de pasar buena parte de la tarde y de la noche con su versión adolescente, ahora se le hace extraño verla tan mayor.

Sesenta años de experiencias y recuerdos han pasado por su cuerpo, pero se ve que es exactamente la misma persona.

«También ha de confesar», piensa Isa, dejándose llevar por el cotilleo, «que un par de retoques se ha hecho».

Sería extraño que la directora del Ícaro hubiera rechazado algún implante de modificación, «porque, tanto en 1985 como en 2045», piensa, «a las mujeres no se nos deja envejecer».

Aunque ha de reconocer que a su espalda dolorida, después de toda la noche en pie, algún vigorizante no le vendría nada mal. Cuando vuelvan quizá hasta acepte una. Una sola. Si es que vuelven.

—¿Conoce Marie esta nueva versión de la máquina del tiempo? —pregunta Patri por el camino.

Isa puede ver los engranajes de la cabeza de su amiga y siente que, si pudiera, escribiría un reportaje sobre toda la experiencia que han vivido estas veinticuatro horas.

Sería un artículo buenísimo, sin duda, porque es una escritora maravillosa.

Lástima que no la creería nadie y que ella misma se encargaría de impedirle que publicara nada semejante.

—Claro que no —responde Adela—. Marie se fue de Ícaro en 2017. No estaba de acuerdo con pequeños detalles y…

Patri resopla y la dueña de Ícaro se da cuenta. A continuación, rectifica.

—Bueno, vale, la despedí en una discusión bastante fuerte. Pero lo cierto es que no lo decía en serio, esperaba encontrármela en su mesa como si nada a la mañana siguiente. No era nuestra primera discusión.

—¿Y ella no apareció? —pregunta Cati con curiosidad.

—Al día siguiente no había ni rastro de sus cosas. Y lo que tampoco había era el segundo prototipo, en el que llevábamos tanto tiempo trabajando.

—¿Se lo llevó? —continúa preguntando.

—¡Lo había inventado ella! —la defiende Isa.

—Con fondos y materiales de Ícaro. Era un bien de la empresa.

Cati refunfuña entre dientes algo que suena a «malditas empresas», pero Isa no tiene claro a qué se refiere. No hay persona más corporativa que su amiga.

—De todas formas, era un prototipo ruinoso, el TX80, el primero que hicimos, casi peor que el que usamos en 2015. Este no te hacía desmayarte, pero solo podía viajar diez minutos atrás en el tiempo. No te daba ni para coger el autobús. No lo iban a echar de menos.

Isa no quiere pensar en cuántas cosas podrían cambiarse en diez minutos porque hacerlo sería desconcentrarse de lo importante, pero basta con no querer pensar en un elefante para pensar en él.

—O sea, que ese es el motivo por el que Marie dejó Madrid y se volvió a su sótano de Llano de Brujas —argumenta Patri.

—No me atribuyas tanto, yo no la hice meterse en ese agujero. Hay miles de laboratorios en Madrid en los que podía haber…

—Como si la hubieras dejado trabajar para la competencia —dice Cati, en voz baja.

Adela saca el dispositivo y la luz verde que ya conocen apunta al suelo. Suspira y pregunta.

—¿Queréis arreglar esto o ponernos a discutir sobre el futuro? —dice señalando la humareda, que se ve todavía a lo lejos en el edificio principal del laboratorio.

A Isa se le ocurre que realmente se refieren al futuro si parten desde su posición actual en 1985, pero decide no comentarlo en voz alta.

Lo importante ahora es rebobinar un poco e impedir la explosión para que Marie deje de estar «desaparecida».

Es extraño cómo si algo se puede cambiar no es permanente, y si no es permanente, no es real.

Tan fácil como borrar el último párrafo de una novela y darle un final alternativo.

Llegan hasta un callejón sin salida que se encuentra vacío y sucio. En una de las paredes, asoma una puerta metálica cubierta de grafitis, que no tiene pinta de que se use demasiado a menudo ni de que vayan a molestarlas. Una sensación de anticipación se le instala en el estómago.

Es la primera vez que va a hacer un viaje temporal voluntariamente.

—Colocaos así… —indica Adela, hasta que consigue que se encuentren una junto a otra, hombro con hombro.

Entonces se sitúa frente a ellas y comienza a mover el pulgar en el mechero para introducir datos en el dispositivo. La luz verde vuelve a llenarse de fechas y números, que pasan por delante a toda velocidad.

Por un instante, Isa siente miedo. Recelo a lo desconocido, desasosiego por el funcionamiento del viaje desde ese pequeño aparato, y mucha desconfianza. Han decidido fiarse, tras muchas advertencias de Marie, de la villana de esta historia.

En ese momento la directora de Laboratorios Ícaro apunta hacia ellas y aprieta el botón superior, y un potente rayo de luz verde se le clava directo en las pupilas.

Isa se marea. Cae.

Siente que cae muy lentamente y, al mismo tiempo, a una velocidad vertiginosa.

La realidad a su alrededor se vuelve borrosa y brillante justo antes de sentir un pinchazo doloroso, que la atraviesa desde el ombligo.

Nota el fuerte golpe al caer sobre el frío suelo de baldosas negras del laboratorio.

Antes de abrir los ojos, se alegra inmensamente de que, a pesar de ser la única sin implante de cadera, no haya heredado los huesos frágiles de su padre.

La voz de Marie les da la cálida bienvenida:

—¿Qué narices hacéis aquí?

Isa abre los ojos. Se descubre agazapada en el suelo, con una mano en el estómago, que retira lentamente para sentir un gran alivio al ver que nada la ha atravesado durante el viaje.

—Esta máquina nueva no me convence… —dice Cati, junto a ella—. Tu salero me gusta más.

—¿Qué nueva…? —pregunta Marie, pero Patri la interrumpe alarmada.

—¿Dónde está Adela?

Isa levanta la cabeza y mira a su alrededor por primera vez.

Están de vuelta en el Laboratorio Ícaro, del que salieron corriendo hace menos de una hora.

Está vacío e intuye, por la cara de Marie, que no las esperaba.

Su amiga está arrodillada junto a un montón de cacharros que no tienen buena pinta.

El reloj de pared marca la 1:38 de la madrugada.

Quedan en silencio unos segundos, mirándose unas a otras. Patri es la primera que lo rompe:

—¡Será cabrona!